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La Bruja Makaldufa
I. El erial maldito.
La carroza se dirigía rápidamente a través de la niebla por el bosque encantado, el vapor que exhalaban los caballos indicaba la baja temperatura del momento. En el interior del carruaje, la pequeña Condesita Catalina de Puquet "desgranaba" nerviosamente su rosario, esperando con ansias llegar al lugar de la cita. A lo largo de la noche, el graznido de algunas urracas y el ulular de los búhos, eran los únicos sonidos que se alcanzaban a escuchar sobre el galopar furioso de los corceles. El gritar de los caballeros de su comitiva al impulsar a los briosos corceles, así como el restallar del látigo del cochero, marcaban un tenebroso contrapunto al rápido pasar de las cuentas del rosario en las pequeñas y blancas manos de la Condesita. Las sombras de los árboles de la floresta enmarcaban el raudo paso de la carroza, en la cual se adivinaba el escudo Condal, dos garras rampantes sobre una torre de piedra, en color dorado sobre las puertas del vehículo.
Por fin, pasada la media noche, después de una agotadora cabalgata de mas de tres horas, llegó el cerrado grupo de valientes hombres, escoltando a la encantadora Condesita, al erial abandonado, en el cual se encontraba, como un monstruoso pezón encima de una escarpada colina, la cabaña de la bruja Makaldufa. Los caballos relincharon nerviosamente, negándose a llevar el carruaje hasta las puertas de la cabaña. En el interior del carruaje, la Condesita de Puquet, afirmó a su delgada cintura, su espadín, en la caña de sus botas, escondió una pequeña y filosa daga florentina, con un toque encantador de coquetería, acomodó sus pequeños pero bien formados senos en el corselete de seda azul y estiró suavemente las ligas de su pequeña y discreta tanga rosa, la cual se deslizaba entre sus hermosas y redondas nalgas blancas por la parte de atrás y cubría escasamente sus pequeños labios vaginales por adelante. Por último, revisó su atuendo en un pequeño espejo con marco de plata, antes de permitir que su criado de librea le abriese la puerta.
Tuvo que descender y terminar el resto del viaje enfangando sus pequeños botines de lazos, así como los faldones de su vestido de organdí a través del terreno yermo y lodoso. Su delicada tanga se insertaba profundamente entre los labios carnosos de su vagina, como también en su pequeño culito, no siendo esta prenda hecha para caminar entre brézales, sino para mostrar coquetamente las nalgas redondas y el pubis plano de la Condesita. Sin embargo, esto no detuvo a la pequeña Catalina, al contrario, sentir el suave roce del algodón humedecerse entre los labios carnosos de su vagina, le dio un impulso especial a su andar. Sus nalgas redondas y firmes se dibujaban aún debajo del gran vestido de organdí. Al empezar a caminar por el lodoso camino a la siniestra cita, recordó los acontecimientos anteriores, en esa misma noche:
Nadie, ni siquiera los valientes caballeros de su comitiva, conocían el motivo de este peligroso viaje, al interior del bosque encantado, al erial maldito. Hombres curtidos en duras y terribles batallas, no dudaron en obedecer a la pequeña Condesita, cuando al anochecer, en los patios del castillo del Conde de Puquet, la Condesita reunió a una docena de hombres de armas, y dirigiéndose al caballero Don Luís de Fouquetlain, Vizconde de Puquet, comandante de esa guarnición, y le dijo:
-Caballero, espero vuestra protección, vuestra lealtad y…vuestro silencio-.
Al decir esto, la pequeña Condesita sonrió coquetamente, mientras volteaba a ver a una simple criada que en ese momento salía de los establos, dirigiéndose a la cocina, una rolliza aldeana de grandes pechos y cabello negro como el ala de un cuervo, que miró nerviosamente al caballero de Fouquetlain, no atreviéndose a detenerse, por respeto a su posición y a la presencia de la Condesita. El caballero Don Luís de Fouquetlain, mirando brevemente a la criada, se acercó a Catalina, y quitando de su recia mano el grande y pesado guantelete de hierro, en señal de saludo, comentó:
-Condesita, todos los hombres de mi compañía son fieles y leales servidores. Obedeceremos vuestras órdenes-.
Con una pícara sonrisa, Catalina volteo a ver a la rústica criada que se negaba a entrar a la cocina, mirando con aprensivos ojos al caballero Fouquetlain, y mientras Catalina pasaba lista con la mirada a los demás caballeros que aguardaban en el patio, comentó como a la ligera, en voz baja para que no escuchasen los demás, pero lo suficientemente claro como para que lo entendiera el caballero Luís de Fouquetlain.
-Espero que estaréis a mis órdenes, como vuestra gruesa verga ha estado a las órdenes de aquella sirvienta que no deja de miraros, caballero-.
Ante la turbación manifiesta del caballero al escuchar esta frase, Catalina soltó una encantadora risa y continuó: -Vamos, vamos, Don Luis de Fouquetlain, es motivo de murmullos, chanzas e…incluso apuestas, en que noche, lugar y forma haréis gritar de placer salvajemente a la pequeña Rosario, la fogonera. No debéis de apenaros, al contrario, según mis damas de compañía, es un especial "atributo" lo que tenéis entre las piernas-.
El caballero, visiblemente apenado, enrojeció aún mas, y de no haber sido por su casquete militar, la gruesa malla de metal que cubría en gran parte su rostro y lo oscuro de la noche, hubiese sido un espectáculo cómico y burlón ver a tan bravo y armado hombre, enrojecer como una virginal doncella, alcanzó a balbucear;
-Condesita, no se que decir, las injurias…
-Don Luís, señor de Fouquetlain, por favor, no ocultéis lo evidente, yo misma me he detenido a escuchar junto con mis damas, detrás de los establos, los placenteros suspiros con los que Rosario os muestra su amor y entrega-. Diciendo esto, con una linda y traviesa sonrisa, Catalina trató de imitar una voz de falsete, dando a entender que dicha imitación correspondía a la voz de otra persona, seguramente la criada Rosario:
-"Vamos, vamos, caballero, su verga fortísima me mataaa, ya siento la mantequilla de sus huevos rebozar mi cuerpoooo. Caballero Fouquetlain, deme por el culo su verga señorial, mi amoooo!"
Y con una encantadora risa, Catalina volvió a tomar su tono de voz natural, muy distinta de la que acababa de parodiar;
-Don Luís, no os apenéis, que Rosario, a no ser una rústica aldeana, es una grata y agraciada persona, Yo misma he perdido mas de tres monedas de plata apostando a que no podría llegar a los diez orgasmos esa noche que estábamos mis damas y yo detrás de la puerta…Pero, vamos, no pongaís esa cara, que en todo el Condado de mi señor padre, sus hazañas amorosas son conocidas… lástima que Rosario no conozca que clase de calavera sois vos, caballero!
Y con una encantadora risa, que dejaba "desarmado" a cualquiera, Catalina se dirigió a revisar los arreos de su carroza, ya que además de linda e inteligente, conocía de arte militar, montura y arreos.
No es de extrañar que quienes conocían por primera vez a Catalina de Puquet se maravillarán que en una joven hermosa, se encontraran reunidas esas cualidades tan disímiles, siendo que su buen humor rivalizaba con su inteligencia. Su valentía competía con su bondad. Su dignidad y porte de Reina se encontraban siempre en pugna con su entrega y ayuda a los menesterosos. Su arrojó y actitud temeraria eran sobradamente conocidas en la región, pero cualquier eclesiástico hubiese jurado que no había persona mas recatada y obediente de nuestro señor que la Señorita Condesita de Puquet.
Sea pues, este breve perfil, una simple introducción para conocer el espíritu indomable de la pequeña niña que ahora se dirigía, sin dar muestras de miedo hacía la puerta desvencijada y siniestra de la más terrible de las brujas conocidas.
Con ademán majestuoso, tratando de controlar el miedo que provocaba semejante lugar, Catalina de Puquet dijo a sus caballeros, que la acompañaban; -Esperad aquí, caballeros-.
