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Noche de sorpresas
Vivía con mi amiga, Juana Pabla, a quien cariñosamente llamaba Jean Paul, en una pequeña casita en las afueras de la ciudad, en un barrio tranquilo y arbolado. Nos largamos a vivir juntas porque nos queríamos y nos llevábamos bien, y establecimos algunos acuerdos, como que sólo traeríamos a vivir con cada una a aquella chica que consideraríamos por pareja, las demás... las demás sólo serían pasajeras.
Jean Paul fue mi primera amiga al entrar por primera vez a un pub gay lésbico, de esas que te sostienen, comparten todo y dan consejos para los, sin duda, poco hábiles levantes que yo hacía. Al contrario de ella, que tenía tal arrastre entre las chicas que era impresionante. Aunque casi siempre dormíamos con otras chicas, en realidad, éramos un par de solitarias y nunca trajimos a vivir a nadie con nosotras.
Karen se llamaba la última muchacha con quien salí. No fue nada serio en realidad, eso quedó claro desde el principio, así que no me importó cuando, después de tres noches de dormir conmigo, ya no respondía a mis llamadas. Dejé de insistir. No creía que iba a terminar seriamente con alguien pues, quién soportaría mi trajín y viajes constantes por cuestiones de trabajo, de los que me ausentaba de casa entre tres a cinco días, cada dos o tres semanas. Sólo Jean Paul, y eso para mí era suficiente, era importante.
Una tarde, llegué un día antes de uno de mis viajes y subí a ducharme. Luego bajé a la sala donde tenemos un pequeño equipo de gimnasia. Tomé dos pesas y realicé cualquiera de mis rutinas con tal de sacar afuera todo el stress y dormirme agotada. No suelo usar mucho las luces por lo que las realizaba en la calmante oscuridad. En eso escucho la puerta de la sala abriéndose y los murmullos de mi amiga, a la que sólo veo cuando abre la heladera. Iba acompañada. Veo un par de brazos que rodean su cintura y sonriendo continúo mi rutina.
Escucho a Jean Paul:
- "¿Está bien una gaseosa? Por favor, prende la luz".
Y la otra le responde,
- "La gaseosa está bien, pero la luz no".
De golpe me detengo. ¡Esa voz!.
- "Mira, Karen, dejá ya de joderme y de llamarme a toda hora, no lo haremos, ni hoy ni nunca".
- "Pero, ¡por qué! ¿No te dije que venía con Tami solo para estar cerca tuyo?". Le dio la vuelta la cara a mi amiga y le robó un beso. Sentí que se me helaba el sudor.
"No quiero ser descortés, pero nunca haría eso por Tami. Si querías conversar, esa es mi respuesta", dijo mi amiga apartando suavemente a Karen.
"Pero si a mí no me interesa ella, ni ella tampoco se gusta de mí, de verdad".
"Me interesa a mí porque ella es mi mejor amiga y porque es un acuerdo que tenemos. Nada de enredarnos con chicas que estuvieran anteriormente con la otra de nosotras".
"¡Me importa un pito sus...".
Karen se había detenido porque escuchó mis pesas cuando caían al piso.
Sin saludar, yo había prendido la luz y me dirigí a Karen. La tomé del brazo y prácticamente la arrastré hasta la salida. Ante la sorpresa, las dos quedaron mudas. Por suerte no hubo escándalos. Cerré la puerta con llave y salió Karen definitivamente de mi vida, de nuestras vidas.
Luego, fui silenciosamente a golpear una bolsa de arena, primero con lentitud, luego con furia. Me desconocía a mí misma. No entendía semejante reacción puesto que soy normalmente serena y de las que apelan a hablar antes que actuar de esa manera. Y me caían lágrimas. Jean Paul me observaba, hasta que me despegó de la bolsa y me abrazó. Allí recién pude llorar bien.
- "¿Te gusta ella?" le susurré por fin.
