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En la cala...
Me llamo Gonzalo y tengo 20 años. Hace algunos meses obtuve mi licencia para conducir, y me compré un coche de segunda mano y es que no quiero comprarme uno nuevo todavía. Aún tengo mucho que aprender, en todos los sentidos, incluso sexualmente hablando.
No es que sea virgen, pero mantengo relaciones cada mucho tiempo debido a mi ajetreada agenda.
No obstante, siempre que mantengo relaciones sexuales me gusta disfrutar de ellas al máximo. Aun recuerdo la última, hace algunos meses. Sin embargo, la que os relato ocurrió hace apenas unos días.
Me dirigía al ensayo en mi coche cuando me encontré a una vieja amiga mía, Nuria. Desde el instituto no nos veíamos y nos teníamos mucho aprecio entonces. Sin pensarlo dos veces aparqué el coche y me bajé a saludarla.
Nuria era alta, morena con el pelo liso y largo, su cuerpo apenas se diferenciaba de aquel adolescente que yo recordaba. No era un cuerpo de escándalo pero mantenía la silueta de una linda mujer. Sus pechos seguían siendo de tamaño reducido, pero que me trajeron loco en mi adolescencia calenturienta, fantaseando con tenerlos en mis manos. Su trasero había cogido la forma perfecta para mi criterio, redondito, alto, pequeñito... Era perfecto. Comenzamos a hablar y me comentó en pocas palabras que su novio la había dejado por otra hacía unas semanas. Bromeé entonces:
Si hubieras sido mi novia ahora no estarías así... – Agregué sonriente.
Ah ¿no? ¿Y como estaría? – Preguntó pícaramente.
Pues serías feliz viviendo conmigo, te llevaría en mi coche donde quisieras... – Argumenté.
¿Tienes coche? Me alegro, yo estoy en ello.
Sí, es ese de ahí, para ir tirando ya va bien. ¿Damos una vuelta?
Vale
Entramos al coche y ella se acomodó la falda corta que llevaba de color granate. Mientras se sentaba pude ver su ropa interior inferior, de color blanco. Giré rápidamente la vista hacia delante disimulando no haber visto nada.
¡Ays, que se me ve todo! – Agregó y se tapó con un movimiento rápido, siempre sonriendo.
Tranquila, no he visto nada.
Bueno y si lo has visto tampoco te voy a odiar.
Ya pero...
Se rió y me dio un beso en la mejilla.
Si mas veces que nos hemos visto casi en pelotas.... – Argumentó ella
Vaya, aquellos juegos de pequeños en las colonias... qué recuerdos...
Sí, se echan de menos...
Nos callamos los dos recordando viejos tiempos, y entonces ella me agarró la mano.
¿Sabes? Antes me gustabas mucho.... – Me dijo ella mirando hacia sus piernas
Unas piernas por cierto encantadoras. Las miré unos segundos desde sus tobillos hasta sus muslos, tapados apenas por la falda que quedaba muy alta en la posición que la chica se encontraba.
La miré a la cara y le robé un beso en los labios. Ella quería separarse de mí pero sus fuerzas eran decrecientes a medida que pasaban los segundos. Un tiempo después, no sabría decir cuanto, sus manos acariciaban mi cara, sus dedos recorrían cada rincón de mis mejillas. Acaricié una de sus piernas...
Gonzalo, no deberíamos... – Susurraba sin dejar de besarme.
Es verdad – Me separé de ella que se quedó perpleja.
Lo decía porque aquí pueden vernos.
TISH! Intenté buscar otro significado a esa frase, pero no obtuve ninguno más aparte de tener sexo.
¿Quieres que vallamos a otro lado? – Pregunté esperando que me dijera una de nuestras casas...
Vamos a la cala. – Dijo sonriendo.
¿De verdad quieres hacerlo? – Pregunté para aclararme, pues creía estar soñando.
Mmm... Sí – Dijo titubeando.
Si no estás segura mejor lo dejamos... – Me arrepentí de lo que pregunté nada más decirlo.
Estoy segura. – Me agarró la mano y me la llevó hacia sus muslos...
Arranqué el motor y nos dirigimos hacia la cala.
La cala es un sitio increíble. Es una playa de apenas 5 metros cuadrados. El acceso en coche es totalmente nulo, pues hay que caminar por las rocas varios metros hasta llegar a la arena, que por las noches desaparecía, convirtiendo la playa en una pequeña cala natural de acantilados, con árboles que tapan toda la visión. Esta playa está fuera de servicio, no hay salvamento, no hay nada alrededor... sólo rocas y un pequeño bosque espeso.
Yo ya había llevado a una chica a ese lugar, me sorprendió que ella conociera el sitio y le pregunté.
¿De qué conoces este sitio? – Pregunté mientras caminábamos después de aparcar el coche en una explanada del bosque.
