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El planeta de las Amazonas
El aterrizaje fue suave gracias a los impulsores magnéticos. A pesar de ello la nave, el Proteus, se hallaba bastante dañada. Yacía tendida como una enorme ballena sobre los restos carbonizados de las coníferas que pertenecían al bosque, el cual se extendía como un océano verde en todas direcciones.
Menos mal, pensó Thor Zed, el único tripulante del Proteus, hay vida a base de carbono en este planeta. Los sensores de la nave examinaron con cuidado el medio ambiente exterior, el resultado fue compatibilidad aceptable.
Thor decidió salir a explorar. Después de todo no tenía nada que temer gracias a que era un hombre con un sistema inmunológico potenciado con nanomáquinas. Al salir respiro un delicioso aire rico en oxigeno.
Contempló desde lejos la nave. El oscuro casco gris metálico con abolladuras le trajo a la memoria el peligroso y complicado viaje que había realizado. Con suerte pudo escapar de sus perseguidores. Fue afortunado. Al llevar a cabo el salto hiperespacial apenas y tuvo tiempo de calcular el rumbo que debía tomar.
Thor decidió caminar adentrándose en el bosque, siguiendo el murmullo de algún riachuelo cercano.
Tal vez no era muy prudente internarse pero el sonido era atrayente. No contaba con más armas que una pequeña pistola paralizante de energía pendiente del cinturón, el ajustado traje blanco de piloto no poseía bolsillos. No obstante continuó avanzando, caminando durante largo rato.
Subió una pequeña elevación desde la cual podía contemplar la rivera del río. Oculto entre la vegetación presenció una escena singular e inimaginable.
Abajo en un amplio claro junto al río se hallaba un buen grupo de hombres, todos estaban de rodillas con las manos en las espaldas, se encontraban por completo desnudos, totalmente, a excepción de unos gruesos grilletes de acero que llevaban alrededor del cuello, las muñecas y los tobillos. Los hombres iban sujetos unos a otros con cadenas.
Thor continuó observando con detenimiento cada vez más asombrado y confundido.
Había una mujer de pie frente a los hombres. Thor no recordaba nunca haber visto una mujer más bella. Tenía piel bronceada color canela, cabello rubio, dorado, muy abundante y largo, lo llevaba recogido en una cola alta sobre la cabeza desde donde caía hacia atrás como una cascada de oro. Ella estaba de espaldas al río y a los prisioneros, por lo que Thor pudo apreciar su rostro, el cual era sumamente hermoso, así como sus ojos verdes claros. La chica iba vestida de forma muy singular. Botas altas de cuero negro que subían hasta un poco arriba de las rodillas, minifalda plisada también de cuero negro muy corta de manera que dejaba al desnudo los bellos muslos bronceados. El abdomen y pecho iban cubiertos solo con una coraza de metal reluciente y dorado que se ajustaba a las suaves curvas de su dueña y que se sujetaba con tirantes dejando los hombros al descubierto, por detrás la coraza iba unida con cintas negras trenzadas que se ajustaban en una estrecha franja que iba desde arriba hacia abajo. En los brazos llevaba guantes de cuero negro que cubrían desde los dedos hasta los codos e iban protegidos con guarniciones de metal.
La mujer caminó hacia el centro del claro. Ahí estaba arrodillado un hombre frente a los demás prisioneros, con los brazos extendidos y sujetos con grilletes unidos a fuertes cadenas que colgaban de un marco de madera. Ella siguió andando hasta detenerse frente al hombre. De la mano de la mujer colgaba un largo y grueso látigo negro. Parecía estar erizado de pequeñas y finas agujas de metal. Una sonrisa maligna se dibujo en el precioso rostro. Ella fue a colocarse tras el prisionero. Después de elevar el brazo le descargó un poderoso latigazo sobre las espaldas desnudas. El hombre aulló terriblemente de dolor y se movió espasmódicamente. La rubia volvió a descárgale un azote. Finos hilos de sangre comenzaron a correr a lo largo de las marcas dejadas por los latigazos. La mujer continuó flagelando al hombre con ferocidad, desangrándolo y desgarrándole la piel. Durante largo rato no se escuchó más que el restallido del látigo y los gritos agónicos del torturado. Por fin los alaridos de dolor cesaron. El sujeto colgaba de las cadenas como un saco sin vida. La chica continuó golpeando durante un rato más. Le había hecho muchas heridas por las cuales corría la sangre, sobre los hombros, a lo largo de la espalda, en los glúteos y sobre los muslos. La chica por fin se detuvo y se volvió, al hacerlo Thor pudo ver como el bello rostro de ella se hallaba salpicado de sangre.
