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Cristina y el inquilino
Segunda y última parte
Eres un sol de hombre
Dos horas después despertaba de su sueño reparador con una sábana blanca sobre su cuerpo. Que ella recordara, se dijo para sus adentros, se durmió totalmente desnuda. Sintió que bajo su pelvis había humedad y quedó asombrada cuando, al mirar, tenía una gran mancha amarillenta, su sexo seguía vivo y palpitante. Sonrió, se encontraba feliz, satisfecha, rehabilitada, llena de energía y con ganas de que ese macho que había aterrizado por casa unas semanas atrás volviera a tomarla y hacer lo que le viniera en gana.
Tomó una rápida ducha pero no se vistió, sólo se puso encima un camisón semitransparente y descalza salió de la alcoba. Encontró a Ricardo viendo televisión. Había cambiado la ropa anterior por otra más informal. Calzaba zapatillas y una de ellas bailaba al son que él marcaba teniendo una pierna encaramada en la otra. Entró en el comedor y saludó con un "Buenas noches" frío, cortés, sin mirarlo apenas. De camino a la cocina preguntó.
-¿Ha cenado ya? –Otra vez era poseída por la mirada viva del Ricardo, la sentía en cada poro de su cuerpo recorriéndola toda y eso la estaba poniendo nuevamente en celo.
-Si, Cristina. Me he tomado la libertad de prepararte la cena, como te gusta. No soy un "manitas" como lo eres tú, pero con la cena me defiendo.
Efectivamente, en la mesita de la cocina había una bandeja muy bien preparada y una tapa grande que cubría los alimentos. La abrió y miró
–"Eres un sol de hombre"- pensó mientras sonreía estando de espalda al hombre.
-Gracias, Ricardo –Dijo escuetamente, fingiendo indiferencia.
Él la había seguido hasta allí y se escoró en la puerta. Cristina estaba percibiendo un cosquilleo en sus partes. Estaba desnuda debajo de aquella prenda casi transparente y lo enseñaba todo. El calor de los ojos masculinos eran evidentes en su piel y eso la encendía más y más. Había dicho que la follaría toda y eso quería decir que todas las entradas de su joven cuerpo ¿Cuándo se iban a cumplir esas "bravuconadas machistas"?
El hombre sonrió la postura seria, de la muchacha. Sabía que era fingida, que quería hacerse la interesante, la ofendida. Bueno, eso le gustaba, daba a entender que él le interesaba pero que estaba molesta porque la poseyó sin rodeos, sin crear un romántico ambiente preliminar. Miró al suelo moviendo la cabeza de un lado a otro, se incorporó, dio media vuelta y marchó nuevamente al salón.
Cristina no esperaba aquella reacción, quedó desconcertada. Quería que la observara en todo momento. Pensaba comer de pie para que disfrutara de su desnudez, que se acercara a ella y empezara a acariciarla mientras engullía la cena, que la besara en la boca robándole los alimentos, le cogiera los pechos en sus manazas aunque tuviera que comer con dificultad, pero no, el "carca" se marchaba ¿No sabía aguantar un desaire a modo de broma? ¡Peor para él porque se lo perdería todo! Se sentó de golpe y con rabia. Ya no estaba allí y era mejor comer cómoda.
Terminó de cenar, limpió y seco lo mojado guardando la loza. Se dirigió al salón, Ricardo veía la tele y, tan pronto la divisó, dijo.
La decisión de Cristina
-Cristina, ven aquí –Y hacía un gesto con la mano- Quiero tenerte cerca y hablar.
La joven se acercó y quedó a medio metro de él. Ricardo la tomó de la mano, casi sin inclinarse, la acercó a su lado derecho, colocó su mano en la cintura y la bajó hasta las nalgas femeninas apretándolas suavemente. Siguió bajando y la introdujo por debajo de la faldita del camisón acariciando unas caderas desnudas de lencería. Metió los dedos por entre el pliegue de los cachetes y los introdujo en profundidad buscando el esfínter que encontró con gran facilidad. Lo friccionó tres o cuatro veces. Ella no se movió del sitio y lo miraba con fijeza.
-¿Por qué me llamas de usted? ¿Lo de antes no es motivo suficiente para que tengamos la confianza de un trato más formal e íntimo?
-Y usted..., tú, ¿qué vas hacer ahora? ¿No has tenido bastante?
