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El apartamento
Primera parte
El apartamento
Cristina Salazar Romero abrió la puerta de la calle de su casa. Ante ella apareció un hombre mayor, bastante alto, delgado y muy elegante. Le calculó, a primera vista, unos cincuenta años. Le impactó su presencia, el aspecto varonil, el donaire de hombre de mundo, activo y desenvuelto. Se quedó mirándolo y esperó que se presentara.
-¿Señorita Salazar? Buenas tardes, soy Ricardo Trastámara Torres, la llamé por teléfono y quedamos para lo del alquiler del apartamento.
-¡Ah, sí, sí! Pase, señor Trastámara, le esperaba como habíamos acordado.
Cristina se retiró, lo hizo pasar cerrando la puerta detrás de ella y luego se adelantó para guiarlo. No supo porqué tuvo la necesidad de contonear sus caderas, seguramente para mostrarle que ella también era guapa. Por el camino la mujer percibió cómo la mirada del hombre acariciaba su espalda, culo y piernas y se encontró halagada pero, de pronto, también se sintió temerosa.
No era una mujer bella pero sí atractiva. Una joven de 30 años, alta, fuerte de complexión, pechos más bien grandes sin exageración pero rectos y anchos, cintura entallada dentro de su peso y unas caderas amplias, prietas y redondas. En conjunto Cristina tenía formas proporcionadas muy agradables, elegantes, aunque ella se encontraba más bien gordita y del montón. De su rostro podía destacarse unos enormes ojos color miel, luminosos y una boca de sonrisa bonita, dientes blancos, más bien uniformes y sanos. No dejaba de ser, a todas luces, una hembra deseable como las mujeres modernas de hoy.
Ricardo Trastámara, a juicio de la joven, era un hombre mayor, agradable, guapo en su madurez, de talante juvenil por la ligereza de su caminar y muy bien vestido. La voz, de timbre grave, sonaba sensual cuando hablaba y su hombría rebosaba por todos los poros de su cuerpo. La sonrisa hacia un lado, provocativa tal vez (bien pudiera ser una pose frente a la mujer) le daba un toque especial de su dominio masculino. Dientes naturales, parejos, con unas tenues aberturas entre ellos, seguramente por falta de alguna pieza, hacían que aquella boca fuera, a criterio de ella, apetitosa para besarla en cualquier momento del día. Mientras caminaban hacia su destino, Cristina explicaba.
-He convertido estas dos habitaciones en un apartamento dentro de una casa de grandes dimensiones –Habían llegado- Lo primero que ve usted es el salón-comedor. Esta puerta de aquí, a la derecha, es el baño que está completo y la otra, la del fondo, es la alcoba, también completa con cama de cuerpo y medio y ropero de tres puertas. En fin, señor, si le interesa el apartamentito creo que se encontrará cómodo. Lo decoré así pensando en mí independencia pero mis padres, para desgracia, murieron en un accidente hace un año y heredé la casa completa. Siento que vea en este mini apartamento algunos toques femeninos, cosas de mujer –Rió algo avergonzada -¿Qué le parece? -El hombre seguía mirando el entorno con movimientos afirmativos de cabeza, sonriendo, sin decir nada.
Cristina había observado que la mirada penetrante de aquel ejemplar de macho siempre volvía hacia su persona como atraída por un imán. Mientras hablaba de las condiciones económicas y sus reglas de convivencia, Ricardo tenía los ojos clavados descaradamente en su persona, recorriendo toda su figura. Ella, valiente, se le enfrentó interrogativa un par de veces y él no se amilanó ni deploró su aptitud. Sin embargo, la joven no vio en los ojos masculinos lascivia sino admiración, mostraba a la vez una aptitud de encontrarse a gusto con ella, de respeto más bien y eso le gustó mucho. Sentir que era observada constantemente de arriba a bajo era molesto al principio, decir otra cosa era mentir, pero halagador más tarde, a medida que se iban conociendo, pensó. Él la vería como una mujer bonita, actual, apasionante y la llenó de pensamiento obscenos. Lo vio acostado a su lado en la ancha cama de la alcoba de sus padres, acariciándola toda, besándola con aquella boca ladeada y dominadora; aquellas manos grandes tocando cada centímetro de su calenturiento cuerpo y eso, tuvo que darle la espalda, la puso cachonda con solo pensarlo.
