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Autor: Anónimo
 

Remembranza de un amor transgresor

Era aquélla una de las tantas noches de inquietudes, posteriores al incidente de la piscina, que habían ganado el alma de Alejandro. Por primera vez sentía que se hallaba en una verdadera encrucijada de vida, pues el recuerdo del beso de Melisa Wanda Sotomayor en la noche del parque de don Julián, se había incrustado, con caracteres indelebles, en los tuétanos de su ser … ¡Y no sólo el beso!; su risa clara, su palabra chispeante, su titubeante y glamoroso andar por el borde de la pileta, su caída en ella, el irrefrenable donaire del tirón con que le había arrojado al agua… ¡Ah, cuán gratos momentos aquellos!… ¡Para qué evocar la húmeda tibieza de su tersa piel!… ¡La sutil y fresca ambrosía de sus rezumantes labios!… «¡Ah!… ¡Qué mujer, qué mujer… mi Pequeña Flor!», incesantemente se repetía.
Se hallaba recostado en el diván del estar de la señorial mansión en que vivía, mientras sus ojos depositaban su extraviada mirada en la ornamentada superficie del cielorraso. Se había apoderado de él una inefable sensación de desasosiego que punzaba sus mientes y que provocaba una molesta dispersión de sus pensamientos: resultábale empresa ardua tratar de sostener, no más allá de unos pocos segundos, una idea distinta a la que recurrentemente le embargaba…
En medio del suntuoso ambiente, una sutil música del barroco italiano surgía de los parlantes de su equipo de audio… un Corelli asaz vívido, por momentos, chispeante. Para amedrentar aquellas inquietudes, había llevado a su lado el pequeño porta-bar de ruedas conteniendo una variedad de bebidas, hielo y soda. Se había preparado un vaso de vermú enriquecido con un buen chorro de fernet, poción avaramente diluida con soda. Así, pues, a cada punzada del humor de la hora, le acompañaba el pertinente trago momentáneo que, de consuno con la ensortijada música, devenían en supremo disipador de tribulaciones.
De complexión más bien robusta, proporciones equilibradas y mostrando una gallarda postura, con la inclusión de un rostro de facciones agradables, Alejandro Cirilo Belafonte había rebasado ya la barrera de los treinta años de edad y sentía una cierta insatisfacción de la etapa de vida que había visto transcurrir; y la experimentaba en mayor grado cuando intentaba auscultar su futuro… por el cual nunca hasta el momento se había preguntado seriamente. Siendo miembro de una familia acomodada de muy buenas rentas agropecuarias, no debía poner mayores cuidados en los asuntos atinentes al ingreso y, de hecho, no tenía otro trabajo que el de ocuparse de las finanzas particulares de la familia. Era, eso sí, persona muy cultivada y uno de sus mayores placeres consistía en procurarse siempre un incremento de erudición. Gustaba mucho de las artes, especialmente de la poesía y era consumado melómano, con una sin igual pasión por la música lírica italiana. Tampoco las musas le eran esquivas y, de vez en vez, solía componer algún que otro trashumante poema.
Pero en aquella circunstancia, ¡para qué preguntarse, por enésima vez, cuál era el motivo de su desapacible estado de ánimo!… La mente de Alejando se hallaba enclaustrada en el sino que, parecía, los astros le habían decretado desde su más tierna edad: ¡Lucrecia!… ¡Siempre la bendita Lucrecia!… ¡Aquella mujer ineludible!… ¡Plantada y arraigada en su vida como un sol y convertida en su propia sombra!… Casi permanentemente su imagen le aguijoneaba el cerebro… porque no podía pasar por alto el hecho de que Lucrecia era… ¡su madre biológica!… su juvenil y hermosa madre… y que, desde mucho tiempo atrás, en su adolescencia, se había convertido, asimismo, en su apasionada y apasionante amante.
¿Cómo era posible que ella se haya introducido de tal forma en su vida? Siempre le había considerado a él como un producto de su propiedad exclusiva… Y a partir de aquel iniciático día de la ducha… ¡Ah… el día de la ducha!… ¡Día de la dramática y contradictoria eclosión!… ¡Bautismo de fuego de una retahíla de largos prolegómenos y preparaciones y de una siempre creciente pasión posterior!…
Y Alejando procuraba, en estos momentos, acordar consigo mismo si debía apartar de sus recuerdos aquel día de la ducha… Aquel mismo día que se había convertido en el inicio de una perturbación que no dejaría de abrumarle con frecuencia: la imagen imborrable de aquel primer amor, con el provocador estigma de lo vedado; la gran transgresión de su vida… pero en la que tampoco podía desconocer el singular regodeo que su práctica y reiteración le provocaba… ¡He ahí la incongruencia del hado!… ¡El agridulce e insinuante sabor del fruto prohibido!
Después de fallecido su marido, ocasional y fatalmente pillado en medio de una balacera entre asaltantes y policías, Lucrecia vino a encontrarse de sopetón madre y viuda cuando aún no había cumplido los quince años. Como no guardaba buenos recuerdos del breve lapso de su convivencia con aquel marido, mucho mayor que ella, tomó seria renuencia por contraer nuevo matrimonio, pese a los numerosos pretendientes que inmediatamente se desplegaron a su alrededor; pues ni que decir tiene que Lucrecia era en extremo hermosa.
Se dedicó, pues, con frenesí inusual a la crianza de Alejandro sin que nadie pudiera explicarse su obcecada repugnancia a formar nueva pareja, ni mucho menos la rigurosa diligencia que puso en la formación de su hijo, a la que prácticamente sacralizó como el objetivo más importante de su vida.
Para desgracia postrera de Alejandro, Lucrecia, aparte de atender escrupulosamente a la formación de su cuerpo, de su intelecto y de su cultura, intervenía intensamente en sus gustos y preferencias y, cosa de la mayor importancia, no podía resistir la idea de que se entregara en brazos de otra mujer. Por ello no escatimaba medios ni procedimientos para desarmar cualquier aventura de su hijo, convirtiéndose, de tal forma, en la génesis de los mayores conflictos de éste. No por eso dejó Alejandro de arrojarse en los torbellinos de ocasionales amores, pero en todos los casos debía cuidar de mantenerlos al resguardo de los recelos de su temperamental madre… Mas ahora, con Melisa, la cuestión parecía discurrir por otros andariveles.
Era Lucrecia mujer de acerado temple, de formas sutiles y dulces, muy apegada a las artes y de una extensa preparación. Todo parecía indicar que era el compendio de la sensatez y del equilibrio en la persona; pero no pudo evitar que se desarrollaran en ella, como obcecadas manías, un profundo apego y el más reconcentrado celo en lo referente a los cuidados de su niño. Así, atendía a todos los requerimientos de su formación cuando Alejandro transitaba la edad rapaz; y luego, con el correr de los años, tales afectos iban a adquirir matices más profundos y exóticos.
