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La Sacerdotisa del Lago Victoria
Primera parte
graciela, esclava real
La bella y elegante graciela introdujo el llavín en la cerradura del domicilio de Gerardo Sotomayor, Su Dueño. No sabía para que la llamaba, pero algo importante tenía que ser y de mucho interés. El Señor no hacía las cosas así, a lo loco jamás. Ella daba fe de eso. Estaba conectada permanentemente al correo electrónico particular del ordenador de su pequeña empresa, normalmente lo tenía abierto, minimizado y el botoncito naranja de la barra de estado le indicaba cuando su Amo ordenaba que se comunicara con Él. El móvil, sólo y exclusivo para recibir en directo sus mandatos, la acompañaba permanentemente. Su obligación inquebrantable era estar atenta a sus disposiciones cuales quieran que éstas fueran y era lo que hacía siempre, a rajatabla, estuviera donde estuviera: cuando estaba con sus amigas el teléfono delante, a mano. En la oficina, como hasta hacía poco. De viaje, el ordenador portátil y el móvil era parte imprescindible de su vestuario, siempre encima allá donde fuera.
Llevaba veintiún meses separada de las actividades mundanas que le marcaba Él. Ya no la usó para sus fines económicos desde el mismo día que supo por ella que estaba embarazada de Su Hijo. Sólo la utilizaba en las sesiones entre Amos y esclavos donde se encontraba como en familia, pasándolo muy bien jugando al encadenamiento, al sometimiento de otros Amos o Dominas y a ser poseída por éstos al igual que las otras hermanas. La cordialidad entre todos ellos, en cada reunión, era la reina de la fiesta dentro de un grupo especial en los que todos eran amigos compartiendo una misma mesa.
La había preñado como lo tenía pensado y comunicado con anterioridad. Tuvo para él un precioso niño que pesó cerca de seis kilos ¡Dios mío qué belleza de querubín! En los meses posteriores se desarrollaba más y más hermoso, tan gordito que sonia la esclava y ella misma coincidieron en llamarlo amorosamente Amo Buda ¡Y es que tenía un genio tan grande que sus dos sumisas vivían tiranizadas y postradas permanentemente a sus pececitos las 24 horas del día! ¡Cómo mamaba de ella el nuevo Señor! Doce meses ahora mismo de nacido y seguía pegado a sus pechos de esclava que bebía los vientos por su personita.
Media hora antes de acudir a la llamada obligada, la niñera lo acercó hasta su despecho y se lo entregó. Estaba trabajando, reunida con unos proveedores, cuando El Señor la convocó. Terminó pronto con ellos y llamó desde su despacho a la sumisa y que le trajera al Pequeño Amo para darle sus pechos. En esos momentos solo existía para y por el hijo del Señor.
El acuerdo suscrito entre Amo/esclava, cuando decidieron unirse trece años atrás, fue, a la larga, tan íntimo, entrañable y llevadero que ella le entregó su libertad y su persona sin condiciones. También es verdad que era muy joven, sumisa por naturaleza y deseosa de servir a un hombre poderoso cuando ocurrió todo. Gerardo se convirtió en su nueva forma de vida como esclava, trabajaba en lo que más le gustaba porque su Señor y Dueño lo permitía. Vestía ropa de calle que estaba bajo su supervisión. Jamás llevaba sujetador, bragas o tangas, el sujetador era usado cuando realizaba sus actividades profesionales fuera de casa. Sus bonitas piernas vestían, como norma general, medias o pantis y los medianos pies siempre calzaban zapatos, cerrados/abiertos o botas con altos tacones de aguja.
Poco a poco fue cambiando sus costumbres personales de siempre hasta hacerse una réplica silenciosa de las exigencias del Gran Señor. Al principio de la relación, -se decía para sí- Él era su propia existencia, el aire que respiraba, el deseo o la ilusión misma de seguir viva sólo para Su Persona. A los días de hoy –continuaba preguntándose- debía seguir amándolo mucho porque, si no, era imposible entender todo lo que había vivido y padecido bajo su mandato.
Abrió de par en par la puerta del piso que estaba en completo silencio, metida en esos pensamientos.
