| |
Amo a mi madre por partida doble...
Hola, me llamo Juan Serrano. Soy alto, delgado y enamorado del sexo desde que tengo uso de razón. Vivo desde los cinco años a solas con mi madre pues mi papá nos abandonó un día que fue por tabaco y debió de olvidársele nuestro domicilio porque nunca más regresó. Mi mamá trabaja en la limpieza de los Juzgados de nuestra ciudad lo que aprovechó para denunciar el abandono de hogar. Pero ni se ocurrió preguntar a la policia por él, siempre dijo que era una carga para ella; cuando era niño no supe que me quería decir, de mayor lo entendí perfectamente: no le gustaba vivir atado a una mujer ni tener obligaciones.
Mi madre se llama Juana. Es bajita, excede en unos kilos el peso que le corresponde por su estatura. Tiene un par de tetas muy hermosas, redontas y duras, coronadas por dos pezones grandes y salientes; se le notan con todo tipo de ropa que se ponga. Hasta los siete u ocho años dormí con mi madre y me gustaba entregarme al sueño mamandole las tetas; en mi país casi nunca hace frío y a ella siempre le gustó dormir desnuda; yo he seguido su misma costumbre. Con los años sus amigos empezaron a visitarla y a mí me pasó para la habitación que tuve de niño. Le gustaba andar por casa medio desnuda y se cambiaba de ropa delante de mí sin pudor alguno; yo lo veía como la cosa más natural del mundo; me acostumbré a verle todo, recuerdo que una vez se agachó a recoger algo del suelo y le vi el redondo y negro ano, nunca había visto ninguno. Estaba más delgada que ahora.
Tendría yo doce o trece años cuando pajeándome por primera vez con mi madre como deseo, pensando en sus tetas me vine al instante, en unos segundos vacié toda la leche de mis huevos de la forma más placentera del mundo. A partir de aquel momento nunca me masturbé pensando en otra mujer que no fuera mi madre y me aumentó el deseo de una forma tremenda. Verla desnuda, vestirse en mi presencia, una transparencia bajo su bata..., era llegarme una erección tremenda.
Mi madre tuvo varios novios pero le duraban muy poco. Recuerdo a uno de ellos: era blanquito y un tanto silencioso, lo recuerdo perfectamente. Una noche se quedó a dormir con mi madre. Al otro día, a eso de las nueve de la mañana me levanté para ir al baño, lo hice de forma que no se me oyera, y los ví en la cocina como él se la encajaba por detrás; ella gemía y en un susurro, le dijo: “Métemela a lo perro, me apetece, mi vida..., ¡coño! que no se te salga”. Pensé que debía de ser un pichicorto. Me fui sin que se dieran cuenta para mi habitación a pajerme y lo hice pensando que ocupaba el lugar de su novio. En otra ocasión, un sábado, llegué de noche a casa pero antes de lo habitual pensando en mi mami; hacía un calor tremendo y la suponía dormida encima de la cama. Abrí la puerta sin hacer ruído, me asomé a su habitación y no estaba. Vi la luz del cuarto de baño prendida; la puerta es de madera natural y tiene un nudo que yo quito con la punta de una navajita para espiarla mientras se baña. Me asomé por el orificio y la vi con un hombre bastante mayor al que se la estaba mamando o algo por el estilo, la cabeza de mi madre impedia ver lo que le estaba haciendo al viejo pero éste tenía la boca abierta y los ojos extraviados, como un apóstol de El Greco. De pronto mi madre soltó con fuerza un grito de dolor: “Hijo de puta... ¿De qué te crees tú que son los pezones de una mujer?”. Le contestó con un tremendo bofetón al tiempo que le decía: “Puta tú”. Puse el nudo de madera en su lugar y me fui para la cama sin ninguna gana de pajearme. Al poco oí como se abría y cerraba la puerta de la calle . Mi madre volvió para el baño; noté por el ruído que se lavaba los dientes para después hacer uso de la ducha. Luego entró en su habitación. Tardé en dormirme porque me sentía mal, y no tenía muy clara la causa.
A partir de entonces empecé a leer todos los libros de sexología que encontré a mano. Hice ejercicios de pesas con mi pene y comí esporas de helecho macho que dicen que lo agranda. Y cambié mi comportamiento para con mi madre. Estaba dispuesto a conquistarla para mí solo sin que nadie tuviera ocasión de humillarla. Se dio cuenta de mi cambio de actitud y con mi cambio, cambió ella. En una ocasión me preguntó: “¿Que te pasa que no vas desnudo ni al baño? ¿Tienes pudor delante de mí?”. Han pasado dos años o más y, desde el viejete, nunca ha vuelto a meter un hombre en casa.
