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Autor: Anónimo
 

Un increible polvo acuático

Yo soy Cristina. Una chica de 28 años, estatura media, pelo castaño liso, ojos azules y una cara bastante agraciada. Por motivos que no vienen al caso, había descuidado mi peso y estaba a punto de traspasar la frontera entre lo que se considera un tipo normal y una chica rellenita. Mi aumento de peso, por la acumulación adiposa, se reflejaba en un culo más prominente y unos pechos plenos y rebosantes, que parecían imanes para las miradas de los hombres, pero esa no era la imagen ideal que yo deseaba para mi. Para recuperar mi figura de siempre, sin caer en dietas alimenticias severas, decidí la vía del ejercicio regular, haciendo un poco de footing diario y asistiendo a la piscina dos veces por semana. Era la primera semana que iba a natación y apenas tenía trato con la gente que coincidía conmigo en las primeras horas de la tarde.

En principio me había resultaba gratificante poder mejorar mis aptitudes como nadadora y al mismo tiempo mantener la figura. De momento me había llamado la atención un chico con notable minusvalía en sus extremidades inferiores, lo que le obligaba a desplazarse en silla de ruedas. Se llamaba Fran, aparentaba algo menos de 20 años y habitualmente lo acompañaba una muchacha que dijo ser su hermana, quien le ayudaba a desprenderse del pantalón y a meterse en el agua, desapareciendo después hasta que su hermano terminaba su sesión de ejercicios en el agua. Lo más probable era que él utilizaba la natación como un ejercicio de rehabilitación de sus piernas y dentro del agua se desenvolvía con relativa agilidad a pesar de su impedimento. Se notaba que disfrutaba al máximo horas y horas moviéndose en el agua, cruzando la tina y alternando con inmersiones de buceo en la profundidad de la piscina. Con sus gafas verdes, Fran contemplaba desde el fondo deslizarse mi cuerpo y los de alguna otra nadadora, como nos desplazábamos gráciles como si voláramos allá en lo alto. Yo me había acostumbrado a su presencia, a sus desapariciones ignoradas, mientras buceaba hasta que le estallaban los pulmones y afloraba sigiloso a la superficie para tomar una bocanada de aire. La densidad del agua parecía que le daba alas, que su peso se hacía más leve. A veces también echaba un rato en la pila de hidromasaje, desde donde pude notar que vigilaba todos mis movimientos.


Fran tenía una figura rellenita, anchos hombros, el culo gordo, su piel apenas tenía vello y su pelo castaño. Tenía una mirada pícara y alegre, me subyugaba su sonrisa de triste felicidad, su gesto sereno y su aire de resignado optimismo. Para mi era sorprendente su visible acomodo a la adversidad física que le afectaba. Desde el primer día noté que me observaba con interés y hasta diría que con deseo. Alguna vez habíamos conversado brevemente, mientras estábamos en el agua. Sus incursiones por el fondo siguiendo mis evoluciones cada día eran mas descaradas, y cuando estábamos los dos solos se dejaba leer en sus ojos un cuadro abismal de concupiscencia, me acariciaba con la mirada, recorría y hurgaba en los lugares más recónditos y prohibidos de mi cuerpo, se notaba que su contenida libido estaba a presión y me dedicaba a mi todas sus ansias secretas de un contacto inalcanzable, solo accesible y sublimado en masturbaciones nocturnas lentas y solitarias.


Cierto día, obsesionada por todas estas observaciones me volví a casa reflexionando sobre cuales serían las figuraciones de Fran, como sentiría desde su torturado instinto la posible posesión y disfrute de una fruta como yo, considerada como un objetivo lejano, soñado, pero irrealizable para él, a causa de la incapacidad de sus piernas, pues el resto del cuerpo parecía que le funcionaba bastante bien.


Esa noche, antes de conciliar el sueño, nuevamente invadió mi mente un soplo de calentura muy extraña, repensando ese acoso cálido, distante y comedido a que me sometía Fran, siempre que tenía ocasión. No pude evitar una extraña fantasía sexual de aquel flechazo carnal que se había producido entre nosotros. No podía imaginar como reaccionaría su cola a los estímulos de mis caricias, como sería una unión sexual con un ser incapaz de mantenerse en pie. Esta idea se convirtió para mi en un morboso y extraño fetichismo, se había metido en mi cabeza sin saber como. Así, lentamente abandoné el estadio de la realidad y traspasé mis pensamientos al almacén de mi inconsciente. Más tarde en la noche, en lo más profundo de mi dormida, experimenté la vivencia de un lindo sueño:


"Eran las primeras horas de la tarde, cuando llegué a la piscina ya estaba Fran, haciendo unos largos con su impecable estilo croll, le saludé con la mano y me lancé al agua con un salto algo apresurado, y comencé a surcar la superficie del agua marcando las ondulaciones de mi cuerpo en cada movimiento. De pronto, Fran había desaparecido dentro del agua, y pensé que estaría en sus habituales incursiones subacuáticas, pero pronto pude observar que me seguía como un submarino espía. Se instaló junto a una de las escaleras y cada vez que llegaba yo y me impulsaba de nuevo hacia el centro, allí estaban detrás de sus gafas oscuras esos ojos que aprovechaban para escrutar entre mis piernas que se abrían descuidadamente para dar el giro. En una de mis llegadas a la pared, Fran emergió súbitamente del agua y se interpuso en mi camino.

