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Cinco días de Mayo
Primera parte
El encuentro
Acababa de bajar del avión 787 procedente de Canarias. La nave llegó a Barajas a las 08:30 de aquella mañana fría de mayo. Sólo iba a pasar cinco días con los compañeros de la célula 11. Llevaba tan solo un bolso de mano ancho con cuatro mudas, tres camisas, dos corbatas, el terno oscuro que tenía puesto y otro más claro bien doblado en él. Nunca, en los otros viajes anteriores, llevaba más de lo que tenía ahora. No me gustaba pasar por la Terminal con tanta gente, hacer compás de espera por unas maletas que se parecen, que muchas veces se confunden y se pierden. En fin,…
Me dirigía hacia la salida topando con los pasajeros de los distintos vuelos. De pronto alguien tropezó conmigo, se cayó al suelo mi bolso y yo casi pierdo el equilibro. Aquella persona era una joven más alta que yo que llevaba gafas oscuras de cristales al aire, moderna. Fijó sus ojos en mí con indiferencia, no me había visto, mantenía su mano izquierda pegada al oído de ese lado y la disculpa no tenía base.
-Perdón, señor, no me di cuenta…
Se giró de espalda sin esperar mi respuesta. La miré molesto esperando algo más y la vi colgada a un móvil, gesticulando frenéticamente con su mano derecha de uñas largas cuadradas, lacadas al natural. Su voz estaba agraviada, ora bajando la voz y ora subiéndola al momento siguiente. Se giró de perfil y se inclinó al tiempo que movía ese brazo como dando más fuerza a las palabras quebradas por la amargura que mostraba. Yo estaba allí firme como una farola de luz, con un cabreo fenomenal y haciendo tiempo para que pidiera perdón de verdad.
-Te lo suplico, Alejandro, no me cuelgues, cariño. Ven a Madrid y reúnete conmigo, podemos empezar de nuevo. Tienes que comprender que me moles… –Desde el otro lado de la línea alguien cuelga.
Se giró airada dando una patada en el suelo y quedó vuelta hacia mí, estaba que echa rayos y centellas, se arrojó el cabello largo y lleno de ondas hacia atrás en un estado de histeria evidente. Se dio cuenta que la observaba y quiso pagar su enfado monumental conmigo, me lo dijeron sus ojos grandes pero lo debió pensar mejor y se volvió de espalda rápidamente ¡No me había reconocido como la víctima del tropezón! Ahora sabía que no tenía esperanzas de que diera esa disculpa.
Sonó nuevamente el móvil y ella, sin ver quien era lo lleva al oído retirándose el pelo. Escuchó…
-¡Venga, hombre! ¡Anda ya!... ¿Y de tus putaditas, qué me dices? –Se alejó hacia el fondo de la enorme sala llena de gente. La perdí de vista cuando se confundió con todos los pasajeros.
No era bonita, eso era verdad, pero con un cuerpo y unos pechos de infarto. Los pantalones vaqueros azules desteñidos, rotos y desflecados por las rodillas y muy ceñidos presentaban unas nalgas respingonas y bien apretadas con forma de corazón, dejando ver perfectamente el nacimiento de los largos muslos redondos y señalados por aquellas perneras que desaparecían dentro de unas botas de piel de ante azul y de caña alta. Sólo llevaba una camisilla blanca de tirantes finos, también ceñida. Ésta era corta porque dejaba ver unos quince centímetro de cintura. Un bolso forrado en tela vaquera del mismo color que el pantalón colgaba del hombro. Sus cabellos, como dije, eran largos, sedosos, llenos de rizos brillantes que se alborotaban por la cantidad de movimientos frenéticos que la chica le imprimía. En conjunto era una chica agradable, sin embargo, su ropa le quitaba la elegancia que debía tener con ropa más normales. Pero era joven y esa su moda. Ya no había que mirar más
-Preciosa de verdad, si señor, ¡Lástima! –Dije en voz alta, deseando que me oyera. Estaba cabreado y frustrado- ¡Ya me gustaría a mí consolarte a solas de ese sufrimiento, niña!
Seguí mi camino resignado. Un guardia Civil, apostado en la puerta automática, contemplaba y vigilaba el tránsito de los pasajeros. Salí a la sala de espera donde se encontraban los tres compañeros de la célula. Los abracé uno a uno y comenzamos a charlar animadamente. Queríamos preguntarnos mil cosas allí mismo y en un instante compendiando un año entero de ausencia, hablando a borbotones, quitándonos las palabras de la boca. De pronto quedamos mudos, absortos, mirando la puerta de salida de los pasajeros. La joven del móvil salía.
Ahora podía verla de frente. La camisilla ajustada dejaba ver un escote en V que sofocaba a duras penas la rebeldía de unos senos generosos sin sujetador que querían salirse de la prenda y moviéndose descaradamente a través de la prenda. Sus pezones, bien señalados, se veían grandes o estaban excitados y el escote exagerado de la prenda casi no los tapaba. El vaquero, tres tallas menos, era de cinturilla baja y estaba tan ajustado que la cruz de éste se introducía en la vulva permitiendo ver claramente los labios vaginales separados por la costura. No llevaba cinturón, no le hacía falta. Los cuatro nos quedamos lelos admirando a la mujer, observándola como adolescentes idiotizados. Caminaba deprisa y sus pechos se movían de forma mortificadora a la vista. La chica nos miró y un rictus de asco apareció en su boca.
-¡Viejos cerdos! –Escupió en alta voz cuando pasaba a nuestro lado y dejando un precioso olor a perfume francés de los caros.
