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Autor: Pipo
 

Fantasías y Realidades

He leido muchos relatos en esta página. Muchos son muy interesantes, muy reales. Otros muchos son imaginaciones que, aunque dan el calentón, no te llegan. Hoy quisiera compartir mi primera vez. Nuestra primera vez, de hecho. La primera vez que mi novia y yo tuvimos una relación sexual.

Ambos hemos tenido una educación religiosa, y pensábamos llegar vírgenes al matrimonio. No era algo que se decía, sino que realmente lo pretendíamos. Evitábamos situaciones que nos pudieran provocar demasiado. Esto nunca hizo mella en nuestra relación, pues nos queríamos sinceramente. Era sólo que queríamos dejarlo para después.

Por ejemplo, los dos estudiábamos en la misma carrera (la misma clase, de hecho), y muchas tardes yo iba a su apartamento de estudiante para estudiar. Siempre procurábamos que estuviera alguna de sus dos compañeras para evitar situaciones comprometidas.

Ese año hizo mucho calor, y llevé unos pantalones cortos y una camiseta holgada para poder cambiarme y estar cómodo en el apartamento. Éramos felices. Estábamos juntos y, como sabíamos que nunca iba a pasar nada, el estudio nos cundía.

Un día, mientras llegábamos de clase, una de las compañeras de Isabel (mi novia) estaba preparándose para salir. Parecía preocupada, pero no nos dijo nada, sólo que se iba el resto de la semana a su casa. Cuando se fue, me cambié y preparé algunas taréas que teníamos pendientes de clase. Isa comenzó a bostezar y me dijo:

- Uff, que sueño tengo - se había quedado estudiando la noche anterior-. Creo que voy a echarme una siesta

- Está bien, pero no duermas demasiado - le contesté.

- ¿Puedes despertarme en 15 minutos?

Yo asentí, y tras un beso ella se fue a su habitación. Dejó la puerta semiabierta, oí algunos ruidos y se apagó la luz. Mientras pasaba el tiempo yo estuve leyendo unas páginas muy interesantes y subrayando partes que podían servirme para un texto que tenía que escribir, y cuando me di cuenta, ya habían pasado 20 minutos. Me levanté, y sigilosamente entré en la habitación. Isabel estaba durmiendo bocabajo, delgada como es ella, con una de mis camisetas anchas que dejé al principio del curso. Se le había levantado y dejaba ver parte de su costado y unos pantaloncitos bastante cortos. Su pelo pelirrojo enmarcaba su carita. No pude evitar una sonrisa.

No creáis que soy de piedra. Yo tenía mis valores muy asumidos, pero en casa era otra cuestión. Muchas veces me había imaginado cómo sería hacer el amor con ella, muchas veces me había corrido pensando en ella, pero estaba determinado a no dejar que ocurriera en la vida real. Aún así, mis fantasías estaban a buen recaudo en mi memoria.

Por eso, cuando la ví allí, recordé algunas cosas que ya habían pasado por mi cabeza... fijándome en su culito, en su cintura... no hizo falta mucho hasta que comencé a sentir un cosquilleo en la entrepierna. Esto me trajo de vuelta al mundo real, y traté de sosegarme.

Me acerqué a ella, y con un beso en la mejilla la desperté.

- ¿Ya ha pasado el cuarto de hora? - me miró, como suplicando que le dejase descansar un poco más.

- Algo más, preciosa.

Se sentó en la cama y tiró un poco de mi. Me senté a su lado y nos abrazamos.

- Creo que he soñado contigo - me dijo.

- ¿Sí?¿y que has soñado?

- La verdad, no me acuerdo... - dijo, inocente.

Yo había aprendido a distinguir ese tono de voz. No tenía nada de inocente, es más, me excitaba bastante cuando hablaba así. No pude evitarlo, y empecé a besarle el cuello. Ella se dejaba hacer, sé cuanto le gusta que le bese el cuello, que le mordisquee ligeramente... hasta que se le escapó un pequeño gemido y me apartó. Respiró hondo y me miró, como cambiando de tema.