Don Luís de Fouquetlain, adelantándose a la puerta desvencijada de la pocilga, poniendo su rodilla al suelo, enfrente de la Marquesita, desenvainó su espada –La celebre "Galatea de Montesinos"- y poniendo el pomo de la espada apoyado en el suelo y la punta de esta afilada arma contra su pecho, -hasta ese punto era de larga-, trató de convencer a la Marquesita de desistir de tan prodigiosa aventura, con estas palabras;
-Señora mía, os ruego tengáis a bien tomar esta espada como la mas humilde y devota de sus servidoras, y con ella atravesar el corazón de quien os la ofrece, ya que solo así podré permitir que vuestra persona atraviese este maldito portal, entrando en esta puerta del Tántalo, que si bien no existe en este mundo razón para dar pavor a mi y mis caballeros, si la hay para congelar el espíritu grácil y débil de vuestra persona-.
Jamás la Condesita había escuchado hablar así a Don Luís, con tanta parcimonia y con tanta seriedad, lo que la hizo arquear una de sus finas cejas, entrecerrar sus bellos parpados y confirmar que el caballero que le decía estas perentorias palabras, era el mismo que hacía gritar de placer a las criadas del Castillo, acostumbradas a las rudas y gordas vergas de los mozuelos del pueblo; El mismo que mantuvo su verga dura durante dos horas para ser saboreada con goloso deleite por el joven homosexual que hacía las veces de ayudante del entrenador de los perros, el aldeano Santiago, cuando el corcel de Don Luís mató de una patada a uno de los perros favoritos del señor Conde. Temeroso de las represalias, Don Luís aceptó el "trato" que le hacía el ayudante homosexual de guardar silencio a cambio de ese "gusto" que le pedía, casi ahogando al voraz chico, cuando eyaculó sin avisarle, mas de medio litro de caliente esperma en su misma boca; El mismo que en un arrebato de borrachera con sus caballeros, metió su verga dura en el sexo de una de las potrancas de los establos, haciendo que esta pequeña bestia diera relinchos de placer, ante las risas y bromas vulgares de sus caballeros que veían, haciendo apuestas, esta escena por demás divertida; El mismo que hace unas horas enrojecía de rubor, al ser descubierto por la Condesita, en una de sus tantas "aventuras amorosas", con una simple rústica del Castillo. Así pues, Catalina sonrío comprobando que detrás de tan duro y apasionado joven, acostumbrado a las chanzas, semental acosado por las criadas y acosador de las damas de la corte, había un chico tierno, -tal vez enamorado-, que la quería proteger, viendo en ella, no una mujer, sino una cándida y frágil niña.
El caballero continuó; -Además, dada la terrible experiencia que estáis a punto de acometer, debo de confesaros mi profunda pasión y amor por vos. He luchado y ofrendado mi vida a las órdenes de vuestro señor padre, el Conde de Puquet, y anhelo más que nada en el mundo, desposarla a vos. Os ruego, recibáis esta prueba de amor en este postrer momento de mi vida, ya que la empresa que se avecina, puede ser mortal, mas la vida sin vos no tendría ya sentido, siendo así mi dicha morir ahora-.
Con gran donaire y cuidando no ser visto por sus otros caballeros a sus órdenes, el caballero de Fouquetlain, bajó sus jubones y mostró, larga y gruesa, con palpitantes venas, una espléndida verga tiesa como puñal, con grandes bolas inmensamente peludas en la base, y acercándose lentamente a la pequeña Condesita, colocó entre sus manos ese espléndido pene, digno no ya de una Condesita, sino de una Emperatriz, y con apasionada voz, le dijo: -Mirad, Catalina, esta verga puesta a vuestro servicio, aceptad mis ruegos y os prometo haceros muy feliz…-
Y al decir estas y otras razones, de sus varoniles ojos brotaban gruesas y copiosas lágrimas, y de su enhiesta y dura verga brotaban gotas de brillante líquido lubricante, que resbalando por todo lo largo de esa espléndida tranca, la hacían brillar y despedir oleadas vaporosas de rica fragancia "vergal", que a no ser de la decisión inquebrantable de la Condesita de Puquet, de afrontar esta peligrosa aventura, hubiese la pequeña dama en ese momento regresado a la seguridad de su señorío, tomando dicha ofrenda masculina entre sus manos en la tibieza del carruaje y dejar muy atrás tan desolado páramo.
La Condesita, tomando con una mano y con delicadeza la punta de la verga que le ofrecía Don Luís de Fouquetlain, un poco cohibida ante el atrevimiento del caballero de nombrarla simplemente "Catalina", volvió a colocar con la otra mano la famosa espada en la empuñadura de piel de oso que ostentaba el caballero y respondiendo con una encantadora sonrisa, al tiempo que con voz angelical, contestó a tal muestra de ofrecimiento y entrega;
-Bueno, don Luís, la firmeza de sus "palabras", así como lo largo de su "discurso", me halagan de sobremanera, pero, ¿no será una treta vuestra, bravo galán, para poder hacer burla de mi honor? No quisiera sentarme con Rosario a tejer pequeños vestiditos para hijos bastardos…-.
Por un momento, Catalina recordó los suspiros y gritos incansables de Rosario al ser salvajemente poseída por semejante verga, tremenda en todo punto. Tomando tan grande tranca con ambas manos, se sintió maravillada de su peso y grosor, del calor que despedía, así como de los dos huevos tan peludos que no podía adivinarse su suave piel entre tantos pelos. Recordó lo que afirmaban las habladurías de las cortesanas, que decían que Don Luís de Fouquetlain, podía llenar más de 3 tazas de té con su esperma con la consistencia de un pudín cremoso. Con un suspiro, recorriendo con la vista y con sus pequeñas manos la longitud fantástica de tan hermosa verga, Catalina tuvo que "volver" a su posición de hija del Conde de Puquet, la pequeña Condesita, y con una pequeña risa nerviosa, tuvo que decir:
-Vamos, caballero Don Luís, ¡reportaos en su encantador anhelo de proteger y disfrutar a mí persona! Pues bien sabéis que ya he cumplido 19 abriles y que cual la Diosa Diana en su grácil vestimenta, puedo también ser una gran amazona, fuerte contendiente y excelente espadachín, si así lo amerita la necesidad y las circunstancias-.
Y acariciando con gran deleite el glande enrojecido, mientras recorría hacía adelante ya hacía atrás el prepucio de tan soberbia "arma", continuó: -Os debo de advertir que semejante y espléndida verga no podría entrar en mi boquita, ni mucho menos en mi vagina, así como ni imaginar quiero qué sería sentirla empujar con varonil y gallarda insistencia por mi culito, que virgen aún es a semejantes embates, por lo que no podrá causaros mas que frustración a vos y dolor inconcebible a mi persona, así que soy yo quien os ruego, guardar a la magnífica "Galatea de Montesinos", que no podría estar en mejores manos que las vuestras, así como vuestro magnífico y señorial "salchichón", que yo veré como apacentar tan gallarda insistencia con mi mas servicial, sumisa y galante dama de compañía, la Señorita de Rocambulé, quien -estoy segura- no desviará un ápice su interés por vos, al ver su magnífica y fuerte "arma", siendo, -creo yo- mejor y mas propia compañía para vos que la pequeña y rústica Rosario. Por el momento, vuelvo a suplicaros se apreste solamente a servirme con vuestra espada, logrando así un mejor final a esta peligrosa y pavorosa aventura que presta estoy a iniciar-.
La Coqueta Condesita, mientras frotaba deliciosamente la punta lubricada en exceso de la muy dura y larga verga del caballero, continuaba:
-Y así como la valiente Caprichina se introdujo en los piélagos de la mortal guarida de la Hechicera Tartaratarina, buscando el secreto del "Condón de Mambrino", sabedora de que el valiente Príncipe Rostragón la protegía a cada paso, así yo podré tener el ánimo y espíritu necesario para franquear este tenebroso portal de la bruja Makaldufa y acometer cualquier peligrosa aventura, sabedora de que el valiente caballero Don Luís de Fouquetlain, y su espléndida espada, la sin par "Galatea de Montesinos", así como su no menos hermosa verga de un codo de largo, estarán prestos a socorrerme, si así lo quiere el destino de esta sin par hazaña-.