El suelo enmoquetado no permitía que se escuchara el taconeo que producía graciela con su calzado. Llegó hasta el despacho del Amo y lo vio de espalda a la puerta, sentado ante el ordenador portátil, trabajando en la página Web confeccionada por él mismo y donde ella se encontraba como centro principal de sus intereses profesionales y económicos. Como era su costumbre, primeramente se descalzó, dejó los zapatos al lado del marco de la puerta, juntos, con las puntas hacia la pared, conformando así una especie de rito sagrado. Empezó a despojarse lentamente de su elegante traje chaqueta de buen paño, tono blanco y corte tradicional. La blusa de seda, también blanca, tupida y con chorreras. El sujetador mediano y ajustado que arropaba unos senos espléndidos y perfectos. La esclava graciela ya no sabía lo que era llevar bragas o tangas, como le estaba vedado, al quitarse la falda quedó totalmente desnuda.
El bien formado cuerpo de la sílfide quedó patente y sorprendía, a cualquier observador, ver como estaba enjoyado. Los pezones eran adornados con capuchones de oro fino y labrados ajustándose perfectamente en las tetillas sin atravesarlos jamás. Nunca permitió Su Dueño taladrarla. Por el aspecto de hembra fuerte y muy bien formada, era solicitada a Gerardo para perforarla, anillarla y colgarla de las potentes protuberancias mamarias o, también, poner pesos en ellas para gozo de los otros. Anillar, igualmente, los labios mayores y menores de su vulva para maltratarlos en el potro, sin importarles poner en peligro aquel sexo perfecto donde muchos hombres hundieron sus bocas sedientas y golosas, sus penes bravos que desaparecían en aquella cueva de la vida hasta llevarlos, esa esclava hermosa, al Olimpo de los más grandes placeres de la vida.
Tampoco permitió Gerardo Sotomayor desmadres sobre su persona ni quiso oír hablar jamás de ello. Y su belleza seguía siendo el mejor seguro de triunfo para sus más que lucrativos negocios. La esclava graciela, con su hermosura, era siempre el broche de oro, el punto codicioso y exquisito para hombres y mujeres en cada una de las operaciones que realizaba El Amo. Pero Gerardo no era un negrero que la explotara hasta la saciedad por ser su esclava, la respetaba a su manera, la consideraba, desde su punto de vista machista, haciéndola su socia en el negocio que explotaba, el tráfico de armas, dándole un veinte por ciento de las ganancias.
Dos gemas, piedras orgánicas preciosas y de gran valor, quedaban colgando de los capuchones engarzadas a unas cadenita muy fina y corta, no más allá de 2 cm de largo y oro macizo de 18 k. Una cadena, de igual grosor más larga, iba de un pezón al otro pezón formando un suave arco. Otra, más larga aún, estaba cogida a ese arco pectoral hasta una argolla prendida en el labio mayor izquierdo de su sexo, simbolizando, de esa manera, su condición de esclava. El ombligo era el único lugar, del hermoso cuerpo de la ninfa, que estaba atravesado de lado a lado gentilmente por un alfiler largo del mismo metal.
La vulva, normal, de labios abultados naturalmente y bien cuidados, estaban algo abiertos por el uso frecuente que el Señor hacía de ellos, tanto personal como dentro de sus intereses o en su círculo de amistades. Estaban totalmente liberados de vellos y a la mitad del labio mayor izquierdo, como ya se ha dicho, pendía una argolla mediana sujeta a presión, sin traspasar la carne y donde se enganchaba la larga cadena, El Amo la había puesto Él mismo para colocarle una pequeña placa que ostentaba una leyenda rotulada con letra inglesa: "gr. Propiedad de Gerardo Sotomayor", debajo y centrado "graciela", entre corchetes {GS}", estando las siglas de Su Nombre, enlazadas entre sí.
El cuello de la mujer, algo largo, lucía una gargantilla ancha de oro labrado y ajustada al diámetro de la esbelta garganta. En el centro de ésta una argolla fina y dorada de tres centímetros de diámetro. Las muñecas estaban igualmente enjoyadas con dos pulseras anchas e idénticas al collar con sus argollitas. La sumisa graciela, ya desnuda totalmente de ropa, la dobló con cuidado colocándola exquisitamente sobre una mesita dispuesta allí para tal fin. Acto seguido, despacio, se fue despojando de las joyas dejándolas descansar sobre su traje de calle. Volvió a calzar los altos zapatos de agujas dirigiéndose, silenciosamente, al rincón destinado para ella. Se arrodilló y sentó las soberbias nalgas sobre los talones, abrió bastante los muslos para dejar al descubierto su sexo bello como era su obligación. A continuación, enlazó los pies, enderezó su torso, extendió los brazos hasta alcanzar con sus manos las rodillas y esperó que El Señor se dignara fijarse en su indigna persona.