-¡Puta! –Contestó Nicolás con rapidez, ofendido y alterado, moviéndose hacia ella
-¡Eh, eh, eh, Nicolás! ¡Tranquilo! –Me puse delante y le pedí calma.
-¡Nos ha llamado viejos cerdos!
-¿Y cómo la hemos mirado nosotros, eh? –Dije algo enojado con Nicolás sin saber el por qué- al fin es una chica joven y viste según marca la moda
Los otros dos, Carlos y Pedro, seguían con la vista a la espectacular muchacha que se alejaba a pasos agigantados, moviendo aquellas caderas respingonas de ensueño. Un poco más allá se oyó el zumbido de un móvil, la joven redujo la marcha, lo sacó del bolso y nuevamente se lo ponía al oído. Su caminar no era tan rápido pero avanzaba ligera.
-¡Carajo! –Exclamó Carlos en el colmo de la admiración- ¿Habéis visto a la chorva que cachonda es? ¡La madre que la parió, qué buena está!
La Célula11
Nicolás, Federico, Carlos, Pedro, Manuel, Esteban, Nicolás II, Francisco y yo, que me llamo Gerardo, componíamos una de las varias células del sector estudiantil anarquista de la Universidad Laboral madrileña. Estaba adscrita a la oposición comunista y perteneciente al Sindicato de la C.N.T. en el exilio y que, junto al miembros importantes del gobierno de la II República, trabajaban, desde hacía más de 25 años, por una España mejor y unos sindicatos libres. Nos llamábamos Célula11 porque siempre nos reuníamos en la cafetería Alcázar de Toledo, que estaba en el número once de la calle San Pedro.
Cuando este país, por referemdun, entró en una reforma política que dio paso, dos años después, a la democracia, nosotros fuimos amnistiados y reconocidos política y socialmente por Adolfo Suárez el 28 de abril de 1976, como miembros activos y reconocidos de éste Sindicato. La Célula11 ya no tenía razón de ser y nos disolvieron de un plumazo a primeros de mayo como les ocurrieron a los milicianos que lucharon valientemente en la España del 36. Prometimos en la misma cafetería, bajo juramento de mano sobre mano, que, estuviéramos donde estuviéramos, nos reuniríamos en mayo de cada año para visitar y recordar siempre nuestras andaduras.
Y así fue, durante siete años seguidos nos reuníamos todos durante cinco días de mayo en el hotel Concorde, situado en la misma calle y recorríamos, como en peregrinación, los lugares en los que habíamos estando operando, muchas veces con luchas incruentas y en la clandestinidad.
Por las noches nos íbamos a cenar, bailar y a ligar sobre todo. Muchas chavalas, las liberadas de aquellos años, pasaron por nuestras habitaciones en los cinco días de cada año en que estábamos juntos y, con el destape de los años 78-85, llegamos a hacer orgías que se pasaban de madre ¡Qué bien nos divertíamos! En el último año que estuvimos todos juntos, fue en 1985, por realizar estas reuniones desenfrenadas, donde el alcohol se desbordó, nos echaron del hotel enviándonos a la policía. Nos enfrentamos a los agentes a puñetazos limpios y borrachos como cubas, calientes porque lo consideramos una violación de nuestros derechos de ciudadanos libres. Dormimos, durante dos días y una noche, en los calabozos todos apiñaditos como buenos chicos hasta que se nos pasó la borrachera y los efectos secundarios de ésta. Al año siguiente volvimos al hotel con caras de buenas personas, compungidos, uniditos como para dar veracidad a nuestros arrepentimientos y el director, hombre joven de nuestra generación, con sonrisa burlona y aptitud paternalista, nos perdonó aquellas "faltillas" haciendo la vista gorda con otras menos escandalosas pero muy efectivas.
En octubre de ese mismo año 85, Nicolás II y Manuel, mecánicos electricistas en tecnología punta de la RENFE, murieron en un accidente de coche, ironías de la vida, precisamente en un paso a nivel sin barrera. Al año siguiente, durante veinticuatro horas, les guardamos luto y fidelidad, al segundo, tercero, cuarto y quinto día la juventud y el desenfado de la treintena, nos llevaron al libertinaje y al crapulismo del sexo en expansión. Pero llegó el momento de contraer matrimonio y centrar nuestras vidas, a ser sensatos, honestos alguna vez. Algunos de nosotros comenzaron a faltar a las citas de los años siguientes con excusas tan recurridas como la mujer, los hijos, la familia… Y, desde hace tres años hasta este momento, solo hemos quedamos Pedro, Carlos, Nicolás y yo. Todos nos habíamos casados pero seguíamos siendo unos golfos putañeros con nuestros cincuenta años recién cumplidos. Durante esos cinco días de mayo gozando de libertad absoluta. El que más o el que menos de los que estábamos reunidos teníamos problemas matrimoniales.
Obsesión
Desde el aeropuerto nos dirigimos, como era costumbre, al hotel Concorde, De ahí nos fuimos a la cafetería El Alcázar de Toledo a desayunar, primer recorrido del periplo y fue cuando la volví a ver, sentada en una mesa, vistiendo de la misma guisa, con una coca-cola delante, con una agonía reflejada en su cara vulgar mientras hablaba por su móvil, triste, melancólica y con los ojos llorosos. Seguía suplicando con voz enronquecida, gesticulando siempre con la mano ¡Qué hermosa me resultó verla allí sentada, Dios santo, qué hermosa!
-¡Mirad, mirad, compañeros! ¡La chorva del chocho grande! –Gritó Nicolás a todo pulmón y muy jubiloso.