-"Posiblemente no aguantara dos polvos seguidos a su edad pero ¡Ay!" –Suspiró suavemente- "Si sabe echarlos bien sería interesante una experiencia en la cama con este maduro que está muy bueno"
Cristina lo llevó al salón de la casa. Sus deseos sexuales y naturales de mujer joven, necesitada de compañía, no la dejaban en paz en ningún momento estando ante él. Seguía pensando.
-"Estoy salida por encontrarme admirada por el carcamal éste ¡Qué imbécil y redomadamente putona soy!" -Sus pensamientos sicalípticos hacia su persona la hizo sonreír abiertamente, sonrojarse al darse cuenta de que él le estaba leyendo el pensamiento.
-Puede comer en el apartamento, fuera o hacerlo en el comedor de la casa grande, como desee, señor Trastámara. Yo preparo siempre la comida para mí, es un hobby que me gusta much...
-Comeré con usted, señorita, si no le importa
-Llameme Cristina, si le apetece.
-Para usted soy Ricardo, a secas.
Pasaron al salón principal y hablaron de ellos y de temas varios durante dos horas. Se encontraban cómodos y satisfechos el uno frente al otro. Cristina comprobó que Ricardo no se cansaba nunca de admirarla. Ella, para provocarlo, cruzó dos o tres veces las piernas y le dejó ver gran cantidad de ellas que el hombre no desaprovechó. La falda tapaba la mitad de sus fabulosos muslos con medias brillantes de color carne y de grueso encaje más oscuro al final.
Y Ricardo Trastámara se mudó esa misma tarde cenando con ella aquella noche en una velada amable, entre dos generaciones que, al parecer, se entendían.
Una tarde sorprendente
Durante las semanas siguientes todo marchó bien. Ricardo almorzaba y cenaba con ella alabando sinceramente la técnica culinaria de la muchacha. La costumbre de observarla siempre le resultó ya natural en el hombre y se convirtió en algo normal, cotidiano, casi necesario para. Ella, en justa correspondencia, estaba siempre guapa y arreglada para él.
Un sábado, había pasado más de un mes, Cristina lo invitó a ver una película de vídeo interesante que alquiló. Eran ya, por entonces, buenos amigos y se contaban intimidades no muy profundas. A la joven le gustaba estar en casa para él, esperar su regreso como si fuera parte de su vida y al hombre le agradaba el ambiente familiar que la chica sabía dar.
Esa tarde, Cristina se vistió de negro elegantemente y toda ceñida: falda de tergal corta casi a medio muslo. Una camiseta sin cuello de escote en V pronunciado, ajustado a su casi orondo talle y resaltando poderosamente aquellos pechos redondos, macizos y rotundos en los que destacaban poderosamente los pezones erectos. La muchacha procuró, antes de presentarse a la cita, masajearlos con rotundidad para que quedaran relevantes. Sus bonitas piernas estaban enfundadas en unos pantys brillantes de color humo y calzaba unos zapatos descubiertos de tacó alto.
Ante el espejo se vio pimpante.
Tenía intención esa tarde de enseñarle más de lo que tenía acostumbrado. Estaban los dos sentados en sillones individuales dispuestos uno frente al otro y con el televisor enfrente. La sesión de cine no tardaría mucho en comenzar porque esperaban tranquilamente que la cafetera express terminara de hacer el aromático café. Ella cabalgó una pierna sobre la otra y la falda, forrada por dentro de seda azul, rodó algo más atrás por culpa del tejido resbaladizo y ayudada por las medias dejando ver el frente de su sexo cubierto por un tanga negro y ajustado.
Cristina repitió estos movimientos mirando la cafeterita a la vez que hablaba de naderías cuando vio cómo Ricardo se levantaba de su asiento y se acercaba lentamente hacia donde ella estaba sentada. Lo miró algo perpleja cuando se inclinó asustándola al verlo tan cerca. Olía a loción para después del afeitado, a colonia de hombre y su boca exhalaba un vaho a la pasta dentífrica mentolada. El hombre colocó una mano en medio de su muslo derecho que cabalgaba sobre el izquierdo y lo apretó. La falda dio la impresión que se corría todavía más atrás descubriendo casi en su totalidad aquellas bien formadas piernas macizas.
-¡Pero..., pero! ¿Qué hace usted, Ricardo? –Dijo la joven alarmada, intentando incorporarse.