Y con gran donaire, la Condesita Catalina de Puquet, permitió que su caballero guardase la famosa espada y su duro y lubricado sexo con grandes e incómodos movimientos en su calzón, no sin antes tomarlo con ambas manos y sacudirlo fuertemente, mientras divertida veía como el rostro del caballero se contraía en graciosas muecas de placer, dando un sonoro beso en la punta enrojecida y gruesa de su glande, como muestra de agradecimiento por sus apasionadas palabras. Terminada esta operación, el Caballero, barriendo el suelo con su magnífico sombrero de terciopelo en un saludo digno de reyes, permitiendo el paso franco a la encantadora niña hacia la puerta desvencijada de la humilde choza, mientras ordenaba con claras y resonantes voces a los otros caballeros y escuderos de la comitiva, que desmontasen de sus corceles y prestos se dispusieran a aguardar la mas mínima señal de ayuda de la Condesita Catalina.
II. El Caldero.
-Adelante, su alteza, la he estado esperando- La voz, cascada como una vieja matraca, llena de acentos diabólicos, resonó desde el interior de la choza. Al abrir la puerta, con aire majestuoso, enfundada en su albornoz de terciopelo rojo, la Condesita Catalina de Puquet, grito asombrada ante el inconcebible espectáculo que se mostraba desvergonzadamente ante sus ojos;
En medio de una espaciosa habitación, alumbrada con hachones e infinidad de cirios pascuales, se encontraba un gran y redondo caldero, sobre un fuego que crepitaba constantemente. Alrededor de este caldero, que bien podría contener un par de reses, se encontraban varios escritorios que se doblaban ante el peso de grandes infolios, libros cabalísticos e infinidad de objetos, desde magníficos catalejos italianos, hasta pequeños relojes que desafiaban toda explicación en su funcionamiento.
Pero sobre todo, en todas partes, principalmente desperdigados por el suelo de tierra de la humilde cabaña, infinidad de dildos y juguetes sexuales en desaforado desorden, habiendo unos que por su tamaño, forma y ornamentaciones, podrían muy bien satisfacer a la Giganta Ubalda, mientras que otros se mostraban como mangueras con asaderas a la mitad de su longitud, como lanzas de dos puntas para combates eróticos entre dos damas, solo que en lugar de una afilada puntilla, mostraban hábilmente modelados, glandes suaves e hinchados, prometiendo cálidos placeros a las contendientes. Había los mas con grandes crestas en las puntas, que prometían goces bestiales, gran número de arneses que discretamente colocados sobre la cadera y partes nobles de una dama, podían convertir a una grácil doncella en todo un bravo semental, al colocarle enfrente un falo tan duro, largo y saludablemente erguido que ningún asno en la comarca pudiese competir con esta.
En una repisa, acomodados como soldados listos para la batalla, un grupo de Dildos se formaban por tamaño y grosor, siendo los primeros como un dedo pulgar, hasta llegar a otros que podrían competir con los cirios pascuales que iluminaban la escena. En una esquina, una extraña "machina" mostraba un complicado mecanismo accionado por muelles y engranajes que daban movilidad a una verga modelada con maestría infernal que se impulsaba a gran velocidad hacía adelante y hacía atrás, como si de un pájaro carpintero se tratase. Dicha verga modelada con detalles de venas y bolas, podía cambiar su altura y velocidad para acoplar con bestial precisión en la vagina o culo de su operaria, pudiendo realizar ayuntamiento carnal con esta máquina durante horas.
Los mas diversos aparatos de fornicación se lograban adivinar a lo largo y ancho de la habitación; "bolas orientales", sillas con un gran pene colocado verticalmente en medio del asiento; colocadas como racimos de plátanos, en una pared se encontraban adheridas un gran número de vergas de distintos tamaños, formas y grosores, algunas de las cuales aún mostraban goteando su terrible uso. Una gran cantidad de prendas íntimas, entre las cuales se encontraban muchas "Tangas", se mostraban en desorden, sucias, en una tina esperando la colada de lavar que –seguramente- nunca les tocaría.
En otro pequeño mueble, que parecía un camastro, se encontraban ligas y ataduras a los postes de dicho camastro, así como pequeños potes que contenían sustancias lubricantes y estimulantes de las bajas pasiones. Acomodada a lo largo del camastro, como si se tratase de un ser acostado, un grandísima verga del tamaño de un niño pequeño, se encontraba recostada, con el glande cubierto de un grueso cuero de prepucio, apoyada sobre un almohadón pringoso. Dos grandes bolas grandes como balas de minarete, cubiertas de pelos negros, ensortijados y sedosos completaban a la bestial obra, colocadas en la base de este monstruoso sexo, la cual abarcaba de la punta del glande a la base de las bolas casi la totalidad del largo del sucio colchón.
Una mesa se encontraba cubierta de extraños rollos (luego se vio eran planos de navegación, tratados malignos y encantamientos diabólicos), mientras que en otra, cubierta a la mitad por gruesas velas que derramaban su cera infernal sobre los infolios, se encontraban terribles objetos que por su forma recordaban vagamente las cuchillas de un cirujano, pero al verlos de cerca despertaban sospechas sobre su nefasto uso por los verdugos a los condenados a horca, destripamiento, descoyuntamiento de articulaciones o amputación de extremidades.
A un extremo de este cubículo infernal, se notaba una gruesa cortina formada por pieles de animales salvajes, del interior de este aposento, se alcanzaba a escuchar suaves notas de clavicordio, el cual ante este escenario, se escuchaba mil veces mas disonante que una jauría de lobos atacando un indefenso venado, detrás de este espeso cortinaje, en contrapunto a la melodía del clavicordio, una voz sensual de mujer, una voz joven exclamaba con grandes suspiros:
-"Vamos, métemela toda, toda tu verga es mía, Cielos! Cielos!, como entra hasta el fondo y tus huevos golpean mis nalgas! Tus arremetidas son mas terribles que un macho cabrío, me vengoooo, me vengooooo!".
Por un instante, la pequeña Condesita Catalina de Puquet creyó reconocer por la tonalidad tan peculiar de la voz, quien o que era lo que las profería. Las extrañas y agitadas palabras que escuchaba a través del espeso cortinaje, sobre los cadenciosos arpegios del clavicordio, parecerían definitivamente humanas pero no pudo reconocer en ese momento, la extraña entonación un poco ronca y a la vez infantil que alcanzaba a escuchar en esos fantásticos y eróticos gritos, como si una pequeña dama con gripa se encontrase gritando de placer.
Apretando el mango de su espadín, se obligó a no prestar atención a esa cadencia de gritos y suspiros que completaban la música del clavicordio. Se adivinaba que atrás de dicho cortinaje, se encontraba el ser supremo del mal, la gran conciencia maldiciente a todo este festín de barbaridades, la última de las aberraciones, el primero de los pecados, el mas grande de los horrores, la encarnación del odio y temor. El Vergamatrón, La Suma Culenta Vaginata, El Orgasmatrichinam maximus…
En toda la habitación se adivinaba un fuerte y embriagador olor a sexo, como si mil sementales hubiesen descargado su esperma en el piso y las paredes, y este olor se hacía prácticamente insoportable detrás del cortinaje. Instantes después, del interior de la estancia reservada por las pieles de animales salvajes, se escuchó un infernal alarido, sobre todos los sonidos de la estancia. El burbujeo del caldero se convirtió en un simple borbollo comparado con el tremendo "mugido" que provenía de esa cubierta "estancia", mas terrible que cualquier chillido de una fiera del bosque, ya que este "canto" tenía tonalidades humanas, que permitían interpretar frases dentro de este grotesco y delicioso grito. El "mugido", como si de un gran becerro se tratase, decía frases como: -"Muuuuuuyyy bien, papito ricooooo", "Como me guuuuuusta tu veeeeeeerrrrgaaaa", "Me vengooooo como putaaaaaa"- y así continuó durante varios minutos, hasta que empezó a disminuir de intensidad, hasta convertirse en un ronco jadeo.
La Condesita Catalina de Puquet, al escuchar dicho alaridos, sin poder definir claramente su origen, y teniendo un leve resquemor de haber ya escuchado antes ese especial tono de voz, los cuales mas bien eran gañidos roncos, tuvo un temblor en sus piernas, que la obligó a apoyar su blanca mano sobre un trípode de bronce antiguo que se encontraba a un lado suyo, retirándola asqueada al ver que dicho trípode estaba formada por la escultura de tres vergas, que se entrelazaban como serpientes, las cuales en el suelo mostraban grandes pares de bolas del mismo material y en la parte alta –sosteniendo una negra escultura de una mujer de grandes senos- las cabezas de dichas vergas estaban realizados con plata, ya oscurecida por el tiempo. Conteniendo por un instante el santo deseo de sacar su espadín y destruir prontamente todas estas aberraciones, logró desviar su vista del cortinaje de pieles, sabedora de que atrás de este, a unos cuantos pasos, la maldad suprema acechaba. Se obligó a mirar hacia el centro de la habitación, de donde había brotado la espantosa voz que le dio la bienvenida a esa antesala del infierno.