Carlos quedó sorprendido y yo quise que la tierra me tragara en aquel momento, Pedro se tapaba la boca para amortiguar las sonoras carcajadas. Tres de nosotros quedamos cortados por el momento pero también nos daba la risa por la salida de tono. Carlos no sabía que hacer y yo quise salir de inmediato de allí empujando despóticamente a Nicolás hacia la calle, Pedro se apoyaba en el hombro de Nicolás llorando por la risa que no podía contener. La había visto al entrar y ella a mí también. Nos cruzamos las miradas largamente haciéndole un gesto de impotencia y ella nos ignoró olímpicamente. Ante aquella entrada tan "bestial" de Nicolás en el local, la chica giró la cara avergonzada y asqueada ante las carcajadas sonoras de los presentes que la miraban y del propio compañero Pedro.
Nicolás y Pedro no quisieron marcharse y entraron solos, nosotros lo acompañamos al minuto siguiente. La chica del móvil estaba sentada en una mesa cerca de la entrada y de perfil. Yo no podía quitarle la vista de encima. Mis compañeros, pasado aquel momento, se dedicaron a organizar el circuito "turístico" de nuestro periplo. No atendía ni podía apartar mis ojos de su persona. El pelo ondulado le tapaba a veces la cara algo redonda, de ojos separados y grandes, nariz respingona, boca también grande de labios gruesos, su frente despejada y con una pequeña cicatriz. Ya digo, No era bonita en absoluto pero del cuello para abajo no tenía desperdicio alguno. Sin embargo, me cautivó nada más verla y me obsesionó ya desde el aeropuerto.
La tristeza siempre presente en su rostro le daba un toque muy personal a su poca belleza. No cabían dudas que lo estaba pasando mal y al cabronazo del otro lado de la línea le importaba tres carajos las insistencias constantes de la pobre muchacha. Pensaba todo esto sin dejar de mirarla. Tan concentrado estaba en la joven que no me di cuenta que también me observaba. Que me gustara debía de ser muy patente porque no me miraba con asco sino seria y con un cierto gesto de gratitud en su semblante. Cuando desperté del embobamiento aparté la mirada rápidamente. A los cinco minutos se marchó.
-¡Joder, compadres! ¡Yo me comería ese culo ahora mismo y aquí si no cagara todos los días! –Bramó Nicolás con su habitual brutalidad y gracejo. Los compañeros no pudieron contenerse y yo quedé muy serio, me había dolido enormemente el comentario obsceno del bueno de Nicolás.
Durante toda la mañana visitamos lugares que nos hicieron sentir la emoción de siempre. Preguntamos por personas que nos ayudaron en su momento y algunas habían desaparecido ya por el paso de los años. Visitamos la estación ferroviaria de Atocha, el andén 19, donde solíamos recoger los panfletos venidos de Francia para repartirlos por todo Madrid. Hicimos un alto para comer en el hoy Corte Inglés, antes un establecimiento de cuatro pisos, de la calle Raimundo Fernández Villaverde. En ningún momento se apartó de mi pensamiento aquella muchacha.
Premio a la tenacidad
Algo sentó mal a Carlos después de comer que se la pasó en su habitación sin ganas de salir, acostado, visitando constantemente el baño. Llamamos al médico del hotel y éste le diagnosticó dos días de dieta blanda y unos polvos que debía tomar cada tres horas. Bajé al salón de lecturas y, al entrar, la encontré allí. El corazón brincó de alegría ¡Cielo santo, qué cúmulos de coincidencias! La vi frente a la puerta de entrada leyendo un libro, sentada en un sillón con una mesita al lado donde se veía el dichoso móvil encendido. Ahora vestía un pantalón blanco muy estrecho, con todas las caracterísitica del anterior. Una blusita rosada y transparente metida por dentro de la prenda dejaba ver, claramente, un mini sujetador que a duras penas mantenía aquel pecho de mujer grande y hermoso. Las piernas abiertas permitían ver el sexo dividido por la costura que se metía entre los gruesos labios vaginales tan golosos. Mi pene se alteró y debió crecer algo.
Cuando quise pasar desapercibido la chica se fijó en mí y también se sorprendió. Noté sorpresa en su cara y sus ojos siguieron mi figura hasta que quedé sentado en un sillón próximo al suyo. Tomé una revista al tiempo que la volvía a mirar con ese gesto mecánico que no se puede evitar, y ella tenía la vista fija en mí. Por sus ojos pícaros y la suave sonrisa burlona de la boca entendí que sabía que la miraría nuevamente. Como un niño cogido en falta tapé la cara con la revista. Estaba nervioso a mis cincuenta años y mi pene no quería bajarse. El saber que se encontraba allí me causaba tormento y un placer infinito. La revista temblaba en mis manos, no leía tan sólo quería volverla a ver. Poco a poco fui bajando la publicación y la busqué por todo el salón. Ya no se encontraba en el salón
Pensé que si salía detrás de ella en ese instante sería el hazmerreír y esperé unos cinco minutos cronometrados. Me puse en pie como un rehilete y salí de la sala. Pasando la puerta de cristal, a la izquierda, estaba la piscina. El recinto exterior se encontraba animado, hombres y mujeres en trajes de baño se movían por allí alegremente o estaban sentados o bañándose. Los camareros, perfectamente uniformados, iban y venían con los pedidos en las bandejas que parecían apéndices de sus manos. Enfrente, bajo un techo de lona estaba la cafetería muy concurrida. Eché un vistazo a todo el recinto buscándola. Sentada en el mismo pasillo de la cafetería estaba la muchacha con sus gafas de sol puestas y a media nariz, sin camisa, mostrando sus pechos dentro de aquel sujetador diminuto de bikini y el libro abierto sobre sus piernas. Mi comportamiento era ridículo e infantil siguiéndola como un perrillo faldero y temía su burla. Mirándome por arriba de las gafas y una amplia sonrisa en su gordezuela boca demostró que no me equivocaba.