Verla desnuda, silenciosa, humillada de aquella manera en el rincón de la habitación, nadie podía decir que se trataba de la dueña de una importante cadena de floristerías. La esclava graciela, por su profesión, era conocida en el ámbito nacional de la profesión y admirada por su elegancia, belleza, e inteligencia. Sin embargo, llevaba al servicio de Gerardo Sotomayor de Celis, trece años. Ocho meses atrás, Gerardo la dejó sola, al cuidado de Su Hijo. Tuvo que realizar un viaje por el África Central que duró todo ese tiempo. En principio, había dicho, sería de tres meses pero duraron los ocho meses más largos de toda su vida.
Suspiró profundamente pero en silencio y su torso espléndido de hembra de tronío, con los pechos bien desarrollados, majestuosos e hinchados por la lactancia se irguieron. También su estómago plano, entallado y aquel sexo totalmente expuesto se movieron en consonancia al suspiro. Vista la sumisa así, parecía la bella estatua danesa que mira con melancolía e insistencia al mar, esperando a su marinero.
Entretanto seguía esperando, graciela recordaba que meses atrás había recibido un regalo de Su Dueño. Se trataba de una mujer esclava rescatada de una infame mazmorra utilizándola como "canguro" para que la ayudara a cuidar al Hijo del Amo. Esta mujer perteneció al pasado de Sotomayor, fue discípula, como ella misma, de aquel gigante de hombre eternamente vestido de negro, frío, brutal, despiadado, calculador e increíblemente inteligente. Se comentaba en voz baja, en el círculo de hermanas, que había sido mercenario, otras, en cambio, mirando con temor a los lados, juraban que había sido asesino de lesa humanidad. La esclava reía todos aquellos comentarios de marías cotillas porque con ella nunca fue así, sólo empleaba su poder.
Para tal fin, graciela disponía de la ayuda inestimable de ésta. Se llamaba sonia, primera esclava que su Dueño tuvo y que lo había traicionado años atrás. En una reunión de negocios, donde acudían Amos, esclavas y gente del mundo Sado y BDSM, la vio por segunda vez. Se encontraba tan despiadadamente maltratada, humillada y vejada que, horrorizada, solicitó de Su Señor la sacara del submundo en que se encontraba. Más tarde la destinó para el servicio doméstico pero también permitió encuentros íntimos entre ellas dos.
Esta esclava era ahora sumisa, amante y criada incondicional de graciela pero no esclava ni propiedad. Siendo ella quien era en el mundo real, llevaba muchos años como la propiedad legítima de un hombre reconocido como Dominante poderoso en el mundo del Sado. En la actualidad ella era una hermosa mujer despojada voluntariamente de su condición de persona libre cuando se entregó en cuerpo y alma a Gerardo. Sin embargo, su situación, dentro del mundo BDSM, no le permitía tener propiedad alguna porque ella, en sí misma, era ya una propiedad.
El regreso a la dura disciplina
Llevaba cerca de treinta minutos en esa posición, majestuosa como la diosa Venus, sin mover un músculo del cuerpo, sin rendirse al cansancio, callada, el rostro al frente, descubierto y la mirada baja en todo momento, esperando, con la paciencia del santo Job que el Amo y Señor quisiera darse cuenta de su presencia
-Bien, bien, graciela –Dijo Gerardo levantándose del asiento y dejando que la silla de ruedas se deslizara con velocidad y parándose al chocar contra la pared. Se frotaba las manos en ese momento y ni siquiera se volvió para mirarla- Te mando venir porque he decidido que intervengas en un proyecto que llevo preparando hace muchos años. Para este fin, esclava, tengo que saber en qué condiciones físicas te encuentras ¡Sígueme, sierva!
