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Una Gota sobre su Piel
Una gota sobre su piel.
Lo que mas agradaba a todos de José Luis era la insolente manera de proceder con todo el mundo y ante toda situación. Su forma de ser, desfachatada y carente de tapujos le ganaba la admiración de algunos y la atención del resto. Teníamos poco mas de un año de asistir juntos a la preparatoria y desde el principio congeniamos por nuestros gustos musicales, por nuestros constantes enfrentamientos con albures que pocos entendían y porque ambos nos ayudábamos con las tareas escolares; él a mi, en matemáticas y yo a él, en ciencias sociales.
Cuando llegó el fin de cursos invitó a varios de la clase a ir a visitar el rancho que su familia tiene en los Altos de Jalisco, de donde él procede. A la mayoría no le apeteció la idea de pasar una semana en medio de cerros, animales y poca diversión, así que declinaron la invitación. Aunque yo acepté encantado pues la vida del campo siempre me ha gustado, una fuerte infección estuvo a punto de echarme a perder el viaje, pero finalmente simulé haberme repuesto y salí con él hacia la "Hacienda Rosario" llamada así en honor de su bisabuela paterna.
El lugar es fácilmente imaginable; la casa grande, caballerizas, silos para grano, grandes extensiones de tierra, etc. Lo que no era imaginable para mi era la familia de José Luis. No era extraño que su padre fuera un hombre de gesto fruncido permanentemente y pose sacada de algún viejo capítulo de Bonanza. Ahí vi de dónde sacó mi amigo su actitud insolente hacia todos. José Luis mismo cambió una vez que cruzamos las puertas de la Hacienda. Se volvió más pagado de si mismo y doblemente altanero en medio de la diversa servidumbre que había llegado a ver al Joven Patrón. Doña Elena su madre, contrastaba con el resto, menuda y de severas formas, con una mirada y una manera de vestir que denotaban que su procedencia no era del campo. En cambio, María, la hermana mayor de José Luis era del mismo porte, déspota y suculentamente orgullosa de las formas que su cuerpo ostentaba, pero salobre en su trato y desagradable minuto a minuto. Sin embargo, María procuraba romper en ocasiones el hielo con pícaros comentarios sabiendo que a su padre y hermano eso les llegaba hasta la médula de los huesos, pensando en la virtud de su hermanita.
Con los días fui viendo que el padre y los dos hijos formaban una familia muy sólida. Los tres tenían la misma formación, los mismos gustos y la mima "tirada en la vida". En cambio, Doña Elena, para disgusto de todos era diferente, y por lo tanto no encajaba con los demás, por lo que en todo momento era objeto de desplantes altaneros del esposo y también de los hijos. Para ellos, amantes de la cultura de la fuerza y del campo, el que su madre fuera universitaria cuya carrera de periodismo quedó trunca al ser embarazada por el entonces estudiante de agronomía la convertía en un ser insignificante e intrascendente en sus vidas. Ellos hubieran querido una mujer de su región, no una chilanga inútil y aburrida, amante de sus libros y de películas sin sangre.
José Luis se burlaba de que yo encontrara interés alguno con las charlas de su madre. Una vez que comentamos ella y yo sobre sus vivencias durante la represión estudiantil de 1968 él se paró y soltando un bufido de disgusto le dijo: -Me sorprende que alguien tan gris como tú haya tenido alguna experiencia interesante en su vida- y se fue, dejándome asombrado ante ella que, enrojecida de vergüenza lo miró salir callada.
Aún así, la que me calentaba era María. Enfundada en sus jeans y en su blusa a cuadros me hacía recordar a las hembras que aparecían en las películas y series de tv. Ella hablaba conmigo y ambos reíamos de las tonteras que ocasionalmente se nos ocurrían, lo cual me daba esperanza a que al menos un faje hubiera oportunidad de sacarle. Para ese entonces ya había tenido yo algunas novias, y normalmente era posible echarse un revolcón con ellas pero sin que llegáramos a más que manoseos sobre la ropa. De pronto se me antojaba la idea de poder llegar a más con María. Claro, siempre y cuando José Luis no se enterara. Doña Elena me había gustado también. Su belleza madura deslumbraba realmente. Era de esas personas que iluminan con su mirada y con lo que dicen. El caso es que a los tres días de estar ahí yo ya me había propuesto intentar algo con María y platicar un poco más con Doña Elena, quien al final del día, lucía en sus encallecidas manos las manchas de bregar en la cocina junto con la servidumbre y por el cansancio una gota de sudor sobre su piel.