En ese momento un jinete a caballo se acercó colocándose junto a la chica rubia.
Thor vio que quien montaba al caballo era otra mujer, vestida y peinada exactamente igual a la rubia y tan extraordinariamente hermosa como aquella; con la diferencia que tenía los cabellos negros, la piel más blanca y su armadura y guarniciones eran de metal plateado.
Las dos chicas comenzaron a hablar en un idioma extraño.
Thor, a pesar de estar absorto y estupefacto, decidió que sería prudente regresar a la nave. Se deslizó hacía atrás pero al dar la vuelta quedó paralizado al contemplar la figura que estaba frente a él. Era una tercera muchacha. Con el mismo atuendo que sus compañeras, con cabellera negra y armadura plateada. Así de cerca era por completo deslumbrante. Thor quedo sin aliento contemplándola atontado, la nívea piel lucía suave y tersa, los cabellos sedosos y sus labios escarlatas y ojos oscuros eran tan cautivantes. Thor estaba tan embelesado que no advirtió cuando el largo tridente de hierro con el que la chica le apuntaba arremetía contra él. Apenas sintió el piquete del arma en el abdomen. Al instante todo se volvió oscuro. Thor cayó de espaldas y se desvaneció perdiendo el conocimiento.
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La caravana avanzaba a buen paso sobre el camino de tierra. Treinta hombres a pie en tres filas de diez, custodiados por cuatro amazonas a caballo, dos a cada lado, ataviadas con sus relucientes armaduras plateadas, hacían restallar sus látigos de cuando en cuando sobre los cautivos desnudos para obligarlos a mantener el paso, además de los látigos cada mujer portaba un largo tridente de metal de puntas afiladas, mientras que un sable curvo pendía de sus cinturones. Al frente del conjunto cabalgaba altiva la capitana, distinguida por portar una armadura dorada como sus cabellos. Hasta atrás, en la retaguardia, cuatro esclavos encadenados a un yugo tiraban de un carro de madera de dos ruedas cargado con cajas y cubierto por una manta de piel.
El grupo se encontraba ya muy cerca de la ciudad. Atravesaron primero los verdes campos de cultivo, pasaron cerca de un grupo de esclavos varones que trabajaban arduamente la tierra, lo hacían sin más herramientas que sus manos, y sus cuerpos, sudorosos y sucios, no contaban con mayor abrigo que gruesos collares y grilletes de pesado acero. Estos esclavos a su vez estaban custodiados por rigurosas mujeres a caballo. El uniforme de estas era un poco diferente, portaban siempre botas altas, guantes y minifaldas negras, pero en lugar de coraza llevaban camisas blancas de tela, y cubrían sus cabezas con un quepis negro con visera. Las chicas cabalgaban en parejas y mientras una llevaba una larga fusta como arma la otra sostenía una ballesta de madera. Pronto atardecería y las mujeres reunirían a los esclavos para regresar a la ciudad.
La caravana dejó atrás los campos agrícolas y llegó frente a las puertas de la gran ciudad.
La ciudad de Femdonia se encontraba circundada en su totalidad por un fuerte muro de piedra siendo la puerta sur la única vía de acceso. Al norte era resguardada por una colina en la cima de la cual se alzaba una gran edificación.
El grupo franqueó las puertas y siguió por la gran avenida que cruzaba la ciudad de norte a sur. Pasaron de largo las residencias de las nobles patricias y llegaron al centro de la ciudad donde se hallaba la amplia plaza de armas en cuyo centro se erguía una enorme estatua de bronce la cual representaba a una imponente amazona con armadura y sosteniendo una espada.
Al oeste de la plaza estaba el majestuoso y colosal palacio de la emperatriz construido con mármol blanco. El pórtico de la fachada era gigantesco, tres filas de veintiuna columnas sostenían el frontón en el cual aparecían tallados relieves de guerreras. Al fondo del enorme vestíbulo estaba el par de puertas de oro ricamente esculpidas que daban acceso al palacio.