Estaba tan indefenso allí, bajo el dintel de la puerta que daba a la piscina, como el piojo en una calva. Dirigí los pasos hasta la barra y pedí un cortado. Las manos me temblaban ¡Cómo había sido tan imbécil de seguirla a la piscina! ¡Una chiquilla de algo más de veinte años jugaba conmigo al gato y al ratón descaradamente! El cortado me supo a rayos, no osaba mirar hacia el lado derecho y al fondo pero la curiosidad, que no es totalmente femenina, hizo que girara la cabeza un poco, lo suficiente para observarla. No se había movido, no leía y jugaba con el móvil. Giró el rostro hacia donde yo estaba de sopetón. Si señor, allí estaba yo, detrás de una veinte añeras fenomenal haciendo el ridículo como buen hombre, tomando un café que ya no existía, vigilándola, comiéndomela con los ojos ¡Desesperado por sus huesos!
Cuando volví a mirar, ya vencido y ridiculizado, estaba ella entrando en el salón con su sempiterno móvil en la oreja. Avisé al barman con los ojos, pedí la cuenta y marché a lo tonto hacia el interior. Antes de entrar la oí que decía
-…¡mira, Ángela! ¡Dile que ya no volveré a llamarlo más! Que esté tranquilo donde esté, que se divierta con su mujercita y esa niñata estúpida de hija que tiene.
…
-¡Ah, coño! ¿Está en la Sierra?
…
-No te preocupes, Ángela, déjalo estar ¡Yo se pasarlo bien a mi manera! ¡Adiós!
Dejé pasar un rato y entré. Continuaba allí, paseándose inquieta, con el pensamiento en otro sitio. Pasé a su lado y no me vio, todo olía a su perfume francés, entré en el salón de lecturas y me senté donde había estado la primera vez. Estaba leyendo el periódico cuando percibí su perfume.
-¿Por qué me sigues a todas partes? ¿Qué quieres de mí? –Estaba delante, con todo su poderío de mujer- ¿Es que te gusto? Te diré que no soy una pu…
-Si, me gustaste ya desde que te vi esta mañana en el aeropuerto –Dije interrumpiéndola- Luego me impactaste por esa tristeza constante que te domina. No sé si es deseo carnal u obsesión por ti. Sólo sé que cada vez que te veo no puedo apartarte ni por un momento de mis ojos y mis pies van donde estás tú –Hablé de corrido, nervioso pero ya no podía pararme. Estaba descubierto- Esta mañana, con mis amigos, no dejaba de pensar en ti ¿Por qué no apagas ese maldito móvil que tanto daño te hace? Olvídate por un buen rato de quien sea, nos tomamos algo, hablamos y disipas esos pensamientos que te han tenido sola, triste y llorosa todo el día.
Ella se quedó mirándome largamente, luego, levantándose se alejó hacia la salida del salón. Aquellas nalgas duras con forma de corazón se movían al caminar de forma insinuadora, fascinante, tentadora…
-¿Por qué no me acomp…? –Se había vuelto con cierta rapidez ¡Maldita sea mi estampa! Otra vez sorprendido mirándole el culo. Rió alegremente echando la cabeza llena de rizos hacia atrás- ¡Anda, vamos! Invítame a lo que quieras. Me llamo Elisa ¿Y tú?
Amistad
Aquella tarde, que yo recuerde, fue la más interesante que he pasado con mujer alguna. Con Marta, mi mujer, en los nueve años de matrimonio, tres lo pasamos relativamente bien, tres nos soportábamos mal que bien y el resto a duras penas. Ella con sus pruritos religiosos sobre las relaciones entre hombre y mujer y yo con la mente más despejada y adelantada sobre el sexo. Con esta muchacha liberal, abierta, alegre y cachonda podía hablar de cualquier cosa sin tener que dar rodeos. Pasamos parte de la tarde sentado en la zona de la piscina tomando daiquiris ella y cubatas yo, luego saliendo del hotel y paseando por las calles, hablando sin parar, riéndonos de cualquier cosa, contándonos chistes de todos los colores, Elisa olvidada totalmente de su móvil que no sonó ni tan siquiera para avisar de los mensajes. En fin, la tarde mejor que he tenido con señora alguna.
Paseando por el paseo de El Prado nos cogió la noche y la hora de cenar. Ni ella ni yo nos dimos cuenta de nada hasta que un reloj, de algún edificio público, dio las nueve.
-¿No sientes hambre, Gerardo? –Dijo parándose y tocándome en el brazo
-¡Si, es verdad! Ahora que lo dices ¡Vamos para el hotel corriendo!
Y Elisa, sin vergüenza ni reparos tontos, con la libertad a la que estaba acostumbrada, me tomó de la mano y corrimos animadamente por El Prado alante hasta entrar en la calle Atocha. Ella alta, llevándome la frente, yo mayor, quien nos veía se diría que formábamos la pareja dispareja. Verla correr a mi lado era un constante acaloramiento, los senos generosos se movían arriba y abajo indolentemente haciendo que toda la adrenalina de mi cuerpo fluyera de forma alarmante sofocándome. Elisa se paró y, con cara asustada se disculpó.
-¡Perdona, Gerardo, no me di cuenta! Es posible que no estés acostumbrado a correr y …
-¡No te preocupes, Elisa! No es el trotar, estoy acostumbrado a correr diez kilómetros diarios. Eres tú y tu preciosa anatomía.