-Quiero tener este precioso culo, Cristina. Te lo dije.
-Si me lo vas a follar de la manera y forma que me follaste antes te juro que lo voy a poner difícil. Nunca he sido poseída por ahí. Tampoco nadie me inmovilizó para echarme un polvo, de manera que, tú sabrás.
Ricardo continuó acariciando el ano rugoso y aquellas magras y suaves nalgas, metiendo el dorso de la mano entre las dos. Cristina permanecía en el sitio dejándose hacer y sintiendo que se mojaba nuevamente. La excitaba que le tocara el culo y él le repetía otra vez que lo iba a tomar. No sabía como, pero era seguro que en la cama, al menos eso exigiría ella.
La tomó por la cintura y la hizo acostarse sobre sus rodillas pero la muchacha dio un ágil brinco y se puso en pie.
-Si quieres sexo nuevamente lo tendrás, si lo que deseas es sodomizarme vendrás conmigo a mi habitación, a mi cama. Nunca más me pongas en tus rodillas, no me agrada, me da la impresión que te gusta castigar y no lo soporto. Cuando quieras tenerme ahí –Señaló sus rodillas- será sentada y de ninguna otra manera.
Trastámara se levantó con un movimiento afirmativo de cabeza, sin quitar la mano de las nalgas la conminó a caminar hacia la alcoba de Cristina. Por el camino metía los dedos y estimulaba el esfínter progresivamente. Casi antes de llegar a la puerta de la habitación, Ricardo no controló la necesidad de meter los dedos en aquel ano, la giró hacia el marco de la puerta y la ayudó a colocar las piernas en una posición angular. Las dos manos masculinas estaban ahora en el culo femenino y una de ellas aferrada frenéticamente al glúteo izquierdo.
El hombre metió un dedo casi brutalmente en el esfínter y lo giró. No encontró mucha resistencia, tenía una cierta flexibilidad de manera que lo sacó y metió dos. Aquí Cristina si que sintió una punzada dolorosa y mordió sin consideración su antebrazo. Había logrado meter los dos dedos y comenzaba a girarlos en su colon para que el ano adquiriera una mayor flexibilidad en su abertura y que permitiera sodomizarla con el menor dolor posible. Durante un buen rato masajeó una y otra vez la zona y notaba que iba adquiriendo la proporción y abertura suficiente como para la penetración.
Entretanto, conocedor del cuerpo femenino, con la mano izquierda, y a intervalos, se apoderó de la vulva con toda la mano jugando con ella e introduciendo los dedos por entre los labios mayores y frotando los menores todos humedecidos. También estimulaba la entrada vaginal que empezaba a encharcarse y luego, por último, tomó el clítoris pellizcándolo con dulzura, sin brutalidad y de pronto, la muchacha se yergue toda y la vagina escupe flujos que le provocó un gran escalofrío de placer.
Cristina Salazar le agradecía así el trabajo que le estaba haciendo en el trasero y en su sexo. Llegaron los dos a trompicones a la cama, con los dedos masculinos dentro de su ano. Para acostarla dejó libre los glúteos y la ayudó a desvestirse, tendiéndola en la cama boca abajo y de cubito supino sobre el filo del lecho. Con sus manos humedecidas por las secreciones de ella estrujó aquellos senos hermosos y glotones durante un buen rato acariciando una vez más los pezones femeninos que ya estaban nuevamente duros y crecidos. Se desnudó y apareció aquel falo medianamente grande pero muy ancho, erecto totalmente, brillante por el líquido preseminal que empezaba a caer a los lados.
Pasó todos los dedos por la vulva y los llenó de flujo llevándolos por el perineo hasta el ano, untando el exterior y el interior, introduciendo líquido dentro de él, ejercitando otra vez con casi todos los dedos el esfínter, luego, lentamente, pero con ansiedad, anunciándole lo que iba a hacer encajó el prepucio en la entrada del esfínter y apretó un poco entrando parte de la cabeza. Cristina se contrajo y emitió un pequeño gemido. Iba a ser difícil, lo estaba comprobando, pero ella le animaba a seguir mientras mordía la ropa de la cama sin piedad. Ricardo empujó algo más y entró toda la cabeza acompañada de los grititos angustiosos de la mujer. La acción de la sodomización no estaba resultando placentera y Ricardo se paraba a cada momento. Ya tenía un cuarto de su polla metida cuando un pequeño hilillo de sangre salió del ano. El hombre paró la acción de la cópula.