-Cristina, usted sabe que me gusta mucho y, si me provoca de esta forma, mostrándome su belleza en todo momento, yo, como hombre de verdad que soy correspondo. Si se insinúa es que también le gusto ¿No?
-¡Señor Trastámara, se ha equivocado conmigo! –La joven quiso rectificar su aptitud levantándose de un salto y cambiando el tratamiento pero no pudo. Ricardo la besaba con tal intensidad que la mano de ella, levantada para defenderse del beso, quedó parada en el aire.
Como por ensalmo, Cristina se sintió sin control de sí misma, los músculos de su cuerpo engarrotados por una extraña opresión que no sabía de donde provenía. Ricardo había puesto los dedos pulgar e índice de la mano izquierda sobre su cuello, cerca de la carótida, y la había paralizado. La mujer notó que no podía moverse. Sólo los labios y la facultad para hablar.
-¡Hijo de puta ¿Qué está haciendo conmigo?! –Y los grandes ojos hermosos crecieron mucho más mostrando terror.
Ricardo no contestó al insulto. Su mano derecha acarició suavemente la tersa cara de la mujer con su dorso velludo, halagaba con dedos finos el lóbulo izquierdo de la oreja bajando a la barbilla, dejándose sentir por el cuello, acariciando suavemente con esos dedos los relevantes nacientes de las tetas oscilantes por la respiración entrecortada, percibiendo la turgencia de éstas, comprobando la juventud magnífica de aquella joven mujer. Cristina no podía hacer nada porque los brazos, caídos a lo largo del sillón, no le respondían.
-¡Por favor, Ricardo, no siga! ¡Dios mío, le pido perdón si lo he provocado como dice! ¡Le juro que...!
La boca de él se apoderaba otra vez en la suya, acallando cualquier súplica. Fue un beso muy intenso, húmedo porque le pasó la lengua por los labios rojos dejándola correr por éstos, notando la excitación del varón por la fuerza y la sacudida de placer que recibió con su contacto. Ante la caricia, Cristina se estremeció y sintió que sus pechos se endurecían acrecentando su volumen y que los pezones se erguían más fieros aumentando el tamaño.
Ricardo percibió aquella reacción natural de estímulo y, tomando los pezones los amasó y los pellizcó redondeándolos y sobándolos con los dedos mil veces. Cuando la joven tomó un poco de conciencia de lo que ocurría él seguía besándola. Había tomado posesión de su boca abierta y la lengua masculina se introducía en la ella mezclando las salivas. La chica correspondía de forma automática, casi sin darse cuenta pero, de pronto, vio la oportunidad de defenderse y quiso morder la lengua atrevida que le estaba dando una sensación maravillosa de placer. Las claras pupilas, muy cercanas y fijas en el varón, la vista algo turbia y una cuasi sonrisa malvada en aquellos grandes y expresivos ojos miel lo alertaron de las intenciones curándose rápidamente en salud.
Trastámara se dio cuenta al momento de lo que ella pretendía y se retiró con presteza machacando intencionadamente uno de los pezones entre sus dedos, demostrando, en todo momento, quien de los dos tenía el control de la situación.
Cristina se puso seria por la rabia que le entró al verse descubierta. Sentía, a su pesar, que la excitaba demasiado que tocara con aquella intensidad sus pechos apretando los pezones con cierta maldad –"¡Maldito hijo de puta" –pensaba- "la violaba y, a la vez, la ponía a cien!"
Unas lágrimas afluyeron a los grandes ojos.
Ricardo bajó por su vientre y se paraba en las sinuosidades propias y redondeando su ombligo, introduciendo un dedo mojado en saliva en éste, escupiéndolo, esparciendo su jugo salivar por todo el perímetro. Se entretuvo todo lo que quiso en conocer el estómago sensual y luego bajó hacia su pubis para saber al dedillo la frondosidad de aquel bosque velludo por encima del tanga. No se cansaba de acariciarla nunca. Quiso llegar a la altura del sexo que no pudo poseerlo por la estrechez de la falda.
Pero el varón atrevido no paró ahí, siguió hacia abajo y metió la mano por las entrepiernas abiertas desde antes arrastrando la falda con su mano hasta tocar, ahora sí, totalmente la vulva perfecta, apoderándose de ella con intensidad, reconociéndola, palpándola milímetro a milímetro hasta sentir que su bolsa seminal estaba a punto de estallar.