No comprendió al pronto hasta que se miró dándose cuenta de lo que quería decir. Comenzó con unas carcajadas fuertes que hacía que su tronco fuera de atrás hacia alante apoyándose con las manos en sus muslos y estremeciéndose toda por la risa imparable
-¡Hay, hay, Gerardo! ¡Dejarías de ser hombre si no te fijaras en las buenas tetas de una mujer! Gracias, es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo ¿Vámos?
Volvió a darme la mano pero esta vez como hacen las parejas de enamorados, palma con palma y los dedos entrelazados. Nuevamente corrimos, no reparaba en mostrarme su cuerpo en plena acción y, de vez en cuando, dirigía sus ojos hacia mí guiñándome uno a la vez que mostraba una sonrisa sincera. Llegamos a la calle San Pedro y entramos en el hotel. Pasamos al comedor tal cual estábamos y elegimos una mesa en el centro del mismo, sofocados, algo sudorosos, alegres y felices por los momentos pasados. Elisa miraba su alrededor de otra manera, con una sonrisa permanente en su boca grande y gruesa, los ojos brillantes y pícaros. Volvió a guiármelo diciendo.
-Te estoy muy agradecida, Gerardo, he pasado unas horas deliciosas. Me has hecho olvidad una relación que está siendo dolorosa para mí –Lo decía con sinceridad, clavando sus ojos en los míos mientras se ponía la servilleta en los muslos.
No contesté tan solo hice un gesto que quitaba importancia. Pedimos el menú de esa noche que nos agradó y, entre platos, copas de vino y una charla amena acabamos con la comida llegando al café.
-¿Te gustaría ir a la discoteca? La música que pone es lenta y buena de bailar. Después de la carrera que nos dimos no creo que apetezca pegar brincos ¿No crees?
-¡Buena idea! Tampoco soy de los que gustan de música muy movida. El baile es para gozarlo abrazando a la mujer y no para que cada uno vaya por su lado.
Y pasamos a la disco cogidos de las manos. Esta vez fui yo quien se atrevió a tomarla sin decir nada y Elisa la apretó con sinceridad.
Nos sentamos en una mesa apartada, casi al fondo de la discoteca, oscurecida porque la luz multicolor de la pantalla giratoria no nos alcanzaba. Después de pedir, ella me invitó a bailar haciendo un gesto con sus ojos. Salimos a la pista. Sonaba "El gato está triste y azul", de Roberto Carlos, la tomé entre mis brazos y comenzamos los primeros compases con pasos lentos. Elisa, como al descuido, se pegó a mí abrazada al cuello y sus pechos quedaron algo aplastados un poco por arriba de mi torso. Sentía su espalda y su columna tibia, tersa y la apreté con devoción. A medida que los compases de la música avanzaba mis manos corrían de arriba abajo su espalda acariciando su columna, su talle, la carne tibia a través de la seda de su camisilla hasta que llegaron a sus poderosas caderas donde las detuve sin poder creer lo que estaba sucediendo, apretándolas levemente en principio de éstas para ser atrevido más tarde. La muchacha se arrimó más y sus mamas quedaron hundidas en mí.
La conduje hacia el perímetro de la pista donde la luz en movimiento nos dejaba en total penumbras, solos los dos, fundidos en una sola persona. Mis manos se apoderaron desesperadamente de los glúteos macizos en forma de corazón apretados por los pantalones y los estrujé emocionado. Casi no bailábamos, nuestros cuerpos se movían en el mismo lugar. Elisa besó mi mejilla y deslizó sus labios hacia la oreja izquierda mordiéndola al tiempo que su lengua mojaba el interior. Introdujo media oreja en su boca y la chupaba con gusto. Yo enloquecí y mi pene quedó totalmente enhiesto clavándolo entre sus piernas que lo recibió quieta y apretándolo entre ellas, rozando la base de su vulva. Durante un buen rato acariciaba toda la superficie de las nalgas, luego, subía la mano derecha metiéndola por entre sus brazos y tocaba el nacimiento de aquella masa de senos aplastados en mí.
Estuvimos en aquel rincón dos piezas más, yo con las manos perdidas en su cuerpo, Elisa besándome, buscando ella sola por primera vez mi boca, mordiendo con cierta fuerza los labios con sus dientes, besando y chupando la nariz, lamiéndome la cara y acariciándola con sus gruesos labios después. Fui sacando poco a poco la blusa de seda transparente de la parte de atrás del pantalón y metía la mano por dentro de ésta acariciando aquella espalda de piel fina que se electrizaba al contacto de mis dedos. Elisa se separaba de mí permitiéndome que le tocara su pecho izquierdo de abajo hacia arriba. El sujetador de copa pequeña dejaba percibir un pezón medianamente grande que estaba duro por la excitación que recibía.
-Vamos… vamos… a la mesa, Gerardo, por favor –Elisa estaba totalmente estimulada. Cuando nos dirigimos hacia nuestro sitio ella casi no podía caminar.
Nos sentamos y la tomé de los hombros atrayéndola hacia mí –"¡Dios, nunca creí tener a esta mujer!"- Me decía para mis adentros. Su boca abierta y yo zambullido en ella literalmente, con la mano derecha crispada en su pecho derecho ocultando al público las caricias con mi espalda. La muchacha bajó una mano, la pasó entre mis muslos y tomó mi pene cerrándola en torno a éste, acariciando, apretando y comprobando el tamaño. Yo, dentro de su boca, saboreándola como el mejor manjar, le susurraba.
-Elisa, sé que no soy el hombre de tu vida, el que te tiene enamorada, al que tú persigues. Casi te doblo la edad posiblemente. Estás empezando a vivir y yo… yo he vivido más de la mitad de la mía –Mordía sus labios y la saliva de los dos nos corría por las comisuras. Ella escurriéndose en la silla con mi falo bien apretado y acariciando con el pulgar el glande por encima del pantalón- Me veía mayor que tú y sabía perfectamente que… la ley de la vida me decía que no al sueño por una mujer muy joven, hermosa, que podía ser, tranquilamente, mi hija. Pero ¡Dios bendito! ¡Estás aquí, conmigo y eso… eso…!
