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Una noche fria y lluviosa en la cabaña del bosque
Habíamos salido de vacaciones, mis padres, mi hermana menor y yo. Entonces yo contaba solo con 18 años.
Hacia dos meses que mi papá había sido sometido a una intervención quirúrgica y estaba convaleciendo.
El médico había recomendado a mamá que alejara a papá del ruido, del smog y de los problemas del trabajo diario, así que aceptamos el regalo de un buen amigo de la familia que nos ofreció su cabaña ubicada en las cañadas de la sierra madre, entre pinos y arroyos, entre pájaros y animales silvestres, sin periódicos ni los sobresaltos que la ciudad nos da gratuitamente.
La cabaña está ubicada a más de 400 kilómetros de nuestra residencia y a poco más de una hora de la ciudad más cercana, así que nos fuimos al supermercado, compramos suficientes carnes frías, latas, pan, galletas, refrescos y todo lo que consideramos suficiente cuando menos para 10 días de estancia. Si los alimentos se agotaban podríamos ir a comprar más a la ciudad más cercana.
En casa empacamos la TV y DVD’s de más de 30 películas que no habíamos visto y que nos prestaron los amigos y vecinos, así como la reproductora de CD’s con nuestra música preferida.
El día ansiado de nuestra partida llegó. Subimos todo a la camioneta. Mamá tomó el volante, papá de copiloto a su lado y mi hermana y yo en el asiento trasero.
En poco más de seis horas llegamos al conjunto de cabañas ubicadas entre los picos de la sierra, distantes unas de otras cuando menos unos 50 metros. Era como una pequeña ciudad sin el ruido ni las tensiones a que estamos acostumbrados.
Había una plaza chica, una capilla para orar y ordenar nuestra conciencia, un pequeño mercado para adquirir lo más indispensable y mucha soledad, tranquilidad y silencio: el trinar de los pajaritos era para nosotros algo novedoso y bello. Por las noches vimos por primera vez el cielo estrellado y la luna llena, paisajes que niegan las grandes ciudades.
Que bellas son las noches alumbradas por faroles con cirios de cera.
La primera noche, por el cansancio del viaje papá, mamá, mi hermana y yo nos retiramos pronto a dormir, pero antes que el sol saliera nos despertó el rocío de la mañana y el canto de la cascada, algo que no habíamos contemplado el día anterior, porque el arroyo estaba seco. El arroyo se llenó de agua porque esa noche había llovido en la parte de arriba de la sierra: había llegado la temporada de lluvias.
A la hora en que todos desayunábamos escuchamos que alguien tocó a la puerta de nuestra cabaña y saludó con un fuerte y amable "buenos días".
Todos respondimos al unísono al saludo y mamá salió para ver quien era.
Hola. – Dijo mamá saludando al chico.
Señora, buenos días. – Dijo el chico. – Perdone la molestia. Soy Benji. Estamos de vacaciones y ocupamos la cabaña que está a la vuelta de la ladera, y mamá me ha enviado a pedirle un poco de café porque se nos ha terminado. ¿Podría ayudarnos?
Claro, Benji. - Dijo mi mami, e invitó al chico a pasar.
El chico pasó y me quedé impresionada al verlo: rubio, ojos verdes y de mirada exótica, blanco, un cuerpo dibujadito y soñado, atento, caballeroso, fuerte y una sonrisa que iluminaba su cara y aceleró mi corazón.
Benji pasó a nuestra cabaña y nos saludó a todos con esa sonrisa cautivadora.
Buenos días. Soy Benji y soy su vecino. Mis papás y yo venimos de Madrid a pasar unos días de vacaciones a la montaña. Estoy encantado de conocerlos.
Hola, dijo mi papá e invitó a Benji a desayunar con nosotros. Él lo agradeció con un cumplido, pero prometió volver a media mañana.
A mi me encantó su promesa. Yo estaba paralizada de la emoción y del asombro de estar frente al chico más agradable que jamás había conocido. Mi mamá le dio a Benji el frasco de nuestro café y le dijo:
Llévalo todo. Nosotros no tomaremos café hasta el almuerzo de mañana, además tengo otro frasco en la alacena.
Señora, me apena que me dé todo el frasco, pero lo acepto porque será un buen argumento para volver a saludarlos.
Vuelve, Benji, cuando gustes. Estaremos aquí a lo menos un mes.
Señora, nosotros también estaremos como 5 semanas, pues son nuestras vacaciones anuales. Papá se regresará por su trabajo, pero nosotros continuamos hasta que vaya a reiniciar el ciclo escolar. Gracias, Señora, pronto volveré.
