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El planeta de las Amazonas 2
Dos lunas de plata brillan en el oscuro firmamento tachonado de estrellas, por completo llenas y redondas. Una sombra surge deslizándose hacía el claro del bosque, apenas visible, fundiéndose con la oscuridad como un ser nocturno nacido de la gélida noche. La sombra deja de avanzar, oculta entre algunas ramas observa el gran claro donde los árboles han sido calcinados.
Ante la sorprendente visión la sombra tira hacia atrás la capucha de la capa, dejando escapar una cascada de lisos mechones negros, que enmarcaban un rostro de tez blanquísima. Ahí, frente a ella, yaciendo sobre el abdomen se encuentra una bestia colosal y espantosa, tan grande como un castillo, similar a una ballena, recubierta con un caparazón de metal gris.
Selene no daba crédito a lo que estaba viendo. El viento le sacudió la capa la cual se abría por delante, y se abrochaba bajo el cuello con un prendedor de plata en forma de media luna. Bajo la capa no llevaba más ropa que un bikini de cuero negro de dos piezas que dejaban al descubierto el vientre y la cintura. Completaban su atuendo botas de piel que llegaban hasta las rodillas y guantes que cubrían sus manos.
De modo que las predicciones de la Pitia eran ciertas, pensó Selene.
Los vaticinios eran correctos, ella misma estuvo presente en la ciudad de Delfia el día que la Pitia anunció el oráculo. En la colina en la cima de la gran pirámide escalonada. Selene acompañaba a su maestra Istar la cual lideraba la delegación de las hechiceras del reino de Niflheim. Desde la gran pirámide podía apreciarse el mar azul de Delfia, sentirse la brisa suave y los rayos cálidos del sol sobre la piel. Allí fue anunciada la inminente gran batalla final de las amazonas. El Kali Yuga, la epoca de hierro, estaba por comenzar. Sería un día terrible en el cual descenderían seres provenientes de las estrellas, todo sería caos, fuego y destrucción. Y el gran imperio de las amazonas tendría que hacer frente a una amenaza que podría significar su completa destrucción.
Selene estaba absorta en sus pensamientos, demasiado abstraída, lo cual era muy imprudente para una hechicera oscura. De modo que cuando su agudo oído le advirtió de la presencia que se acercaba esta ya estaba junto a ella. Era un lobo gris, de ojos oscuros y tiernos que destellaban bajo la luz blanquecina de las lunas.
-Cerberus que susto me has dado.
El animal movía la cola feliz, y gustoso se dejo acariciar la cabeza por su ama.
-Y según la tradición se supone que las hechiceras somos invisibles de noche.
El lobo de pelaje gris y blanco lamió con afecto las manos de su ama.
-Vamos Cerberus, hay que comunicar la noticia a la gran maestra.
Ártemis, sentada frente al espejo del tocador, cepillaba con primor su larga cabellera rubia, cuando la puerta de la habitación se abrió dando paso a la baronesa Branwen la amazona de cabello escarlata. Ambas mujeres llevaban puestas sus armaduras, minifaldas y botas de cuero negro. La pelirroja se colocó tras Ártemis y pusó sus manos sobre los hombros de esta, luego paso sus dedos sobre los mechones rubios acariciándolos con delicadeza. Ártemis volvió el rostro, Branwen se inclinó y los labios de ambas se unieron en un beso profundo y tierno que duro largo rato.
Las dos caminaron hacia la gran cama en el centro de la habitación. Branwen permaneció de pie de espaldas a Ártemis viendo en dirección de la ventana. La abertura daba al pozo central de la fortaleza, la cual no tenía ventanas hacia el exterior, por lo que no podía apreciarse una gran vista, solo la oscuridad de la noche. Afuera la noche era fría pero adentro a la luz de las velas la alcoba era cálida. Ártemis comenzó a desatar las correas de la coraza de Branwen, las cuales se amarraban tras la espalda. Para las amazonas, para las cazadoras específicamente, era un honor especial ayudar a desarmar a una superiora. Después de retirar la negra coraza, procedió a quitar el cinturón del cual colgaba enfundada una espada de dos filos. Sobre la espalda de Branwen se dibujaba a todo lo largo un esplendido tatuaje de un dragón. La baronesa se volvió semidesnuda para besar a su compañera.
-¿Estas pensativa esta noche? –Preguntó Branwen.
-¿Por qué lo dices?
-Te conozco bien capitana. Y acostumbras cerrar los ojos cuando te beso.
Ártemis dejo el cinturón y la espada sobre la mesa.
-No se te escapa nada. –dijo mientras desabrochaba la minifalda de su señora.
Branwen fue hacia la mesa, sobre la cual dejo sus guantes. Desnuda ya solo con las botas puestas se sirvió una copa de vino. Tenía un cuerpo magnífico, la piel espléndidamente blanca, como la nieve, sobre la cual destacaban por todo el cuerpo muchas y diversas pecas y pequeños lunares, como misteriosas constelaciones. Tomó asiento en un sillón de cuero sosteniendo la copa en una mano y con las piernas separadas.
-¿No me digas que es por el extraño que encontraste en el bosque?
