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Geriátrico
Terminados mis estudios de auxiliar de enfermería con 18 años y aún pensando completar mis conocimientos con algún curso mas tuve que buscarme un trabajo. Las cosas no eran sencillas y de los incontables curriculums que envié solo me respondieron de un geriátrico. Pasé la primera entrevista sin problemas y dos días mas tarde me encontraba trabajando en la residencia. No era el mejor de los trabajos pero el ambiente entre los compañeros parecía bueno y pagaban bien.
Era un lugar agradable, los residentes eran en su mayoría miembros de familias con recursos ancianitos bien cuidados. Recogí mi melena en un moño y embutí mis rotundas carnes en una bata blanca. Me gustaba mi aspecto, me encontraba sexy. La bata pegada a mi culo. Mis primeras horas ejerciendo mi nueva profesión las dediqué junto a una compañera a ayudar a los viejecitos a ducharse. No me desagradaron sus cuerpos, al contrario, me sorprendí, algunos estaban pero que muy bien para su edad y otros extraordinariamente dotados. Algunos de ellos, por estar encamados les hacíamos una especie de baño en su propia cama. Todo sin problemas hasta llegar a la habitación 32, mi compañera me dijo ¡prepárate! No supe lo que pasaría, en la cama un anciano bastante corpulento, de pelo blanco y unos 70 años. No respondió a nuestros buenos días, nos dispusimos a lavarlo. A medida que le pasaba la esponja observé como su pene muerto empezaba a hacerse grande. En unos minutos la erección era tremenda, miré a mi compañera e inmediatamente comprendí. El anciano continuó sin decir palabra.
Cuando terminamos y ya por los pasillos mi compañera me contó. Rogelio había sido un importante notario. La vejez junto con una depresión lo tenían postrado en aquella residencia, no tenía hijos, solo recibía la visita de su hermana. Jamás hablaba y siempre tenía una tremenda erección, todas las mañanas. Poco a poco se convirtió en uno de mis favoritos, y a pesar de no haberme gustado jamás los viejos este me ponía cada día más cachonda. Esos días estaba tan cachonda que me regalaba interminables sesiones de masturbación, en aquel momento no tenía novio y mis dedos y un consolador hacían mi calentura mas llevadera. Me preguntaba si alguna de las enfermeras se beneficiaría de aquellos hombres tan solitarios. O de alguna de las mujeres ingresadas, afortunadamente mis habitaciones estaban en su mayoría ocupadas por hombres. Terminé mi primera semana de trabajo deseando a aquel viejo, pasando esponja toalla por aquel pene con una dulzura que el propio Rogelio agradecía, podía verlo en sus ojos y notarlo en su durísima verga. Procuré que mi compañera no notara mi excitación, ella creía que era la última en llegar la que hacía el trabajo sucio, para mi era un placer. A veces deslizaba un dedo para sentir la piel de sus testículos ummm, tenía que trazar un plan.
La semana siguiente me tocaba noches, después de las cenas todo quedó en silencio, solo una enfermera y yo como auxiliar atendíamos a los ingresados. El médico tenía su propio cuarto y dormía si no había ninguna novedad. A eso de las dos de la madrugada convencí a mi compañera para que diera una cabezadita en el sofá, yo permanecería controlando cualquier novedad. Fantasee con Rogelio y con su enorme verga a solo dos pasos de mí. Y no lo pensé me dirigí a su cuarto, dormía y roncaba como una locomotora, levanté las sabanas, busqué su polla en la abertura de su pijama la acaricié muy despacito, mientras con la otra mano busqué mi clítoris. Masturbé a Rogelio mientras me masturbaba a mi misma. Me corrí tan rápido que a penas conseguí media erección de mi viejo favorito. Volví a mi puesto de control prometiéndome a mi misma algo mejor para el día siguiente y así fue. Esta vez recomendé a mi enfermera echarse una cabezadita un poco antes. Realicé mi vuelta de control por todas las habitaciones y dejé para el último a mi viejo favorito. Entre sigilosamente en su cuarto, dormía, me quité las bragas y avancé hacia su cama. Boca arriba nada interrumpía mis deseos
Le destapé, y bajé su pijama con la habilidad que da vestir y desvestir ancianos a diario comencé a masturbarlo mientras miraba su cara, parecía complacido aunque permanecía dormido. Su polla fue adquiriendo un buen tamaño, mis pezones se ponían duros, tanto que me dolían. Acaricié mis labios estaban húmedos hinchados y calientes. Metí aquella polla en mi boca. Tan suave experimenté el placer único de tener una verga a mi merced, parecía seguir creciendo. En ese momento abrió los ojos, me asusté, creí verle sonreír y continué con mi juego. Desabroché mi bata y le mostré mis tetas, duras y desafiantes, levantó una de sus manos y se dirigió a mi pezón, que pellizcó con mucha fuerza. Me incorporé, me puse a horcajadas y metí su polla en mi coño. Entró con suavidad, llenándome por completo. Comencé a moverme, el viejo seguía entretenido pellizcándome ahora los dos pezones, haciéndome daño, el más placentero de los dolores. Cabalgué al viejo en silencio, el abandono mis pezones por un momento y cogió mi culo con fuerza. vi. su cara y sentí su semen golpeándome dentro. En ese momento yo también me corrí, no sería la última
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