Elisa soltó mi pene y su brazo se enroscó en mi cuello abrazándolo con fuerza. Separó su boca de la mía mirándome a los ojos
-¡Una mujer joven también puede tener deseos de estar con un hombre como tú! ¡De saberse querida y acariciada por él! ¡De aprender mucho de un hombre corrido! Llévame a tu habitación, Gerardo, llévame y comienza a demostrarme quien eres. Yo procuraré poner mi granito de arena.
Una noche de ensueño
Nos levantamos como pudimos, calientes, fuera de sí los dos. Pagué y salimos camino de la Recepción, pedí la llave y entramos en el ascensor, arrinconándola en la esquina del fondo de la caja mientras subíamos al tercer piso
-Elisa, sé mía esta noche –Decía besando su cuello, buscando su oreja, besando todo el rostro congestionado por la excitación- Sé mía esta noche luego…, luego marcha si es tu deseo. Déjame tu recuerdo poseyéndote, en ese perfume, en tu calor de mujer ardiente. Ya ves, pido poco y me conformo con eso…, con lo que quieras darme
Mis manos acariciaban aquellos labios vaginales marcados profundamente por la costura del pantalón. Los apretaba y notaba lo grande y carnoso que eran. Elisa se encogía hacia delante y cerraba, sin quererlo, las piernas en torno a la mano atrevida, el deseo de mí y la excitación que sentía toda ella le producía el terror de la protección de si misma. El ascensor se paró y yo me separé a duras penas. La conduje hacia mi habitación y la distancia me pareció que era como ir a la luna ¡Maldito pasillo! Cuando entramos y cerré la puerta creí que estaba en la mitad de la habitación pero no, estaba al lado izquierdo, pegada contra la pared, los brazos abiertos en cruz indicándome que se entregaba totalmente. Quedé frente a ella en silencio comenzando a desabrochar la blusa transparente botón a botón, pocos, a decir verdad, abriéndola a medida que desalojaba un ojal, viendo unos pechos macizos, generosos, anchos en su plenitud. Aparté toda la camisa sacándola del estrecho pantalón y tocando con el índice el profundo canal que formaban las dos tetas.
-Voy a hacer un festín de tus senos, gustaré de ellos, gozaré de esta belleza natural que te ha dado la Naturaleza y luego, luego seguiré por aquí… –El índice bajaba lentamente por el estómago plano, aterciopelado y redondeaba su ombligo hundiéndome en él, avanzando, acto seguido, hacia el pubis, percibiendo con la yema del dedo aquel triángulo de vellos ensortijados- Y beberé de esta fuente de vida, Elisa, ahora…, toda la noche, todo lo que la capacidad de mis fuerzas me permitan.
Nuevamente cogí la vulva y la apreté una y mil veces más. Ahora mis dedos pasaban por la costura que se metían entre los labios y buscaba los laterales acariciando uno y luego el otro y, a continuación, los abarcaba con toda la palma del a mano volviendo a repetir la acción. Elisa sentía como me apoderaba de su sexo e iba agachándose lentamente ante la caricia. La boca abierta y la saliva resbalándole por su boca. Los ojos medio cerrados, mirándome como asustada. La pierna derecha subiendo a medida que me apoderaba completamente de la vulva. La restregaba por su monte de Venus con toda la mano abierta y bajaba otra vez apretando cada vez más fuerte hasta que ella esgrimió unos grititos de puro gusto ante el estímulo recibido. La redonda cara estaba tan cerca de la mía que no tuve más que hacer un pequeño giro hacia la derecha y apoderarme de los labios gruesos comenzando otra vez a morderlos con los dientes, a besarlos, a mojarlos con mi lengua cuando pasaba por ellos, a bajar hacia la barbilla y, abriendo la boca, la metía bien adentro, chupándole todo el mentón, lamiéndolo como si fuera un enorme pezón.
Había subido por la cinturilla pequeña del pantalón desabrochando el botón metálico. La cremallera bajó por sí sola debido a la estrechez de la prenda, todo ello sin dejar de comerme su barbilla, dejándole sentir mis dientes, mi lengua. Bajé los pantalones centímetro a centímetro, con dificultad por lo ajustado. Cogía sus caderas casi desnudas, tibias, respingonas. Estrujé con mis manos los glúteos gozando de la superficie suave y limpia de vellos. Percibí un fino hilo dental entre las nalgas y metí los dedos de mis manos por entre el cordón hasta el fondo buscando el principio de los hinchados labios vaginales -¡Dios!- Exclamé desde mi interior -¡Esta mujer es una verdadera gozada! ¡Una hembra maravillosa que me la has puesto delante para gloria mía!
Elisa quería poner las manos sobre mí pero titubeaba una y otra vez. La sentía vibrar, estremecerse por momentos. Su piel se volvió de gallilla por lo erizada y los gemidos eran constantes. Dejé la barbilla y comencé a besar el cuello y los hombros. Pase la mano derecha por el sexo y el que se estremeció fui yo. Grande, carnoso, El triangulito del tanga se adhería de tal forma a ellos que más parecía que no tenía nada y permitía apreciar la magnitud de aquella vulva magistral y algo velluda. Los comprimía con ansias hundiendo el canto de mi dedo índice entre los labios y frotando aquel pliegue de arriba abajo con intensidad muchas veces. Elisa dejó oír un gritito agudo y profundo y se estiró hacia arriba cuan larga era logrando poner sus manos sobre mi cintura y apoyándose en ella. Como besaba todo su cuello la cabeza de ella empezó a tensarse y su hermoso cuerpo a temblar y a convulsionarse. Levantó la pierna derecha hasta hacer un ángulo recto pegándola a mi costado izquierdo y los jadeos se hicieron más fuerte, se convirtió en gemidos intensos, desaforados.