Hace unos días cumplimos años mi madre y yo: 32 y 15 respectivamente. Acabo de finalizar tercero de la ESO. Es el mes de Julio y hace mucho calor. Hacía tiempo, más de dos años, que no andaba en bolas por casa. Mi madre al verme ha puesto los ojos como platos y no me ha quitado la vista de encima. Ha vuelto a acariciarme por todos los sitios, vestido o desnudo, y lo mismo hago yo con ella. Siempre cenamos algo tarde, trabaja siempre en el relevo de 15 a 22 horas. Hemos acabado de fregar y secar los cacharros y son casi las doce de la noche pero nunca es tarde si la dicha que espera es buenas. Ambos sabemos que ha llegado nuestra hora...
Noto un cierto desconcierto en mi madre, en Juana, que así se llama. La miro acariciándola con los ojos y me responde sin palabras, con la lengua fuera, provocadora, la sonrisa pícara. Le digo:
—Vamos a ponernos nuestras mejores galas y nos vemos en la salita... El que primero acabe que baje la persiana y encienda la luz que considere más apropiada. ¿Vale?
—Totalmente de acuerdo. No hay problema porque las cortinas están echadas —respondió.
Y cada cual, yo tras ella, fuimos para nuestras habitaciones. Cuando acabé, por toda ropa llevaba una cadena de oro ensartando una plaquita del mismo metal con mi nombre, RH y la fecha de nacimiento; quité hasta el reloj de pulsera con el fin de evitar un posible arañazo. Al entrar en la salita me di cuenta que acabé antes que ella. La teoría leída sobre el tema decía que debía de ser así. Lo primero que hice fue bajar la persiana, y encender la luz de la pantalla de sobremesa; por la sala se extendió una tenue opacidad que invitaba a algo muy íntimo; la iluminación era más que suficiente. Pero ella no acababa de hacer acto de presencia... Sabía que estaba en el baño, me dije: “ojo con ser impaciente, Juan, si quieres quedar a la altura de la ocasión, tienes que conservar la calma y pensar más en ella que en tí, sin olvidar que el sexo de verdad es siempre cosa de dos”. Y apareció mi mami... El pelo suelto, lo habitual en ella es una cola de caballo, y la sonrisa pícara tan suya; un camisón azul cielo transparente, levantado por tetas y pezones; descalza, y los andares lentos y cadenciosos como modelo de pasarela. Yo la esperaba de espaldas, sentado en el sofá y con la cabeza vuelta hacia ella. Al llegar a mi altura, dijo: “Juan, levanta que te vea...! Me levanté y giré, lento, en torno a mí, dos veces. Me volvi a sentar. Le dije:
—Siéntate a mi lado y escucha:
—Un momento. Levántate —Y salío con rapidez de la salita.
—¡Ya empezamos! —me dije.
Y con la celeridad del rayo apareció doblando una sábana, dándomela por un extremo al tiempo que decía:
—Quitemos los cojines y extendamos la sábana doblada un par de veces, así no ensuciaremos el sofá, Juan. Ahora nos sentamos y me dices...
Nos sentamos el uno junto al otro. Ella, inclinada hacia mí, puso la mano derecha en la parte baja de mi espalda mientras con la otra tiraba para atrás del prepucio descubriendo el glande. Yo pasé el brazo por encima de sus hombros y metí mi mano bajo el escote del camisón acariciando suavemente la carnosidad de las tetas y los pezones, ya tensos y duros; con mi mano libre, la derecha, cogí su volva en un puñado. Nos besamos en húmedo por largo tiempo; las lenguas tratando de enroscarse y mordiéndonos los labios.