Cristina se daba cuenta que su sexo se humedecía inevitablemente. Aquel hombre no la estaba violando, la mimaba. La mirada no era de un vicioso ni de un pervertido, miraba con amor, con ese deseo natural de pareja y sus caricias eran fuertes pero suaves y cariñosas a la vez a pesar de la pasión que lo inundaba. Temió un orgasmo rápido ante la insistencia masculina en manosear de aquella forma los labios vaginales y, cuando notó que iba bajando progresivamente el panty hasta los tobillos y, a continuación, rompía limpiamente de un tirón su tanga ya no pudo resistir el orgasmo que le vino a borbotones quedando increíblemente rígida y estremecida.
Ricardo recibió gustoso los jugos de Cristina. Jugueteó chapoteando con ellos sobre los labios vaginales, los agrupó, humedeciendo al completo éstos y puso sobre la palma de su mano parte de ellos. Sin dejar de mirarla con fijeza se llevó el líquido a la nariz y luego a la boca paladeándolos con un gesto de aprobación que hizo con la cabeza. Cristina cerró los ojos porque sentía vergüenza de lo que estaba sucediendo. Aquel cerdo la estaba manoseando y haciéndola correrse toda sin su consentimiento y ella lo compensaba alegremente con su orgasmo estando, para más inrri, paralizada.
-"Soy una viciosa que merezco lo que me está pasando. Me viola prácticamente y yo me corro en su mano de puro gusto ¡Puta, más que puta!" -Decía para su adentro.
Ricardo, teniendo las piernas femeninas libres de los pantys y la mini braga rota y colgando, comenzó a acariciar aquellas piernas carnosas mojándola con sus propios jugos al extenderlos por ellas. Subía y bajaba por los muslos de suave y brillante piel. Cuando subía por ellos pellizcaba los labios vaginales apretándolos intensa y maravillosamente. Introdujo los dedos entre los labios en busca de la entrada vaginal, sintiendo placenteramente las rugosas y húmedas paredes de esa cueva de la vida y, más tarde, subiendo por todo aquel magnífico sexo exquisitamente estimulado y encharcado, comenzó a acariciar, con delicadeza, el clítoris también enchumbado masturbándolo a conciencia, imprimiéndole dolor físico con los dedos.
La muchacha sintió una punzada electrizante que le llegó hasta la raíz de su cabello y vellos corporales, se envaró aún más ante aquella masturbación que no tenía parangón.
El varón subía más arriba acariciando la pequeña pelambrera púbica y luego hasta el estómago parándose en él, percibiendo las curvas agradables. Ahora salía de la falda y metía la mano derecha por debajo de la camiseta llegando a los pechos, encontrándose con un sujetador de copas pequeñas que, estirándolas hacia abajo con una cierta violencia, dejó sueltas las mamas que acarició y acarició sin cesar poseyendo con los dedos los pezones ahora desnudos, duros como piedras, excitándose con ellos, levantando aún más la prenda y dejando a la vista aquellos senos soberbios. Se arrodilló despacio y, tranquilamente, comenzó a chupar las electrizadas tetillas una a una con gran maestría sacándoles la máxima rigidez, dejando las aréolas bien hinchadas por la pasión que desprendía aquellas esferas hermosas.
Cristina creyó morir estremecida. Le regresaban nuevamente los espasmos colosales, sintiendo la necesidad de volverse a correr de auténtico gusto. No había dicho nada a todas aquellas caricias, callada, buscando el momento propicio para defenderse con los dientes de aquel magreo y no encontrándolo por falta de fuerza física. Seguía totalmente paralizada por las maniobras marciales de aquel "viejo repelente". Los grandes ojos los tenía cerrados esta vez, degustando, sin poderse contener, el sobo tan agradable que aquel monstruo le estaba prodigando. No quería mostrarse rendida dándole a entender que la estaba excitando indescriptiblemente.
-Ricardo..., por favor,... no siga... así. Déeejeme, se lo rue..., se lo ruego –Le temblaba la voz y sabía que iba a explosionar de inmediato sin poderse contener. Era demasiado lo del hombre…
-Cristina, la voy a follar como merece y desea en su fuero interno, lo sé, conozco a las mujeres. La inutilizaré un poco más para que me dé tiempo a subirla a la mesa, abrirle las piernas y darle placer. No se preocupe, nunca le haré daño, me gusta mucho como mujer, ya lo he dicho, ahora la deseo y quiero gozarla toda entera ¿Me comprende?