A un lado del monstruoso caldero, el cual burbujeaba con horrible olor, meneando tan nauseabundo elixir con sus dos largos y flacos brazos, terminados en garras, porque no es posible hablar de manos con semejante ser, de largas, negras y ganchudas uñas, revolviendo con un gran cucharón con forma de pene, hecho con una gruesa rama de encino, se encontraba el ser mas despreciable, espantoso, deforme e informe que imaginarse pueda; Encorvada con una monstruosa joroba sobre su hombro izquierdo, que la obligaba a caminar con torpes movimientos rencos, cubierta de harapos grasientos, los cuales no alcanzaban a cubrir dos tremendos y monstruosos pechos, con pezones grandes, gruesos y largos como pulgares de Abad. Sus piernas se encontraban llenas de escamas de suciedad, con algo que no eran pies, sino garras descalzas rascando el suelo, con una mata de pelos que mas recordaban un nido de roedores que un cabello humano, una larga y ganchuda nariz en la cual resaltaba una espantosa verruga cubierta de pelos, con una boca desdentada de la cual, como viscosa emanación brotaba incesantemente una baba espesa que chisporroteaba al caer sobre las brasas encendidas que alimentaban tan dantesca escena, de los harapos que trataban de cubrir su cuerpo, se adivinaba y salía de entre sus muslos la terrible y gorda cabeza de un falo, que por su grosor podía confundirse con un tercer muslo, esta verga se bamboleaba hasta la altura de sus rodillas, golpeando rítmicamente el muslo derecho de este personaje, haciendo un ruido de chapoteo al desprender gruesos goterones de un líquido blancuzco y espeso que resbalaba pringosamente por el muslo de su dueña.
Este ente de pesadilla, este aborto del infierno no podía ser otra que la bruja Makaldufa. Imagen terrible de todos los niños de la comarca, fuente de historias de terror, advertencia de horribles castigos de todos los párrocos de la colonia, sueño angustiante de las vírgenes y amenaza latente, como espada de Damocles, a todos los habitantes del reino sobre el terrible destino de los que se atreven a desobedecer los sagrados ritos. Al observar tan terrible ser, Catalina recordó en un instante todos sus miedos de niña:
-Acúsome padre, porque he pecado.
-Señorita Puquet, apenas si puedo creer lo que me decís-. La suave y tranquila voz del padre Gaspar resonó en el interior de la capilla personal del Conde Puquet. El viejo y noble anciano, continuo, sonriendo anticipadamente por los supuestos "pecados" de la Condesita. ¿Qué podrían ser?. Tal vez robar unas manzanas de la alacena. ¿O atreverse a tomar la espada del señor Conde sin permiso de este? Catalina de Puquet, "La Condesita" tenía fama de ser una chiquilla incansable, traviesa como muchos niños, pero de nobles sentimientos". El padre Gaspar, la alentó a seguir:
-Dime tus pecados, hija.
-Padre, acúsome de haber visto en las caballerizas un acto carnal.
Con un ligero carraspeo, el padre Gaspar, se acomodó en su poltrona y tratando de no mostrarse nervioso, dijo: -Hija, explícame con detalle que es lo que viste-.
-Sí, padre. Uno de los caballerangos llevó a una sirvienta de la cocina al establo, le decía que le iba a dar una leche especial y exquisita. Ella se veía muy contenta y le decía: "Vamos, Pedro, en verdad me vas a llenar la boca de tú leche de macho" Y el hombre le contestaba: "Pilar, te vas a atragantar deliciosamente, no me he "jalado" en varias semanas, ya veras".
Con un suspiro de reproche por los "hijos descarriados", el padre Gaspar preguntó:
-Y voz, Condesita, ¿qué hiciste?
-Padre, yo tenía curiosidad por saber de esa leche "exquisita de macho", porque mi institutriz, Madame Monique, me ha dicho que la leche solo se obtiene de las vacas y cabras preñadas, así que me escondí en el pajar para ver donde guardaba su leche ese caballerango. Cuando estuvieron en el establo, el caballerango empezó a acariciar fuertemente en todo el cuerpo a la sirvienta, hasta que ella le dijo: "Vamos, Pedro, ya quiero saborear tu leche".
-El se bajó los calzones y saco una única ubre, padre. Pero era una ubre grande, larga, con la punta roja e hinchada, cuando la sacó, llenó de olor a macho todo el establo. Yo pensé que la criada iba a ordeñar esa ubre única y gorda como me ha enseñado la Señorita Monique, pero vi que la mujer se metía la ubre del hombre en la boca, como desesperada, y la succionaba fuertemente.
El padre Gaspar respiraba y tosía fuertemente, sin poder decir palabra, debido a que la pequeña Catalina "sacó" todo su miedo, hablando rápidamente y recordando la escena que describía. Además siendo La Condesita, el Padre no podía interrumpirla. La niña Catalina prosiguió;
-La mujer gruñía, como si le costase mucho esfuerzo sacar la "leche de macho" y a mi me daba risa ver como ella no sabía tomar entre los dedos una ubre y ordeñarla, y como hacía grandes esfuerzos por meterse toda esa ubre en al boca, como si quisiera esconderla y no darle a nadie, aunque le repito, padre, la ubre única del hombre era muy larga y gruesa. Después de un rato, la ubre del hombre se levantó y se puso dura, mientras la mujer la sacudía con las manos y abría su boca enfrente de la ubre.
-El hombre hizo un gruñido muy fuerte y un gran chorro de leche, muy espesa salió de su ubre y la mujer lo tragaba con muchas expresiones de sabor y deleite, en la base de la ubre, el hombre tenía dos bolas llenas de pelos, que yo creo contenían la leche, porque después de sacar mucha leche y mojar toda la cara de la mujer, sus bolas quedaron flácidas y colgando. Después de eso, ambos salieron muy contentos del establo. Yo salí de mi escondite y fui hasta donde habían estado, en el piso había gotas gordas y espesas de la leche esa.
Con voz visiblemente nerviosa, el padre Gaspar, preguntó:
-¿Qué hiciste entonces, Catalina?
-Yo tomé con los dedos una gran porción de esa crema, que no parecía leche, mas bien se sentía como cuajada de leche, espesa y resbalosa. Su olor me llamó mucho la atención, porque no existe nada que se le parezca, Padre. Por mas que he buscado, nada huele como esa leche. Antes de que se enfriara, la tomé y la saboree un rato en la boca, cuando la criada la recibió en su boca, yo veía que la tragaba con gran deleite, así que también me la trague, pero su sabor no me causó tan gran deleite como yo esperaba, Padre.
-Bien sabéis que es un pecado expiar a los mayores, Condesita.
-Padre, ¿he cometido pecado bestial y aberrante, como dice mi prima Catalina?-.
-No lo creo, Condesita, pero debéis de lavar vuestra boca con un poco de agua bendita, mientras tanto, yo hablaré con ese caballerango Pedro…
Sí, Padre, ….Padre…¿la Bruja Makaldufa vendrá por mi y me robará en su costal?-.
-Las brujas no existen, Condesita, nadie vendrá por vos a hacerle daño…
Al recordar esto, Catalina de Puquet se veía siempre obligada a sonreír, ya que esa NO fue la totalidad de la historia, lo que nunca se atrevió a confesar al bueno del padre Gaspar, fue que viendo tan grandes y extremas muestras de placer en la criada al recibir esa "leche", Catalina quiso repetir lo visto, así que se quitó su pequeño corselete y embarro la crema que aún tenía entre sus dedos en sus apenas incipientes senos, diciendo (sin saber aún su significado) palabras que ella en esa tierna edad, imaginaba "mágicas", repitiendo estas, tratando de sonar como esa criada:
-Qué rica tu lecheee, cabrón! Embárrame mas de tu gran vergaaaa-.