Ártemis se acerco e inclinándose frente a Branwen la observó directo a los ojos.
-Es que… ¿Significa entonces que los oráculos son ciertos? Yo misma vi al monstruo de fuego caer del cielo y después la explosión en el bosque, y entonces apareció ese hombre...
Branwen la tomó entre los brazos y la sentó sobre sus piernas.
-No debes de temer, entiendes. –dijo a la vez que le acariciaba el rostro.
-Creo que debiste contárselo todo a Isis, no debimos ocultarle nada. El artefacto que ese hombre llevaba puede ser peligroso.
-Ella no es más que una tonta, tú viste la indiferencia que mostró al asunto. Isis no sirve para ser líder. Pero lo sabrá todo, se lo diremos, mañana al regresar de la expedición.
-Me preocupo por nosotras.
-Todo va estar bien, pequeña.
Branwen la estrechó, y viendo por encima de su hombro, fue desatándole las correas de la coraza, la cual era dorada como su cabello. Al retirarla dejó al descubierto unos senos firmes y morenos, a la luz de las velas la piel bronceada de Ártemis contrastaba contra la exquisita blancura de Branwen.
La armadura cayó al piso, las hábiles manos continuaron con el cinturón, tomaron la espada y la sostuvieron frente a Ártemis, las espadas de las cazadoras eran curvas de un solo filo mientras que las de la baronesa y la capitana eran rectas y de filo doble.
-No lo olvides capitana, si hay batalla, pelearemos. Lucharemos como lo saben hacer las grandes amazonas, sin que ningún enemigo pueda doblegarnos y seré yo quien las comande hacia la victoria.
La espada cayó al alfombrado suelo y las manos acariciaron un vientre plano, escultural y bien definido, una suave lengua empezó a recorrer la piel masajeando unos duros y erectos pechos.
Ártemis se sintió reconfortada y sonrió, nada de lo que pasara importaría mientras estuviese junto a aquella mujer.
Al despertar temprano por la mañana, tratando de incorporarse Thor Zed se acomodo lo mejor que pudo dentro de la jaula la cual era tan baja que no le permitía ponerse de pie. Además aun tenía las manos encadenadas tras la espalda. Estaba en una habitación vacía y oscura con una sola puerta de metal que daba a la alcoba de la princesa Athena. Hasta entonces, desde que se había estrellado en el planeta, no había tenido un momento de tranquilidad para meditar. La situación no era tan buena como creyó al principio. Estaba en un mundo habitado por una sociedad atrasada y primitiva, gobernada por salvajes, que aunque de origen humano no pasaban de ser bárbaros. En ese primer momento no le concedió mucha importancia a como ellos habrían llegado hasta ese recóndito y extraviado planeta, había leído sobre las míticas naves sembradoras, vehículos no tripulados, anteriores al salto hiperespacial, que impulsadas por motores estatocolectores habían viajado a los confines de la galaxia buscando mundos que pudiesen terraformar y "sembrar" posteriormente de vida orgánica, incluida la humana, que transportaban en probetas.
Recordaba también casos de colonias humanas que debido a alguna catástrofe habían quedado aisladas y con sus máquinas estropeadas, incomunicados y sin tecnología habían vuelto al salvajismo.
Para Thor en ese momento lo importante era planear la estrategia a seguir. Por el momento no tenía que preocuparse de la nave, las armas primitivas que usaban sus captores eran incapaces de dañarla, además como precaución después de bajar a tierra activó los escudos de defensa que alimentados por el reactor de antimateria continuarían trabajando por tiempo indefinido.
Restaba pues preocuparse por lo más inmediato, primero debía hacer frente a sus captores o más bien dicho captoras. Para ello tenía primero que recapitular toda la información obtenida hasta el momento. La civilización en ese planeta poseía una sociedad estratificada en dos clases sociales bien diferenciadas, separadas por el género de sus integrantes. Aunque no era la primera vez que se topaba con una sociedad sexista era notable ver un sometimiento y una sumisión tan completa de un sexo sobre otro. Aquí las mujeres eran la clase dominante y los hombres eran esclavos, al menos hasta el momento eso era lo que había podido observar. Por lo cual obviamente su situación se complicaba. Le faltaban datos, tenía que averiguar más. Para lo cual era indispensable aprender el lenguaje local. Por ello puso toda su atención en los diálogos que había presenciado hasta entonces. No parecía un idioma difícil y confiaba en que no tardaría mucho en aprenderlo, por el momento no lograba ubicarlo en ninguna raíz lingüística conocida que le permitiese determinar su origen.
Alguien abrió la puerta de metal. Devi entró a la celda del prisionero. Iba acompañada de un esclavo que avanzaba a gatas y que sobre sus espaldas llevaba una caja grande sujeta con correas bajo el pecho, el esclavo tenía puesto un collar de acero unido a una cadena cuyo extremo sostenía Devi en una mano mientras en la otra esgrimía una fusta negra.
El vestido blanco de seda de la chica, muy corto, hacía lucir sus piernas desnudas, largas y esbeltas. Thor recordó las zapatillas cerradas de color dorado de tacón alto. La visión era suficiente para tener una erección inmediata.