- Edu, no. Los dos sabemos que no lo queremos así.

Cierto. Tantas veces lo habíamos hablado. Le pedí disculpas e intenté calmarme un poco. Cuando me levanté para salir al salón, donde las ventanas y los libros abiertos nos ayudarían a enfocarnos en otras tareas, ella comenzó a hacerse la remolona. Jugamos un poco, intentando sacarla de la cama mientras ella se quejaba, al final acabé intentando hacerla callar con breves besos. Aunque cada vez esos besos se hacían más largos, más jugosos... más profundos... Terminé por sentarme junto a ella, incluso recostándome un poco cuando ella se elló hacia atrás.

Esos besos estaban creciendo en intensidad, sabía que si seguía así no podría parar, e intenté alejarme un poco. Al mirarle a los ojos, vi en ella el mismo sentimiento. Ambos deseábamos seguir, pero no queríamos. Estuvimos un momento así, sin decidir que hacer, hasta que sentí su mano bajo mi camiseta y sentí como me acariciaba el vientre, el costado, y pasaba a mi espalda. Entonces me atrajo hacia sí, y decidí seguir adelante.

Nunca había sentido sus manos acariciándome así, y hacerlo ahora me estaba excitando demasiado. Poco a poco comencé a tomar confianza y a acariciar su vientre y su costado, y un poco después también sus muslos. Durante este tiempo había sentido claramente cómo mi verga comenzaba a hincharse palpitando, e intenté disimular mi erección y evitar que ella la sintiera.

Al poco me eché a un lado, y mirándola a sus ojos oscuros le confesé:

- Me encanta como me acaricias - ella sonrió, como sonrojándose. Ambos sabíamos que estábamos cruzando una linea que nos habíamos impuesto.

- A mi me gusta acariciarte, y sentirte tan cerca - terminó diciendo.

- ¿Sabes? Muchas veces me he preguntado cómo se siente una caricia tuya - yo intentaba ser natural, aunque era una situación un tanto extraña.

- Hay muchas cosas que yo me he preguntado muchas veces - me susurró.

- Ah, ¿sí? ¿Cómo qué? - indagué, queriendo ruborizarla.

- Bueno, oigo tanto de mis amigas, de lo que hacen con sus novios... - le costaba trabajo hablar. Era como si realmente deseara decir algo pero al mismo tiempo estuviera esforzándose por no hacerlo -... que muchas veces me he preguntado cómo será cuando llegue el día.

Yo sonreí. Estaba preciosa, sus mejillas sonrosadas y su pelo rojizo no me dejaban apartar la mirada. Decidí entonces intentar algo.

- Yo también me lo he preguntado. De hecho, alguna vez me he imaginado como sería.

- ¡Serás salido! - me dijo riéndose. No se lo había esperado. Se hacía la molesta pero sabía que para nada se había ofendido. Tardé un tiempo en contestar.

- Bueno, la verdad es que sí - eso le sorprendió más aún. Me miró sin saber que cara poner -. ¿Te gustaría saber que cosas me he imaginado?

Todavía recuerdo el gesto de su cara. Totalmente desprevenida, deseando decir que sí, pero con un último esfuerzo por mantener la compostura. Sabía que no se estaba molestando, pero de lo que ella respondiera dependería mi reacción. Mi polla, hinchada pero ya no con tanta fuerza, pareció detenerse para esperar la respuesta.

- ¿A qué te refieres? - intentó cambiar de tema. Me imaginaba que iba a reaccionar así, de modo que decidí atacar.

- Me refiero a cómo quiero darte tu primer orgasmo.

Se le escapó un gemido. Un pequeño y casi inaudible gemido, pero lo suficientemente sensual como para echar por tierra todas las defensas que nos quedaban.