En esos días paseamos en caballo por toda la Hacienda, aprendimos a cómo matar un animal para hacer una buena birria de chivo, nadamos en un estanque cercano a las peñas, tiramos a unas latas con una carabina bajo la mirada del padre de José Luis y escondidos entre las piedras, mi amigo, Marta y yo nos fumamos un churrito de mota y ambos alardeamos ante ella de nuestras conquistas y saberes sexuales. Él lo hacía pues era la única forma de ser que conocía, yo lo hacía pues quería quedar bien con ella para lograr algo. Su pícara sonrisa me alentaba aún más a hacerlo.
Al día siguiente, la leche bronca que ahí se bebe y el impacto que me causó oír la manera en que el padre de José Luis trataba a Doña Elena en la alcoba me acabaron de despedazar el estómago al grado de que cuando hablaron de ir a comprar muebles a Guadalajara, yo no podía levantarme por temor a que en cualquier momento el estómago me jugara una vergonzosa jugarreta enfrente de todos. Por esta razón, me quedé encamado habiendo tomado un par de novelas de Michel Zevaco del librero de Doña Elena. José Luis, poco antes de subir a la camioneta que los llevaría a Guanacos me lanzó a las manos un par de revistas porno, diciéndome: -Deja de ver esas mamadas, con esto te sentirás mejor.-
Me quedé leyendo sobre los Pardaillan un buen rato, hasta que la modorra me despertó las ganitas de sentir placer. Después de echar una mirada al pasillo para que Doña Elena no fuera a verme, saqué las revistas y me puse a verlas, esperando que, al menos, eso me abriera el apetito. Cuando ya sentía que todo estaba listo para comenzarme a disfrutar, se oyeron unos pasos y Doña Elena tocó suavemente a la puerta. Rápidamente arrojé las revistas a un cesto al lado de la cama y la dejé entrar. Ella me llevaba un aromático consomé de pollo y un poco de fruta para que desayunara. Rápido notó que no la miraba yo a los ojos.
- ¿Te pasa algo?- me preguntó con su aterciopelada voz. No le encontré caso a mentirle.
- Me pudre ver cómo la tratan todos.- confesé con una mueca de desprecio hacia los demás. Ella sonrió benévolamente y sentándose a un lado de la cesta donde arrojé las revistas me dijo:
- No saben ser de otra forma, y aunque yo se que ningún error hay que pagarlo eternamente, amo a mis hijos, y no podría romper con su padre sin romper con ellos, y no puedo. De joven una piensa que todo es fácil, y en mi época parecía que habíamos descubierto la libertad de hacer y decidir. Pensamos que nuestras acciones solo nos llevarían a un fututo estupendo de libertades. Y cuando una se da cuenta de que no es así, a veces ya es muy tarde. Y no quiero eso mismo para mis hijos.-
Por un instante volteó su mirada al suelo y se encontró de lleno con el centerfold de Devin deVazquez mostrando sus encantos en Playboy, al lado de una revista donde una preciosa rubia fagocitaba el falo de dos fulanos. Sin alterarse las tomó, con la mirada inexpresiva fue ojeándolas una a una y me dijo:
- No quiero que mis hijos ni tu se engañen con lo que les venden así como nos pasó a nosotros. Y menos en esto del sexo. No creas que no he visto cómo miras a María.- Casi escupo el consomé que estaba por tragar. Ella sonrió. –Seas tú el que la tome por primera vez o sea otro, me gustaría que la hiciera sentirse la mujer mas maravillosa del mundo, y no como me ha pasado a mi.- Sus ojos se humedecieron y solo alcancé a estirar mi mano para tomarle un hombro.