Noté que Benji no me quitaba sus ojos de encima. Y en tanto yo estaba muy nerviosa.
Benji salió de nuestra cabaña sin dejar de mirarme.
Después del almuerzo salimos a caminar por el bosque. Pasamos por la plaza, entramos al templo, saludamos a todos los que encontrábamos en el camino.
Los señores y las señoras, sin conocerse se saludaban y se detenían a charlar un rato buscando hacer las mejores y nuevas relaciones.
Mi hermana y yo nos adelantamos corriendo y nos regresamos a la plaza. Había muchos muchachos y muchachas de diferentes edades.
Todos en pants, en tenis, en playeras, en short y aquello era una algarabía.
Parecía que éramos amigos desde siempre.
Bastaba un "hola, soy Carolina y vengo de Madrid", para que el otro chico o la otra chica te respondiera "yo soy Christian (o Pedro, o Roger, o Rocío, o Johanna) y vengo de Sevilla, o de Granada o de Barcelona".
Reitero que en esas vacaciones yo tenía 18 años y mi hermanita 12.
Ahí en la plaza me encontré a Benji acompañado de sus amigos. De la emoción, sentí que el corazón se me saldría por la boca.
Hola, Benji, soy Karol y me da mucho gusto encontrarte de nuevo.
Karol, que lindo nombre tienes. Yo siento muy bonito al conocerte. Eres una chica encantadora.
Mi hermanita hizo ronda con niños de su edad y se fue a los columpios, al sube y baja y las resbaladillas.
Los matrimonios charlando de sus cosas; los adolescentes y jóvenes como Benji y yo, y los demás amigos que se multiplicaban como abejas en un panal, corríamos, reíamos y nos fuimos a las canchas de deporte o a otras partes.
Benji tenía 20 años y ya iba a la universidad.
Fueron días intensos para todos. Días que el cansancio de los juegos enmarcaron el descanso de nuestras vacaciones.
Por las noches, a la luz de los faroles la plaza también se iluminaba con la presencia, las pláticas y las risas de todos los muchachos y muchachas que ahí nos dábamos cita.
Fueron las vacaciones más inolvidables de mi vida por todo lo que viví y vivimos todos, y por lo que narraré a partir de este momento.
Mis papás y los papás de Benji se hicieron grandes amigos. Nuestras cabañas eran las más cercanas.
Como dije al principio, estas vacaciones fueron prescritas por el médico para ayudar a papá en su convalecencia.
Sin embargo, algo falló en nuestras previsiones para las vacaciones de la familia: el tratamiento médico que papá tomaba se agotaba y había que ir al pueblo cercano a adquirir la continuación del medicamento. Además, también la alacena se agotaba y había que comprar más alimentos.
Así que mis papás y los papás de Benji acordaron ir al pueblo que distaba poco más de una hora, por lo tanto, volverían a más tardar, al ponerse el sol.
Se fueron poco después del medio día y se llevaron a mi hermanita. Yo no quise ir y me quedé con Benji y todos los muchachos en la plaza.
Al caer la tarde, sonó el teléfono celular y era mi mamá que se comunicaba para decirme que no me preocupara, que tardarían un poco más porque había llovido más y el arroyo estaba crecido y no lo podían pasar porque podían ser arrastrados por la fuerte corriente.
Esa tarde la lluvia llegó hasta nosotros, lo que hizo que la plaza quedara desierta y todos nos retiráramos a nuestras cabañas. Llovió durante varias horas, hasta las primeras horas de la madrugada.
Benji y yo nos quedamos solos en su cabaña, primero viendo películas en la TV, recostados en un diván, y después conversando y escuchando la música de moda.
La soledad, la noche y canto de la lluvia nos llevó a experimentar cosas que para mi eran nuevas.
Poco a poco Benji acercó su cuerpo a mí. No sabía que estaba ocurriendo en mí, pero era algo que deseaba que nunca terminara.
Junté mis manos en mi pecho. Hacia frío.
Benji cubrió nuestros cuerpos con una manta gruesa.
Me acurruqué en sus brazos.
Benji rodeó mi cintura y me atrajo hacia si.
Empezó a besar mi oreja y mi cuello.
Cerré mis ojos y dejé que todo transcurriera.
Con su otra mano, Benji acariciaba y dibujaba mi cuerpo.
En la soledad y la penumbra, poco a poco Benji deslizó sus labios hasta sellar mi boca robándome mi primer beso.
Benji apretaba nuestros cuerpos.
Sentía que un gran fuego me quemaba las venas.
No se como ocurrió que sin sentirlo Benji estaba sobre de mi, y mientras me besaba con pasión sentía que movía suavemente su pelvis.