El asombro que le causa aquella aptitud de ahora y siempre era el mismo ¿Cómo podía saber que estaba a su lado si no la había sentido ni visto entrar? Salio detrás de Gerardo moviendo suavemente la cabeza, a prudente distancia, camino del gimnasio que había en la casa y donde él hacia crudos e insólitos adiestramientos gimnásticos que ella nunca pudo asimilar por la brutalidad que había en ellos. En cambio, a Su Señor le gustaba verla hacer aeróbic, escuchar la música trepidante, moderna, alegre y bailable, acorde con los ejercicios de preparación rítmica que la mantenía fuerte físicamente. De esa forma podía soportar los sometimientos y las disciplinas del BDSM, si no en los extremos dolorosos de los castigos, si intensos y agotadores que Su Dueño y los socios de éste la sometían en las sesiones. Ahora estaba fuera de onda después del embarazo y no se encontraba capacitada por el descanso obligado, la maternidad, la vida placentera y los ratos gozosos de sexo que tenía con la sumisa canguro.
Llegó el Señor de su viaje y, como contra punto, en este gimnasio la poseyó con su brutalidad acostumbrada durante dos días. La dejó baldada pero satisfecha en los deseos sexuales que la acució durante todo el tiempo de la ausencia.
El salón, grande y amplio, estaba muy bien dotado de maquinarias gimnásticas. El Amo estaba manipulando un cajón de la vitrina que había a la derecha de la puerta, sacando unos objetos de ella y depositándolos en una mesita de cristal.
-Colócate en el centro del salón, esclava, y separa los brazos del cuerpo –Dijo Gerardo alto y claro, hablando desde su sitio. Seguía sin mirarla.
La joven obedeció y se colocó en el centro mismo de la estancia, separando sus hermosos y bien torneados brazos de los costados. Sin poderlo remedia graciela se estremeció de la cabeza a los pies. Comprendió en un instante que no se trataba de calmar su sed dejándola dolida y placentera por los azotes para luego follarla hasta la extenuación.
De reojo vio venir al Amo con tres fustas delgadas sobre la mesita pequeña de ruedas ¿Por qué tres fustas? Normalmente utilizaba una, máximo dos: el látigo o fusta normal y otra pequeña para el castigo de pechos y sexo. Pero ella no era nadie para cuestionar las decisiones sabias de aquel gigante. Todas las fustas que se empleaban sobre ella en las distintas disciplinas eran cedidas por Su Señor, y éstas estaban de tal forma preparada que jamás cortaban la piel ni dejaban huellas sanguinolentas y crueles, tan solo enrojecía en la epidermis suave y bien cuidada produciendo tan sólo dolor.
Para ser una fémina, la consideraban muy alta, uno ochenta y cinco de fortaleza bien proporcionada. Sin embargo, parecía poca cosa al lado de Su Dueño, le llegaba por el hombro y la mole atlética de Él sobresalía con mucho del resto de los hombres que conocía. En los trece años a su servicio había gozado de cientos y cientos de varones extraordinarios que la volvieron adicta al sexo pero Su Señor, aquel ser inmenso en altura y corpulencia, aquella bestia humana era única como semental y amante. Y se vio pequeñita, insignificante e indefensa a merced del corpulento hombre vestido siempre de negro.
Ya frente a ella, Gerardo estiró el brazo y levantó la cara de la bella mujer, retiró suavemente el largo cabello que le tapaba el rostro dejándolo detrás de la pequeña oreja y circunvalándolo con sus enormes manos. Los dedos tocaron ambos lados del cuello firme, llegó al hombro derecho, fue bajando hasta palpar los senos notando lo hinchados que estaban por su estado constante de mujer lactante. Tocó el pezón derecho y lo notó húmedo y lo apretó con fuerza tirando fuerte de él hacia sí, sin compasión, viendo aparecer por él un hilillo fino de líquido blanco que hizo una parábola antes de caer al suelo. Aquel pezón quedó dolorido por la acción brutal de los dedos masculinos mostrándose ahora quieto, brillante y jugoso.
Durante un buen rato estuvo acariciando toda la masa carnosa de los senos en todas las direcciones con ambas manos. Lo hacía suavemente, con dulzura, estimulando las glándulas que se llenaron de sensaciones eléctricas maravillosas y los pezones se endurecieron. Con ferocidad malintencionada las apretó fuertemente logrando de su dueña un grito de auténtico dolor. Un olor fuerte a leche agria llenó el ambiente y Gerardo se miró las manos empapadas del líquido natal que alimentaba a su hijo. Entonces sí, ahora la miraba profundamente al rostro, con admiración. La mujer continuaba con los ojos bajos.