Nacho me trajo aquí la primera vez que lo hicimos... – Me confesó.
Vaya... y ¿estuvo bien?
Fue un desastre, Me entró arena en... bueno... y cogí infección de orina, y estuve en tratamiento porque tenía algunos rasguños...
¿Y por qué me has dicho de venir? – Pregunté curioso.
Porque hoy sé que va a ser diferente...
Volvió a mirar sus piernas avergonzada, pero la abracé y le dije que eso era lo que me gustaba de ella, nunca daba rodeos para decir las cosas. Me miró y me sonrió.
Llegamos a la arena y nos descalzamos. A pesar de ser las 7 de la tarde era ya de noche, y es que en diciembre ya se sabe... Pocas horas de sol.
Yo me senté en una roca y ella se sentó delante de mí. Mis piernas rodeaban su cuerpo y mis manos la abrazaban reposando mis manos sobre su vientre, notando sus pechos en mi antebrazo. Mirábamos las estrellas, junto al romper tenue de las olas en las rocas. Una escena única, mágica... Se levantó y se arrodilló ante mi para besarme. Me dejé caer sobre la roca, quedando tumbado boca arriba y ella encima de mí a cuatro patas. Sus manos alrededor de mi cara, sus labios pegados a los míos, mis manos en su trasero, recorriendo cada centímetro...
Ella se levantó, quedando de rodillas sobre el suelo, mi entrepierna bajo la suya, y se despojó de su camisa blanca. Apareció un sujetador también blanco, con los tirantes transparentes, ocultando unos pezones que se hacían notar bajo esa tela fina. Tiró la camiseta a la arena y me miró sonriente mientras se quitaba el sujetador.
Sus pechos quedaron libres y sus pezones, pequeños y oscuros, estaban erectos como dos garbanzos sobre una taza invertida.
Antes de que la chica lanzara el sujetador hacia el lugar donde yacía la camiseta, yo puse mis manos en sus pechos, jugueteando con sus pezones. Apretaba sus pechos con ahínco siempre sin hacer daño a la chica, que miraba hacia arriba con los ojos cerrados y una perversa sonrisa en su boca. Mi erección era obvia.
La chica me agarró las manos y me las lanzó hacia mi cabeza, para poder quitarme la camiseta. Me despojó de la prenda y al momento sus dientes mordían mis pezones.
Era una sensación rara, distinta, pero a la vez agradable.
Mis manos volvieron al cuerpo de la chica, para deslizar la falda por sus piernas y llegar a sus tobillos, dejándolos atrás. Ella ya sólo tenía puesta su braguita blanca, de tela fina y sin dibujos, elegancia y practicidad al 100%.
Su respuesta no se hizo esperar más de dos segundos, pues aún sostenía en mi mano su falda cuando las suyas desabrochaban mis pantalones tejanos. Arqueé mi cuerpo levantando el trasero mientras la chica estiraba de las piernas del pantalón y miraba ansiosa mi bulto marcado en mi bóxer oscuro. Cuando acabó de quitarme el pantalón lo dejó enseguida al lado de su ropa y se abalanzó sobre mí para besarme de nuevo. Esta vez, mi erección notaba la calidez de su entrepierna, en cada roce involuntario, en cada roce hecho a drede...
Mis manos en su trasero apretaban sus nalgas con deseo, apretaba su cuerpo hacia abajo para notar su entrepierna en la mía. Continuamos un rato así hasta que una de mis manos se adentró entre su piel y la goma de sus braguitas, notando el calor humano de un cuerpo ardiente de deseo. Mi mano cubría su nalga, la otra lo hacía por fuera de la tela. Ella tan sólo se limitaba a besarme como nunca antes me habían besado.
Como de mutuo acuerdo, pero sin haber dicho nada, nos separamos y nos despojamos cada uno de la única prenda que nos faltaba por quitar. Yo la miraba, ella me miraba a mí. No sé qué estaría pensando ella pero yo sólo quería lamer su vulva, acariciar su clítoris con mi lengua hasta hacerla estallar en el orgasmo supremo, y sí, que ella también me lamiera a mí mi erecto pene. Sobraron las palabras.
Se tumbó sobre mí, como ya era costumbre, y me besó, mis manos en cruz con mi cuerpo no querían estorbar. Ella besaba mi boca, luego la barbilla, el cuello, los pezones... Y descendiendo llegó hasta mi pene. Una vez ante su boca lo besó. El calor de sus labios, su mano suave agarrando el tronco de mi falo, qué delicia, me dejé llevar...
Con la lengua lamió mi pene cual si fuera un caramelo, saboreando cada centímetro de mi falo. Sumergió mi pene en su ardiente boca y lo sacó de nuevo, así varias veces. Esta acción estaba acompañada de una persistente oscilación de su mano, masturbándome. Tardé escasos minutos en eyacular.