Cogió mi mano acariciadora con la suya parándola y hundiéndola en su coño con una fuerza que yo no me atrevía a imprimirle, no sin ganas, claro, y se corrió de auténtico gusto. Apretó tanto la otra que tenía apoyada en mi cintura que el dolor me recorrió en redondo. Treinta segundos después, ya más calmada, controlando los grandes jadeos Elisa fue replegándose y volviendo a la normalidad. El tanga se mojó de inmediato y con él mi dedo incrustado en el interior en sus labios.
Elisa resoplaba todavía cuando yo empecé a pasar la boca por sus pechos besando las dos masas, hundiéndome con devoción en ellas, mordiendo los pezones con los labios y haciéndole sentir el frío terror de mis dientes a modo de sierra. Mamaba de aquellos pezones duros y los absorbía hacia adentro como hacen los bebés en busca de su alimento. Tomó mi cabeza para separarla de sus senos, temerosa posiblemente, pero no lo permití. Poco después, y lentamente, comencé a bajar por su vientre pasándole la lengua por todo él, mordiéndola aquí y allá, buscando sus puntos de placer, apoderándome con las manos de sus pechos electrizantes, amasándolos con pasión, sin violencia. Mi boca acariciaba, babeaba y mordía su piel con una lentitud pasmosa mientras bajaba hacia su pubis.
Llegué a la pletina de su tanguita y con los mismos dientes la dejé resbalar hasta sus rodillas. Subía ahora con mi boca abierta y caliente, mis dientes en contacto con su piel, mi lengua dejando estelas húmedas en sus muslos, enredando la nariz en el vello púbico, no muy abundante, embadurnándome de sus flujos, oliéndolos y saboreándolos como lo mejor del mundo. Comencé a hurgar con la nariz, la lengua y a mordisquear los labios vuvales mientras mis manos, libres ahora, se apoderaban de las nalgas permitiendo llegar, con la boca, a la vulva totalmente bañada. Mi lengua, que parecía bífida por como se movía por cualquier parte, no dejaba de trabajar, reconociendo todo el sexo a punto de reventar otra vez y absorber sus flujos como lo estaba haciendo ahora. Y la fui introduciendo poco a poco en el interior de aquellos labios cerrados, gruesos y alargados. ¡Dios, poseía un coño grande para asombro mío!, campo inmenso maravilloso para lamerla sin descanso hasta morir de placer, realizar el culilinguo y procurar encontrar aquel famoso punto G que toda mujer tiene en su sexo y muchas veces ignorado por nosotros.
Solté las nalgas y empleé las manos en remover los pliegues vaginales, abriéndolos, dejándolos expeditos para mi lengua insaciable que no paraba nunca. Hurgaba con las lamidas y me deslizaba por los labios menores acariciando esa piel finísima y delicada al contacto de la lengua, catándolos, deleitándome de su enorme juventud. Observé aquel clítoris engrandecido, delirante, mojado todo él por gotitas perladas de sus orgasmos y lo pellizqué con los dientes apretándolo. Elisa, en un acto reflejo y violento, se apartó algo de mi boca y sus piernas se juntaron queriendo proteger su precioso órgano y un gran estremecimiento la recorrió. Su garganta dejó exhalar un gemido patético, raro. No tuve piedad en azotarla haciéndola reaccionar. Nuevamente la tomé y hundí mi boca continuando la exploración de la vulva. La chica estando apoyada en la pared, sin otra salida, se movía a golpe de espasmo queriéndose desprender de allí y deseando, a la vez, que la volviera loca con mis lengüetazos, mis dientes… con toda la boca. Tomaba mi cabeza con sus manitas la aplastaba aun más contra su sexo y, al tiempo, pretendía apartarla con violencia, tal era su situación de extremo sofoco.
Pero, parece mentira, la cabeza que está suspendida en un punto de la columna vertebral puntiagudo tiene una fuerza tal que los brazos no son capaces de apartarla y de eso me aproveché yo sin ninguna piedad. Tan fuera de sí estaba nuevamente la muchacha que comenzó a dar golpes con los puños contra la pared. Mi órgano depredador, lascivo, no paraba de auscultar aquella vulva celestial que segregaba líquido y la pasaba desde arriba abajo y de abajo hacia arriba, mordía el clítoris con los labios esta vez. La pobre chica, casi llorando, se despatarraba por la flojera de sus piernas, vencida ya, fuera de si, suplicándome la vida al tiempo que suplicaba que la matara de pasión.
-¡Gerardo, Gerardo, por tu madre, no sigas! ¡Dios míoooo! –Gritaba y miraba hacia el techo mientras su espalda daba contra la pared mil veces y aquellas manitas nerviosas volvían a coger con desesperación la cabeza queriendo apartarla de su sexo- ¡Fóllame, fóllame, fóllame, por Dioooos! ¡No sigas más!
-"¡Coño!" –Dije para mis adentros, mirándola desde mi posición, con infinita alegría y sabiéndome vencedor- "¡Una mujer veinte añeras que se rinde ante un hombre que le dobla la edad posiblemente! ¡De puta madre!"
Y no la hice esperar más. Me puse en pie reptando con mis manos y tronco por toda ella mientras la estrujaba contra la pared con mi cuerpo.