Hacia el este al otro extremo de la plaza se alzaba una imponente fortaleza de piedra, de planta cuadrada que aunque no ocupaba un terreno tan grande como el palacio si tenía mayor altura siendo el edificio de mayor elevación en la ciudad. No poseía ninguna ventana o abertura en las lisas paredes, contaba con una sola entrada, cerrada por una reja de acero levadiza. La fortaleza estaba corona por cuatro torres de observación en cada una de sus esquinas.
La escuadra se detuvo en la plaza, los hombres se arrodillaron en el suelo, doce guardianas iguales a las de la zona de cultivo llegaron para hacerse cargo de ellos. Las amazonas lideradas por la joven rubia entraron en la fortaleza seguidas por el carro de madera.
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Thor había despertado hacía poco tiempo. La jaula en que lo transportaban por fin había cesado de moverse. La jaula era pequeña y no le permitía incorporarse, estaba hecha de barras de hierro e iba cubierta por completo con un toldo de piel. Lo primero que Thor hizo al volver en sí fue examinar su vientre, las puntas afiladas del tridente le habían desgarrado la ropa, sin embargo la chica apenas le rasguño superficialmente. Quizás los picos del arma estuviesen recubiertos de alguna sustancia venenosa o narcótica, pensó.
Dentro de jaula no podía ver al exterior y todo estaba en silencio. Al poco rato escuchó el ruido de pasos, eran botas de tacón resonando sobre un suelo de piedra. De un tirón removieron la manta dejando la jaula al descubierto.
Thor observó al alrededor, el suelo estaba recubierto de baldosas de piedra gris, las paredes parecían ser de granito. La habitación no poseía ventanas, la iluminación provenía de antorchas que ardían sostenidas de anillas de metal fijadas a la pared. Thor no estaba solo, las amazonas de armadura plateada que habían estado en el río y lo habían conducido hasta ahí, se hallaban aguardando de pie, una de ellas en cada una de las esquinas del cuarto. La rubia de la coraza dorada estaba frente a la jaula, con el toldo en las manos, lo arrojó a un rincón mientras hablaba con una amazona de larga cabellera roja quien estaba a su lado y que observaba a Thor con fijeza.
Ambas mujeres se aproximaron al prisionero. La pelirroja llevaba una armadura negra, sus ojos azules parecían brillar con luz propia. Su piel era muy blanca como la leche y estaba cubierta por incontables pecas en las mejillas, en los hombros y el pecho. Sonrío, dejando ver dos filas de dientes impecables de un blanco resplandeciente, al ver que Thor la observaba. La mirada de Thor descendió y se detuvo en los pechos de ella, un par de senos firmes y grandes apenas contenidos por la armadura y visibles en su parte superior donde estaban salpicados de pecas y lunares de color marrón.
La pelirroja dio una orden en su idioma. Las amazonas se acercaron con los tridentes en guardia, la rubia dio vueltas a una llave que introdujo en la cerradura de la jaula y abrió la portezuela, las otras comenzaron a golpear contra las barras del armazón amenazándolo. Thor se deslizó hacia fuera. Era inútil resistirse y no podía intentar escapar, además su arma no estaba en la funda. No llevaba ningún objeto útil, solo un ajustado traje blanco.
La pelirroja le dijo algo. Por la forma de hablar parecía ser la jefa de las otras, su voz era la de alguien acostumbrado a mandar y dar ordenes. Tenía además un porte autoritario y altivo. Aunque Thor no entendía el significado de las palabras algo en el tono de voz de la mujer le hacía sentir que debía obedecerla, esto le inquieto mucho, cuando ella hablaba sentía una viva necesidad de someterse, una imperiosa obligación de acatar sus ordenes. Confundido se puso de pie. La pelirroja intercambió una sonrisa con la rubia. Después, de forma repentina descargó una tremenda patada entre las piernas de Thor, la delgada tela plástica de su traje no le ofreció protección alguna, y cayó de rodillas al piso mientras cubría sus adoloridos genitales. Las dos chicas sonrieron de nuevo. Thor levanto el rostro y al hacerlo recibió una furiosa bofetada con el dorso de la mano de parte de la pelirroja. Decidió permanecer de rodillas, quieto y con la vista en el suelo. Un hilo de sangre corrió por su mentón y unas gotas rojas cayeron al suelo. La mano que lo golpeó lo sujetó con fuerza de la barbilla. Al contemplar de cerca el guante de cuero negro pudo apreciar como sobre el dorso de la mano y la parte superior de los dedos estaban recubiertos por placas de metal colocadas a manera de escamas. El dedo índice de la mano se deslizo sobre la línea de sangre. La mujer lo soltó y llevándose el dedo a los labios lamió lentamente la sangre con apreciable deleite.
