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El poder de un Ama
Mi nombre no es importante, bastará con que sepan que me hago llamar Ansia de Sangre, tengo 38 años, soy viuda desde hace un año cuando mi esclavo, perdón ¿debo decir "mi marido"?, falleció "accidentalmente".
El trato ama esclavo, comenzó, sin que él se percatara o comprendiese mis intenciones, desde que nos casamos, hace once años. Fui socavando su orgullo, su autoestima, su voluntad. Fueron casi seis años en los que no necesité aplicar un sólo golpe para torturarlo, psicológicamente, de forma tal que no fuera capaz de ir al baño sin pedirme autorización. Manejaba totalmente su vida a mi antojo, aunque el se viera ante la sociedad como un "machote" casado con una "diosa" (quizá suena exagerado, pero aún me mantengo en perfecto estado), admirado, por los "inútiles" de sus amigos y clientes. ¡Si esos "inservibles" me hubieran visto penetrarlo impiadosamente, como la puta barata que era para mí!!! jajá jajá!!!
Me sentía una reina total, tan sometido lo tenía, que hasta me animé a tener relaciones con otros hombres (sinceramente, en solo dos ocasiones) en su presencia. No porque los deseara, o me resultaran especiales, simplemente por el hecho de humillarlo totalmente, en la que consideraba, hasta hace cuatro años atrás, la mayor humillación que le hice pasar. Tal es así, que en ese entonces me negué a que los jóvenes abusaran de mi esclavo-marido. De él sólo me ocupaba yo.
Pero hace cuatro años atrás instalé Internet en casa, y fue el "clic" que necesitaba para transformarme en un ama con todas las letras.
Todas esa páginas dedicadas al sadomasoquismo y la dominación femenina, con sus fotos, clips y videos, despertaron un morbo y una fascinación que yo nunca imaginé tener. De repente sentí un deseo incontrolable de producir daño. Acentuar mi dominio mental con un dominio físico absoluto.
Como correspondía, fui de menor a mayor. De las nalgadas con las palmas de las manos, para empezar, pasamos al cepillo del pelo, seguimos con el cucharón de madera, luego adquirí una fusta, ahí ya no eran sólo nalgadas... Mi excitación iba en aumento a medida aumentaban los grados de tortura a los que lo sometía. Tal como lo leí en una página de dominación femenina, dichos grados iban pautando el nivel de dominio del ama y de sometimiento del esclavo. Los puntos culminantes, los recuerdo y no dejo de excitarme, fueron: cuando lo marqué con hierro caliente, como constancia que era de mi propiedad, cuando le coloqué un piercing en el glande, mis juegos de ruleta rusa, haciéndole creer que el arma estaba cargada con una bala cuando en realidad no lo estaba, colocarle el caño en la boca y apretar el gatillo, varias veces al día en distintos momentos, solía ser uno de mis entretenimientos favoritos. Y la culminación, por lo menos a mi gusto, llegó con la electro tortura.
Últimamente no solo llevaba a mis amantes frente a él, sino que permitía que lo sometieran, ya sea sexualmente como les permitía que lo torturaran.
Él era todo para mi, satisfacía todas y cada una de mis perversidades.
Y yo era todo para él. La sola idea de perderme lo enloquecía, me necesitaba como el adicto necesita la droga.
Pero yo quería algo más, una prueba fehaciente de su sometimiento. Me resultaba indispensable probar hasta donde llegaba su devoción. Y me surgió una idea, maquiavélica, pero era la única manera de estar completamente segura de su sometimiento.
Durante el término de dos meses suspendí toda clase de tortura física. Intensifiqué una tortura tendiente a despreciarlo de modo tal que le daba a entender que ya no me satisfacía. Que era un inútil hasta para recibir castigo y que saldría a la búsqueda de un nuevo esclavo, más joven y dispuesto a ser obediente y sumiso.
Y así salía algunos días enteros, con la promesa de no regresar hasta haber encontrado lo que buscaba. Regresar tarde, por las noches, era un verdadero bálsamo, pues lo encontraba dentro de su jaula, a la que ingresaba solo, hecho un ovillo y llorando desconsoladamente. Y al verme me suplicaba perdón enternecedoramente.
Me sentía gratificada, pero no completa, sentía que faltaba una prueba. Una prueba definitiva. Finalmente, me decidí. La última semana fui deshaciéndome de todos los instrumento de tormento que había acumulado a lo largo de los años, no sin dolor los llevaba a la casa de mi madre, pues era necesario para la prueba definitiva. Mi esclavo no entendía nada. Yo no le dirigía la palabra, salvo para amenazarlo, cada vez que retiraba algo, con que lo iba a abandonar definitivamente, por eso me llevaba todo.
Finalmente, lo recuerdo y me emociono hasta las lágrimas, un domingo decidí abandonarlo. Le dije que estaba cansada de que no me demostrara su devoción y me despreciara, y que si de verdad era MI esclavo y vivía por y para mi, él sabría bien que tendría que hacer.
Finalmente salí y me dirigí a la casa de mi madre. Por supuesto que saqué todos los instrumentos de tortura, pero dejé en su lugar, lugar que él conocía muy bien, a su revólver.
Ahora sé, positivamente, que me pertenecía. Ya no tengo más dudas. Y soy la mujer más feliz del mundo. El mismo domingo a la noche, y al notar que yo no regresaba, encontró el arma y se voló la tapa de los sesos. No tengo palabras para describir lo que sentí cuando una vecina me llamó para darme la noticia.
Creo que es la coronación de la dominación femenina saber que el ser sometido le pertenece a una en cuerpo y alma y se entrega a una sin condicionamientos.
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