-¡Desabotona la camisa o rómpela, Elisa! –Dije autoritario, mirándola fríamente pero con cierta ternura. Yo desabrochaba el cinturón del pantalón y lo dejaba caer a mis pies- Ahora, ¡bájame el calzoncillo!
Elisa, obediente, desesperada, con la respiración entrecortada tiró del gayumbo hacia abajo teniendo que agacharse y al pasar por las rodillas, mi pene, totalmente levantado e hinchado la apuntó por arriba de su nariz estando totalmente mojado, oscuro y venoso. Lo tomó con su mano izquierda y con la derecha los escrotos y fue besando toda la superficie con devoción desde la cabeza brillante hasta mis peludos huevos. Puso el pene tocando su mejilla y lo fue acariciando varias veces desviándolo hacia su boca abierta, suave, besándolo, mojándolo aun más con su saliva y, luego, pasó a la otra mejilla para así tener rastros de mis flujos por todo su desencajado rostro, un rostro corriente pero divino en ese momento.
Se puso en pie, abrió mucho las piernas, separada como un palmo de la pared, los brazos casi en cruz, ahora tan alta como yo, expectante, ansiosa, suplicando mudamente su posesión. Me pegué a ella, tomé su mano derecha e hice que volviera a coger mi falo y lo condujera hacia la vagina sedienta.
-¡Métetelo, mujer! –Ordené mientras mis manos se apoderaban de sus glúteos sin apretarlos. Elisa lo colocó muy bien en la entrada, se notaba su experiencia. No tuve que empujarla hacia mí, ella misma dio el golpe de gracia y, estando totalmente mojada, el pene fue deslizándose con la rapidez que la joven imprimía hasta más de la mitad. Elisa, entonces, se colgó de mi cuello y dejó su cuerpo entregado a mis caprichos. Ahora sí que apreté sus nalgas con fuerza empujándola contra mi pelvis, metiendo los dedos hasta tocar todo el esfínter, abriéndolo con mis dedos y mi polla casi tocando el cuello del útero. Tuve la seguridad de que mi pene se hinchaba aun más de lo que estaba dentro de la vagina, que la sangre se agolpaba en mis inflamadas venas a punto de reventar y supe que no tardaría mucho en venirme, en inundarla, en correrme de tal forma como jamás lo había hecho con mi mujer ni con las otras mujeres de las bacanales de mayo. Mientras empezaba a realizar los movimientos del coito me di cuenta el por qué iba a ser mi mejor polvo. Me había enamorado de verdad de la joven del móvil
Elisa había sido mi obsesión durante todo el día. No la podía apartar de mi cabeza desde el aeropuerto y, cuando la volví a ver otra vez la perseguí con denuedo, sin cortarme un pelo. Nunca creí que la pudiera tener siendo ella tan joven y ahora ¡Dios! Ahora la tenía detrás de la puerta de la habitación follándomela como un poseso, con aquel culo que me había vuelto loco, igual que les ocurrieron a mis compañeros, agarrado a él con las dos manos, apretándolo con frenesí, clavándole mis dedos tenazas en sus carnes jóvenes y duras, los dedos abriendo despiadadamente su esfínter. Nunca había creído en lo Sobrenatural, en la existencia de un ser superior, en el dogmatismo de la iglesia, en la filosofía y creencias religiosas de mi familia y la de mi propia esposa. Pero en ese mismo momento que me encontraba dentro de su vagina tan endemoniadamente caliente y deseada ¡Ese día!... ¡Ese día, Cristo!... ¡Ese día creí en Dios!
Elisa me comía a besos, lamía la mejilla izquierda y gemía casi sin escándalo. Hizo presión sobre mis hombros y comenzó a ponerse tensa, a crecer y a crecer, apretándome el torso y la cabeza contra ella a la vez que tiraba la suya hacia atrás y volvió a gemir con la intensidad anterior. Un calor húmedo invadió mi pene bañándolo por completo y yo, en el éxtasis supremo también me vine, sentía como corría el semen por todo el pene con una rapidez tan grande que casi no me dio tiempo a sacarla. Tuve la sensación plena de que no iba a parar nunca. Yo gemía como un descocido a la vez que mis caderas pegaba incesantemente en las de Elisa que estaba cogida y soldada a la pared, desmadejada, palpitante, sintiendo como mi corrida bañaba sus bajos. Mientras aquel infinito sentimiento de placer me inundaba no dejaba de agitar mis caderas contra las de ella, seguramente expulsando las últimas gotas de una gran corrida. Para mí fue la mejor que he tenido hasta hora.
A los dos nos flaqueaban las piernas y nos abrazábamos para mantenernos de pie, las respiraciones entrecortadas, suspirando ambos de tal forma que parecíamos que llorábamos de pura felicidad. Cuando pudimos separarnos dirigimos, al unísono, la vista a la cama. Elisa se miró toda y observó como se expandían los fluidos por los muslos parándolo a mitad de éstos, arrastrándolos por toda su piel para arriba y limpiándose las manos pringadas de nuestra pasión por los senos.
-Voy a bañarme, Gerardo. Espérame cinco minutos, por favor –Restregó su respingona naricilla con la mía y comentó sonriendo- Así se besan todos los Gnomos del mundo entero.
Se metió en el baño sin cerrar la puerta permitió que la viera desnuda durante unos momentos. Se metió en la bañera y, antes de pasar la cortinilla, me invitó a bañarme con ella. Elisa fue quien me bañó primero y luego lo hice yo con ella. No sé el tiempo que estuvimos allí fundido en abrazos, besos y más caricias mientras el agua corría sobre nosotros. Ya más calmados, frescos los dos, todavía excitados y más contentos que unas pascuas nos fuimos a la cama.
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