Él recordaba en aquella hora cómo su abnegada y juvenil madre le prodigaba, desde siempre, muestras de indecible afición, la que él, en el inicio de su adolescencia, consideró como normal fruto del maternal afecto. Desde muy niño, cada vez que se hallaba sumido en alguna vicisitud o angustia, Lucrecia parecía comprender a la perfección lo que embargaba su alma, y entonces le procuraba el consuelo de oprimir su cabeza contra sus pechos… ¡Y a fe que funcionaba!… Tales desahogos se habían mantenido como un continuum, más allá de lo que la práctica usual aconseja… Se habían prolongado, sin solución de continuidad, desde la lactancia hasta la adolescencia… He ahí un importante viso del sino de esta particular situación: ¡el destete nunca producido!…
Su pensamiento se aposentó entonces en aquella noche en que usufructuó, con singular deleite, el tierno cobijo en el pulposo pecho desnudo. Con ello se produjo un salto cualitativo de particular significado. No había cumplido aún los trece años y se hallaba, pues, en plena transición hacia la adolescencia, razón por la cual no era inmune a reaccionar como niño en algunas ocasiones. El caso es que estando Lucrecia sentada en un sofá, entregada a la lectura de un libro y vistiendo una muy escotada bata de noche, vino él -torpezas de la transición- a llevarse por delante un pequeño banco y, al caer al piso, recibió un buen golpe. Hizo entonces su aparición el niño del que tardaba en desposeerse y, sollozando, fue a sentarse al regazo de su madre.
La contemporizadora Lucrecia, como era usual, puso el rostro del incipiente adolescente contra su pecho, de tal suerte que él, hallando sus labios hundidos en el canal de separación de las preciosas mamas, percibió de inmediato la inefable tersura que de ellas emanaba. Rápidamente abandonó las quejas por el golpe y comenzó a besar con gran afición la porción descubierta y, en tanto que ella le acariciaba el occipucio brindándole cálidas palabras de maternal consuelo y apretujándole hacia sí, prosiguió buscando afanosamente, siempre con sus labios, las carnes ocultas por debajo de la línea del escote. Entonces, en un momento dado, Lucrecia extrajo resueltamente sus senos del interior de la avara cubierta echándolos al aire y, tomando con ambas manos las mejillas del muchacho, murmuró:
—Toma, niño, reconfórtate con los pechos de mamá.
Palabras no dirigidas a lerdo ni perezoso, que hicieron deleitar al muchacho in extenso con aquel embriagador juego.
El chico se sintió subyugado… Le embargaba, empero, la extraña sensación de estar incursionando en un submundo etéreo y prohibido… Algo le incitó a acompañar sus labios con sus manos en la caricia: ¡eran tan tersos, tan flexibles, tan tibios, tan tiernos!… Pero en la mitad del recorrido de sus brazos una sobrecogedora potencia de empecimiento las detuvo casi en seco. Lucrecia lo comprendió todo; tomó entonces sus manos y, completando la fallida intención, las llevó sutilmente sobre las bases de sus senos; luego, acariciando sus dorsos con sus propias palmas, las sobreelevó un tanto haciendo que el peso de sus pechos descansara en las cuencas de las palmas de su hijo.
Había recibido así Alejandro una autorizada apertura a su inhibida voluntad y, como exhibiendo una rutilante patente de corso, comenzó a actuar en consecuencias. Siguiendo, pues, el inexorable e instigador sino que arrastra a todo varón ante parecida circunstancia, encontró sumamente voluptuoso besar el turgente pezón al que de inmediato atrapó entre sus labios. Regresó por vez primera a su época de lactancia. Entretanto, sus manos no dejaban de acariciar. Pero fue tal la fruición que empeñó su boca, que no cuidó la impericia de la succión extrema y del mordisco efusivo; por ello, a fuer de su falta de experiencia y de la torpeza típica del adolescente, Lucrecia se vio impelida a retirar raudamente su ahora maltratado seno de la boca de su hijo y, acto continuo, restituyó sus mamas al interior de la bata, dando por finalizada aquella tan particular acción de consolación.
—Debes aprender a ser cuidadoso en tus… «ternuras», pequeño —apuntó, admonitora—. ¡Caramba contigo, no debes destruir el objeto de tus juegos!… Mamita siempre atenderá a tus anhelos de cariño, pero debes cuidar tus modales.
El rapaz-adolescente conservó su mejilla junto al seno de mamá, hecho un mar de suspiros. Total que el muchachote sólo atinó en aquella oportunidad a reconocer que su cuita previa había desaparecido como por arte de encantamiento y que aquello había resultado, por encima de cualquier otra anterior circunstancia, maravillosa medicina. Además, tuvo carácter iniciático; mamá se lo había prometido para otras ocasiones y, de hecho, se repitió en las muchas que sobrevinieron… y Alejandro, ágil en la adquisición de pericia, se guardó muy bien de que las cosas terminaran como aquella vez.
Era Lucrecia ciertamente una mujer muy bella y sabía conservar una rutilante lozanía en medio de los erosivos avances del tiempo. Durante el período de la alta adolescencia de Alejandro, habiendo apenas doblado el recodo de los treinta, no escatimaba los roces ocasionales, los besos afectuosos en extremo y, lo que era de mayor importancia, la estudiada despreocupación en derramar a la vista de su hijo las incitantes partes de su cuerpo escultural. La exclusividad de estas maniobras se revelaba muy claramente ante los ojos del mozo, por cuanto Lucrecia cuidaba la ocurrencia de tales detalles con relación a toda otra mirada; sin presentarse mojigata ante los demás, era obvia para Alejandro la diferencia en aquella conducta.
Poco a poco el muchacho, que comenzaba a comprender la vida al son del despuntar del sexo, se daba cuenta, cada vez más, que su madre se hallaba enamorada de él… y lo que le pareció hechizante ya por entonces era el hecho de que él también se veía enamorado de ella; por ello era su imagen predilecta a la hora de satisfacer solitariamente sus tensiones sexuales… Pero intuía que algo no andaba bien en la base de todo aquello…
Desde que llegara a esta evidencia pasaron varios años en que el mutuo y reconocible sentimiento permaneció escondido en el arcano de sus corazones; se le veía claro entre las brumas de sus respectivas certidumbres por entonces… mas ¡nada en el terreno de las palabras! Se había desarrollado una especial y tácita aprensión por parte de ambos en formular cualquier referencia oral a esta atrapante afición. Pero las acciones de la vida cotidiana, los distraídos roces de sus cuerpos, las cada vez más frecuentes terapias de los maternales pechos enfrentados a la sedienta boca, las intempestivas apariciones de Lucrecia en el dormitorio del mozo luciendo algún breve e incitante salto de cama, se iban multiplicando y acrecentando cual bola de nieve despeñada por la ladera de la montaña.
«¡Oh, Ale, Ale! —se dijo el memorioso joven en tanto que echaba un nuevo trago a su garganta— ¡cuán acelerado se te ocurre ahora el crescendo de aquellos álgidos momentos!»… Y el pensamiento de Alejandro le hizo recordar aquella ocasión, en la etapa alta de su adolescencia, en que un cortocircuito en la noche llevó la oscuridad a una sección de la enorme y lujosa morada en que habitaban. Nada extraordinario; se trató simplemente de un artefacto en falla que fue retirado de la línea de conexión. De inmediato se dio el joven a la tarea de reparar el fusible, en tanto que Lucrecia iluminaba con una linterna el sitio en que trabajaba.
—Tendremos, de una vez por todas, que terminar con la renovación de la conexión eléctrica interna y utilizar el sistema de interruptor de seguridad de corte rápido —dijo entonces Alejandro—. Este fusible corresponde al único circuito eléctrico que ha quedado antiguo; era la parte que faltaba modernizar.