-"No necesito saber más" -Se dijo mentalmente- "Sigue siendo una hembra fuerte y soberbiamente hermosa y deseable." -Se quitó el reloj de pulsera, no si antes mirar la hora y lo dejó en la mesita, junto a los rebenques,
-¡Responde! ¿La niñera está ahora en casa con mi hijo, esclava? –Preguntó sin quitarle los ojos de encima
-Si, Mi Señor, cuidando con su vida de nuestro Pequeño Amo, como es su deber…
Gerardo hizo un gesto despectivo con la mano ordenando callar. Sacó del bolsillo izquierdo su móvil, marcó un número y lo colocó en el oído de la esclava.
-Dile a la zorra que venga porque esta noche pernoctareis aquí. La perra esa dormirá en este gimnasio –El móvil emitió dos llamadas y, a la tercera, alguien contestó
-Escucha, sonia, ¡Ven de inmediato con el Pequeño Amito! Nuestro Señor desea tenernos juntos con Él.
Gerardo guardó nuevamente el móvil en su bolsillo, se giró y, apuntando con el índice eligió una de las tres fustas. Cogió el látigo pequeño de tres puntas finas y negras. Lo cimbreó en el aire dos veces produciendo fuertes silbidos. Volvió a ponerse frente a la sumisa, tocó con la herramienta el vientre adornado bajando hacia una vulva limpia, viva por lo palpitante. Acarició cariñosamente el sexo con la herramienta, los labios gordezuelos que lo forman. El hombre dio unos golpes entre los muslos y la mujer comenzó a abrirlos más hasta dejar un buen espacio. Gerardo mimo la piel interior de las piernas con el pequeño rebenque y, de pronto, lanzó un trallazo en el muslo izquierdo que hizo que la esclava moviera las piernas descontroladamente y articulara un ruido gutural de sorpresa.
-¡¡Uff!! Tengo mucho que hacer contigo en muy poco tiempo, esclava. Te iré explicando lo que deseo de ti mientras disciplino tu cuerpo –Dijo al tiempo que cogía la cara de la sumisa observando dos grandes lagrimones que bajaba por el terso, dorado y agradable rostro femenino- Tiempo atrás te concentrabas antes de este castigo de apertura. Ni lo notabas, vamos.
Gerardo quedó en oblicuo y descargó un fustazo en el muslo derecho, se giraba y descargaba otro en el izquierdo y en el mismo lado y así continuó azotando a la mujer, desde la vulva a las rodillas por un total de seis latigazos. A esa altura, graciela era un mar de lágrimas y los amagos gemidos no los podía controlar. Los grandes ojos se salían de las órbitas y los carnosos labios eran una completa O babeante, temblorosos mientras jadeaba y echaba por la boca el dolor abrasador del castigo. Su Amo paró y volvió a contemplarla. No había gritado, ni levantado la mirada del suelo, sólo gemidos angustiosos.
-Vas a estar con cinco hombres que son auténticos miserables como yo. Pero no temas, vigilaré todos sus movimientos y no atentaran jamás contra tu persona.
La muchacha vio como el pequeño rebenque caía sobre su piel otras tantas veces y los dolores se apoderaban de ella hasta llegarle al cerebro, embotándolo, pero siguió humillada, todo lo firme que podía, mordiéndose con fuerza los rojos labios para no gritar, sintiendo ya la primera explosión de un descomunal orgasmo que brotó de su vulva enrojecida por la fusta y entreabierta. El Amo había metido tres dedos de su mano izquierda en la vagina cada cuatro tres golpes. Por el rabillo del ojo derecho observó como dejaba la vara sobre la mesita, tomaba un látigo de varias puntas y se ponía detrás de ella. Cerró los ojos con fuerza, con ganas de gritarle -¡BASTAAA!- Un trallazo fue descargado en la nalga derecha seguido de otro en la izquierda. Durante otros cuatro más graciela se le aflojaron las piernas y calló de rodillas al suelo, muy excitada y casi desmayada. La boca tremendamente abierta destilaba jugos salivares a granel sobre el pecho. El Amo se acuclilló a su lado diciendo.