- Me pudre ver cómo la tratan todos.- repetí – yo no la trataría así.- Lo dije sin malicia sino queriéndome vender la idea de que yo jamás haría eso en mi vida. Pero nuestras miradas chocaron de pronto. Pensé que en ese momento de su boca saldría el fantástico permiso y encomienda de iniciar a Marta en el sexo, pero ella sonrió, dejando lucir un brillito en sus ojos que seguramente trajo a su mente los recuerdos de cuando era una adolescente feliz y con ilusiones. Tras callar unos segundos, me dijo suavemente, señalando las revistas: -¿Preferirías tratarme así?- y pareció que quiso morderse los labios, pero ya estaba dicho. No se qué vio en mi mirada, pero acarició mis cabellos hasta el hombro y suavemente se fue acercando a mi rostro. Antes de juntar sus labios tímidamente con los míos me preguntó: -¿Hace cuánto que no besas a una mujer que deseas de la manera mas pura?... Yo hace demasiados años que no se lo que es un beso de cariño.
Elena comenzó a besarme el rostro con dulzura, de manera suave, entrelazando sus dedos en mi cabello. Cuando juntó sus labios con los míos nuevamente, un temblor intenso comenzó a llegar a su boca, a sus manos, a sus párpados mismos. Su beso me estremecía, los nervios me corroían.
Fui poniendo los pies sobre la tierra. Ya no sentía en ese instante el desasosiego ni el rencor contra la familia de ella; en ese instante los besos de una mujer madura, hermosa y prohibida por absolutamente todas las leyes enredaban cada uno de mis pensamientos. Me besó, si, ella lo hizo pues yo no articulaba movimiento alguno. No me besaba como queriéndome enseñar, ni como premio ni stupidez alguna como esa. Yo percibía gusto en lo que ella hacía. Después de un rato de acariciarme así, las manos de Elena –ya no es Doña Elena, ¿vieron?- acariciaron mi rostro, lentamente bajaron a mi pecho y llegaron a mi vientre a la par que su respiración se volvía mas intensa y rápida. De haber sabido que algún día escribiría esto hubiera reaccionado como lo hacen todos en los relatos de sexo, abrazándola con una hombría tremebunda y casi levantándola en vilo con una sola mano para darle después el mejor sexo de su vida con una verga descomunal y rígida hasta provocarle 8 orgasmos seguidos en 14.7 posiciones diferentes. ¡Pero lo cierto es que yo estaba terriblemente asustado! La verga no solo no se había erectado aún sino que casi parecía que en cualquier momento se iría a esconder. El saberme ahí, encerrado en la casa de mi amigo, besándome en la cama con su madre y sentir su mano llegando a mi falo era enloquecedor. Pensaba en que traicionaba a mi amigo, en que se iba a armar una bronca sin precedentes si todo eso se sabía y en que… pensaba en que no sabía ni qué hacer. No es lo mismo hacerse el chingón hablando de sexo con los amigos que estar en esa situación cuando es la primera vez de uno, y con la madre del amigo.
No sabía si Elena tenía conciencia de eso o simplemente lo pasaba por alto. Ella seguía manoseándome el pene con los ojos cerrados mientras me besaba con una sonrisa dulce y decidida. El caso es que a pesar de mis temores y remordimientos, la sensación que causaba su mano era deliciosa. Su boca corrió de mi boca a mi cuello dejándome sentir la tibieza de sus besos y la sensación de su saliva en mi piel. No dejó centímetro del cuello sin recorrer, sin besar. -Cierra los ojos, cariño. Ciérralos y solo siénteme.- me dijo en un susurro mientras mordisqueó mi oreja haciéndome estremecer. Cerré mis ojos e intenté olvidarme de todo lo demás, solamente sentirla tal como me había dicho. Entonces las sensaciones me fueron envolviendo y el placer me sumergió de lleno en las delicias del piel a piel.