—Mañana mismo —asintió Lucrecia— te pondrás en comunicación con el electricista.
Ella llevaba su ya un insinuante deshabillé de gasa de tibia transparencia y cuya finura y flexibilidad se acomodaba muy a propósito a su bello cuerpo. De tal forma, aquella delicada prenda copiaba sus naturales prominencias femeniles, resaltándolas sensualmente.
Por imperio de una asaz forzada circunstancia de ubicación, por una parte, y mucho más al influjo del avezado anhelo de aproximación de Lucrecia, por la otra, vino ésta a colocar sus prominentes nalgas sobre el pubis del muchacho, que a la sazón tenía ambas manos ocupadas en la tarea y su espalda constreñida por una pared. Con preguntas nimias, realizando ampulosos ademanes y lanzando el haz de luz de aquí para allá, aprovechó Lucrecia su veteranía para refregarse muy a su sabor contra el pubis de su hijo. Éste, alelado, notó cómo entró en violenta erección y cómo, ropas mediante, tuvo la gustosa sensación de que su miembro se acomodaba a la elocuente comisura de los insinuantes hemisferios. Aunque muy sorprendido, agradeció el no poder físicamente retroceder… ni tampoco estaba seguro de que, caso contrario, lo hubiera intentado.
Entonces no pudo evitar los escapes de untuoso humor por el extremo de su órgano genital; y acto seguido, a fuer de la virulencia contenida en el celoso explosivo de su juventud, sintió que su pasión se desaguaba en espasmódicos chorros de esperma, en tanto que una potencia inextinguible le obligaba a apretarse más al cuerpo de Lucrecia… La cual, advirtiendo sagazmente cuanto ocurría en el aparato genital de Alejandro, contrapresionó. Embarazado a ultranza, sintió que el rubor asomaba a su rostro y tuvo la sensación de que en el concierto de tan estrecha intimidad ella le había sentido palpitar. Contuvo lo más que pudo los suspiros que pugnaban por escapar de su pecho, aunque, a ojos vista, no tuvo mayor éxito.
—Ya vuelvo, ma —esbozó en el apurón y puso rumbo al cuarto de baño…
Creyó ver de reojo que Lucrecia sonreía ufana.
Cuando regresó para completar su tarea de electricidad, luego de haber realizado un elemental aseo y sintiendo aún la humedad imperante en diferentes regiones del interior de sus ropas, tuvo especial cuidado de concluir rápidamente con aquella faena.
Con el retorno de la iluminación, su madre, sin mirarle en forma directa, le reconvino cariñosamente:
—Querido Ale, no me llames «ma»; dime simplemente Lucrecia.
¡Oh!… ¡Cuántas experiencias de fervientes anhelos había vivido durante casi un lustro!… Ella le atosigaba con sus instigaciones… Él gustaba de tales tósigos; le provocaban un subyugante flujo que se concentraba en su estómago y le apuraba el corazón. Sabía que transitaba por andariveles de equivocación y que, fatalmente, llegaría el día de la caída; la que sería tanto más problemática cuanto más alto haya llegado. En algún momento debía detener aquel insinuante y continuamente acelerado vórtice.
Empero, Lucrecia seguía firme en el pináculo de sus fantasías sexuales de adolescente. En las noches siguientes al incitante momento de la reparación del fusible no podía dormirse si no volvía a rememorar, con el mayor regusto, todos los detalles de la vivencia. La figura de ella presidía, inexorablemente, las vívidas imágenes que provocaban sus orgasmos; se hallaba como inveterado personaje central de los sueños de sus «noches húmedas»… ¿Cómo hacer para extirpar tan encantadores espectros?… ¿Existiría, acaso, el instante de detener aquel flujo?… ¿O sería de temer la llegada de la hechizante acción final que a veces tanto acariciaba?
Alejandro se sirvió otro trago y deseó no pensar más. Intentó permanecer laxamente recostado en su diván escuchando aquella hermosa música del barroco italiano. Se hallaba bastante mareado por el alcohol y, a la postre, no pudo evitar proseguir con la magia del recuerdo… Acabó por sucumbir a él. Su mente, en esa noche especial, se mantuvo tozudamente conectada a aquel pasado, presentándole ahora, impolutas, las imágenes del día de la ducha… del día del inicio real… del día del quicio que le embarcó rumbo a la Estigia del incesto. Fue el momento de la ordalía…
Se vio, así, en sus diecisiete años, mientras se hallaba duchando… En determinado momento oyó unos suaves golpes aplicados con los nudillos sobre la puerta del baño, al par que la manija interior se desplazaba dulcemente. ¿Quién, sino su madre podría hallarse tras esa maniobra?
Mas el intento resultó vano pues el ingreso estaba impedido por el pestillo que el macilento pudor de Alejandro se había cuidado de colocar. Lo que tanto había temido y, ¡quizás deseado!, se hallaba a un tris de acaecer.
La voz de su madre sonó con una exótica dulzura; nítidamente recordó aquel diálogo:
––Ale, querido, abre por favor la puerta. ¿No querrías que te friegue la espalda como en los tiempos en que eras más niño?… Estoy segura que no podrás asearla correctamente.
El argumente le sonó harto nimio y su corazón se apuró al infinito. Entonces ensayó una tibia evasión:
––No hace falta, ma, tengo aquí el cepillo de mango largo. No te preocupes, él me permite llegar a todas partes del cuerpo.
––Cariño, ya te he pedido mil veces que no me llames «ma», sino Lucrecia… Oye, Ale, las cerdas de ese cepillo son algo duras y podrían irritarte la piel; yo te fregaré con la esponja de espuma de goma que es mucho más suave. Vamos, vamos, ¡abre esta puerta!…
Obligado a responder en las últimas y desleídas defensas de la ciudadela:
––Pero ya prácticamente he concluido y estoy saliendo de la ducha. Se me hace tarde y debo vestirme apresuradamente para visitar un amigo.
––¡Oh, vamos, ya te conozco bien!… A veces eres un poco botarate. Estoy segura que no te has aseado correctamente la espalda; deja que yo te la enjabone y enjuague. Luego te podrás marchar con todos los amigos que quieras.
Y, ahora sin argumentos y sin mayor entusiasmo de oponerse a la voluntad de su madre, que ya en otras ocasiones había realizado aproximaciones de invasión de su intimidad aunque no de parecido tenor, se vio cubriéndose con una toalla de cara alrededor de la cintura, a guisa de taparrabos, y le franqueó la puerta. El corazón golpeaba furiosamente dentro de su pecho.
¡Cuán imponente le pareció aquella Lucrecia que raudamente penetrara al cuarto de baño!… Llevaba el cabello recogido en la coronilla y entrelazado con un hermoso pañuelo de seda de lujuriante color rojo; se trataba de un peinado de entre-casa que bien pudiera confundirse con el de una odalisca. Vestía una suerte de deshabillé de tela rosa satinada, muy liviana, cuyo ruedo saludaba al muslo en su comunión con el bajo vientre y que, amén de poner de relieve las generosas curvas de la topografía de su humanidad, dejaba ver en su transparencia la olímpica desnudez de su cuerpo, salvo una diminuta trusa que, conformando un avaro triángulo de breve altura, le cubría el sexo.