- Me he imaginado que entro en tu habitación, y te encuentro en la cama, durmiendo. Como ahora - aproveché para comenzar a acariciarle su cintura-. Pero bocarriba. Y con menos ropa. De hecho sólo llevas un pequeño tanga y una camiseta ajustada. Me gusta imaginar cómo se ven tus pezones a traves de la tela - sus ojos no podían abrirse más. Definitivamente no se lo esperaba en absoluto. Le di una última oportunidad, dándole tiempo para responder.

- Si me encontrases así... ¿qué me harías?

Me incliné sobre ella, y comencé a susurrarle al oido.

- Comenzaría acariciándote el vientre - dije mientras lo hacía -. Muy suavemente. Subiendo lentamente hasta sentir tus pechos - mi mano ascendió hasta encontrar su sujetador. Isabel dio un respingo, pero no me detuvo. Paré hasta que su respiración se calmó, pero no dejé de acariciarla-. Siempre he querido sentirlos en mis manos - y ahora podía. Comencé a palmarlos mientras ella respiraba cada vez más agitada. Yo me estaba excitando muchísimo, y no sabía de donde sacaba el valor para tocarla así-. Con mucho cuidado, bajaría por tu espalda - dejé correr mis dedos por su columna, mientras sentía cómo se arqueaba. Llegué al elástico de sus braguitas, y suavemente dejé pasar un dedo, que comenzó a pasar entre sus nalgas. Ella suspiró, apoyó su mano sobre mi pecho y me miró, como suplicándome que parara-. Recuerda que en cualquier momento puedes despertarte. No es mas que un sueño, ¿verdad?

- No creo que seas capaz de hacer que me corra - dijo, con la voz más inocente, y a la vez más descarada que jamás he escuchado.

- Para eso tendría que acariciarte de otra forma -bajé mis dedos, que pasaron por todo su culito, arañando su suave piel.

En este punto mi polla estaba como nunca había estado, aunque poca atención le prestaba. Toda mi atención eran los ojos cerrados de Isabel, su respiración entrecortada, y los pequeños movimientos que hacía. Cuando llegué a la mitad del culo, se giró levemente, abriendo suavemente las piernas. Era toda una declaración de guerra.

- Tardaría poco en desnudarte, poco a poco, con la boca - mientras, mi mano acariciaba su muslo mientras lentamente se deslizaba hacia el frente-. Utilizaría mi lengua para separar el sujetador de tus pechos, tus braguitas de tu sexo - cada vez respiraba más rápidamente.

Mi mano llegó a su sexo, donde noté la textura el vello púbico. La acaricié descaradamente hasta llegar a su rajita. Estaba completamente húmeda. Intentaba hacerlo todo suavemente, disfrutar dde cada momento. Me daba miedo que mi inexperiencia le asustara, o que sin querer le hiciera daño. Pero tampoco podía parar. Mis dedos comenzaron a jugar con los pliegues de su mojado coñito haciendo que ambos respirásemos cada vez más fuerte. La oí gemir suavemente un par de veces, e intenté asociar mis movimientos con sus reacciones, y pronto aprendí qué cosas le hacían suspirar.

- Realmente no son mis dedos los que sentirías. A estas alturas estaría frotando mi polla - el gemido que ahora soltó fue mayor, y sentí cómo su mano bajaba por mi pecho-. Lo haría hasta oirte gemir, notarías lo dura que está. La mojaría toda en tu coño, hasta que me pidas que te la meta - mis dedos habían comenzado a jugar alrededor de la entrada de su vagina, rodeando el orificio y acariciando sus bordes. Procuraba no descuidar ningún rincón de su sexo-. Entonces te cogería por la cadera y empujaría mi verga denrtro de ti - comencé a meter mi dedo pulgar, muy lentamente, mientras sentía como sus piernas comenzaban a temblar.

Sus gemidos dejaban ver lo caliente que estaba, fuera de control. Su mano había saltado a mi pierna, rozando mi miembro varias veces, como por descuido. Entre sus gemidos y mi respiración, sentí como movía su cuerpo para intentar que yo metiera mi dedo más aún. Comencé a sacarlo y meterlo rítmicamente, mientras el resto de la mano se paseaba a lo largo de su aún más húmedo coño.

