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Autor: Mimi
 

Una tarde de lluvia aburrida

Llovía intensamente. Era una tarde de sábado de septiembre. Decidí que aquella sería una velada para mí, una tarde para holgazanear dentro de casa, para ver cualquier película que hiciesen por televisión y abandonarme en mi habitación. Carla, mi mujer no regresaría del trabajo hasta bien entrada la noche, si empezaba a ponerme las pilas a las 21:00 hs ya era suficiente…y eran las 16:05.

Tenemos una perra pastor alemán, Tara, a la que queremos muchísimo. Ahora cuenta ya con 3 años y medio. Levaba unos días tonta perdida, extremadamente sensible por el celo. Para colmo se pone muy nerviosa cuando truena y aquella tarde en Barcelona cayeron más de 95 litros por metro cuadrado...y un puñado de rayos y truenos.


La habitación de matrimonio era mi feudo, solo para mí…coca-cola, ganchitos, chocolate, pan de molde, nocilla, el mando de la tele y el dvd y acurrucado por el edredón. Cómo Tara estaba algo nerviosa le dejé pasar la tarde conmigo en la habitación, es algo poco usual pero por una vez…además Carla no estaba y era a ella a la que le sentaban mal esas cosas.


Eran las 17:25 cuando me di cuenta de que me había dormido como un lirón, me desperté por algún sonido más alto de lo normal del televisor. Después de desperezarme me di cuenta de que mi pene llevaba un rato despierto. Empecé sin intención alguna, casi sin ganas pero mis propias caricias por encima de los boxers me las dieron. Cogí el mando del dvd y le di al play al recordar que todavía albergaba una película erótica que compramos no hace mucho. Mi pene recibía mis caricias de ida y vuelta sin reflejar todavía la máxima erección. Retiré el edredón que me tapaba y bajé hasta las rodillas mi ropa interior. Debí molestar a Tara al retirar la colcha pues se encontraba en los `pies de la cama acurrucada en posición fetal. Después de un par de parpadeos estiró el cuello para ver lo que su amo estaba haciendo. Recuerdo que nuestras miradas se encontraron y pensé en que le había fastidiado la siesta.


-¿Qué pasa Tara bonita? ¿Te he despertado?, le dije con voz suave mientras no dejaba lo que tenía entre manos. Tara me miró con su cuello estirado, miró después hacia mi entrepierna e inclinó la cabeza como preguntándose qué hacía yo rascándome con tanta insistencia. Se levantó y vino hasta mí que tumbado en la cama seguí a lo mío. De un impulso posó sus dos patas delanteras en la cama y apoyó medio cuerpo en ella. Estaba en mi lado izquierdo y recuerdo que acaricié su lomo para tranquilizarla. Eso pareció entenderlo mal porque lo siguiente que hizo marcó un antes y un después...


Con un rápido movimiento acercó su hocico en lo que pensé que sería un mordisco y me sorprendí al notar su nariz húmeda respirando y husmeando sobre mi glande. Retiró su gesto al ver el mío, defensivo, apartando mi pene. Al ser consciente de su inofensiva curiosidad lo fui también del placer que me provocó su húmeda nariz en mi sexo.


Ahí fue cuando algo cambió y olvidé toda regla social girándome de nuevo y acercando mi pene a la curiosa que tenía junto a mi…aunque ésta pesara 40 quilos y tuviera el cuerpo cubierto de pelo.


Husmeó un poco sin tocarme y luego posó su hocico en mi verga moviéndolo caóticamente pero dejando escapar exhalaciones que me parecían suspiros que animaban mi masturbación. Acaricié su cabeza y Tara, en el acto, adquirió la confianza que le faltaba para inclinarse y sobre la punta de mi glande de dónde empezaban a emanar gotas de líquido preseminal depositó su gran y áspera lengua una y otra vez. Aquello me hizo sentir algo animal, sucio y tremendamente excitante que se repetía con cada lamida que me proporcionaba mi Tara. Mi mano recorría el tronco de mi pene mientras Tara daba pequeños pero rápidos lametones a mi glande. Recuerdo que deseé metérsela en la boca y que pudiera succionarla olvidándome de que era una perra.


Su respiración caliente, mis caricias a lo largo del pene y los lametones rápidos pero incesantes me llevaron a un clímax de una intensidad anormal y animal mientras la primera ráfaga de mi esperma se depositaba sobre la para de Tara, sorprendiéndola y dándole más gotas y más espesas para sus lametones que prolongaban mi orgasmo.


Mi mano se cansó pero no mi querida Tara que ya en menor medida pero incesante continuaba su ir y venir con su gran y áspera lengua sobre mi cada vez más flácido pene.


Y así me dormí, mientras Tara dejaba de lamer pero apoyaba su cabeza en mi ingle, se acomodaba a mi lado en mi cama como la compañera que había sido…recuerdo que notaba su respiración en los testículos.


 
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