Sin mediar más palabras, tomándole de los hombros, le hizo ingresar junto con ella al receptáculo de la ducha; giró su cuerpo colocándolo de cara a la esmaltada pared y asiendo jabón y esponja se ubicó por detrás de él. Comenzó a frotar suave y diligentemente su espalda con sutiles movimientos circulares en tanto que enhebraba tiernas expresiones.
Al abrir la ducha, en contados segundos su bata quedó completamente empapada y se adhirió a su cuerpo como si se tratara de una segunda piel. Entonces, con el vago pretexto ––apenas musitado–– de que obstruía parte de sus movimientos, se despojó de la prenda dando con ella en el piso.
Luego hizo girar nuevamente a Alejandro para que ambos se enfrentaran y se abrazó a él, con lo que sus pechos quedaron en apretado contacto con el tórax del muchacho. Lucrecia apoyó su mejilla sobre el hombro y pasándole ahora sus brazos por debajo de las axilas, se dio en enjuagarle la espalda sobre la que la ducha vertía una tibia cortina de agua.
Alejandro percibió cuán prestamente las maternales palmas dejaron de enjuagar, para pasar directamente a acariciar. Y se encontró nuevamente sometido… Otra vez percibió la firmeza, tersura y voluptuosidad que emanaban de aquellos pechos, que ora se apretujaban contra su tórax, ora resbalaban deleitosamente sobre él, ora lo sometían a un débil cosquilleo con la punta de los duros pezones… ¡Oh, él jamás había podido resistir la incitación de aquellos amados senos!… Sólo se destacaba ahora lo inédito de esta ocasión… y la peculiar circunstancia de la fina ducha resbalando, acariciante, sobre sus afiebrados cuerpos… Su pene, fibroso y duro como un trozo de quebracho, parecía irradiar llamaradas de anhelo y embestía, indecoroso, contra el improvisado taparrabos dotándolo de un notorio abultamiento.
Un pedazo de hielo y un nuevo trago de su refrescada copa… Rememoró ahora Alejandro los comentarios baladíes de su madre para cohonestar la singular circunstancia en que se hallaban. Él se vio obligado a corresponderlos con manifestaciones de idéntico cuño, no exentas de expresiones de cariño y de creciente incitación: el deseo ya había encendido la caldera de la inspiración en ambos y apagado cualquier inhibición desgajada del parentesco.
––Lucrecia, ¿qué haces?… ––susurró él, encendido en suspiros.
––Te aseo, cariño. Eres tan… tan… tan niño que no sabes hacerlo bien. Lucrecia está aquí para ayudarte…
Él, embargado, se dejó deslizar hacia abajo para hacer descender su cabeza hasta colocarla al nivel de los maternos pechos; los tomó entre sus manos y comenzó a besarlos ardorosamente. ¡Eran tan… tersos; tan… suaves; tan... plásticos; y ahora, por añadidura… tan deliciosamente húmedos!…
La fiebre del recuerdo puso nuevamente sequedad en la garganta de Alejandro. Un nuevo trago… y rápidamente pasó a evocar el momento en que, alternativamente, llevaba los turgentes pezones al interior de su sedienta boca. ¡Con cuánto frenesí aplicaba aquellas succiones, ora vigorosas, ora devenidas en enloquecedores y tiernos chuponcitos!… ¿No eran, acaso, como una prolongación de las fuentes que, varios años atrás, le prodigaran el vital nutrimento del inicio de la vida? Ahora, las aureoladas puntas parecían nutrirlo de otro tipo de alimento: incorpóreo, gustoso, salaz, embrujador… Lucrecia, por su parte, deliraba de placer.
No, claro que no era la primera vez que se regodeaba con aquel exótico juego; pero era obvio que en esta ocasión no sería igual a todo lo anteriormente vivido… Nunca había pasado más allá; pero esta vez, bajo las caricias de la ducha y en una predisposición tan íntima y especial, ¿en qué podría parar sino…?
Alejandro comenzó a prepararse otro trago y volvió a notar que se hallaba bastante achispado. Para estos instantes tenía la ambigua y contradictoria sensación de lo agridulce, pues pese a la forma en que lo perjudicaba aquella especial relación, no podía dejar de regodearse ante la evocación de su inicio, aquel día de la ducha…
Volvió a la remembranza y vio entonces cómo la extasiada Lucrecia no dejaba de oprimirle la cabeza contra su torso y de acariciarle los empapados cabellos.
¡Ah!… Ahora ella se dejaba caer deslizándose apretadamente junto al cuerpo de Alejandro e iniciando así un moroso, frotante y sensual descenso.
El chico abandonó entonces la caricia de los ubérrimos pechos y, enderezando su cuerpo cuan largo era, puso la cara al cielo. Recordó entonces con especial gusto cómo Lucrecia seguía su lento y deleitoso descenso y cómo una secuencia de entrecortados suspiros fluía de entre sus labios y le hacía palpitar.
La boca… la lengua… los dientes… de aquella Yocasta en ciernes huroneaban incansablemente la húmeda piel del enajenado muchacho. Se detuvo en la expuesta garganta en donde arreció con la apasionada succión, combinada con el martilleo de la lengua. Tan sólo la reedición en su mente de aquella escena provocó un espasmo indefinible en su cuerpo.
Luego de varios minutos de esos voluptuosos escarceos, sintió el joven que Lucrecia introducía la mano por el interior del ocasional y empapado taparrabos… Y entonces comenzó a golpearle el pecho con violencia inusitada. Rememoró que creyó percibir en aquellos instantes que a ella le ocurría lo mismo… ¡Ah, inefable Lucrecia!… ¡Cuán grande era tu empeño de entonces!… Está claro que creíste que era llegada la hora…
Y a continuación vio cómo, resueltamente, ella deshizo el cinturón que él se había improvisado con la toalla de cara. Con lo que el pudoroso taparrabos fue a dar, retorcido, al piso. Allí parecía empeñarse, junto a la yaciente bata, en obstruir la circulación del delgado manto de agua que corría en demanda de la rejilla de desagüe.
Y entonces ella, ya de rodillas, se extasió enfrente al erecto miembro viril. Alejandro no pudo evitar un nuevo espasmo al recordar lo que sintió ante el primer contacto de su pene con la mano maternal y la virulencia y fiebre con que Lucrecia acometía la novísima instancia… En demanda de saciar su juvenil voracidad, no hacía sino lanzar estocadas con su pubis; así, el enhiesto dedo del amor, que él percibía casi insensible por su acerada rigidez, semejaba un majestuoso espolón de proa, hendiendo, ufano, el infructuoso aire marino.
De pronto la lujuriante Lucrecia pareció saciarse y se detuvo. Se puso de pie e hizo caer la trusa, última y breve prenda que ocultaba su sexo. Luego se abrazó nuevamente a Alejandro haciendo que espada y rodela confrontaran limpia y vigorosamente entre sí.
Alejandro se arrodilló a continuación y, sabiamente conducido por las maternales manos que le aferraban el casco como garras, aproximó la boca a la entrepierna. Un maravilloso vaho de sutilísimo aroma de hembra le emborrachó. Percibía cómo de allí emanaba un tenue y húmedo calorcillo, notoriamente suplementario al del agua que bañaba sus cuerpos. Era como un efluvio enloquecedor que impregnaba el entorno de su propia e insinuante atmósfera.