Por sus movimientos me di cuenta de que quitaba la ropa de sus piernas y de pronto la sentí metiéndose bajo las sábanas conmigo. Ahí ambos nos besamos como novios enfebrecidos. La conciencia me abandonaba y solamente llegaron a importar ella y el poder entender que ambos nos encontrábamos en un santuario donde nada mas existía y mi única y verdadera lealtad era para con ella. El trato con ella durante esos días me hizo encariñarme con ella; el maltrato que los demás daban a ella me hizo abrazar las juveniles fantasías de salvador, de justiciero. En ese momento lo que importaba en la vida era solo el hacerla feliz lo poco o mucho que yo pudiera. Con manos y pies entre ambos quitamos el short que yo llevaba y mi ropa interior. Nos mirábamos, ella a mí con dulzura y yo a ella con deseo. Entonces nuestros cuerpos se abrazaron. Mis piernas comenzaron a frotarse con las de ella, sintiendo por primera vez el tacto de una textura maravillosa. Ambos nos tocábamos, nos frotábamos y manoseábamos sin reparo alguno.
Ella mantuvo su iniciativa y sentí bajar su boca por mi pecho, mordisqueando mis tetillas y acurrucarse bajo las sábanas en mi vientre. La última mirada que me dirigió antes de entrar bajo las sábanas pareció decir divertida: -¿Será como en tus revistas?- y desapareció a mi vista. No la veía, pero podía sentir su respiración paseando entre el pelaje de mi sexo. Cerré nuevamente los ojos para plasmar para siempre ese momento en mi memoria. Sabía ya lo que iba a seguir, muchas veces lo fantasee y bromee con los amigos sobre aquello, pero no se pareció en nada a lo que yo creía cuando sentí sus labios húmedos y su lengua comenzar a acariciar mi palo que poco a poco comenzaba a endurecerse. Cuando ella lo sintió suficientemente crecido lo introdujo suavemente en su boca, acariciándolo, humedeciéndolo de manera que yo podía sentir el rastro que dejaban sus labios desde ahí hasta la eternidad. Jamás una mujer me feló con tanto cariño y lentitud. Elena sabía perfectamente como hacer para eternizar ese momento en mis recuerdos.
Por debajo de las sábanas la acaricié del cabello, busqué su rostro para recorrerlo con el dorso de mi mano mientras ella engullía deliciosamente mi pene. En poco tiempo mi verga alcanzó su plenitud y las sensaciones de placer se multiplicaron. Le pedí, casi supliqué que se detuviera pues sentía que estaba ya próximo a explotar. A pesar de no haber estado antes con una mujer podía reconocer las sensaciones que preceden al orgasmo (creo que es innecesario aclarar por qué ¿no?) y quería evitarlo, no quería que eso se quedara ahí.
Ella salió de su escondite y se abrazó a mí con piernas y brazos. Sus besos llenaron mi rostro nuevamente mientras la guiaba para que quedara recostada debajo mío. Con torpeza busqué con mi mano la entrada de su sexo para penetrarla al fin, y tras un par de intentos mi glande encontró la ruta maravillosa, la puerta por la que finalmente entraría al maravilloso universo de la carne y el deseo. La penetré espacio, viviendo ese momento único al máximo. Ella besaba mi rostro sosteniéndolo con ambas manos, susurrando "así, mi amor, assí hazlo…" dejándose penetrar entregada. Una vez dentro me quedé quieto… procurando disminuir el torrente de sensaciones que amenazaban poner punto final a ese ansiado momento.
Nos movimos en todo momento con gran suavidad. Ella entendía lo que me pasaba y quería prolongar ese momento lo más posible. El pelo de su pubis y el mío se frotaban produciéndome un placer fabuloso, sus piernas acariciaban las mías e incluso nuestros pies se frotaban unos con otros. Era una caricia completa, pues aún nuestra misma alma estaba ahí entrelazada dándose placer. Elena cerró sus piernas, haciéndome primero sentirla de una manera mas fuerte para después incitarme a abrir las mías y quedar montado en ella. Mi verga quedaba completamente aprisionada en sus interiores, recibiendo un roce intenso y delicioso. Comencé a mover mi cadera procurando entrar y salir de ella lo poco que se podía, y ella lanzaba suaves gemidos casi imperceptibles, mientras que sus ojos cerrados y su expresión mostraban el placer que iba dándole cada una de mis tenues embestidas.