Te digo, luego me contestas:
—Quiero que, aparte de madre, seas mi amante. Quiero tener sexo contigo durante toda la vida, hasta que te mueras. Deseo hacerte disfrutar como nunca has disfrutado y deseo de ti lo mismo hacia mí. No es mi deseo engañarte con nadie ni te aconsejo que lo hagas tú. Sé que te gusta el sexo tanto como a mí, si te falta, me lo pides, te daré sexo por todos lados, de la forma que quieras; sabré satisfacerte, cuando yo lo necesite espero otro tanto de ti —según le hablaba notaba ya la humedad de su bollo al igual que el calor y la dureza de mi pene. —No me gustó nunca el trato que te dieron los hombres que se acercaron a ti, os espié en muchas ocasiones, al menos, dentro de casa. No busques violencia en el sexo, si la necesitas para llegar al orgasmo, la pides. La violencia nunca debe ser exagerada. Sabes muy bien lo que te digo, la has sufrido. Quiero que me hagas gozar con tu experiencia. Sabes que me encanta estudiar y no perder mi tiempo detrás de las chicas; deseo poder acabar una carrera que nos permita vivir mejor de lo que ahora vivimos y, si tengo que trabajar para poder estudiar, lo haré. Pero tengo muy claro que mi mayor deseo sexual está en ti. Por supuesto, esto es cosa de nosotros dos y será nuestro secreto, la sociedad actual no suele permitir el incesto. Y a partir de ahora mismo, si estás de acuerdo, dormiremos en la misma cama por mucho calor que haga. ¿Te parece bien? ¿Estás de acuerdo?
Mi madre me miraba muy seria. En sus grandes y negros ojos había un brillo de lágrimas. Muy bajo, casi sin voz , dijo:
—Hijo mío..., ¡Qué grande y qué niño eres! No me resulta fácil contestarte pero lo intentaré. Sé que hay sinceridad en tus palabras y te agradezco que me ames como hijo y como amante. Seré tu puta en casa si así lo deseas y tú serás mi dueño; lo has deseado desde que tuviste conciencia que tu padre nos abandonó. También sé que en nosotros habrá mucho cariño recíproco, como el que corresponde entre madre e hijo que están sólos y tratan de vivir el uno para el otro. De lo que estoy completamente segura es de que siempre serás mi hijo... Ahora déjame hacerte. Tengo experiencia y también he leído algo de tus libros sobre sexo cuando no estabas en casa.
Mi madre se puso de rodillas delante de mí, me cogíó con una mano los huevos acariciándolos con delicadeza, luego se metió el pene en la boca y empezó mamando el glande a la altura de la corona. Mientras, yo me incliné hacia delante y le quité el camisón; acaricié sus espaldas a dos manos, hombros, tetas, pezones... al final bajé una de las manos y con la palma abierta masajeé con mucha suavidad, casi sin tocarlo, el capuchó del clítoris, no tardó éste en emerger de su cavidad, duro, caliente y agrandado : había despertado al estímulo de la caricia. Mi madre seguia mamando con regularidad el glande metiendo más y mas la boca; era capáz de tragarse los 17 cm de mi polla sin sentir naúseas hasta que por fin presentí que me venía a borbotonesque.
—Sigue, mami, sigue... No pares.
Y fue tan grande el placer que estuve a punto de decirle que parara pues llegó a resultar casi doloroso. Vi como se tragaba el semen mientras me besaba la polla una y otra vez, las dos manos acariciaban mis huevos. Al poco me levanté por encima de ella y la senté en el borde del sofá. Le abrí los muslos cuantoo pude y ella se abrió los labios inferiores, tenía toda la raja amoratada, brillante y viscosa. Me puse a chuparle el clítoris que poco a poco iba creciendo más y más. Lamí la raja una y otra vez, de arriba abajo, sin parar, y puse el dedo gordo de la mano dentro de la vagina, como a dos o tres centímetros del exterior y en la parte inferior en un intento de sobar el punto G. La mano libre seguía masajeándole las tetas y pellizcando los pezones duros y tensos. Mi mami empezó a jadear con gritos entrecortados y a contorsionar las caderas en un intento de restregar su vulva sobre mi boca. Cuando paraba le lamía el bollo en toda su longitud una y otra vez. Notaba la cara embadurnada con el fluyo de su coño hasta que de forma brusca cerró los muslos sobre mi cabeza y con las dos manos me la apretó contra su abierto coño embistiéndome mientras yo la tenía agarrada por detrás, a dos manos, entre la terminación de los glúteos y el nacimiento de los muslos.
—Aprieta, hijo. Con todas tus fuerzas. Sin miedo. No hay nada más grande que llegar al paroxismo del orgasmo entre dolor y placer.