Seguramente que el instinto y la presión de sus piernas sobre las mías me hicieron abrir mis piernas.
Yo sentía que Benji tenía algo muy duro bajo su pants.
Benji movía su pelvis y esa cosa dura que él tenía entre sus piernas me la apretaba entre las mías.
Poco a poco y sin sentirlo nos quedamos desnudos.
Benji succionó mis tetas coronadas por pequeños y rosados pezones.
Sin separar sus labios, fue bajando su boca por mi desnudo abdomen.
Mis piernas estaban totalmente separadas.
Bajó sus labios hasta mi pubis, a donde antes nunca nadie había llegado.
A mis 18 años, aun soy lampiña.
Que rica sensación al sentir su lengua en mi entradita.
¡Ooooohhhhhh….., Benji, mi vida…!
¡Ooooohhhhhh…! – que rica sensación que me trasladó a otro mundo.
De repente siento que fuertes descargas eléctricas empezaron a recorrer mi cuerpo: ¡estaba experimentando un gran orgasmo!
¡Ooooohhhhh…..! ¡Ooooohhhhh…..! ¡Oooohhhh…..! ¡Ooooohhhhh…..! ¡Oooooohhhhhh…..! ¡Oooooohhhhhh…..!
Benji, sin separar sus labios de mi cuerpo, deslizó su boca de nuevo por mi abdomen, hasta llegar de nuevo a mi cuello y mis orejas.
Aun no me reponía del fuerte orgasmo que había sentido.
Aun me retorcía en el diván experimentando el gran placer de estar haciendo algo prohibido.
Benji, desnudo sobre mi desnudez, incorporaba su pelvis en la mía.
Sentí que sus dedos y la punta de su polla separaban mis labios vaginales.
Yo sabía que los hombres tenían una polla entre sus piernas, pero nunca pensé en sus dimensiones. Hasta después que se la vi me asustaron sus 20 centímetros.
Mi vagina estaba súper-húmeda de la excitación y el súper-orgasmo que había experimentado hacia 5 minutos.
Inconscientemente abrí mis piernas lo más que pude y Benji, con más seguridad dirigió la punta de su lanza a mi pequeña abertura.
Benji separaba mis labios vaginales con sus dedos.
Acomodó su glande rojísimo en mi abertura y empujó poco a poquito.
Su glande empezó a introducirse, pero de repente topó con el obstáculo de mi himen.
Presionó con firmeza y sin llegar a la brusquedad su pene siguió entrando.
Un poco de sangre brotó.
Mi grito ahogado se escuchó.
¡Ooogghhh…!, me duele, Benji, me duele. Despacito.
Es solo un momento, Karol. En un momento vas a gozar como nunca.
No dejó de empujar hasta que sus pelos pegaron a mi pubis: estaba totalmente traspasada.
Empezó a bombear, primero lentamente y después aumentó la velocidad.
Yo gemía de placer.
Luego empecé a gritar suavemente, como temiendo ser escuchada: ¡tenía un nuevo orgasmo!
Yo no sabía lo que era el orgasmo en toda su magnitud; hasta años después me enteré de que es la expresión del máximo placer que se da a través del sexo.
Toda hasta adentro, casi toda afuera… Toda hasta adentro, casi toda afuera… Toda hasta adentro, casi toda afuera… Toda hasta adentro, casi toda afuera… Toda hasta adentro, casi toda afuera…
Al estar yo en todo mi éxtasis, siento que los torrentes seminales de Benji se le vienen con fuerza.
Exploto Benji en fuertes chorros que inundaron totalmente mi interior.
Quedamos exhaustos, extenuados, sin fuerzas.
Rompí el silencio:
Benji, te amo…
Yo también, te amo.
Te deseé desde el momento en que viniste a pedir un poco de café, pero no pensé que fuera a suceder tan pronto.
No te arrepientes de hacer algo prohibido.
No, porque te amo.
Después me dijo que su pene también le ardía y le dolía un poco. También fue su primera vez. Benji conmigo perdió también su virginidad.
Ambos perdimos mutuamente nuestra virginidad.
Una vez que bajó el caudal del arroyo, nuestros padres pudieron pasar el vado. Llegaron a la cabaña casi al amanecer.
Las vacaciones concluyeron. Papá, afortunadamente se recuperó y volvió a sus ocupaciones habituales.
Todos volvimos a nuestras ocupaciones: Benji volvió a la universidad y yo a mi colegio de bachillerato, solo que yo ya no regresé tan entera como había llegado a las cabañas: ya no tenía himen. Benji lo había roto.
Benji y yo nos hemos encontrado en Madrid y nos seguimos amando cada vez que hay oportunidad.
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