- Te follaría, te haría el amor así. Besándote los pechos, la boca, mientras te penetro una y otra vez -ella cada vez gemía más y acompañaba mis movimientos con su pelvis- Quiero sentir como te corres.

Rápidamente, Isabel metió su mano dentro de mis pantalones cortos y mi ropa interior, sacándome la polla cuyo tamaño me sorprendió incluso a mí. El sólo contacto de su mano con ella nos hizo gemir a los dos, y sentí cómo sus piernas volvían a temblar. Dentro de ella, parecía abrazar mis dedos, como queríendolos dentro para siempre. Instintivamente aumenté el ritmo al tiempo que ella comenzaba a pajearme. De la punta de mi verga cayeron un par de gotas de espeso líquido preseminal que Isabel extendió a lo largo de mi miembro. Sentía cómo me perdía, cómo ambos gemíamos y dejábamos nuestros cuerpos responder a tanta excitación, hasta que sentí las primeras contracciones de mi orgasmo, que me hicieron meter a fondo mis dedos dentro de ella, y empezaba a temblar y gemir mientras me corría sobre ella. Apenas pude darme cuenta de cómo ella se arqueaba, cerrando sus músculos alrededor de mis dedos y se acercaba a mi cuello, gimiendo suavemente lo que inmediatamente supe que había sido un magnífico orgasmo.

Sin movernos, dejamos pasar unos minutos hasta que ella se irguió suavemente y se quitó la camiseta. Con dos chorros de semen resbalando por su barriguita me dijo:

- Quiero que me folles como me has dicho. Quiero que no dejes que follarme hasta que nos quedemos sin fuerzas.

Sin contestar, me quité la camiseta y, cogiéndola por la cintura la puse bocarriba, le quité el sujetador y las braguitas mientras ella me bajaba el pantalón y el boxer. Mi verga aún no se había recuperado de la tremenda corrida, pero mantenía un tamaño considerable. Isabel la cogió y volvió a gemir. Volví a acariciarle su sexo y con mi mano mojada le acaricié sus pechos, no demasiado grandes ni tampoco pequeños. Comencé a chuparle los pezones mientras ella me acariciaba el trasero y me arañaba la espalda. Habíamos perdido completamente el control, o mejor dicho, lo habíamos dejado completamente de lado.

Me empujó con sus piernas y yo tiré de ella para dejarla encima mía. Comenzó a besarme el pecho por todos lados. El sentir sus labios, sus senos rozando mi cuerpo y su pelo cosquilleando mi pecho sirvió para que mi polla se recuperara, cosa que ella notó rápidamente.

- Quiero que me desvirgues ahora. Quiero sentirla dentro de mi. Quiero correrme y que te corras dentro - dijo suavemente, mientras me acariciaba el miembro.

La abracé y nos besamos, nos tocamos, hasta que yo estuve encima de ella, listo para penetrarla.

- ¿Hay condones en el apartamento? - pregunté.

- Andréa debe tener.

Me levanté, mirando a mi amante respirar profundamente, con sus pechos firmes y su coño brillando ligeramente por todos los fluidos que los cubrían. Estaba de pie frente a ella, totalmente desnudo, con todos los músculos en tensión y con la polla tremendamente dura. Lentamente me alejé sonriendo, me fuí al cuarto de la compañera y abrí los cajones de la mesita de noche. Cuando los encontré cogí uno y lo abrí mientras volvía al cuarto.

- Quiero ponértelo yo -dijo, infantilmente. Eso me puso aún más, por increíble que parezca.

Me arrodillé entre sus piernas y ella se sentó. Lentamente me puso el condón, me besó, y luego mientras se recostaba de nuevo se pasó la mano desde el coño hasta la boca. No pude más, me arrojé sobre ella, y mientras la besaba busqué a tientas sus muslos. Intenté contenerme y jugar acariciando su entrepierna, pero ella me agarró del culo y empujó pidiendo que la penetrara. Cuando logramos encontrar la posición, comencé a empujar lentamente.