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Varios braceros de bronce ardían iluminando el salón principal del palacio. Blancas columnas corintias de elevadísima altura, dispuestas formando un círculo, sostenían la cúpula que coronaba el salón. En el centro del círculo, grabado sobre el suelo de mármol aparecía dibujado el símbolo de Venus fabricado con jade verde. Las paredes del salón estaban cubiertas con tapetes de terciopelo rojo. En un extremo del círculo se hallaba el enorme trono de piedra de la emperatriz. Sobre el trono descansaba una bella jovencita desnuda, recostada sobre mullidas pieles de abundante pelo blanco. Estaba entretenida jugueteando tranquilamente con una cobra de color verde olivo de tres metros de largo. El animal se enrollaba con cariño alrededor del cuerpo de su dueña, enredándose en sus largos rizos castaños oscuros.
Una de las dueñas de palacio penetró en la sala.
-Su alteza –dijo, mientras permanecía de pie en el centro del salón.- La baronesa ha venido a veros. Desea hablaros acerca de un asunto importante.
La emperatriz Isis, sin soltar a la cobra, se incorporó en el trono.
-Dile que pase. –mandó la emperatriz.
La dueña salió andando con elegancia, con su en extremo corto vestido de seda y sus zapatillas doradas de tacón alto, moviendo su larga cabellera rubia que flotaba suelta en el aire. Segundos después regresaba acompañada por seis amazonas vestidas con armaduras, encabezadas por la pelirroja y la rubia. La dueña se detuvo junto al trono. Las cuatro restantes aguardaron custodiando la jaula.
-Bien Branwen, así que deseabas verme.- dijo la emperatriz dirigiéndose a la mujer de cabellos rojos al tiempo que con una mano sostenía la cabeza de la cobra y con la otra la acariciaba.
-Ártemis y sus cazadoras encontraron algo que de seguro llamará vuestra atención. –Contestó Branwen.- ¡Tráiganlo! –ordenó.
De inmediato las amazonas sacaron al prisionero. Ártemis, la rubia de armadura dorada, lo cogió del cabello y lo arrastró frente al trono. El hombre aguardó a gatas con la mirada en el suelo.
-Eso es el asunto importante que querías mostrarme. –Dijo la emperatriz con indiferencia.- Un esclavo con ridículas ropas. Sabes bien que nuestra ley exige que anden por completo desnudos.
-Precisamente Isis. –Repuso la baronesa Branwen- obsérvalo bien, mira la ropa que lleva puesta. ¿Acaso habías visto un traje tan extraño antes? Explícale Ártemis.
-Alteza –intervino Ártemis- esta tarde conducíamos a la ciudad a un grupo de esclavos cuando escuchamos una explosión lejana y vimos señales de humo. Uno de los esclavos se insubordino de forma que detuve al grupo cerca para reprenderlo. Entonces una de mis cazadoras encontró a este, llevaba ese atuendo que ahora veis.
-Ya veo. Decidme capitana ¿Inspeccionasteis la zona de la explosión?
-Creí prudente regresar y notificar a la baronesa. La zona estaba alejada y no faltaba mucho para el anochecer.
La emperatriz soltó al ofidio y tomó una estola de piel para cubrirse.
-Que quieres que hagamos con el esclavo.
-Primero, antes que nada, quítenle la ropa.
La capitana Ártemis forcejeo durante un rato para desvestir al prisionero. Las demás amazonas blandían sus tridentes muy cerca. Una vez lo hubo desnudado entregó la ropa a Branwen y colocó al hombre de rodillas.
-Es un sucio esclavo común y corriente. –dijo con desdeño la emperatriz.
-Pero esto no lo es, Isis. –replicó la baronesa extendiendo el traje de piloto.
La emperatriz parecía pensativa.
-¿Supongo que no has podido interrogarlo?
-No. Se expresa con un lenguaje desconocido.
El semblante de Isis cambió de apático a molesto. Cogió su cetro de hierro y se puso de pie.
-¡Devi! –Ordenó a la dueña de palacio.- ve en busca de Athena y tráela de inmediato.
La dueña abandonó el salón de inmediato.
Isis descendió del trono y comenzó a bajar por los escalones.
Branwen y Ártemis acostaron al prisionero en el suelo y junto al resto de las amazonas se inclinaron apoyando una rodilla sobre el piso.