Ella enseguida lamió mi pene tratando de limpiar los restes de semen que en el había, pues casi todo había ido a parar al cuerpo de la chica.
Mientras recobraba fuerzas, pues ganas me sobraban, decidí devolver el favor a la chica, lamiendo su sexo como ella me hizo antes a mí.
Cambiamos de posición; Ella se tumbó boca arriba, y yo me arrodillé entre sus piernas abiertas que me daban una vista espléndida de sus genitales total y perfectamente depilados.
Separé sus labios vaginales y encontré su clítoris que sin pensarlo ni un momento, succioné fuerte como queriendo arrancarlo. Ella gimió un momento y segundos después dejó sonar un suspiro largo. Con mi lengua recorrí todo su caliente coñito. De arriba abajo, de derecha a izquierda, en círculos, de todas las formas... Recreándome de vez en cuando en su clítoris, de un tamaño similar a un guisante y en la entrada hacia su vagina. Mi lengua entraba varios centímetros y volvía a salir. Ella gemía y se acariciaba sus pechos aún manchados con mis jugos...
Pasado un tiempo vi su mano derecha descender y frotar su clítoris en busca del orgasmo. Segundos después un hilito de líquido de color blanco, espeso y salado pues lo lamí con delirio, salió de su vagina. Su respiración, fácilmente audible, y su sudoración evidenciaban el placer que sólo el sexo te proporciona.
Mi pene recuperó la erección. Me puse sobre la chica, que me miraba a los ojos con una sonrisa en la boca, y la besé mientras con mi mano derecha guiaba mi pene hacia su vagina. Una vez encarado, me besó. Interpretando ese beso como una invitación, fui metiendo mi pene en su vagina, lentamente. Ella gemía, yo seguía empujando. Notaba su calor, la rugosidad de su interior, sus contracciones... Sentí un placer inenarrable. Nuria rodeó mi cuerpo con sus piernas y me apretaba contra ella. Yo comencé a meter y sacar mi pene de su cuerpo, primero lento y a medida que pasaba el tiempo aceleraba. Mis caderas se movían en círculos, bombeando a la chica que no dejaba de gemir en ningún momento.
Sus brazos estaban extendidos sobre las rocas, con las palmas hacia arriba. La luna en cuarto menguante rompía la oscuridad que reinaba en la playa. La escasa luz nos dejaba entrever a nuestro amante, mas Nuria tenía los ojos cerrados. Yo la miraba, veía su hermosísima cara, su suave cuello, el pelo largo alborotado... Llegué a decirle que la quería pero no sé si me escuchó... ella comenzó a gemir más fuerte y sus manos se posaron en mi espalda, que junto a sus piernas, me apretaban contra ella. Se movió, arqueó su cuerpo, giró su cabeza hacia un lado y gritó... Segundos más tarde recuperó aire y respiró agitadamente.
Eres genial, de verdad – dijo entrecortadamente.
Tú eres preciosa – Le dije y la besé nuevamente.
Ella me liberó, dejando sus brazos nuevamente extendidos y sus piernas semiflexionadas sobre el suelo. Mi pene aún estaba dentro de su vagina. Decidí que era mi turno, así que comencé a bombear nuevamente, de manera salvaje. Ella seguía gimiendo pero de otra forma, como sollozando.
El hecho de verla así me excitó sobremanera y tras algunos minutos llegué al orgasmo.
Saqué rápido mi pene de su interior y de rodillas, eyaculé sobre el vientre de la chica, que masajeaba sus pechos. La cantidad de semen que había soltado me sorprendió, pues nunca antes había eyaculado tanta cantidad. Supongo que nunca antes disfruté tanto como ese día.
El frío se hacía notar en nuestros cuerpos desnudos y sudados. Así que sacrificamos nuestras prendas íntimas para limpiarnos los jugos segregados y nos vestimos sin ropa interior. Cuando nos acabamos de vestir, nos abrazamos y nos besamos varias veces antes de poner rumbo al coche, y es que la playa, la luna, la pareja, todo era especial...
Llegamos al coche y nos subimos, vi que ella se acomodaba su falda para que no viera su vulva, me pareció absurdo, pero no dije nada. El cinturón de seguridad pasaba entre sus pechos y puesto que no llevaba el sujetador, se podían observar sus pezones bajo su camisa.
La llevé a su casa y nos despedimos con un tierno beso en la boca. Nos intercambiamos los números de teléfono y entró a su casa.
Al día siguiente me llamó, me preguntó si quería salir con ella esa tarde al cine. Emocionado, acepté sin flaquear. Esa tarde no tuvimos sexo, pero tuvimos palabras, en las que nos decíamos el uno al otro cuánto nos queríamos. Desde aquella tarde, ligar después de cada concierto terminó para mi...
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