-Dejémoslo, Cristina, no quiero hacerte daño alguno, no soy de esos. Está saliendo algo de sangre y no me gusta...
-¡Sigue, por favor, sigue! Duele mucho pero eso debe ser la primera vez y una segunda, poco a poco lo conseguirás ¡Procura terminar de meterla toda lo antes posible, por Dios! –Y sus bonitos ojos estaban empapados en lágrimas.
Ricardo se conmovió ante la angustia que la muchacha mostraba, pero quería que siguiera y había dejado entrever un segundo encuentro. Llenándose de valor dio un empujón si no violento si con fuerza suficiente para que su falo fuera entrando casi en su totalidad. Un grito agónico salió de la garganta femenina. Arañaba las sábanas con una desesperación que daba miedo verla. Otro pequeño empujón y los escrotos pegaron con la vulva que estaba mojada y chorreante. A pesar de aquel intenso dolor, Cristina estaba recibiendo un tremendo placer porque él la ayudaba masturbando el clítoris con sus dedos sabios, en otra ocasión los metía en la entrada vaginal y acariciaba el contorno o tocaba aquellas paredes llenas de sensaciones extraordinarias para ella.
Paró un momento el coito y esperó que se calmara. La agradable cara femenina era todo un poema que describía el intenso dolor que estaba padeciendo en su culo pero también se veía una incipiente alegría que iba agrandándose por momentos en el lloroso rostro a medida que aquel dolor iba desapareciendo y se adaptaba al cilindro que tenía introducido en sus entrañas.
El hombre creyó pertinente seguir al cabo de un minuto y comenzó el movimiento de pelvis muy lentamente, casi sin sacarla, casi sin volverla a meter. Cristina ya no se quejaba y su rostro seguía pegado a la cama. Continuó, ahora con una cierta rapidez. Sacaba el miembro hasta la mitad y lo introducía hasta el fondo una y otra vez. La muchacha empezaba a gemir de dolor y por las sensaciones buenas que estaba recibiendo. Ricardo ya imprimía velocidad, el coito era evidente, la joven había vuelto su rostro hacia él y una amplia sonrisa lo alentaba a que siguiera fornicándola. Unos diez minutos después, las necesidades de ambos estaban totalmente desbordadas, los gritos femeninos y los jadeos masculinos eran auténticos acordes musicales desproporcionados que demostraban la pasión que estaban viviendo en esos momentos los dos.
Tanto Ricardo como Cristina volvieron a coincidir en la corrida que tuvieron en el coito anal. En realidad era la chica la que se venía antes. Él, con su experiencia anterior y conocedor de la naturaleza femenina dejó que ella fuera la que dijera cuando era el momento del clímax que los llevarían al éxtasis más grande que los seres vivos tienen en el apareamiento.
El pene inundó de semen el intestino de Cristina y ésta sintió el calor que desprendía y como le pareció que le llenaba el estómago de todo aquel flujo masculino que por primera vez llegaba a ella. El dolor no había desaparecido pero el placer recibido lo mitigaba todo. Tenía el gran pene invadiendo su colon y arrojando semen que se volvía loco o eso le pareció. No podía comprender cómo un hombre tan mayor podía saciarla de aquella manera. Ella era casi el doble de joven que él y encima, a las dos horas o tres, volverla nuevamente loca follándole el culo de aquella forma. Lo miró con admiración, como si fuera un dios pagano teniendo aún aquella maravilla dentro. Creyó verlo detrás de ella rodeado del halo de luz que envolvía a los dioses, maravillosos y bellos.
En ese momento, se dijo, tenía que conservarlo hasta que Dios quisiera. Se comportaría como una necia y burra si fuera la causante de la incomodidad en la casa de un ser supremo como aquel. Así pensaba Cristina cuando el falo salió de su ano. Percibía en la piel el calor que resbalaba por sus muslos y el dolor que infringía el esfínter al querer volver a su estado normal, la realidad se imponía y las incomodidades que le iba a producir el coito anal las sufriría en las horas siguientes, pero nada importaba ya no era virgen en nada. Ahora conocía la experiencia de ser follada por ahí y quería ser poseída nuevamente por él en los días venideros.