Seguí lamiendo la raja con suavidad y chupando el clítoris. Poco a poco sus muslos perdieron la rigidez y se abrieron, sus manos dejaron de presionar mi cara contra su abierto coño. Cayó como en un desmayo, la cabeza inclinada sobre su hombro izquierdo. Ofrecía un desnudo que era una preciosidad. La respiración, muy alterada, poco a poco se fue acompasando. La dejé sola y fui para el cuarto de baño. Me lavé las manos, la cara y la polla. Luego me sequé bien y fui en su busca. Por detrás del sofa le pasé los dedos de la mano por los hombros, se estremeció, lanzó una especie de suspiro y giró la cabeza mirándome. Nos besamos en húmedo buscándonos la lengua con glotonería. La abracé por debajo de lo hombros y la levanté por encima del respaldo del sofá. Se arrodilló sobre la alfombra delante de mi y yo con ella pero mi polla no quedaba a la altura de sus tetas y lo que deseaba era masturbarme con ellas en una paja cubana. Retornamos de nuevo al sofá, yo me senté y ella se puso de nuevo de rodillas entre mis piernas. Unté la polla con un poco de vaselina y se la coloqué entre las tetas. Las junto y la envolvió con ellas. Empezó a masturbarme subiendo y bajandolas, a dos manos, con lentitud unas veces, otras, con rapidez.
—Deja que te asomen los pezones entre los dedos y pueda verlos, que me excitan.
Con las manos se los tapaba. Obedeció al instante. Me excitaban tremendamente aquellos dos cilindros negros de hasta casi dos centímetros de longitud. Inclinando la cabeza besó varias veces el glande, lo escupío y lo volvió a besar y lamer... Empecé a notar que me venia de nuevo. Y exclamé:
—Mami, con más brio. Noto que me voy a correr... ¡Ahhh!
Empezo a chupar con la punta de los labios y al pronto, en el centro del orgasmo, vi como salío el primer chorreón de semen . La saque de entre las tetas y se la puse en la cara; trató como de cerrar los ojos y apartarse pero la cogí por la melena y le mantuve la cabeza quieta hasta que acabé de correrme. El semen le corría por ambas mejilla, por encima de los labios y el mentón. Le junté las tetas y se las subí; sobre ellas fueron cayendo lágrimas blancas...
—Mami ahora deseo penetrarte. Quiero que mi pene vea donde empezó a formarse... Deseo volver a estar en tus entrañas.
—Hijo si me follas por la vagina seguro que me preñas. No nos podemos exponer con “la marcha atrás” ni aún lavándote. Dame por el culo si quieres, lo tengo virgen; el esfinter anal dicen tus libros que también da placer.
—Mami, tengo condones. Y ahora te toca disfrutar a ti. Pensé clavartela en la vagina al final, cuando estuviera cansado y así tu tendrías tiempo de llegar al orgasmo con facilidad.
—Hijo, nunca hice sexo oral con un orgasmo tan enorme como el de hace un rato. Hubo un momento en que creí tener perdido el conocimiento, ni te veía con claridad. Voy a lavarme un poco. Recoge la sábana y ponla en la lavadora. Lo hacemos en la cama y en acabando, nos duchamos y a dormir.
—Lava el coño sin abrirlo. Mejor que esté húmeda toda la vulva. Vale. Lo recojo todo, pongo las cosas en su sitio y te espero en la cama.
Ya en la cama (que había sido de mi madre hasta hoy), me situé en el centro, sobre la colcha, las piernas abiertas de par en par. La parte que dejé a mi madre daba contra la pared. Sobre la mesita de noche, un condón y en el cajón una caja con los restantes. Encendí la lámpara del techo, deseba ver bien el cuerpo de mi madre y disfrutarlo. Ya venía. Oí funcionar la cisterna cuando abrió la puerta del baño. Apareció desnuda, la combinación azul la dejó a los pies de la cama con una toalla de baño. Me figuraba para qué era; es muy escrupulosa con la limpieza de casa. Estuvimos jugando un rato, tocándonos, mordiéndonos, abrazados como si peleáramos, rodando por encima de la cama, metiendonos mano entre risas y gritos. En uno de nuestro revolcones quedamos en la posición de un 69. Llamándola por su nombre, le dije:
—Juana, voy a lamerte el coño hasta que me pueda lavar con su flujo. Tú en esta posición no alcanzas con la boca a mi polla, así que, acariciala con suavidad y hazla recobrar el orgullo perdido. Ponte encima. ¿Vale?
—Juan, déjame primero darle unas chupadas, despertará con más facilidad. ¿No te parece?
