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Autor: Alexx
 

Visita inesperada

Yolanda dejó escapar un bufido de entre sus sensuales labios, mientras veía su imagen reflejada en el espejo del cuarto de baño de su pequeño apartamento de estudiante.


Trataba de dominar sus húmedos cabellos, armada con un secador en la mano izquierda y un cepillo de pelo en su derecha. Una gran toalla blanca de baño rodeaba su cuerpo de rotundas formas de hembra sensual, a pesar de su juventud.


El espejo reflejaba sus negros ojos, como dos aceitunas, brillantes por las lágrimas que brotaron al enredarse el cepillo con su pelo azabache. El ovalo de su rostro se deformó con la mueca de dolor. Su dorada piel contrastaba con la blancura de la toalla que envolvía su cuerpo, dejando ver sus redondos hombros y el nacimiento de sus formidables pechos.


El motivo de su enfado, no era solo por el trabajo que le estaba costando dominar su rebelde cabellera. La causa de su furia estaba al otro lado de la cerrada puerta del baño y se llamaba Andrés. Exactamente era su "primo Andrés". Se había presentado, él mismo de aquella manera, la noche anterior, a eso de las nueve, en la puerta de su apartamento. Ella se extrañó con su visita, sobre todo porque su relación hasta entonces había sido casi nula. El pertenecía a la rama rural de la familia y en realidad no eran primos. Eran parientes tan lejanos que solo se podían considerar familia en el contexto de un ambiente tan cerrado como el del pueblo. Se habían visto solo en un par de ocasiones en la niñez en esas visitas a que nos obligan los familiares comunes difuntos.


Por eso ella se sintió un poco molesta por la familiaridad con que él la saludó con su "Hola primita" y le dio dos besos, uno en cada mejilla mientras ponía sus grandes y fuertes manos sobre sus hombros atrayéndole hacia él. Ella sintió la calidez de sus manos sobre su piel y la fuerza y firmeza con que él la sujetaba, y eso la incomodó porque sintió algo especial en el vigor que emanaba de ese gesto. No sabia que es lo que mas le había molestado, si esa confianza que el se había tomado solo o sus palabras cuando le dijo "he venido a verte porque así mato dos pájaros de un tiro, te hago la visita y además me ahorro la pasta del hotel" y lo dijo así… con una sonrisa de oreja a oreja.


Ella fue a la cocina y preparó una cena con las pocas existencias que tenia su frigorífico de estudiante a final de mes. Entonces recordó que tenía una botella de vino tinto sin abrir, que sobró de la pasada navidad y había sobrevivido a esta porque no hay nada mas triste que beber vino a solas.


Durante la cena el alcohol hizo su efecto y desató las lenguas de los dos de forma que alcanzaron algún momento de franca camaradería y sus risas sonaron llenando el espacio del comedor-cuarto de estar, única habitación junto al dormitorio, de ese pequeño apartamento. Cuando terminaron los postres, entre los dos quitaron la mesa y en uno de esos momentos en que se cruzaban sus cuerpos chocaron de frente y ella sintió la dureza del pecho de él en sus sensibles senos y a la vez el varonil aroma que su cuerpo exhalaba le llegó hasta su agudo olfato. La combinación de ambas sensaciones causó su turbación y confusión y se alejó balbuceando una excusa con torpeza. De repente la magia había desaparecido y volvió a ella su natural frialdad.


Yolanda dijo a su primo que se acomodase como mejor pudiera en el sofá del salón-comedor que ella se retiraba ya a su dormitorio. Y entonces comenzó lo peor.

No había forma de coger el sueño. Habitualmente ella nunca tenía problemas, pero esa noche no sabia lo que le estaba pasando. Seria el calor que hasta en aquellas horas de la noche llenaba su dormitorio, a pesar de las ventanas abiertas de par en par… O seria el alcohol que había tomado aquella noche al que estaba desacostumbrada…. O seria que cada vez que ella conseguía cerrar los ojos y relajar su mente volvía a su cerebro la sensación que había sentido cuando chocó contra su primo en el salón-comedor. El aroma a hombre volvía a llenar su sensual cuerpo. Ella no era una mojigata, había tenido relaciones con varios chicos, pero el sexo no formaba parte de las prioridades de su vida. Había otras cosas mucho mas importantes, y entre ellas, el terminar sus estudios.


Por eso, esa mañana se había dado una larga ducha con agua fría para despejarse de la mala noche pasada y ahora se encontraba peleando con su alborotado pelo. De pronto unos golpes en la puerta le sacaron de su concentración.

Yolanda, ¿puedo pasar?

Ella se miró nuevamente en el espejo y pensó que no había nada de indecente en su persona así que dio su conformidad. La puerta se abrió y ella se quedó mirando su silueta que llenaba con su presencia toda la reducida estancia. Solo llevaba puesto el pantalón corto de su pijama de verano. Él no fue indiferente a la mirada que Yolanda le clavó a través de su reflejo en el espejo del lavabo. Ella estaba impresionada por la figura de su primo.

¿Puedo ducharme mientras te secas el pelo? Así ganamos tiempo los dos.

Ella asintió moviendo la cabeza mecánicamente pues se había quedado con la boca seca y sin habla.

Andrés se metió en el plato de la ducha y corrió la cortina despreocupadamente. De pronto su pantaloncito voló por encima de la barra que sostenía la cortina y cayó justo al lado de Yolanda.


Entonces ella recordó algo muy tonto… Resulta que la cortina de la ducha estaba rasgada. Tenia que haber comprado otra nueva, pero su reducido presupuesto nunca llegaba hasta eso y además, ¿para qué quería otra si ella vivía sola?