No se dio cuenta, en su abstracción, que Ricardo la acostaba boca arriba y le ponía su boca en la suya en un profundo beso francés lleno de humedad. Entonces sí, entonces percibió un dolor fuerte, vivo que la obligó a cambiar de posición. Se dio cuenta que el ano estaba dañado cuando un dolor fino y sutil se lo hizo saber y que una necesidad fisiológica se imponía. Lo miró con intensidad, sonriéndole con los ojos, mostrándole su agradecimiento. Y él asintió con movimientos de cabeza.
-Permite que te lave esa parte y... –No lo dejó terminar, se levantó como pudo y corrió hacia el baño.
-No te preocupes por mí, estoy de mil maravillas, algo dolida, eso sí, pero totalmente feliz, contenta, alegre de todo lo que ha pasado –Y cerro la puerta cuando llegó al baño.
Media hora después, la joven salió de allí. Caminaba irregularmente, con pasos cortos, un rictus inequívoco en la boca de dolor permanente y bamboleándose tenuemente a los lados. Cuando lo vio y comprobó que no se había marchado, aquella cara bonita se llenó de una sonrisa amplia y sus grandes ojos color miel le demostraban agradecimiento.
Él no se había movido de la habitación, la esperaba expectante, con reservas. Se le veía angustiado por la forma como ella caminaba. Cristina llegó con gran esfuerzo donde él esta y se refugió en sus brazos. Dejó que la abrazara y acariciara con aquellos brazos y manos que la apretaban con tanto cariño que un momento de emoción hizo que la joven se fundiera en el cuerpo desnudo masculino.
-No sé si una mujer es capaz de enamorarse de un hombre mayor que ella en cinco horas, que son las que llevamos juntos, follando, no lo sé. Si he de ser yo quien lo afirme diré que sí, que es muy posible. ¿Sabes, Ricardo? has impuesto una relación sin quererlo tú y sin desearlo yo ¿Es así cómo actúas siempre con las pobres mujeres indefensas como yo que caen en tus redes? ¿Te has analizado alguna vez lo ligón que eres con cerca de sesenta años encima? ¡Increíble, pero cierto! Tengo que decirte que delante de ti tienes a una muchacha de treinta años totalmente colada por tus encantadores huesos maduros ¿Qué me dices?
Ricardo no respondió pero en sus ojos habían aparecido unas lágrimas de gratitud y alegría. La volvió a abrazar y besar.
-Bueno, hombre, todavía tengo que probar tu polla, mamarla y saber si tu leche me gusta. Si me agrada, seré tuya, si no me gusta igualmente seré tuya todo el tiempo que quieras o hasta que esto se acabe ¿Qué dices? Te propongo que dejes el apartamento y te vengas a dormir a esta habitación. Quiero que la compartas conmigo todos los días, que me hagas tan feliz como lo has hecho en el día de hoy.
-Llevo más de cinco años sin una mujer, si esperas una hora o dos, podrás ponerte mi pene en la boca y probarlo. Si me gusta cómo me la chupas me quedaré en esta habitación, si no me gustan los jueguecitos bucales que hagas igualmente vendré a compartir esta habitación tan coqueta. Mi mujer murió hace mas de dos años y otros tantos que no teníamos relaciones sexuales. Necesito una mujer, no tan joven como tú, pero ya que has aparecido vale. Seremos una pareja despareja ¿Has pensado lo que dirá la gente cuando nos vean en la calle? A mí me admirarán y me envidiarán todos los hombres jóvenes y no jóvenes, a ti te compadecerán las mujeres y harán suyos tus sufrimientos por la falta de sexo ¡Desparejados total!
-Bueno, probemos haber lo que pasa. Te he elegido a ti no a la gente de la calle. Tú decides. Suéltame, por favor, voy a preparar café para los dos.
Cristina salió cojeando, con sus pasos cortos y su respingón y bien formado culo apretado, dolida pero contenta. Lo invitó a ver una película y ellos resultaron ser los protagonistas. Fue una tarde de sorpresas. Dejó oír una risa cantarina en el momento en que entraba en la cocina. Ahora prepararía café caliente y dentro de una hora, más o menos, estaría tomando la leche para el "cortado".
-¡Dios, ¿tanto bien te he echo en esta vida que me has mandado este regalo?! –Y entró en la cocina silbando una melodía moderna.
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