Una vez que estuve seguro de que estaba a salvo de eyacular precozmente comencé a bombear con mas fuerza dentro de Elena. Ella abrió de nuevo sus piernas para recibir directamente mis embates sin dejar en ningún momento de ubicar sus manos en alguna parte de mi cuerpo, siempre acariciando, siempre generando en mí seguridad y bienestar. Siseaba por lo quedo y de sus párpados cerrados comenzó a brotar una lágrima que hubiera corrido hasta la almohada si no me hubiera apurado yo a darle caza con mis labios y beberla con devoción. Fue entonces que Elena abrió sus ojos, donde era el fuego y ya no la ternura lo que los llenaba.
-Ponte abajo- me dijo y nuevamente rodamos, procurando yo no salir de ella. Una vez montada en mi, terminó que desnudar mi pecho para llenarlo de besos y caricias con sus labios y manos. Su cuerpo quedó finalmente ante mi vista, levantándome yo a mirar de cerca sus senos maduros que se mostraban ante mí. Fue ahí donde mi boca retribuyó en sus labios, en su cuello y pecho cada una de las caricias con las cuales honró mi piel, haciéndola naufragar definitivamente en un mar de besos y de lamidas. Entonces fue cuando ambos cruzamos la línea entre el amarnos dulcemente y el entregarnos al placer sin límites ni frenos. Más lágrimas surcaban su rostro mientras comenzó a cabalgar con mas fuerza mi verga. Por un momento se movía en círculos para después comenzar a brincar sobre mi cadera, levantando su cabello con ambas manos. En algún momento medio se levantaba, dejando mi pene al descubierto, casi fuera de ella, para después dejarse caer ensartándose inmisericorde mente hasta lo más profundo. En ese instante preciso comenzó a echar fuera su frustración y el auténtico odio que tenía para su casa, para su cobardía, para su deprimente destino en ese rincón del mundo. Ella cogía con furia, cobrándose cada afrenta, cada instante de rabia, cada lágrima derramada. Ya no era placer ni pasión lo que yo veía en sus ojos, sino la más honesta revancha que en medio de abundantes lágrimas y guturales gruñidos surgían de su garganta en medio de sus apretados dientes. –Assi, si, así lo quería- decía, para moverse entonces con mas violencia sobre mi y llevando su mano a su clítoris para moverlo ahí con rapidez.
Ella supo leer la inevitable explosión de mi verga. Aceleró cada movimiento de su cuerpo casi gritando –Dámelo, dámelo, hazlo en mi- haciéndome chorrear mi semen por primera vez dentro de una mujer. Mi cuerpo se arqueó al sentir esa descarga y mi boca no pudo reprimir cada exclamación de placer que de mi interior salió. Claramente sentía como mi falo escupía cada gota, cada chorro hasta el fondo de Elena. Ella no gritó, no lanzó exclamación alguna, sino que cerró sus ojos y con una cara de ansiedad se movió mas y mas intensamente hasta que la calma la fue envolviendo y se abrazó a mi cuerpo recostado que aún se estremecía por los rastros de placer que lo llenaban. -Elena… Elena…- repetía yo en suaves murmullos sintiéndola y acariciando su espalda y besando su cabello.
Sin separar nuestros cuerpos ni salir yo de dentro de ella nos besamos nuevamente y platicamos completamente cubiertos bajo la oscuridad de las sábanas. Cuando ella se levantó, me dijo firmemente: -Esto no volverá a pasar. Fue maravilloso, pero no debe suceder de nuevo.- y tomó su ropa vistiéndose, y después salió de la recámara, dejando ver el rastro de sus lágrimas sobre el rostro y una gota de sudor sobre su piel.
Elena y yo jamás volvimos a estar juntos y entre Marta y yo jamás ocurrió nada. Por José Luis -a quien sigo viendo- supe que Elena abandonó a su familia en 1991 y se fue lejos, a iniciar su vida nuevamente sin que nadie de la familia se preocupara por ella o tuviera noticias suyas hasta el año pasado, cuando llorando, José Luis me informó que el nuevo marido de Elena le habló para avisarles que ella acababa de morir de cáncer.
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