Los labios de aquel sexo le parecieron de una belleza inaudita: prominentes, carnosos, maravillosamente delimitados. Y, ¡por vez primera tenía de una manera real ante sus ojos aquel tan apetecido bocado! Se hallaban entreabiertos y él veía circular el agua de la ducha por entre los canales y pliegues de su dulce topografía, para, finalmente, descolgarse al sur de toda aquella configuración, ora en apuradas gotas, ora en filamentosos regueros.
Arrobado, pasó con infinita dulzura su mano por el monte de Venus. Lo percibió ralo y extremadamente sedoso. El agua peinaba sus rizos que, en parte, aparecían como subyugantes flecos cuyas puntas destilaban finos chorros. Y Alejandro los peinaba con su palma echando de ver la docilidad de aquel vello que sólo muy débilmente asumía las naturales formas helicoidales.
Y el joven besó… besó… y bebió. ¡Cuánto besó!… ¡Cuánto bebió!… Casi sin encontrar saciedad, ¡todo lo escrutó! No dejó rincón ni pliegue de aquel bendito pubis sin que fuera huroneado con sus ubicuos labios y con su agitada lengua.
Las manos directrices, siempre aferradas a su cráneo, le indicaban en cada instante el derrotero a seguir; le acariciaban dulcemente la cabeza, le rastrillaban los húmedos cabellos, a veces… le clavaban sus uñas al casco. Todo lo cual venía a configurar un particular código que enseñaba al novel amante el arte que en tales menesteres se ha de requerir.
Luego se dirigió al punto en que, próximo a la unión superior de los pulposos labios, se halla el verdadero cráter de la erupción. Las respuestas de las manos sobre su cabeza lo decían todo. También comprobaba que, por momentos, la fruición que él ponía en la caricia la tornaba intolerable; entonces aquellas manos monitoras alejaban su cabeza hacia atrás. Mas, inmediatamente, la llevaban a su anterior posición.
En breve tiempo el amante en ciernes lo aprendió todo. Sentía los jadeos y lamentos de placer que Lucrecia emitía y la rutilante aprobación que la caricia de la mano le prodigaba.
De repente, Lucrecia, al socaire de un tifón de lujuria, estalló en un frondoso orgasmo en medio de mil suspiros y estentóreos jadeos. Ahora la caricia se transformó en severo apretón de águila. Alejandro no olvidaría jamás la felicidad que le embargó al saberse el causante de tal eclosión… ¡Y la sensación de aquella cuasi sádica clavazón de uñas en su monitorizado casco!… ¡Era la primera vivencia de tal jaez!
Y en esos instantes, bajo la tibia lluvia, al volver a tomar conciencia de que se trataba de su propia madre, un inenarrable encrespamiento de embriaguez se aposentó en su alma. Se le ocurrió pensar que era obvio que, desde el comienzo del largo crescendo de los últimos años, no tuviera el menor asomo -ni lo pretendiera- de pensamiento acerca del estrechísimo parentesco que lo ligaba a aquella hembra feroz; y creyó que a ella le ocurría lo mismo: estaban totalmente entregados al inexorable control de Venus.
En tanto, la sutil lluvia proseguía derramando sobre los afiebrados cuerpos su tibia cortina que, lejos de refrigerar tanto ardor, dotaba aun a la acción de un entorno asaz hechizante. Lucrecia se volvió a abrazar a él y, en tanto que besaba su cuello, nuevamente tornó a acariciarle el miembro viril. Por entonces él sabía en el fondo de su corazón que ella se vería colmada en el sempiterno anhelo de sus profundas noches de poseer aquel órgano adorado entre sus manos; los besos y demás muestras de infinito cariño que le prodigaba no podían significar otra cosa. Apretándolo con terneza, en determinado momento apartó su rostro hacia atrás y mirando de hito en hito a los ojos de su hijo, musitó estas palabras que nunca podría olvidar:
––Ella es Galatea, la obra de Pigmalión, y amorosa ha de volver a él. ¿No habrías de negarle el derecho a Pigmalión de amar a su Galatea, no es cierto?
No dejó de entender Alejandro la alusión de su madre, más por imperio del deseo que le poseía que por cualquier otra interpretación mitológica.
––He aquí a Pigmalión ––prosiguió ella, señalando significativamente su sexo.
Poco después, sentado Alejandro sobre una nívea tarima que en el cuarto de baño había y con Lucrecia a horcajadas sobre él, vis a vis, vinieron a encontrarse ambos, en medio de mil suspiros y jadeos, ejecutando la rítmica danza de Venus, en tanto que sus sudores se diluían tras la tibia cortina de la ducha y mientras se transferían y paladeaban los deleitosos humores que la pasión engendra.
Alejandro deseó cristalizar estos extáticos recuerdos. ¡Nada mejor que prepararse un nuevo trago! El juguetón violín de Corelli persistía en mantener el encanto de la reminiscencia. Luego, decidió seguir adelante en sus recuerdos, tanto sabrosos como lacerantes…
Percibió entonces cómo Lucrecia no hizo sino aunar su veteranía a su desbordante y contenido anhelo y cómo le dio una magistral lección del arte amatorio.
Rememoró la sensación anestésica que por entonces percibió en su miembro viril. Duro como una barra de acero, la gran potencia que depara aquella etapa de la vida, lo había casi insensibilizado… para grandísimo regodeo de ella. Sentía, claro está, el íntimo contacto con aquel interior, pero era evidente que ese efecto narcotizante hacía que los estímulos crecientes tardaban mucho en llegar. Por momentos temió no alcanzar nunca su clímax.
Grandes réditos obtenía la veterana amante de tal situación. A veces apoyándose en sus pies, por momentos dejándose caer con todo su peso, pero siempre meneando sus caderas en todas las direcciones del espacio, no hacía sino exteriorizar claramente dos hechos fundamentales: su extraordinaria habilidad amatoria y el desfogue que implicaba su primer coito en muchos años.
Bastante tiempo después, en el decurso de su vida, Alejandro advirtió esta particular circunstancia que en su época de mozalbete no pasó por sus mientes. Por entonces nunca lo preguntó, pero consideraba que su madre no habría sostenido relaciones con hombre alguno a partir de la muerte de su padre. Por lo tanto, ahora lo sabía… aquel acto de la ducha se habría transformado para ella, seguramente, en el festín del indigente.
Un nuevo trago…
Y en tanto que la dispersa cortina de la ducha seguía cayendo finamente sobre sus cuerpos, Lucrecia gozó una sucesión de orgasmos que, ¡ellos sí!, por efecto de su inducción psicológica tuvieron la virtud de despertar el narcotizado falo. Rápidamente se incrementó su estimulación y creyó avizorar el arribo de su crisis máxima. Pero, aun regodeándose en la ensoñación, recordó ¡cómo se había equivocado!…
¡Uno más!… ¡Un topetazo más y!… ¡Uno más!… ¡No lo podía creer!… Tomaba a Lucrecia de las nalgas, la retiraba un tanto de su cuerpo y de inmediato la atraía violentamente hacia su pubis; esto era frenesí puro. Y el estímulo aumentaba, mas no lo suficiente… ¡caramba, todo quedaba al borde del estallido! Empero, ¡no!… ¡Aún se requería ¡uno más!… el próximo sería ya el detonante.