Su boca comenzó a abrirse, y empezó a gemir. Sus ojos dejaban ver que sentía dolor, lo que hizo que parara, pero ella me sujetó.

- No, no, no te vayas.... Sigue, me gusta.

Yo sentía la punta de mi verga apretada en su coño. Sentía su calor y su humedad. Pero ella, además de placer sentía dolor. Sin embargo, parecía que no estaba dispuesta a dejar que eso le estropeara el momento. Seguí penetrándola lentamente, entre gemidos míos y suyos. Poco a poco, su mueca de dolor dejó de percibirse, y no me quedó duda del placer que sentía. Mis piernas vibraban, y no sabía cuanto tiempo podría estar sintiendo tanto gusto antes de llegar al orgasmo. Empecé a bombear, mientras ella me acompañaba con su cintura. No se cuanto tiempo tardé, pero entre sus pechos bamboleándose, sus gemidos, sus piernas que me abrazaban y sentir todo su cuerpo abrazando mi duro miembro, no tardé en correrme de una manera brutal, que jamás olvidaré.

Ella no tardó demasiado. Tanta excitación hizo de este encuentro algo breve, pero tremendamente intenso. Yo estaba muy cansado tras una segunda vez, pero ella quería más. Un par de minutos tardó en recuperarse y en tumbarme bocarriba para saltar a por mi polla. Quitó el condón y miró cómo mi miembro que empezaba a relajarse brillaba cubierto de semen. Antes de que me diere cuenta ya lo tenía en la boca, y el placer que acababa de irse volvió inmediatamente. Sus movimientos torpes no me impedían disfrutar de su cálida boca.

A pesar de mi cansancio la agarré por la cintura y la puse frente a mí, en un 69 perfecto. Sin saber como, guiado sólo por la lujuria, comencé a lamerle el coño. Lo besaba, lo lamía, repasando sus pliegues y sus labios. Chupaba su clítoris, aquella parte que, mientras la acariciaba, descubrí que tanto placer le daba. Sobaba sus pechos o lamía su culito de vez en cuando. Ella se tragaba mi polla todo lo que podía. Volvíamos a gemir los dos, sintiendo tanto como intentábamos dar. Centrados en darle al otro todo el placer que podíamos.

Yo no podía decidir, si me daba más placer sentir su lengua enroscándose en mi polla, sus dedos acariciándome los huevos, su respiración sobre mi muy mojada verga; o si era el tener frente a mí ese dulce coño, tan húmedo, vibrante y que tanto respondía bajo mi lengua y mis besos. Ella empezó a acelerar el ritmo, a gemir más, y yo, suponiendo que se estaba a punto de terminar, le penetré con mi lengua hasta donde pude, haciéndola ondular dentro de ella, mientras le acariciaba los pezones. Se corrió al poco, abrazando mi verga y clavándome las uñas en mi trasero. Sentirla así sobre mí, me excito demasiado, y en cuanto volvió a meterse mi polla en su boca me corrí casi de inmediato. Pobremente, ya, agotado por este ritmo que me había desgastado, por dentro y por fuera.

Tiré de Isabel para que se pusiera a mi lado, y nos abrazamos y besamos de nuevo. Al poco tiempo caimos dormidos, desnudos y llenos de nuestros fluidos, y así nos despertamos cuando era ya de noche.

Muchas otras veces disfrutamos del sexo juntos, pero nunca como esa primera vez.

Sin embargo, muchas veces me arrepiento de haberlo hecho. Ahora no dejo de pensar, de fantasear. He hecho muchas cosas por sexo, en busca de una sensación tan intensa como la de aquel día. Ahora, ya he perdido a Isabel por culpa de eso mismo, aunque esa historia quizá la cuente en otra ocasión. Pero no he dejado de buscar placeres como los que esa tarde ella y yo descubrimos juntos.

 
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