Devi golpeó la jaula con la fusta. Thor no había olvidado como la pelirroja lo abofeteó por observarla, rápido bajó la vista al suelo.
La chica dio unas órdenes en su idioma, y desató las correas de la caja. El esclavo dejo la caja sobre el suelo, extrajo un plato de hojalata. Luego, conservando siempre su postura a gatas, vertió dentro una extraña pasta blanca, por equivocación derramó un poco sobre el suelo. La fusta zumbó en el aire descargando con fuerza un golpe áspero sobre el trasero del esclavo, dejando marcada sobre la piel una fina línea escarlata. Al recibir el golpe el esclavo emitió un leve gemido. La chica se colocó tras él y lo flagelo de nuevo.
Thor observó al esclavo, era moreno, de musculatura bastante regular y definida. Ninguna prenda o ropa le cubría el cuerpo, estaba desnudo, como todos los hombres que había visto en ese planeta. Iba tan cargado de cadenas y grilletes que estorbaban sus movimientos que no podía hacer nada para evadir los golpes de su ama.
La chica le azotó el trasero de nuevo varias veces con igual intensidad, el flagelo cortaba el aire con un sonido característico, después de eso comenzó a acariciarlo con la fusta, sonriendo con maldad.
Ella levantó un pie, plantándole la punta del tacón sobre una línea dibujada por los azotes. Levantó un poco el pie y luego le asestó un pisotón. Presionó con fuerza hundiéndole el largo y agudo tacón de la zapatilla, levantó de nuevo el pie para encajarle un nuevo taconazo, continuó castigándolo de esta manera por un rato, después de pisotearlo, cada vez al retirar el tacón, un morete azulado en forma de rueda pequeña aparecía marcado sobre la piel del hombre. A Thor le daba la impresión que la mujer estaba divirtiéndose mucho con lo que hacía, al tiempo que le mostraba un ejemplo de cómo castigaba con dureza, aún las más leves faltas.
El esclavo soportaba la reprensión con estoicismo. Apenas gimiendo y evitando moverse.
Devi, parada siempre detrás, colocó un pie entre las piernas del hombre flexionó la rodilla y con la punta de la zapatilla le pateó los testículos que colgaban libremente.
El golpe fue demasiado y el sujeto se encogió tirado en el suelo gimoteando de dolor.
En ese momento apareció Athena asomándose por la puerta.
Thor la observó fascinado, estaba tan sorprendentemente hermosa que le cortaba el aliento al verla. No llevaba puesta más ropa que una diminuta bata blanca de algodón. Tenía el pelo, largo y castaño, mojado como sí acabase de salir de tomar un baño. Iba descalza exhibiendo sus preciosos y perfectos pies.
Cruzó algunas frases con Devi la cual parecía molesta por la reprensión que Athena le hacía acerca del excesivo mal trato que solía dar a los esclavos.
El hombre se arrastró hasta donde estaba Athena, como un sumiso cachorro en busca de protección, y comenzó a lamer devotamente los pies de la princesa. La princesa le acarició el rostro con los dedos del pie.
Devi colocó de nuevo la caja sobre el hombre y tirando de la cadena lo sacó de la celda despejándolo a la fuerza de los pies de Athena.
La princesa y Thor quedaron a solas.
Tal vez existía una oportunidad, pensó él. Esa mujer parecía ser más razonable. La vio directo a los ojos, grandes y de color marrón, y ella sonrió.
No hemos tratado hasta ahora de la apariencia de Thor Zed, el cual era joven y poseía una complexión normal, del tipo atlético y delgado, con unos músculos si bien no exagerados al menos definidos por un entrenamiento de tipo militar. Tenía ojos azules, claros. El rostro aunque fino era atractivo y varonil, propio del galán simpático y gracioso que logra lo que quiere con una dulce e infantil sonrisa.
Sin embargo en la mirada de Athena parecía haber algo diferente al deseo. Era la mirada de una mente intelectual, de alguien feliz por poder estudiar algo nuevo y desconocido. Era una esperanza para Thor, en esa singular sociedad tenía que existir al menos una casta científica, así él se encontraría con sus homólogos aunque estos fuesen primitivos.
La chica empujó el plato de comida con el pie deslizándolo dentro de la jaula. Luego le hizo señas invitándolo a comer. Decidió probar la comida, en definitiva tenía hambre, pero no podía auxiliarse con las manos de forma que tuvo que arrodillarse y bajar la boca al plato como un perro. Aquella cosa era como una masa blanca, no tenía un mal sabor, de hecho no tenía sabor en absoluto. Se extraño de por qué la chica no lo soltase, se había portado compasivamente con el esclavo de Devi. Había abrigado esperanzas de encontrar a alguien con sensatez que pudiese proporcionarle ayuda.
Pero la desilusión de Thor fue enorme cuando hubo terminado de comer y la chica le ofreció un tazón con agua. Pues antes de deslizarlo dentro de la celda, la mujer se lo llevó a los labios y sin dejar de sonreír escupió dentro.
Era evidente que las circunstancias no eran nada favorables, y lo que aún le esperaba de seguro no podía ser nada bueno para Thor.
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