Nuevo proceso de regreso e ingreso de la amante pelvis… Se dijo: «¡ahora sí, es el final!» Y la atrajo con singular potencia… Sin embargo… ¡Maldición!… ¡Parecía cosa de Satán!… Sólo había obtenido un nuevo e inimaginable escalón que, famélico, reclamaba: ¡Uno más!… ¡Uno más!
A cada topetazo Lucrecia gemía, lloriqueaba, resoplaba…
—¡Ah!… ¡Ah!… ––exclamaba–– ¡Cuánto tiempo, Dios!… ¡Cuánto tiempo!…
¿Es que nunca arribaría a ese bendito final? Ya fatigaba sus brazos en llevar y traer aquellas bien conformadas caderas… Ejecutó aún un par de vaivenes que conllevaban la energía de un toro y, cuando ya estaba próximo a entrar en la desesperación, le tomó entonces un clímax que fue realmente estremecedor… Un orgasmo cuyo delirante gozo le daba la acabada sensación de resarcimiento del esfuerzo invertido en llegar a él.
Se abrazó a su amante madre y la apretó fuertemente contra su pubis. Sintió cómo su esperma se proyectaba hacia las femeniles entrañas en poderosos, esporádicos y embriagadores chorros que parecía emerger de un enorme depósito sometido a la presión del placer. Las maternales caderas, en danzarina reptación, armonizaban sabiamente con tales efusiones. Alejandro era consciente de que ella se sentía irrigada en su interior y de que este hecho le prodigaba inconmensurables delicias. En esos momentos de tan infernal frenesí, ella, apoyándose en sus pies, pugnaba por sobrepujar el fuerte estrechamiento de los brazos que la aferraban; así, se sobreelevaba un tanto para ganar algún grado de libertad de movimiento. De tal modo compensaba los eruptivos estertores con voluptuosos meneos en resonancia con ellos.
La calma del final los encontró fusionados en un apasionado beso. Pero a ojos cerrados. Pues en aquella primera ocasión no se atrevieron a mirarse a los ojos…
Poseído, recordó en voz alta sus palabras de entonces:
––¡Ah! ¡Lucrecia, Lucrecia!… Estamos… estamos endemoniados… Hemos caído al seno de un negro y profundo abismo.
––¡No digas tal, so tonto! ––fue la reconvención––. Hemos encontrado la infinita dicha de plasmar a Pigmalión con su Galatea. ¿Acaso no te has encontrado con el más sublime goce de tu vida?… ¡Pigmalión y Galatea unidos por siempre jamás!… ¡Promételo!
—¡Oh, sí, sí… lo prometo!…
Al recordar aquella etapa del acto iniciático, un indefinible escalofrío recorrió su cuerpo… Añadió un poco de fernet a su explosiva mezcla y un chorro más de soda, y volvió a rememorar la significación especial de aquel momento. «Fue entonces cuando —se dijo— mi anatomía viril acababa de huronear el mismo portal que diecisiete años atrás me había lanzado a la vida. Irrigué con mi propia semilla el gentil reducto que dio lugar a mi temprana formación; deslicé mi órgano viril por el afectuoso conducto que me vio pasar en dirección al mundo. Y… ¡oh, secunda aut adversa fortuna!, me convertí, Edipo redivivo y consciente, en el esposo de mi madre… Y presumiblemente haya de devenir en el padre de mi propio hermano.»
Al arribar a esta escena de su remembranza, una inefable sensación de culposa delicia le recorrió la médula… De repente, se tomó la cabeza con ambas manos… ¡Pensar que aquella escena de la ducha no tardó más que pocas horas en convertirse en el verdadero quicio pasional de su vida!… Pues, lo cierto es que rápidamente se disipó en él toda aprensión al intríngulis del parentesco y se sintió avasallado por una intensa atracción por la despampanante Lucrecia.
Recordó claramente que aquella noche casi no durmió. La visión de su inicio amoroso le acompañó con reiteración, persistencia y vivacidad tales, que ocuparon todas las horas de aquella duermevela. Su pene, obstinadamente, permaneció a media erección y, a la menor reminiscencia de cualquier detalle relacionado con la ducha, adquiría tal dureza que daba cruda cuenta de la desesperación por saciar su sed.
Casi no lograron sustraerlo de tal estadio las horas de labor del día siguiente; y vano había resultado su intento de concentración en la clase universitaria de la tarde. Simultáneamente, crecía en su ánimo la firme determinación de abordar a Lucrecia aquella misma noche, apenas transcurridas poco más de 24 horas de su húmedo bautismo de amor. Debía admitir que por imperio de aquella desaforada pasión había abandonado el acoquinamiento de su conducta anterior y ahora se veía transformado en un furioso guerrero, sólo ávido de botín.
Absorto, se quedó contemplando un trozo de hielo en el elegante y alongado vaso, trozo al que comenzó a remover con la cucharita de mango largo. Se detuvo con una mezcla de deleite y sinsabor al recordar aquel asombroso momento en que adquirió fuerza en el dominio de su persona: había encontrado al hombre con poder de resolución.
Luego sonrió al evocar el gesto de asombro de Lucrecia cuando, aquella noche al ingresar a los aposentos de su dormitorio para entregarse al sueño, lo halló plácidamente apoltronado en el gran canapé que forma parte del mobiliario de la dependencia contigua, separada del dormitorio propiamente dicho por un gran dintel, lujosamente encortinado.
Consideró cómo su madre se sorprendió agradablemente, pero se esforzó por no dar muestras acabadas de ello.
––¡Ale!… ¿Cómo aquí? ––Exclamó.
Tomándose su tiempo, con mirada sugestiva y algo sobradora, él contestó:
––¿Te… sorprende?
––Pues, claro; nunca antes lo habías hecho de tal manera.
––¿De qué manera crees que estoy aquí?
––Pues… como esperando. Nunca habías procedido de tal modo.
––Es cierto; pero nunca antes había existido el «día de la ducha»…
Ella, bastante aturdida por la inesperada desenvoltura del muchacho, no contestó directamente y en tanto que, inmensamente complacida del cariz de los acontecimientos, intentó dirigirse al vestidor, él se incorporó con la celeridad del rayo, la levantó en vilo con la facilidad de un estibador y fue a depositarla en la cama. Se arrojó de vientre quedando semi-atravesado sobre el lecho y con su rostro casi rozando la nariz de Lucrecia.
––No pude quitarte de mi mente ––confesó con bisbiseos–– ni anoche, ni durante todas las horas de este bendito día… ¡Oh, Lucrecia!, ¡has introducido el infierno de las furias en mi pecho!
Por toda respuesta Lucrecia tomó de sus mejillas el rostro del ahora amante hijo y le besó apasionadamente en los labios. Luego desplazó la mano hacia su pubis, donde halló el caldo bulto a punto de explosión.
––Mmmm… Galatea está rabiosa ––apuntó––. Déjame vestir mi deshabillé y dormirás conmigo.
––Ponte lo que desees; pero te advierto que sólo ha de ser cuestión de rito previo al descanso… Te quiero totalmente desnuda en este lecho.
Era obvio que Lucrecia volvió a sorprenderse del cambio de actitud de su hijo. Hasta el día de ayer se había comportado como tan aprensivo, temeroso, pusilánime y hasta beato. Venía ahora a descubrirle este aspecto desinhibido y desenfadado; estaba tentada de decir, cachafaz. «Bueno ––seguramente pensó––… es lo mejor que pudo ocurrir. Sólo le falta ganar un poco de experiencia y entonces sí que podremos gozar la vida.»