-¡No, no, por favor, no me inutilice! ¡Siento claustrofobia! Sigue, sigue siendo usted un maaldit... –No pudo continuar porque él le tapó su boca con un fuerte, rabioso y apasionado beso que aplastó todos sus labios carnosos con los suyos al tiempo que su cuello era atenazado por los dos dedos especialistas que la dejaron, en principio, fuera de sí, y ahora que empezaba a recobrarla, sin fuerzas algunas ni tan siquiera para protestar.
Trastámara la soltó, la puso en pie, de espalda a él, manteniéndola por la cintura y pasó su brazo derecho por la cintura, la levantó sin esfuerzo alguno y la condujo hasta la mesa del comedor. Cristina no era precisamente delgada y su peso mas la rigidez de la paralización hizo que se fuera escurriendo algo de los potentes brazos del inquilino. Por todo ello, mientras él la llevaba al lugar que tenía designado sintió algo muy duro que le rozaba la nalga derecha. El hombre estaba totalmente empalmado. Debía tener un pollón increíble, pensó alagada ¿Y aquello quería a introducirse en ella? Iba a volverse loca de gusto, la partiría en dos, posiblemente, la destrozaría, era seguro, pero morir de esa forma, radiante, feliz, llena de semen debía ser una muerte maravillosa y muy deseable ¡Qué hiciera de ella lo que le viniera en gana! ¡Qué coño!
Si él le diera su libertad en ese mismo momento sacaría de aquel recinto estrecho del pantalón semejante aparato, lo pajearía y haría que se escupiera todo dentro de ella o le pondría aquella cosa tremenda entre sus tetas para que la llenara del semen, probándolo, sin excusas, como él probó sus orgasmos. Deseaba tener esa libertad para poder hacer todo aquello y se la pediría con humildad, garantizándole el placer del coito por el que era requerida.
-Ricardo, por favor, ¡devuélvame mi libertad! Tengo tanta angustia que siento verdadera claustrofobia de no poder tener movimiento propio. Haga de mí lo que quiera, de acuerdo, lo acepto, pero déjeme ser yo ¡Se lo ruego!
-Cristina, ¿Cuándo dice que haga de usted lo que me apetezca lo dice en serio? No la creo, señorita, pero, voy a dejar de inmovilizarla. Mucho tiempo así puede ser peligroso para su preciosa persona. Quiero que sepa que voy a estar prevenido en todo momento. De todos modos, mujer, la voy a poseer como deseo ¿Estamos?
La chica no dijo nada, asintió tan solo con la cabeza, deseaba que la soltara, tenía necesidad de coger aquel miembro, tocarlo, masturbarlo lo mismo que le hizo con la vulva y sus pechos, ponérselo en la boca y chuparlo hasta sacarle todo el poder masculino que fuera capaz de echar, saborearlo y tragarlo. Más de un año y medio hacía que no lo probaba. Luego, que él la poseyera y se corriera nuevamente si su fuerza física de anciano se lo permitía, que lo dudaba mucho. Sabía que tenía cerca de sesenta años y un hombre así, por muy bien que se cuidara no era capaz de más de un polvo, o una mamada, o una paja o la misma rusa. Todo esto lo pensaba con rapidez, gozaría de él porque se encontraba caliente, muy caliente. Si lo inutilizaba de esa forma, se lo quitaría de en medio y lo echaría de casa.
-"Bueno... –Pensó la joven- ...tanto como echarlo..., no ¡Pero le pondría las peras a cuarto! ¡Ya lo creo!"
Ricardo llegó con ella al comedor, la depositó en la gran mesa y la acostó boca arriba sobre ella, abrió sus piernas, luego le quitó el niky y el sujetador y Cristina quedó totalmente desnuda para Ricardo que se quedó encantado de ver semejante hembra.
-"Preciosa y joven mujer –Se dijo para sí- Hay que trabajarla bien porque su juventud pide mucho y la mía, aún joven y fuerte, no puede comparársele en resistencia a esta naturaleza lozana."