-Eh, Rocío! Tómate un respiro mujer....!- Me dijo a modo de excusa.

-Lo hago para no aburrirme. –Le contesté risueña.

-Sabes que tienes una figura muy hermosa? –Me soltó sin más.


Me ajusté el gorro sobre mi pelo castaño, y accioné mis largas piernas para mantenerme vertical frente a él. Me observó con atención, parecía que se había cansado de perseguirme por debajo del agua. Me dijo que su hermana esa tarde se demoraría en venir a buscarle. Después me masculló algo ininteligible, y sus ojos se inflamaron de lujuria al tiempo que atenazaba sus dos manos sobre mis hombros. No tuve tiempo de reaccionar, me quedé absorta mirándole a los ojos, luego miré hacia el fondo y pude ver entre la transparencia del agua que junto al nacimiento de una de sus piernas casi inerte, emergía un notable abultamiento en su traje de baño. Él, al comprobar mi extraña docilidad, se atrevió más y me tomó por la cintura, atrayéndome hacía si, mientras se apoyaba sobre la escalera. Yo le seguía como embrujada, deseosa de participar en su asedio, de ser su hada nodriza de aquel debut de claro intercambio lascivo.


Inexplicablemente, sentía una clara atracción emocional y erótica hacía Fran, mientras en mi cabeza bullían mil preguntas de cómo se experimentaría este insólito ayuntamiento entre nosotros. Él exhibía un fuerte deseo al que acompañaba una poderosa erección, lo cual le impulsaba a abrazar mi cuerpo y oprimirlo contra el suyo, restregando sobre mi vientre toda su dureza; entonces, me di cuenta de que la naturaleza que parecía haber sido cruel con Fran, había querido compensarle dotándole de un pene exageradamente grande, cuya notable virilidad contrastaba con la inmovilidad de sus piernas. Bien podría decirse que disponía de una tercera pierna y muy hábil por cierto. Estábamos los dos extasiados, sin mirar alrededor, sin importarnos el mundo, como si estuviéramos dentro de una burbuja que nos hacía invisibles.


Seguidamente, me sujetó la cabeza con una mano y me besó en los labios, el primer beso tímido y atropellado dio paso a otro mas profundo, introdujo su lengua en mi boca, la enroscó con la mía, me lamió el paladar, saboreando mi saliva con deleite. Al mismo tiempo, se dedicó a amasar mis pechos por encima del bañador, los estrujaba con codicia, deteniéndose en pellizcar mis pezones hasta ponerlos como dos piedras de granito.


Enseguida, se jaló el calzón de baño hacia abajo, dejando al descubierto sus dos piernas casi inertes, colgadas de su contundente paquete genital. A través del agua, de reojo, pude ver sus huevos extrañamente morenos y henchidos y sobre ellos su pija algo más clara larga y empinada hacía la superficie. Agitándome a causa de los ardorosos tocamientos recibidos, no pude reprimir mi ansiedad y bajé la mano para acariciar el miembro que me estaba apuntando. Su tacto, sumergido en la masa del agua era un poco raro, parecía como más satinado y sin el calor que desprende en el aire. Jugué, con su pene, lo jalé, lo exprimí ligeramente, hasta que alcanzó un grosor imposible.


Apoyada sobre sus hombros me mantuve a su altura y le dejé que él me despojará con apuro febril de todo mi maillot de baño, quedando desnuda, pegada a su cuerpo y suspendida sobre su erecta extremidad, empotrada en mi entrepierna. Fran no había disfrutado en su vida de un intercambio de esta clase, por eso no parecía nada ducho en este tipo de actos, pues entretanto yo me abrazaba a su cuello para liberar su verga de mi peso y facilitarle el acceso a mi conchita deseosa, él solo consiguió atinar después de varias embestidas fallidas. En uno de estos intentos de perforarme, notó que la punta de su glande estaba ubicada entre los labios de mi vulvita, sintió la dulzura, la textura suave y caliente de mi sexo y de un implacable empujón clavó toda su verga hasta el fondo.A pesar del efecto templador del agua me sentí extraordinariamente llena, aquel trozo de carne viva me estaba rejoneando poderosamente, me incendiaba por momentos.


-Aaaauuugggh! Exclamé en un profundo gemido.


El respondió con una especie de rugido. Su ardor se había desmadrado de tal forma, que me tenía sujeta por debajo de las axilas, morreando mis pechos, y mordisqueando mi cuello, todo ello con su asta hundida en mi bajo vientre.


Yo, ensartada en su descomunal polla caliente, penetrada hasta el mismo cérvix, me agitaba contra él, retorciéndome de placer, y moviéndome por cuenta de los dos, para deslizar su pene adentro y afuera de mi vagina. Estuvimos así varios minutos, y poco a poco, el ritmo se fue haciendo más frenético, Fran excitado sacudía gloriosas embestidas hacia dentro de mí, hasta que de pronto sentí una temblorosa convulsión de su miembro y varios borbotones de leche dentro de mi concha.¡Había tenido un orgasmo dentro del agua!"


La intensidad de la tensión que me hizo sentir, me exaltó de tal manera que provocó mi despertar con cierto sobresalto, quedando semiinconsciente y alucinada de la pequeña e increíble aventura que había tenido.

 
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