Totalmente de acuerdo con mami. Despues de lamérmela varias veces, morder los huevos con los labios y acariciarlos un poco ya estaba mi pene casi listo para una nueva clavada. Me posicioné debajo de ella, mi boca a la altura de su clítoris, todo su gordo coño quedó ante mis hojos. Le abrí los labios mayores de par en par, luego los menores; se los mordisqueé con los labios y tiraba de ellos hasta que su elasticidad me los robaba. En el umbral de la vagina metí la nariz, la lengua, los dedos, los dos dedos gordos sobando en vaivén la parte inferior de la vagina en busca del punto G., y el resto de los dedos, por fuera, presionando en pellizcos suaves y seguidos. Pasé los dedos por todo el perineo, ano incluido, y todo estaba mojado y viscoso. Le escupí en el ano y se lo acaricié con la yema del dedo indice en pequeños círculos; la uña la habia cortado a flor de carne para este menester. Y seguí acariciándolo hasta que lo noté relajado, un poco abierto. Con la lengua seguía aquí y allá a lo largo de toda la raja. Cuando creí que mi madre estaba completamente relajada le metí por el ano la primera falange del dedo indice, luego, presionando un poco más, la segunda. Y mi mami acabo por relajarse abriendo totalmente los muslos. Ya podia meter y sacar el dedo al ritmo que yo marcaba sin apenas notar la contacción del esfinter o hacerlo girar en su interior. Mi mami ya no era virgo por el ano pero le faltaba la prueba mas dura: meterle mis 17 centímetros de pinga hasta el fondo.
—Como estás mami —le pregunté.
—Con ganas de que me la metas hasta las entrañas, de donde tú saliste; cojones incluidos si es que caben —me contestó.
Recogió la toalla de los pies de la cama, y doblada, la puso sobre la colcha para posicionar luego las nalgas encima. Abrió los muslos y las rodillas las puso a la altura de sus hombros. Yo habia aprovechado para colocarme el preservativo. Me incliné sobre ella, le recorrí la raja con el glande varias veces hasta situarlo en la parte inferior. Noté como si mi verga fuera succionada, luego la saqué un poco dejando solamente abocado el glande. Mami, dijo:
—Adentro con ella, sin contemplaciones, Juan...
Y de un tremendo empujón se la metí hasta los huevos. Ella lanzó un “¡ay!” lastimero.
—¡Cabrón, hijo de puta...! Ahora a embestirme como un animal hasta que me veas reventar de placer. Demuestra a tu madre que eres un gran follador porque sino te dejaré por el primero que encuentre.
Mi madre se las sabía todas. Intentaba excitarme. Puso las piernas sobre mis hombros y empezó a embestirme con todas sus fuerza. Yo hacia otro tanto. Nos chocábamos con brutalidad, sin miramiento alguno. Me gustaba ver la planitud de su coño y muslos. Notaba como si la penetrara hasta los hígados. En aquellos momentos me habría gustado tener la polla de un caballo y verla asomar por su boca. Se lo dije:
—Mami... Echo en falta la polla de un caballo para que te asomara por la boca. Para verte partida en dos implorando te la sacara... En estos momentos me gustaria que
tuvieras mi altura. Me duele el cuello de intentar besarte la boca y los pezones. ¡Ay, mami! Con condón puedo estar toda la noche follándote sin correrme. Disfrútame a tope. No digas que no tuviste tiempo para correrte. Haz la sarten con tu coño, demuéstrame que a puta no hay quien te gane.
—Soy una puta, tu puta, hijo. Y tú eres un cabrón egoista con muy buena tranca y cantidad de leche. No quiero pensar como la tendrás si te sigue creciendo durante tres o cuatro años más. Sigue follándome y no pares. Demuestra que eres un buen follador y no un niñato consentido por su madre.
El coño de mi madre se encharcó de tal manera que en su interiór empezó a sentirse una especie de “chop, chop...” con cada embestida. Me sonrreí. En esos instantes ella empezó a retorcerse, balancear la pelvis para finalizar con un gemido profundo que la paralizó. Noté en mi verga las contracciones de su vagina. De nuevo empecé a embestirla con fuerza, aplastándole la carnosidad del coño con saña. La respiración se le notaba entrecortada como también los gemidos. Puse todo el peso de mi cuerpo sobre ella, aplastandola, dejándola inmovil. Mi pelvis bien apretada contra la suya. Sus pezones, enhiestos, clavados en la boca de mi estómago. Aflojé un poco la presión de mi verga y de su interior empezó a salir su esencia más íntima... Pasados unos minutos se la saqué poniendo mi cara a la altura de la suya. Nos besamos, nos chupamos la lengua el uno al otro. Cerró los muslos atrapándo un pene flácido ya vencido... Seguí besandola, mordisqueandole los hombros... Al oido le susurré:
—Mami, eres muy bonita, maravillosa... Te amo. ¿Estás cansada?
—Yo no, pero por lo que has tardado en correrte, diría que tú si lo estás. Venga, ahora los dos a la ducha, luego para la cama..., y a dormir que es tardísimo.
|
|