Se dispuso a desvestirse con una rapidez "asombrosa para su edad", se dijo Cristina. Trastámara quedó totalmente desnudo y la joven no podía creer lo que veía. Hombre de pecho hercúleo, piel tersa y muy velluda, vientre totalmente plano y nervudo y los brazos fuertes, lo notó ya cuando la cogió en brazos con la facilidad que demostró y por lo que estaba viendo a menos de medio metro de sus emocionados ojos. Unas caderas estrechas y nalgas pequeñas y, seguramente, duras porque apenas si se meneaban con sus movimientos rápidos y habilidosos. Aquel pene no parecía de él: grande por lo erecto que estaba pero grueso. La polla de Ricardo estaba totalmente estirada hacia delante y arriba, además, llena de venas verduscas y un pubis muy velludo que se unía al del estómago. Viéndolo así parecía que blandiera un sable cuando él se acercó a ella.
El hombre la tomó nuevamente, puso los dedos en su nuca, dio un apretón y un fuerte dolor de cabeza la inundó. Él frotó toda su nuca y las sienes durante un rato recostándola otra vez con delicadeza. Aquel intenso dolor iba pasando tan deprisa que al momento Cristina estaba fuera del espanto que le había producido el inquilino. Volvía a ser rehabilitada físicamente.
Ella, sin dar las gracias, se incorporó saltando de la mesa con gran ligereza, sorprendiéndolo. Tomó el miembro masculino con las dos manos y comenzó a masajearlo en redondo, descapulllándolo, bajando por todo el pene hasta los escrotos que acarició con las yemas de sus dedos finos. Ricardo hizo un movimiento hacia atrás de susto, previniéndose de males mayores.
-No tema, Ricardo, sólo quiero acariciarlo, masturbarlo, mamarlo. A mí también me gusta acariciar a un hombre, ser una igual a él en el amor. Usted me ha dado mucho placer y ahora le correspondo.
Lo decía con sinceridad, mirándolo abiertamente desde abajo, viendo claramente cómo el falo estaba perlado de presumen. Tiró más atrás el prepucio e inclinándose pasó la lengua por la cabeza del falo, la paladeó y palpó con la punta de la lengua metiéndolo en la boca acto seguido. Ricardo, en alerta, la dejaba hacer. No la tragó del todo y probó su semen. Siguió masturbando el cilindro y pasó a los escrotos, los masajeó, los mordió con los labios y los humedeció con la lengua durante un buen rato, recreándose en aquella bolsa hinchada, grande, cargadas de flujos.
Ricardo, temeroso de que se vengara por haberla paralizado, de obligarla a hacer el amor con él, la levantó por las axilas sin dejar que Cristina le hiciera una felación completa, no se fiaba nada. La joven protestó airadamente al verse levantada y apoyada en bordillo de la mesa. Sin embargo, le permitió que le abriera las piernas y le sonrió cuando él se colocó en medio de sus piernas. Cristina tomó el falo, lo colocó a la entrada de su vulva y ella misma empujó suavemente hasta pegar su mullida cueva al final del tronco del amante. Ambos estaban mojados, lubricados por sus caricias mutuas. La polla fue introduciéndose lentamente pero sin parar en la cavidad vaginal enfebrecida.
Entraba ajustada y la chica percibía que se le iba la razón. Sentía aquel miembro estimular las paredes rugosas y mojadas de la vagina centímetro a centímetro, introduciéndose despacio y empezando a llegar al fondo de su femineidad. Un gemido profundo de máximo placer fue prueba evidente de que ella estaba gozando de aquel coito que acababa de empezar. Ricardo llegó al final, sus escrotos toparon con la zona del perineo, cerca del ano de ella y comenzó un movimiento pélvico gradual que empezó a dejar a Cristina sin aliento.
Poco a poco aquel ejercicio iba siendo mayor, más rápido. Ella echó la cabeza para atrás, empezó a moverla de un lado a otro y cerró los ojos. Su boca, abierta, lanzaba pequeños gemidos de bienestar, de auténtico placer, de gran excitación sexual y se agarraba a los glúteos duros del hombre por primera vez. Él no paraba y los movimientos de pelvis eran cada vez mayores más fuertes. Ricardo no era un hombre que sólo se limitaba a penetrarla. La empujó a un lado y metió la mano derecha en la nalga izquierda de ella e hizo lo mismo con la otra. La agarró bien, la levantó por arriba de la mesa y la dejó sentada entre sus manos tenazas.
La muchacha no era peso alguno. Con las nalgas bien cogidas podía penetrarla a su gusto. Ella lo quiso ayudar y se colgó de su cuello, pegaba sus pechos orondos a los planos de él y enredó las piernas a la cintura masculina. Buscó su boca que encontró y comenzó a besarla con una fiereza que para Cristina fue todo un descubrimiento. El varón buscaba la entrada de la boca femenina y ella la abrió de par en par, reconociéndose sus lenguas, jugando con desespero. Él parecía un poseso follando y besando de aquella forma.