La emperatriz se detuvo en el primer escalón.
-Denle vuelta y acérquenlo. –ordenó.
Las dos amazonas lo colocaron acostado de espaldas al pie de las escaleras.
Isis se planto sobre el prisionero apoyando un pie sobre el abdomen y otro sobre el pecho, descansando de esta forma todo su peso sobre el hombre.
Él gimió ante la presión de ella pero a pesar de la incomodidad lo invadió una progresiva excitación al sentir el contacto de los finos y suaves pies descalzos de la emperatriz.
-Es un poco débil- comentó. Dejo la punta del cetro dentro de uno de los dos braseros que estaban a ambos lados del trono.
-Es muy extraño- expresó mientras cogía el traje del piloto de manos de la baronesa.- Quizás haya que investigar más a fondo.
-¡Majestad, la princesa Athena!- Anunció Devi quien regresaba acompañado por una joven de gran belleza, alta, de largos cabellos castaños y tiernos ojos marrones claros. El vestido de la princesa era similar al de la dueña, blanco, de seda, muy corto, hombros al descubierto. Calzaba sandalias grises de tacón alto. El cabello suelto solo recogido al frente con una diadema de oro.
La dueña se inclinó como las otras, la princesa permaneció en pie.
-Acércate Athena, hay un asunto en el cual necesito tu consejo. Branwen explícale la situación.
La pelirroja se puso de pie y relató lo ocurrido.
Athena escuchó con atención y luego examinó el traje. Mientras tanto la emperatriz cambiaba de posición pisando al prisionero en diferentes zonas, el hombre luchaba por ahogar sus gemidos.
-Isis, esto no es algo común y corriente, mira e ese hombre es diferente a los esclavos que hay en el reino. –dijo la princesa Athena.
-¿Qué sugieres que hagamos?
-Es necesario comunicarnos con él.
-Lo habría hecho hablar en la fortaleza de no ser por que aparentemente no entiende nuestro idioma. –dijo Branwen.
-A ti te pareció que no se resistía al control mental.
-Capta la idea de las órdenes, pero no las entiende.
-Entonces es simple, debemos tratar de enseñarle nuestro idioma.
-Bromeas, todos los perros son unos estúpidos.
-No deberías asegurar eso Branwen.
-Athena siempre con tus patéticos intentos por defenderlos.
-¡Silencio las dos!- exclamó la emperatriz disgustada.- ¿Branwen alguien más sabe acerca de este prisionero?
-No. Nada más las que estamos aquí lo hemos visto.
-Perfecto, escuchen bien, van a guardar este asunto en secreto, ¡Ni una palabra a nadie!
-la capitana Ártemis y sus cazadoras no dirán nada a nadie.
La emperatriz cogió el cetro y lo retiró del brasero.
-Mañana a primera hora saldrás con ella para investigar el lugar donde ocurrió la explosión. En cuanto a él… ¡Devi ayuda a Ártemis a sujetarlo!
Isis, sin bajarse del prisionero, hundió el extremo al rojo vivo del cetro sobre el hombro derecho del cautivo quien lanzo un fuerte grito de dolor. El hierro ardiente carbonizó la carne despidiendo vapor. Al retirar el cetro quedó estampado el sello que lo identificaba como esclavo de propiedad real. Después la emperatriz subió los escalones y se sentó de nuevo sobre el trono.
Devi ayudada por la capitana le colocaron el collar y los grilletes de acero y le encadenaron las manos tras la espalda.
-Devi condúcelo a las habitaciones de Athena, de ahora en adelante será su esclavo personal. Deberás hacer que aprenda nuestro idioma. –mandó señalando a la princesa.
-Me esforzaré en lograrlo.
-Recuerda Athena, de ahora en adelante él solo es un esclavo más, nadie debe de enterarse de lo que sabemos. Recuérdenlo todas, nadie, eviten especialmente a las acolitas de Istar. Lo menos que quiero es que esa bruja sanguinaria venga a mi ciudad.
La emperatriz tomó a la cobra con sus manos.
-Pueden retirarse.
Las mujeres abandonaron la sala. Devi desapareció por un corredor conduciendo al prisionero que avanzaba de rodillas. Tras ellos iba Athena con el traje del piloto en sus manos.
Isis se recostó en el amplio trono, poco después la cobra se enrollaba con lentitud y delicadeza sobre el suave y perfecto cuerpo de su ama.
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