De inmediato dedicaron largo rato a los eróticos ejercicios de precalentamiento y luego, estando ella en decúbito dorsal, él la penetró y mirándola fijamente confesó:
––Durante un día y medio no hice más que contener un inminente derrame de mis depósitos esperando este momento.
––¿Derrame?… ¿Depósitos?
––Quiero decirte que… no se me «fueran las cabras».
Lucrecia sintió el feo sabor auditivo ante tal locución.
––Por Dios: ¡no digas tal! ¡Son expresiones groseras!… ¿Qué ocurre contigo?
––Lo siento, Lucrecia, a veces olvido cuánto te disgustan los desatinos, de los cuales, sin embargo, desborda el gracejo popular; a mi edad no es de extrañar que me exprese de tal modo… sólo que debo recordar que eres mi…
––¡Silencio, zonzo!… ––Puso su índice cruzándole los labios–– Vamos a lo nuestro: somos a la sazón Pigmalión y Galatea.
Y entonces Alejandro recordó cómo, en la noche, aquel reinicio de sexo con Lucrecia tuvo la brevedad del apareamiento de un gallo, pues fue sólo penetrarla y casi de inmediato se desaguó entero… ¡Tanta había sido la presión de su sexualidad y el denodado esfuerzo de contención que había realizado!
Se sintió defraudado, a ojos vista. Así lo vio la comprensiva amante.
––No te preocupes, pequeño… Suele ocurrir. Lo mejor es que descansemos y presto, verás, recompondremos totalmente la escena. Ven, ponte detrás de mí y tratemos de reposar… Luego, será de ver.
Se colocó entonces Alejando adosado a la espalda de ella y depositó el ahora algo fláccido miembro entre sus piernas, en estrecho contacto con su sexo, de tal suerte que sus entreabiertos labios venían a abrazarlo como si se tratara del mordisco de una hambrienta boca. Por la parte superior, las manos aferraban los pulposos pechos oprimiéndolos contra el cuerpo.
Así, en medio de una dulce relajación, ambos se durmieron plácidamente.
A pocas horas de un sueño profundo y reparador, recordó Alejandro cómo despertó, sin tomar conciencia, por unos brevísimos instantes, de la circunstancia en que se hallaba. Cuando hubo reaccionado, percibió de inmediato la embriaguez del contacto íntimo con Lucrecia. Movió las manos y sintió el terciopelo y la plasticidad de sus bellas tetas; meneó un tanto las caderas y ello le procuró la conciencia de la húmeda superficie de contacto: piernas, nalgas, cintura y espalda… y cuando, finalmente, dirigió su pensamiento a su aprisionada verga, notó que no había perdido su semi-erección; mas, de inmediato, adquirió inusitada dureza. Instigada por el deseo, nuevamente se hallaba preparada la herramienta.
Lucrecia, entretanto, era evidente que también tenía conciencia de la actividad del muchacho y no se andaba con chiquitas para acompañarla y estimularla. Miró el reloj: las tres y media de la madrugada.
––¿Nuevamente tiene hambre nuestra feroz Galatea? ––inquirió, golosa.
Abrió un tanto sus piernas y tentó su estado de erección.
––¡Uyyy!… ¡Tal parece como si antes no hubiera pasado nada! Es tan fuerte este guerrero que siempre se halla en disposición de batalla.
Alejandro se retiró, untó su pene con un lubricante y luego de separar un tanto las nalgas de Lucrecia fue a depositar el glande en la corola de su ano. Luego presionó un tanto y ante la ostensible resistencia de aquella roseta de Sodoma en dejarse penetrar, se detuvo.
Lucrecia, embargada de una extraña mezcla de temor y lubricidad, emitió un significativo sonido de trago de saliva…
––Ale… ¿qué haces? ––protestó con un hilillo de voz.
––Oye Pigmalión: Galatea desea cambiar de esquema.
Y nuevamente presionó logrando un pequeño avance ulterior.
––¡Ay! —protestó Lucrecia–– ¡No seas apresurado!, criatura…
Volvió, preocupada, a tentar aquella verga, casi con escrupulosidad y seguramente sintió temor, pues nuevamente tragó saliva… Mas, era evidente, la idea la subyugaba; un espasmo de voluptuosidad recorrió su cuerpo.
––Esta Galatea es muy grande para el «esquema» que pretendes ––continuó, palpando significativamente el miembro–– ¡mucho me temo que habrá de hacer daño!
––Se puede… se puede ––afirmó el chico–– ¡Es realmente algo hermoso! ¿Acaso nunca lo has probado?
No muy convencida de contestar esta pregunta ella respondió entre dientes:
––Quizá deba reputar un par de intentos… fallidos. Y el sólo recordarlos me lleva a desear que abandones la idea… Ahora dime: ¿acaso tú tienes experiencia en la materia?
Luego de un breve período de silencio, él confesó:
––Bueno… algo.
––¿Fue con alguna chica o… con otro muchacho.
Recordó lo urticante de la pregunta… y que hizo entonces una mueca ambigua…
––Ambas cosas ––musitó. Luego, en tono firme, resolvió mudar el cariz que la conversación estaba tomando––: ¿qué importancia tienen estas indagaciones en el momento actual? ¡Probemos, Lucrecia, y verás el cuadro maravilloso que la experiencia te presentará!
Ella, indecisa aún, volvió a tentar el grosor de su amada Galatea y pese a la aprensión que le inspiraba, se sintió ganada por una nueva corriente de voluptuosidad. En tanto que un chispeante estertor le recorría el cuerpo, volvió a tragar saliva.
Mientras en silencio acariciaba la porción emergente de la verga, cuyo glande yacía en el inicio de su recto, pensó seguramente que aquella cabeza ya no le provocaba sino un inmenso placer, al que aunaba los resabios de la molestia original. Era obvio que con el debido tiempo y cuidado, el continente acabaría por amoldarse al contenido; y ello se resolvería en una inmensa sensación de placer final.
––Oye, Ale, creo que es posible intentar una prueba bajo la rigurosa condición de que habrá que proceder con cuidado sumo y tomarse el tiempo necesario.
––¡Claro está, Lucrecia! ––enfatizó, jubiloso, el muchacho––. Nadie pensó en esto como en un fast food. El verdadero deleite se halla en los prolegómenos, en el proceso (con sus avances y retrocesos) y, sobre todo, en alimentar la voluptuosidad con el pensamiento puesto en el anhelo del momento siguiente; por eso, es de la mayor importancia «tomarse el tiempo».
––Está bien, Ale, todo ello me parece fascinante; pero no dejo de pensar que yo he de ser quien ha de soportar las punzadas de dolor que Galatea (a la que ahora veo algo rechoncha) ha de provocar.
––Es cuestión de abundancia de lubricante, de pausas convenientes y del tiempo suficiente ––arguyó él––; y, muy importante, haremos que tú mismas te halles al control del procedimiento. Sólo se avanzará con las pautas que tú establezcas a poco que resuelvas lo que mejor te apetezca.
Lucrecia recordó brevemente su anterior experiencia sobre la cuestión; entonces, dijo:
––Y si se producen desagradables molestias abortaremos definitivamente el procedimiento, ¿comprendes?