Cristina se posesionaba de las nalgas masculinas y comprobó que eran duras como aquel hombre, un hombre con una naturaleza que no había visto jamás en personas de aquella edad. No que tuviera experiencia con mayores, en absoluto, pero solían ser algo gordos, fofos y faltos de capacidad erótica. Esa era su idea del macho viejo. Estaba totalmente fuera de sí, aquella movida contra su vagina la tenía tan concentrada, tan extasiada y tan fuera de sí que no se dio cuenta que le pedía a viva voz que le diera más fuerte, que se corriera en ella, que la destrozara. Y daba grititos de pura pasión.
Ricardo se dio cuenta que ella estaba totalmente propensa a un gran orgasmo y quería tenerlo junto con ella. Se afanó aún más y, cuando los gritos femeninos y las piernas de ella, enganchadas fuertemente a sus caderas, le indicaron que estaba a punto, él se dejó ir también y ambos fueron partícipes de una gran corrida con gemidos de los dos, mordiéndose al unísono los cuellos, él, apretando desesperadamente las nalgas femenina, arañando superficialmente la masculina ella. Para ambos, aquella eyaculación les pareció tremendamente larga, interminable y se encontraban exhaustos, sin fuerzas ya.
Con delicadeza, Ricardo la colocó en la mesa sin salirse de la joven. Sacó las manos de un culo brutalmente apretado y amoratado, la abrazó y luego la besó de nuevo tiernamente. Dejó que el pene, por sí solo, tomara la posición normal y saliera por su propio peso como así fue. La mesa recibió una buena cantidad de líquidos de los dos. Tenían las cabezas apoyadas sobre sus propios hombros hasta que, Ricardo, más recuperado le tomó la cara, la puso delante de él y la besó en la mejilla con un sentimiento tan tierno que ella no pudo resistir deslizar su mejilla y ofrecerle la boca abierta, húmeda, llena de agradecimiento sincero. Recibió un beso amoroso que ella devolvió del mismo modo. No se dijeron nada en ese momento, tan sólo se miraban. Pero, más tarde, ella comentó
-Se ha dado cuenta de un hecho, Ricardo, al corrernos los dos usted lo ha hecho dentro de mí ¿Y ahora, qué? ¿Habremos comprado todos los números de la rifa para que quede preñada? ¿Estará presente para esa fecha y compartir responsabilidades? Me ha jodido, Ricardo, me ha jodido y bien, tengo que reconocerlo, pero me refiero a mi vida futura –Y bajó la cabeza abatida.
-Cristina –Dijo él levantando aquella carita que se había entristecido - No se preocupe de lo que pueda ocurrir con este polvo. No pasará nada de nada. Soy estéril por naturaleza. Mi esposa nunca pudo quedar embarazada de mí. El semen mío no está capacitado naturalmente para fecundar a mujer alguna. Pierda cuidado por ese lado.
La joven agrandó algo más los ojos y, sin decir nada, saltó de la mesa al suelo. Percibió que le corría por sus muslos varios hilos de líquido. Miró la mesa y vio aquel pequeño charco. Se encontraba agotada, sin fuerza, sin ánimo de nada. Poner un pie delante del otro ya le costó, había tenido varios orgasmos grandes y eso la debilitó. Por otro lado, se encontraba feliz, muy feliz, radiante. Nunca pensó que un hombre como aquel, mayor que ella treinta años, fuera capaz de llenarla tanto como lo había hecho. Lo miró en silencio, seria en principio, agradecida después y salió hacia su habitación girando sobre sí 360 grados y, lentamente, despojada de toda ropa, permitiendo que la contemplara así, se fue alejando del Ricardo.
Cristina entró en su habitación desfallecida, rendida del tute que Ricardo le había proporcionado durante dos horas impresionantes. Fue al baño con desgana, se lavó la vulva y el interior de la vagina, sentía el calor interior y las huellas de las manos de él en todo su cuerpo, sus besos, su hermoso pene clavándose dentro de ella. Estaba cansada, muy cansada, quería acostarse un rato para luego preparar la cena.
-Quince o veinte minutos nada más
Quedó dormida tan pronto se tendió, estaba desnuda y boca abajo en la cama.
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