Convirtiéndose esta en su frase "ritual" favorita, cuando en las noches de tormenta, gustaba correr a la torre del Castillo e "invocar" a las hadas y gnomos del bosque…
-Pobre padre Gaspar –pensó Catalina, mientras observaba la terrible escena- las brujas Sí existen, pero en esta ocasión, he sido yo quien ha venido en pos de ellas-.
Aún no terminaba la espantosa ensoñación de horror de esta historia, porque un ser, un ente enfermizo e infernal, que por su tamaño y forma recordaba un cerdo, pero con un lejano parecido a una mujer pequeña, un puerco proveniente del mas desatinado aquelarre, la mas espantosa de las criaturas proveniente del establo de Asmodeo, corría y chillaba desaforadamente alrededor del gran caldero, señalando con una garra que lejanamente recordaba una mano humana, a la Condesita de Puquet. Este aborto infernal corría alrededor del cuarto, tomaba al azar algún dildo que se encontraba tirado y lo introducía frenéticamente por su sexo maloliente, atacando fieramente su propio cuerpo, como si de un puñal se tratase, mientras emitía chillidos que exaltaban a la Bruja Makaldufa y hacían que su falo se levantara, en ocasiones elevando sus sucios harapos hasta formar una carpa con sus ropas y en ocasiones saliendo desvergonzadamente de entre los hilachos y mostrándose descarada y hórridamente en toda su asqueroso tamaño y grosor.
La terrible Bruja emitía risas convulsas de su horrible boca, mientras que soltando el terrible cucharón con forma de pene, restregaba morbosamente sus pechos gordos, dejando caer grandes goterones de su baba resbalosa sobre ellos. Su asquerosa verga se levantaba y golpeaba fuertemente entre sus pechos, agitándolos como grandes masas de gelatina. Cuando parecía que esto llenaba momentáneamente su lujuria y libido, la Bruja Makaldufa volvía a tomar el extraño cucharón y continuaba revolviendo el asqueroso caldo, mientras canturreaba algo ininteligible para si misma. El pequeño y repugnante ser en forma de cerdo, después de introducir furiosamente algún dildo en su contrahecho cuerpo que ni humano ni animal era, corría entre las piernas negras de la bruja, emitiendo grotescos chillidos y mostrando dos amarillentos colmillos retorcidos que sobresalían de un hocico porcino cubierto de cerdas largas y duras. Gruñendo y haciendo ademanes de odio hacia nuestra heroína, esta criatura defecaba sobre los pies de la bruja y su orina al caer sobre las brasas que alimentaban el fuego del caldero, provocaba fuertes vapores de terrible olor, que se distinguía aún sobre la peste que reinaba en este lugar. Esta entidad estuvo gruñendo y chillando recordando vagamente a un puerco en el matadero, hasta que la bruja, babeando encima de ella, logró tranquilizarla con estas palabras: -Vamos, Gabriela, no molestes a su Excelencia. Deja de gruñir o te llevaré a ese lugar que no tiene nombre…-.
Al escuchar el principio de la frase, el asqueroso ser que respondía al nombre de Gabriela, aumento sus chillidos y mostraba sus colmillos retorcidos con gran odio, sin embargo, cuando la bruja terminó de hablar y mencionó un "lugar sin nombre", ese monstruo, que no podía ser un cerdo, pero mucho menos algo que recordase a un ser humano, chilló y gruño con un gran tono de temor y corrió en forma inmediata a un rincón de la covacha, para mantener un pequeño quejido que pronto se convirtió en un ronquido.
Mientras este aberrante diálogo se llevaba a cabo, Catalina sintió como su vagina se humedecía y lubricaba, debido a los olores que emitía el gran caldero en medio de la habitación, al dirigir su atención a este caldero infernal tratando de adivinar que asquerosa sopa se estaba fraguando ahí, una ola de terror y asco la invadió, pues pudo ver flotando entre una caliente y espesa nata blanca, cientos de penes cortados de raíz, muchos de ellos aún con el par de testículos unidos a ellos, con los cabellos púbicos flotando y pegándose a todas estas vergas que nadaban en tan espantoso caldo. Sin embargo, a pesar de la terrible vista y del aroma que desprendía esa olla de porquería, el cuerpo sensual de la Condesita de Puquet, respondía lubricando nuevamente su pequeña vagina, preparándola a un placer que aún ella no podía deleitar. Catalina de Puquet, intoxicada por el olor bestial de ese caldo, volvió a recordar:
Recordó momentáneamente la ocasión en que el hijo del Caballerango se masturbó furiosamente enfrente de ella (a petición de la propia Condesita), tomando su grande y olorosa verga con ambas manos, de lo grande que estaba. La Condesita observaba fascinada los rítmicos movimientos de vaivén con los que el humilde criado impulsaba su prepucio a todo lo largo de esa verga, grande como el brazo de un niño, a escasos centímetros de la carita angelical de ella. Luego de unos minutos, el muchacho, con un gañido expulsó una grandísima cantidad de crema blanca, caliente, espesa, de especialísimo olor y resbalosa consistencia sobre los delicados guantes de batista de la Condesita, quien al acercar esa extraña sustancia a su nariz para olerla (en aquella ocasión no se atrevió a tocarla con sus dedos descubiertos ni mucho menos probarla), reconoció en esta crema el olor característico del sexo de los caballos y toros sementales en las caballerizas, pero en esa ocasión su pequeña vagina se humedeció tanto que tuvo que dejar al muchacho boquiabierto en las caballerizas y correr a sus habitaciones para, con mayor sorpresa, sentir (esta vez sin los guantes de batista, que tiró asqueada a la chimenea), la aceitosa sustancia que resbalaba entre sus muslos y que –sin quererlo- le provocaban un extraño calor y placer entre sus delgados muslos.
Pero ahora, rodeada de artefactos malignos, y ante el horrible ser de la Bruja Makaldufa, la lubricación que emanaba de su cuerpo, no la seducía con gratas sensaciones, sino que se convertía en una molestia, reprochándose haber traído la pequeña y coqueta tanga rosa que lubricada se deslizaba entre sus labios vaginales, en lugar de las bombachas blancas que normalmente usaba.
La Bruja Makaldufa, dejando un momento de batir su asqueroso brebaje se acercó servil a la Condesita de Puquet, poniéndose de rodillas, y al tratar de tomar su mano para besarla, la espantosamente grande verga que le colgaba, reaccionó al fresco olor a limpio de la Condesita y se levantó hasta golpear con su glande la boca desdentada de la Bruja (lo que hizo retroceder llena de asco a la pequeña Condesita Catalina), la Bruja Makaldufa trató de disculparse, diciendo, entre babeos y jadeos de su boca desdentada:
-Su Alteza disculpará a Gabriela y a mi "pequeña compañera", nos visitan tan pocas grandes señorías, tan fragantes y delicadas en este lugar…ellas dos son, bueno, somos grandes amigas y no es su intención hacer ningún daño a Su Alteza…-.
Catalina ni siquiera hizo ademán de disculpar tan infernal plática, mirando a su alrededor para dar a entender a la Bruja Makaldufa que le ofreciese algún palanquín o alguna otomana para poder sentarse y exponer su presencia, porque jamás sería una visita en este pavoroso sitio. La Bruja caminó renqueado debido a su espantosa giba y regresó con una pequeña otomana de tres patas, que diligentemente ofreció a la Condesita de Puquet.
Una vez sentada la pequeña Catalina, la asquerosa Bruja tomó un sucio plato de madera, así como una cucharilla vieja y despostillada y tomando un herrumbroso cucharón de metal lo introdujo en el caldo burbujeante del caldero y sirvió una gran ración de esta "sopa de vergas", la cual acercó humildemente a la Condesita, la cual al tener este pringoso plato debajo de sus nariz y aspirar su bestial aroma, tuvo un instante de curiosidad al recordar la blanca y tibia crema que aquel criado vertió sobre sus guantes, entre suspiros y exclamaciones de placer. Sin embargo en esta ocasión, el caldo espeso que le ofrecía la Bruja Makaldufa le recordó las vaharadas de olor fuertísimo que despedían las ancas de las yeguas después de haber sido "montadas" por los sementales, mezcla de establo, paja y cuero. Con un señorial gesto, negó la ofrenda, solamente giro su cabeza en señal de desaprobación. Visto esto, la Bruja se encogió de hombros, se retiró unos pasos y en forma mecánica se dedicó a sopear esta infernal sopa mientras observaba extasiada las gráciles y hermosas formas y maneras de la Condesita.