––De acuerdo… Mira yo me sentaré en esa silla y tú lo harás despaciosamente sobre mí. Así sólo tú podrás decidir el avance -o no- del acto.
––Esa idea me parece acertada ––dijo ella, muy convencida de la bondad de la solución.
Y acto seguido pasaron a la acción. Alejandro se sentó en la silla manteniendo las rodillas algo separadas y su falo en estado de furia mirando al cielorraso, rezumando lubricación. Lucrecia fue a ubicarse a horcajadas dándole la espalda y, apoyándose en el piso con las piernas elásticamente flexionadas, por un lado, y con sus manos en las rodillas de Alejandro, por el otro, se comenzó a sentar sobre el enhiesto pene…
Sin mayores penurias hizo ingresar el glande llegando de inmediato a la profundidad que éste había alcanzado en la anterior acción, en la cama. Allí se detuvo, pues entrevió que un ulterior avance habría de resultarle algo molesto. Optó, pues, por regodearse en el estadio alcanzado y, embargado su rostro con un rictus de borrachera, lo dirigió al cielo con los ojos entrecerrados y nublados de salacidad. Jadeaba y suspiraba a mares.
Alejandro que con su mano izquierda mantenía la conveniente dirección de su miembro al par que le apuntalaba por si ocurriese una salida de madre, puso su diligente diestra en el sexo de ella y palpando tenue y amorosamente el oleoso clítoris, se dio a la tarea de emprender un activo masajeo.
Inmediatamente percibió que la cabalgante amazona avanzó un tanto en la penetración y luego se detuvo, mientras parecía morderse los labios en señal de profunda concentración; además, se los humedecía con ligerísimos toques de la punta de la lengua. Estaba claro que la caricia clitoriana obraba como activo catalizador de las estimulaciones, lo que propiciaba en ella su resolución de profundizar la inmersión.
Cuando se hubo aclimatado a la última posición alcanzada, Lucrecia realizó un pequeño movimiento de vaivén, levantando la pelvis un par de centímetros y luego llevándola a su punto anterior; lo cual repitió en varios ciclos… Al parecer le procuraba una más rápida distensión y un goce inusitado al socaire de una mezcla equilibrada de sensaciones de dolor y de placer.
La acariciante mano de Alejandro, azuzada por la de ella colocada sobre sus dedos, adquiría por momentos ritmo de frenesí; luego… una nueva profundización.
Notaba el muchacho la presión que sobre su miembro ejercía la tibia caverna en su obcecación por resistir la penetración. No era, desde luego, tarea fácil vencer la aguerrida defensa.
De pronto, Lucrecia levantó su pelvis y desalojó el purpúreo falo.
––Vuelve a lubricar y hazlo generosamente ––ordenó.
Cumplido lo cual retornó a penetrarse deteniéndose casi exactamente en el punto al que antes había arribado. Volvió a azuzar la acariciante mano y entonces, en un rapto de resolución, hizo ingresar una significativa porción adicional del filial miembro; luego se detuvo a la espera de la nueva adaptación.
A todo esto, el muchacho, viendo que escasa era ya la porción que emergía del trasero de Lucrecia, liberó la mano que dirigía y apuntalaba su pene, pues no eran menester tales precauciones. La dedicó entonces a acariciar el resto del cuerpo de la amazona, deteniéndose, con predilección, en las ubérrimas tetas.
De esta suerte, repitiendo pacientemente la secuencia, estuvieron madre e hijo alrededor de una hora.
Luego, de improviso, notó Alejandro que la presión contra la periferia de su miembro cedió totalmente: el tozudo conducto se había relajado como por arte de birlibirloque y las redondas nalgas, recorriendo el parco espacio que aún existía por debajo de ellas, cayeron pesadamente sobre el pubis del muchacho. Quedó así, Lucrecia, sentada sobre él transfiriéndole todo su peso… y ensartada íntegramente con toda felicidad. La penetración acababa de consumarse… El pecho de ella se inundó de júbilo y estalló entonces en un suspiro demencial. Siguió después una retahíla de bramidos que recordaban al ronco sonido de un quemador industrial.
––¡Ah!… ¡Qué bello momento! ––exclamó en tanto que meneaba las caderas con frenesí.
En el umbral de la exaltación volvió a azuzar la mano que acariciaba su clítoris; con ello en pocos segundos más le advino el pandemonio de la crisis mayor. Entonces no escatimó sonoras manifestaciones de su extraordinaria vivencia, a punto tal que, contra lo que Alejandro hubiera podido imaginar, brotaron de sus labios vocablos escabrosos y soeces.
Poco después ella se llamó a un reparador descanso, pues el esfuerzo y la tensión le habían hecho temblar las piernas; pero Alejandro se hallaba sobreexcitado y a las puertas de la descarga.
––Necesito poder moverme ––dijo––; en estas condiciones me resulta imposible.
––Bien, vayamos al canapé. Me arrodillaré sobre el piso junto al borde lateral y adosaré mi tórax sobre su superficie. Te pondrás detrás de mí; así podrás concluir.
Y tras estas palabras se levantó desalojando lentamente el famélico miembro de su interior y fue a colocarse de rodillas al costado del canapé.
Alejandro volvió a lubricar su pene y penetró a Lucrecia con una facilidad extraordinaria, dado la franquía establecida por la senda previamente trazada. Y adosándose amorosamente sobre ella, volvió a la fatigosa tarea de acariciarle el clítoris. Inició una agitada acción de vaivén que levantó la estimulación de ambos en forma vertiginosa… Pigmalión y Galatea habían ingresado en el conteo descendente.
Minutos después, ambos eran presas de las furias del orgasmo. Percibió los chorros de una aún caudalosa eyaculación, aunque no tanto como la anterior. Lucrecia también debió sentirla pues incrementó notablemente sus manifestaciones de placer.
Luego se durmieron profundamente.
Ahora una inusitada y chispeante escala de danzarinas notas de violines concitaron la atención del ya ebrio protagonista de la noche de la remembranza, alejándolo por unos momentos de la incestuosa ensoñación… «Pensar que pese al transcurso del tiempo esta vivencia siempre me eriza la piel ––se dijo––. Su recuerdo bien vale un nuevo trago de esta infame mezcla… ¡Ah!, ¡Corelli!… ¡Vivaldi!… ¡Albinoni!… ¡Cuánta belleza se descubre en este barroco italiano!»
Pero pronto cambió de humor nuevamente. El grado de embriaguez a que había arribado provocaba una gran volubilidad en su ánimo: ora se extasiaba por aquellos recuerdos, ora se lamentaba profundamente de sus consecuencias actuales. Pues ahora, después de tres lustros de aquel iniciático acontecimiento, Alejandro creía hallarse finalmente enamorado de otra mujer; percibía entonces la encrucijada de la difícil opción y, desde luego, veía cómo su madre se convertía en el más formidable enemigo de ese futuro que consideraba lícito pergeñar.
––Lucrecia fue mi amor… ¡mi primer e inolvidable amor!… ¡El día de la ducha! ¡La noche posterior!… ¡La madrugada que le siguió!… Lucrecia aún… aún… ¡Ah, ah!… Lucrecia…
Y al socaire de la densa bruma esparcida por el Leteo de Baco, Alejandro acabó por caer sumido en un profundo sopor.
En tanto, el cuarteto de cuerdas había acabado también su barroco Concerto Grosso de Corelli.


 
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