"¡A quién no! es una bomba, pero de las que explotan y hacen desastres por donde van.
Me gusta como esas bombas, bien lejos. ¿Y a vos?".
"Ya para nada, solo lloro por mi ego mutilado".
Jean Paul me apartó y me secaba las lágrimas mientras yo le decía:
- "Mirá, yo puedo apartarme si ella te interesa, por mi ya no te preocupes, yo...".
- "No es ella quien me interesa" me interrumpió y entonces, para mi mayor conmoción, ella me besó. No me di cuenta de que me temblaban las piernas hasta que ella me sostuvo fuerte, porque estaba a punto de caer. No me daba cuenta de cuánto me interesaba hasta que le devolví el beso de una manera desconocida, sin tapujos ni buenas intenciones.
Ella levantó mi remera, me las quitó y bebió mi sudor, presa de una irrefrenable e ignorada locura. Me bebió el cuello, las orejas, el rostro. Se detuvo en mis senos y me los sorbió casi con brusquedad. Si bien fantaseaba cómo haría el amor mi amiga, nunca me la imaginé así, ni remotamente sospeché cuánto podría gustarme lo que hacía ahora. Me quitó el short, el bikini, levantó una de mis piernas en su hombro y metió la lengua. El estupor unido a la calentura me impidieron hablar. Cuando estallé en su rostro con arrolladores chillidos, como despidiendo con cada exhalación siglos de ardor contenidos, casi no me percaté de que la tenía agarrada del pelo para apretarla mejor.
La levanté para abrirle el cierre de sus pantalones, la puse contra la pared y metí la mano sin quitarle nada, apenas acomodando más abajo sus ropas. Jean Paul jadeaba. Sólo la besaba en la boca, y en todo el rostro, apresada en mi propio asombrado deleite ante esa avalancha de sentimientos que me invadían sin control. Yo quería abarcarla toda, pero no podía. Ella me tenía cautiva atenazándome con fuerza la espalda desnuda, así que sólo podía mover mi cuerpo completo para poder penetrarla, pues con la otra mano la tomaba de la nuca y del pelo. Sólo aceleré mis movimientos cuando sentí que sus músculos internos se contraían comprimiendo con fuerza mis dedos una y otra, y otra y otra vez haciendo que todo su cuerpo se convulsionara y lanzara sin ponderación sus gemidos en mi oído.
Luego, ella me llevó a su habitación donde pude desvestirla lentamente, admirando tan magníficas formas. Ella usaba un colchón en el piso y las luces prendidas, como lo había imaginado.
Nos trenzamos como los caracoles, lentamente, la una alrededor de la otra. Repetidas veces había visto luces rojas y azules cuando apretaba fuertemente los ojos en cada orgasmo. Cuando sentía los de ella, me deleitaba con voracidad ante ese espectáculo. Cuando llegábamos juntas, perdía absolutamente la conciencia del mundo para sentir sólo la unidad con ella. Cuando estuvimos agotadas, ella pudo decirme bajito y muy encima de mi rostro
"Sos vos la que me interesa".
Era muy de ella ser de poco hablar, así que riéndome le contesté
"¿De veras? No me di cuenta".
"En serio, esto no lo digo nunca, te amo, te amo Tami", me dijo mirándome directamente.
Yo le di un beso suavecito en el ojo.
"Es que acabo de enterarme (en el otro)..., de entender (en la frente)... porqué (en una comisura de los labios)... yo no quería involucrarme (en la otra)... con otras chicas"
Y mirándola profundamente a los ojos y sosteniendo su rostro con ambas manos le dije entre susurros:
- "Estoy loca por vos Jean Paul, totalmente loca y para que lo sepas, te amo, (un beso suavecito en los labios), te amo...(más penetrante)"
También me di cuenta en esa noche de sorpresas, de que ese colchón en el piso y nuestros corazones nos quedaban chicos.
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