III. El olor de los recuerdos.
Catalina de Puquet, hija del Conde Robespiere de Puquet y la Condesa Margarita Clavenil, ahora Condesa de Puquet, tuvo que hacer un esfuerzo sobre-humano para no atravesar con su espadín a la terrible Bruja cuando esta tomó entre sus sucias manos, una verga del tamaño de un buen flautín del caldo infernal que tenía en su plato y la sorbió con un terrible sonido, mientras que en su boca desdentada se adivinaba una sonrisa de placer y éxtasis al devorar tal "alimento". Catalina Puquet en forma mental, se reprochó sentirse tan húmeda y lubricada en su vagina, ya que la vista de todas estas "terribles" aberraciones, la impulsaban a prender fuego y santiguar este cubil, pero el olor que desprendía el gran caldero lleno de penes y testículos humanos al centro de la habitación, así como el aroma de la monstruosa verga, que pareciera tuviese vida propia y que salía de entre la ropa harapienta de la Bruja Makaldufa, lograban que su pequeño sexo estuviese "listo" para cualquier batalla, y sus nalgas al moverse lograban distribuir por todo su trasero su delicioso líquido lubricante que ahora se desprendía en forma constante de su pequeña vagina, siendo ya imposible el retenerlo con su pequeña tanga, la cual ya totalmente mojada, se introducía deliciosamente entre los pequeños labios de su vagina, haciendo sentir a la Condesita Catalina de Puquet como su clítoris se hinchaba al sentirse frotado por su pequeña pieza de algodón.
Catalina de Puquet, mientras esperaba con el donaire de una reina que la Bruja Makaldufa terminase de disfrutar su "cena", recordó otra ocasión que pasó el verano con su prima Angélica en Saint-Chavrez; Su prima hermana, seis años mayor que ella, la llevó, llena de expectación a las habitaciones de la servidumbre, un domingo en la tarde, a pesar de la desaprobación de Catalina a ir a semejantes moradas:
–Vamos, no tengáis miedo- la impulsaba con risas su prima, -ahora no hay nadie, toda la servidumbre ha ido a misa y no regresarán hasta que el sol se oculte-.
-¿Entonces, que virtud o interés tiene venir a estas "pocilgas"?- La pequeña Catalina de Puquet fruncía su deliciosa y pecosita nariz al llegar a las construcciones donde dormía la servidumbre.
-Me habéis pedido un beso, ¿no os acordáis?- Angélica de Mont-Martsenat, prima de Catalina, sabía muy bien la curiosidad y anhelo casi angustiante que despertaban sus labios en su pequeña prima Catalina de Puquet, ya que los labios de Angélica se mostraban grandes, llenos de vida, rojos nacarados debido al uso de afeites, mientras que la pequeña boca de Catalina, tenía labios que apenas se adivinaban en su rostro infantil, delgados y sobrios, provocando las burlas de Angélica y la pequeña envidia de Catalina, así como la curiosidad insistente de poder sentir esos labios tan extraordinariamente femeninos de su prima.
-¿Me dejaréis probarlos?-. La curiosidad juvenil de Catalina logró vencer su repulsa al lugar en donde se encontraban, aceptando resignada las pequeñas "locuras" de su prima mayor.
-Os lo he prometido, ¿no es así?- fue con una gran sonrisa que contesto Angélica de Mont-Martsenat, hija del Mariscal Jules de Mont-Martsenat, quien seguramente se arrancaría las barbas de haberse enterado de las extrañas travesuras de su hija, en los aposentos de la servidumbre.
Llegando pues, ambas damas a una pequeña estancia, alumbrada por tan solo un candelero de tres velas. Un gran ropero de madera ocupaba gran parte de la estancia, con una pulcra pero sencilla cama como mobiliario, con sábanas blancas y frescas, Angélica dijo con gran coquetería a su prima: -Sentaos aquí, en este suave lecho y prometed que pase lo que pase, no importa lo que miréis, guardaréis el secreto, Prometedlo!-.
Catalina, fascinada por la desenvoltura natural de su prima, así como por el hecho de que ella es seis años mayor, solamente sonrió y con un gesto dijo: -¡Prometido!-.
-Bien, Catalina, podéis intervenir, si así lo deseas, pero no debéis de hacer nada para detener lo que estáis a punto de presenciar-.
Angélica al decir esto brillaba con una luz interior de inmensa dicha, lo que hacía ver sus labios más dulces y apetitosos que nunca.
Catalina, pensando que seguramente su prima provocaría sus emociones, con alguna extraña "danza" o movimientos llenos de erotismo, simplemente se recostó sobre su codo en el lecho, esperando ansiosa el momento de poder sentir esos labios que tantas noches la habían hecho soñar. Con una amplia sonrisa de complicidad, dijo tratando de contener la risa nerviosa que la invadía: -Bien, señorita Angélica de Mont-Martsenat, estoy esperando su grata sorpresa-.
Con afectados movimientos, dando la máxima teatralidad a su andar, Angélica se dirigió al gran ropero y extrayendo una pequeña llave de su pecho, giro la puerta del mueble, permitiendo salir de su interior a un joven mozo (Catalina lo había visto anteriormente en la cocina, pero no se atrevió a coquetear con un simple sirviente), quien aún tenía el cabello húmedo de un reciente baño, y como prendas solamente portaba una blanca camisa y unos calzones de terciopelo negro.
El joven de no mas de 20 años, salió un poco cohibido, tomado de la mano de Angélica, quien lo llevó con lento andar enfrente del lecho, a escasos dos pasos de Catalina, quien se encontraba mas que asombrada, espantada y avergonzada de estar a solas con un sirviente masculino de unos pocos años mayor que ella.
Catalina estuvo a punto de hablar, pero fue detenida por su prima Angélica, quien deliciosamente colocó un dedo sobre sus labios carnosos en señal de silencio y mandando un pequeño y travieso "beso" silencioso a su prima Catalina, logró mantener un hipnótico poder sobre esta, quien extasiada y a la vez súper nerviosa por la situación, ya no se atrevió a moverse, mucho menos a exponer algún argumento en contra de lo que estaba pasando.
Angélica, haciendo una pequeña y deliciosa caravana al muchacho, se puso de rodillas sobre un espacioso cojín de grueso telón que previamente había puesto en el piso, con el fin de no lastimarse las pequeñas y tiernas rodillas. Al colocarse en esta posición su rostro quedó increíblemente cerca de las partes nobles del sirviente, quien tomó los rubios cabellos de la dama, rodeando su cabecita con ambas manos.
Catalina estuvo a punto de llamar la atención a esta falta de respeto del criado hacia su prima, pero se contuvo, al ver que su prima volteaba discretamente el rostro hacía ella y le hacía señas de que solamente viese lo que estaba a punto de ocurrir y no tratase de intervenir.
Con un gran suspiro lleno de emoción, la preciosa Angélica sin dejar de mirar hacia las partes nobles del muchacho, bajó lentamente el calzón del mancebo, dejando descubrir una magnífica verga semi-rígida, que a pesar de tener su cabeza aún apuntando hacía abajo, se notaba de un grosor tremendo, con sus venas gruesas palpitantes. Rodeando a su glande, un magnífico prepucio, grande y largo, se retraía lentamente jaloneado por las preciosas manos blancas de Angélica, deslizándose hacía atrás sobre la soberbia cabeza, de un rosa oscuro y suave, inundando la habitación de ese olor tan animal y profundo que solamente ese miembro puede brindar.
La gran verga del muchacho comenzó a levantarse, engrosando a ojos vistas, empujando por abajo la barbilla de Angélica, mientras que los huevos peludos que se encontraban en su base, se contraían sobre si mismos, quedando como un par de piedras duras, sosteniendo el bastión de esa columna, que ahora se columpiaba al ritmo de las pequeñas manos de Angélica que retraían y adelantaban todo el prepucio, cubriendo y descubriendo alternadamente la punta del glande, que empezó a gotear una gran cantidad de líquido transparente y muy oloroso, el cual resbalaba entre los dedos de la prima de Carolina, haciendo casi imposible la operación de retraer el prepucio debido a lo resbaloso que se encontraba entre las manos de la encantadora niña.