El caso es que ella tenía a un hombre completamente desnudo al otro lado de la rota cortina y ella imaginó el agua corriendo por su cuerpo… por su torso... Por su dorada piel, curtida por el sol… por sus fuertes músculos trabajados en la dura tarea del campo… El pequeño cubiculo se llenó de vapor del agua caliente de la ducha y además se llenó del aroma de él… Y ella sintió dentro de sí algo desconocido hasta ese momento. Sus piernas temblaban por una emoción desconocida y se sentó sobre la tapa del WC. Sus ojos estaban vidriosos y se mareaba ligeramente. Entonces Andrés habló desde el otro lado de la cortina y le pidió que por favor le pasase una toalla. Ella aturdida como estaba, ni siquiera le oyó. Entonces él asomó su cabeza entre la cortina y la vio desmadejada. Vio su pálida tez y sus ojos vidriosos y se asustó. Sin reparar en que estaba desnudo salió de la ducha y se acercó hasta ella. La tomó entre sus brazos y la llevó hasta el dormitorio. La tumbó en la cama y comenzó a abanicarle con un periódico para ver si así volvía el color a sus mejillas. Ella entonces poco a poco salió de esa inmovilidad en el que se encontraba sumida. Llenó completamente sus pulmones de aire y sus pechos hincharon la toalla e hicieron que esta se abriera mostrando su cuerpo desnudo en todo su esplendor. Esta vez fue él quien quedó impactado por la belleza de sus formas. Sus ojos admiraron la rotundidad de los senos y caderas de ella, y la mata de vello negro ensortijado que cubría el triangulo de su sexo, su virilidad se puso de manifiesto en todo su esplendor.

Yolanda miraba hipnotizada ese miembro que crecía y crecía y dejaba asomar por su punta una gorda cabeza roja… Los dos se dejaron arrastrar por la naturaleza de sus cuerpos jóvenes, por la vorágine del ansia que rebasaba los muros de contención y explotaba como una riada incontenible. Sus labios se acercaron atraídos como dos imanes, rojos de fuego y de pasión. Ella mordió con sus dientes los labios de él, tal era el frenesí que la embargaba. El logró zafarse de la presión de los dientes de ella y sus labios resbalaron por el cuello y los hombros para apoderarse de los exuberantes pechos. Mientras, las manos de ambos no estaban inactivas. Yolanda guiaba la cabeza de él sujetándole por los cabellos y Andrés, se aferraba con los dedos de su mano derecha al pezón de la teta izquierda de ella, que reaccionaba poniéndose cada vez mas tieso, y su mano izquierda, colocada sobre el ensortijado pelo que ocultaba su sexo, buscaba a tientas en la ranura, el botoncito del placer.

Yolanda con todas estas sensaciones juntas se abandonó al placer de los sentidos y abrió sus piernas queriendo que la mano de él tomase posesión por completo de su sexo, dejando que sus dedos recorrieran todos sus pliegues.

Los dedos de Andrés encontraron, al fin, la entrada de la cueva del tesoro, y sintiéndola lubricada, colocó sus caderas entre las piernas de ella y apuntó con su rígido miembro la entrada de ella.

Yolanda la vio tan grande que se asustó un poco, entonces le advirtió que tuviera cuidado, pues era virgen. Andrés, ante esta declaración, volvió a toma las caderas de ella entre sus fuertes y grandes manos y acercando sus labios al sexo de ella, recorrió con su lengua cada uno de los pliegues del sexo, alternando las caricias de su lengua, unas veces blanda y sedosa y otras veces dura como un pequeño pene.

Ella, que nunca había experimentado el sexo oral, sintió que esa nueva caricia le abría la puerta de entrada a un nuevo mundo, a un nuevo universo de sensaciones cada una de ellas mas placentera y se abandonó por completo, esta vez sin reservas, en los brazos de su amante, para que este hiciera con ella lo que quisiera.

Andrés sintió que esta vez ella sí que estaba preparada para el gran momento y volvió a colocar su poderosa polla en la entrada del sexo de Yolanda.

El miembro penetró en la empapada gruta con mucha facilidad, mojada tanto por los jugos de ella como por la saliva de él. El la penetraba con sumo cuidado para evitar que ella sintiera dolor en aquella primera vez. Pero para su sorpresa llegó hasta el final sin encontrar ninguna oposición. Tal vez ella había perdido su himen accidentalmente y no había reparado en ello al no haberlo hecho nunca. La virginidad solo estaba en la mente de Yolanda.

Ella sintió entonces como Andrés bombeaba con energía, una vez comprobado que no había ningún obstáculo que contuviera las embestidas. El miembro de él entraba y salía de su sexo, a un ritmo variable, unas veces rápido, y el corazón de ella se aceleraba hasta el infinito, y otras veces lento consiguiendo que su placer se ralentizara y no llegara a culminar. Este juego se prolongó durante bastante tiempo. Con un perfecto dominio sobre sus músculos, él consiguió hacerla llegas hasta el borde mismo del orgasmo en varias ocasiones, hasta que ella misma le suplicó que por favor le hiciera acabar, que ya no aguantaba mas… y entonces él incrementó el ritmo como si fuese el pistón de un motor de explosión de un automóvil deportivo… Y el violento orgasmo llegó a ella, cuando el vehiculo rompió la barrera del sonido, con un rugido que surgió de las gargantas de ambos… mientras se dejaban caer agotados sobre la cama.

 
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