Con una gran sonrisa, Angélica permitió que la tremenda verga se levantara, haciendo su cara a un lado, mientras le dedicaba una pícara sonrisa a su prima Catalina. Acto seguido, debido a que sus manitas ya no podían retraer el prepucio del criado, resbaloso por exceso de líquido lubricante, así como al grosor tremendo que había adquirido esta verga, Angélica, con gran coquetería, untó sobre sus labios ese líquido viscoso y brillante de penetrante olor a macho, que ahora mojaba todas sus manos y traviesamente, mando un beso a su prima, que hipnotizada seguía la escena, sentada en la orilla de la cama, con sus manos alternativamente acariciando suavemente sus pequeños senos sobre el corselete de seda, así como deslizándolas entre sus muslos, hasta presionar su pubis y tocar ligeramente su pequeño pero abultado clit. La estancia se encontraba impregnada del olor al sexo del mancebo, como una fuerte y recia loción masculina.
Con un gran suspiro y reteniendo la respiración, Angélica se volvió hacia la tremenda verga que golpeteaba su rostro y abriendo su pequeña boca al máximo, introdujo esta portentosa verga en su boca, haciendo fuertes sonidos guturales tratando de meterla toda en su pequeña boca, tomando con fuerza las nalgas del mancebo, enterrando suavemente sus uñas en la cadera de este y obligándolo a hacer movimientos convulsivos hacía adelante y atrás de sus partes nobles, Angélica por momentos lograba introducir en su boca todo el largo del sexo gordo y goteante del chico, mientras su boca provocaba grandes cantidades de saliva alrededor de la verga, se escuchaban los gemidos de la pequeña señorita mientras luchaba por mantener ese pedazo increíble de carne dentro de su boca:- "Mmmhhhjjjjhh", "Pluafffffggghhh", "Gloooopshss"-.
Después de unos cuantos embates, en los cuales el fino vestido de Organdí de Angélica quedó cubierto de una mezcla olorosa de su saliva y el líquido lubricante que aún salía a borbotones de la punta hinchada de la verga del muchacho, Angélica retiro con cuidado el gran pene rígido que amenazaba con hacerle explotar la boca y tomando aire, se sentó un momento enfrente de esta grandiosa verga, tomándola y restregándola con ambas manos y dirigiéndose a su prima Catalina, mientras frotaba insistentemente todo el cuerpo carnoso del pene entre sus dos manos, le dijo;
- Prima, es increíble, Salvatore- (que así se llamaba el chico) -nunca la ha tenido tan grande ni tan dura, le he prometido una moneda de plata si ha resistido la tentación y no se ha tocado su "instrumento" en un mes. Santo Cielo, por lo dura, caliente y escupiente que la tiene, parece que no se ha tocado en un año! Espera, ¡tengo que aprovechar mi moneda de plata!-.
Y volviendo a tomar una bocanada de aire, Angélica logró durante breves segundos meter esa monstruosa verga en su boca, hasta hacer que los huevos duros golpearan contra su barbilla. Su rostro desfigurado por el esfuerzo y el placer, cerraba los ojos fuertemente, mientras que sus manos se agitaban rítmicamente, apretando las caderas del muchacho. Una de sus manos soltó su presa y como avecilla se dirigió hacia la cama, cerrándose y abriéndose espasmódicamente buscando las manos Catalina, quien la tomó rápidamente, llena de temor, emoción y excitación al ver este acto hermoso y lleno de erotismo.
De la boca abierta de Angélica, salían, junto con grandes cantidades de saliva, sonidos guturales incomprensibles: -"Ghhhjjjññañañaññ" "Ñammhhhuuu" "Glopsshsss"-, mientras impulsaba con claro esfuerzo su cabeza, tratando de mantener dentro de su boca la máxima porción de verga. Al sentir las delicadas manos de Catalina entre la suya, Angélica las acercó a los huevos hinchados y duros de Salvatore, colocándolas encima de estos y obligando a su prima a no quitarlas de ahí, con una ligera pero convincente presión.
Con grandes arcadas, como si estuviese a punto de vomitar, Angélica retiró nuevamente la sensacional verga de su boca, y escupiendo fuertemente sobre la cabeza enrojecida, gritaba su pequeña frase favorita, cuando algún gusto la acometía en exceso: "-Huuuuiiiiiiiiii"-.
Durante mas de diez ocasiones, haciendo que el tiempo se detuviese para la pequeña Catalina, Angélica introdujo en un acto digno de una prestidigitadora, la brutal, gruesa y larga verga del chico en el interior de su boca, moviendo rápidamente su cara a derecha e izquierda, como si quisiera acomodar dentro de su boquita todo esa tranca deliciosa, caliente y súper olorosa a macho.
En dos ocasiones, pidió a su prima que le diese de beber un poco de agua de una jarra que estaba en el mueble, ya que según palabras de Angélica:- "Necesitaba mas saliva para poder tragar toda ese salchichón delicioso"-. Cada vez que acometía e impulsaba su rostro hacía adelante, hasta lograr que la base de la verga chocase contra su barbilla, Angélica gruñía y balbucía increíbles y estimulantes ruidos, mientras que grandes y pringosos hilos de saliva escurrían de sus labios, mojando las bolas duras y calientes del criado, los dedos delicados de Catalina y su camisón de batista, en donde ya se adivinaba por lo mojado de la tela, sus dos grandes pezones erguidos.
Cada vez que sacaba la verga del criado de su boca, para tomar aire, Angélica colocaba el sexo de Salvatore, de tamaño brutal junto a su rostro, mostrando así toda la proporción de carne de macho que fantásticamente introducía en su boca. Escupiendo gran cantidad de saliva sobre la cabeza de la verga, acomodando sus rubios cabellos y tomando un poco de aire, preguntaba coquetamente a su prima Catalina;
-¿Crees que pueda tragármela toda?, ¿hasta las bolas? ¿Lo crees, Catalina? No quiero desperdiciar ni una peseta de mi moneda de plata-. Entonces volvía a gritar su delicioso -"Huuuuiiiiii"- y tomaba la mano de Catalina y la restregaba por todo lo largo de la caliente, gruesa y olorosa verga, para volverla a colocar sobre los huevos del muchacho. Catalina con los ojos desprendidos de sus órbitas, no alcanzaba a decir una sola palabra, solamente sus profundos suspiros y quejidos suaves revelaban sus pensamientos al ver tan de cerca, y oler tan profundamente esa tremenda tragada de verga que estaba realizando su prima en la forma más salvaje, candente y apasionada que imaginarse pueda.
Después de algunos instantes de frotar constantemente todo el largo de la verga del muchacho con las dos manos, Angélica volvía a introducirla en su boca y meterla, meterla, ¡meterla!, hasta que toda la longitud increíble quedaba devorada por los hambrientos labios carnosos de Angélica, quien empezaba nuevamente con furor a gruñir y hacer deliciosos ruidos chapoteantes, llenos de saliva y pasión, mientras agitaba su cabeza de izquierda a derecha: -Gñññssñññ", "Granmmhññhñh", "Chuiiiplssshpslsssoo".
Así mas de diez veces introdujo fantásticamente la totalidad del sexo del muchacho en su pequeña boquita de labios rojos, siendo que en todas estas ocasiones, cuando retiraba el pene de su boca, era inconcebible toda la dimensión de la verga que retiraba lentamente, para no lastimarla con los dientes, entre arcadas que hacían temer a Catalina que su prima tuviese que vomitar, sin embargo, cada vez que Angélica retiraba con grandes muestras de esfuerzo el grueso glande de su boca, una espléndida sonrisa de satisfacción se dibujaba en su rostro, mientras que tomando aire y tranquilizando su pulso, decía: -"Huuuuiiiiiiiiii", vamos, Catalina, tienes que probar esto, es maravillosoooo"-.
En la penúltima ocasión en la que Angélica tragó con furor la verga del muchacho hasta su base, frotando su barbilla contra los pelos mojados de los huevos de él, al sacar con notoria dificultad el glande de su boca, debido al tamaño y grosor exagerado que tenía la espléndida tranca, después de escupir gran cantidad de saliva sobre todo el gran cuerpo caliente de la verga, Angélica tuvo que toser y tranquilizar su respiración durante varios instantes, pero con una gran sonrisa de triunfo, Angélica le dijo a Catalina, sin dejar de mirar el rostro del muchacho, contraído por el placer: -¿Sientes sus bolas temblar? Tiemblan cuando están a punto de explotar, ¿no es maravilloso?-.
Catalina no podía articular palabra, mientras admiraba toda la estructura de la sensacional verga que se balanceaba mojada a escasos palmos de su rostro, podía sentir como los huevos cubrían toda la palma de sus manos, desbordándose de estas, llenos de un calor tremendo y con fuertes vibraciones espasmódicas. La boca de su prima se mostraba llena de sensualidad y por todo su alrededor, bañada en líquido seminal y su propia saliva. Catalina trató de acercar su rostro al de su prima y lamer y limpiar esa deliciosa mezcla que rodeaba sus labios para poder –por fin- besar aquellos labios que tan magistralmente la habían excitado.
Angélica con una encantadora sonrisa, impidió que Catalina la besase, poniendo la punta caliente y mojada del glande de Salvatore entre sus labios y los de su prima, al tiempo que le decía:
- Comportaos, prima, ¿Qué va a pensar el caballero aquí presente?-.
Dirigiéndose al mancebo que mantenía los ojos cerrados, absorto en el exquisito placer que le brindaba Angélica, le preguntó:
-Salvatore, ¿es verdad que no has movido tu "instrumento" por al menos un mes?
El muchacho, despertado de su ensueño, contestó con voz servicial:
-Treinta y cinco días contados, señorita-.
Con un sonoro beso en las mejillas de Catalina, lo que hizo que esta se llenara de rubor, Angélica palmoteo divertida, mientras decía:
-¡Catalina! ¿Oíste eso? Si un chico como Salvatore puede eyacular 3 veces en un día, tenemos, tenemos…
- Ciento cinco – contesto Catalina, siempre de mente rápida, sin dejar de ver los labios de Catalina cubiertos de líquido seminal, lo que les daba un brillo extra. –Tres eyaculaciones diarias por treinta y cinco días, da ciento cinco eyaculaciones, prima-
- Huuuuuuuuuiiiiiiiiii! –expresó alegremente Angélica-. ¿ Salvatore? Veamos si en verdad me has cumplido o si le mientes a tu ama, además, recuerda que te he prometido una moneda de plata-.
Mientras decía esto, se despojó de su vestido, retirándolo rápidamente por la parte de arriba, dejando ver su encantador camisón de dormir de seda de rosa pálido, totalmente empapado por la saliva y líquidos lubricantes, los grandes pezones de Angélica se mostraban con oscuras aureolas, debajo de la delgada tela. Catalina se sintió un poco avergonzada al ver a su prima desnuda enfrente de un criado, sin embargo, pensó que Catalina debía de tener muy bien "convencido" al muchacho Salvatore para que no comentase nada inmoral sobre su prima.
Mientras se despojaba de su vestido y lo arrojaba a un extremo de la habitación, Angélica canturreaba alegremente; "Ciento cinco perritos tenía yo… De los ciento cinco que tenía, de los ciento cinco que tenía, me he tragado todos, ya no me queda nada, nada, nada…"
-¿Ciento cinco entre dos?, Catalina, ayúdame por favor, no tengo cabeza para los números ahora-. Angélica trataba de hacer esa operación aritmética mientras se esforzaba por jalonear con ambas manos el prepucio del pene de Salvatore, quien ahora se encontraba haciendo movimientos espasmódicos con sus caderas, hacía adelanta y atrás, como un enfermo de San Vito.
-Cincuenta y dos y una fracción- Catalina no se imaginaba el porqué de esa pregunta de su prima en ese preciso momento, así que no pudo ni siquiera imaginar lo que iba a suceder a continuación.
-Muy bien, ¡la fracción es mía!- Al decir esto, Angélica apretó fuertemente las bolas peludas del chico sobre las manos de Catalina, mientras colocaba la punta hinchada del glande sobre sus labios carnosos, rodeando la cabeza de la verga, haciendo con sus labios un círculo pequeño, para logra que no entrase ni saliese aire entre sus labios y el glande hinchado.
En ese momento, la verga del muchacho se tensó aún mas, su cuerpo engrosó hasta un diámetro escandaloso y sus bolas se contrajeron entre las manos de Catalina y Angélica. Mientras el rostro de él se distorsionaba en muecas y expresiones de carnaval, las mejillas de Angélica se inflaron de forma instantánea, como quien se dispone a tocar fuertemente un cornetín, inflando al máximo los carrillos y sus ojos se llenaron de lágrimas, acto seguido empezó a hacer sonidos como si estuviese tragando una gran copa de vino de un solo golpe, sin disfrutarlo, y sus mejillas se volvían a inflar rápidamente como si tomase aire para soplar nuevamente un cornetín y volvía a hacer ruido de tragar un líquido y volvían a inflarse sus mejillas, mientras gruesas lágrimas se derramaban por sus ojos cerrados. Así hizo estos extraños gestos (inflar sus mejillas y tragar con mucho ruido) varias veces, por lo menos 7 u ocho ocasiones ante la mirada atónita de Catalina y el cuerpo a punto de desfallecer de Salvatore, a quien después de esto se le empezó a "desinflar" en forma notoria su verga, pero sin perder su tremenda longitud, quedando nuevamente en una semi-erección, como al principio de todo esto.
El rostro de Angélica aún se encontraba lloroso, con sus mejillas hinchadas cuando separó su boca de la punta de la verga de Salvatore, unas pequeñas gotas de crema blanca y espesa como mantequilla se adivinaban en la punta del glande, pero Catalina no tuvo tiempo de observarlas mas de cerca, ya que su prima, la tomo por el cuello y acercando su rostro, tocó sus labios con un suave y exquisito beso.
Cuando sus labios estuvieron completamente unidos, Angélica abrió suavemente su boca y Catalina pudo sentir, saborear y degustar la más extraña sustancia tibia y exageradamente olorosa que pudiera imaginar. Por un momento tuvo el deseo de retirar su rostro ante aquella sustancia de consistencia nunca antes sentida o imaginada, de esa crema tan olorosa, lúbrica y de consistencia un poco pegajosa que fluía de la boca de su prima a la suya, llenando todos los resquicios de sus labios entre las dos chicas, pero las manos de su prima, tomaron suave y firmemente su cuello, obligándola a mantener sus labios unidos, mientras una gran cantidad de esta sustancia espesa, cremosa, resbalosa y muy tibia fluía hacia el interior de su boca, hasta hacerla sentir llena, completa.
Sin retirar ni un instante sus labios, Angélica introdujo su pequeña y afilada lengua dentro de la boca de Catalina, buscando despertar la lengüita rosa y pequeña de esta, entre la suavidad cremosa de esa "leche" que invadía la boca de ambas primas. Catalina, sobre-excitada por el olor, sabor y consistencia de la crema que inundaba su boca, aceptó rápidamente la invitación del pequeño órgano juguetón de su prima para entablar una picaresca "lucha" entre sus lenguas, permitiendo que la crema que las inundaba fluyera por toda su boca, empapando sus encías, debajo de su lengua y al resbalar hacía el fondo de sus bocas, con pequeñas degustaciones, tragarla toda hasta dejar sus bocas limpias y tibias, olorosas a esa "crema", que tanto gustaba a Angélica.
Correspondiendo a su "travesura" Catalina y Angélica se quedaron acostadas en las frescas sábanas, Catalina mordisqueando suavemente los labios carnosos de Angélica, mientras que esta, de vez en cuando giraba e introducía la verga (ya nuevamente erecta) de Salvatore, quien se encontraba respetuosamente de pie al lado de la cama, con su gran salchichón colgando encima del rostro de Angélica, para que ella no tuviese que deshacer su abrazo con su prima al girar y meter un gran trozo de carne en su boca. Angélica recogía una considerable cantidad de "cremi di amor", como así la nombraron las dos primas en aquella ocasión y girando su rostro, besaba incansablemente a Catalina, mientras que por sus bocas se deslizaba esa sustancia, que tantos recuerdos dejó en Catalina.
Al final de aquella tarde, Angélica, haciendo gala de su desenvoltura, bromeo con Catalina en la cena, asegurando que la próxima vez cumpliría con la porción de cincuenta y dos y fracción que le correspondía por ley, ya que en esa ocasión ella lo había disfrutado todo. Al preguntarle su señora madre la distinguida Sofía, señora del Mariscal Jules de Mont-Martsenat
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