-Uno de esos hombres lo conoces de anteriores sesiones. Todos ellos tienen una deuda pendiente conmigo cuando formé un grupo de merc a mis órdenes en una época anterior a ti. Ahora ya es tiempo de que paguen. Te necesito entera, no una piltrafa sedentaria como lo eres ahora.
La vulva había tenido otra contracción y comenzó a chorrear los dos orgasmos que le proporcionaban los dedos y los castigos. Unos azotes que no dañaban y que sólo dejaban la piel candente, muy roja, sin huellas sangrantes pero dolorosas, si, hasta hacerla perder el conocimiento por la falta de práctica desde hacía más de veintiún meses.
Gerardo paró, dejó el látigo sobre la mesita y se giró en dirección a la puerta sin preocuparse de su esclava. La joven graciela había perdido la noción de las cosas y del tiempo y despertó tumbada en el suelo, sintiendo algo líquido que mojaba su boca. Una mano fina de mujer acariciaba su sexo abierto y enfebrecido por los azotes. Era sonia que le daba agua muy azucarada para reanimarla. Ahora despierta, graciela sintió una oleada de fuego que rodeaba sus muslos y las nalgas, desde la cintura hasta la terminación de éstas. Quiso mirar a la sierva y no podía, los ojos vidriosos hacían que la mujer que la ayudaba se convirtiera en un calidoscopio de imágenes de colores y en movimientos.
Los dedos largos y finos de la sierva se introducía ahora en forma de embudo en su entrada vaginal y, estando mojada por los orgasmos y el sudor, aquellos dedos femeninos fueron entrando lentamente en la cueva de la vida hasta dejarlos allí inquietos, luego, éstos se abrían en abanico en el interior de la vagina y acariciaban las paredes rugosas y llenas de mucosidades produciéndoles tantas sensaciones encontradas y deliciosas que la volvían loca, proporcionándole nuevo orgasmo que la hizo retorcerse en su sitio. La mujer le hablaba al oído con voz baja suave y cadenciosa. La esclava sonia le hizo el favor de no retirar la mano de su coño y, con dificultad, logró mover las piernas, juntarlas y quedar apoyada en ellas.
-Bebe, mi señora, bebe, esto te animará a seguir resistiendo la dura tarea que se ha impuesto tristemente Nuestro Señor. Ha de verte entera, alegre, servicial. El se desvive por nosotras y, en correspondencia, debemos demostrarle que puede contar con sus esclavas por siempre, que las enseñanzas bajo las disciplinas de su látigo son atendidas con nuestra gratitud y obediencia, mi Señora ¡Toma, toma un poco más de agua, por favor!
-¿Te… ha visto aquí, so…nia? –Preguntó graciela casi sin voz al tiempo que parpadeaba varias veces para poderla ver mejor. Había preocupación en su voz, estaba ardiendo su piel y ardiendo su coño nuevamente. Lo sentía muy dilatado, casi doliéndole por las penetraciones anteriores de Gerardo y de los ahora cinco dedos de la sierva, pero animada, como si las masturbaciones fueran buenos calmantes- Es peligroso para ti… que te coja atendién…dome. Ya sabes como piensa de ti.
-Jamás nuestro Amo y Señor sería peor que los Amos que tuve después que lo abandoné. Si me sorprende y castiga yo daré gracias a Dios en voz alta por sus latigazos, porque quiera dejarme a la intemperie y no me de de cenar esta noche. Durante años he estado días y días alimentada solo con semen, violentamente azotada, apaleada, a base de patadas y manotazos, durmiendo desnuda, muerta de frío, rodeada de mierda fecales mías y de otras esclavas en calabozos infrahumanos ¿Tú crees que si me castigara ahora yo me horrorizaría? No mi señora, besaría sus pies tantas veces como dejara deslomada mi espalda a latigazos limpios. Sería mi postura silenciosa demandando su perdón por haberle traicionado como lo hice. Si quieres, me quedaré postrada, con el rostro en el suelo mientras el Amo te alecciona. Si te desmaya pediré permiso para reanimarte.
-¡Qui…ta la mano de mi coño, so…nia! ¡Ve…te, por Dios! ¡Nunca jamás debemos contradecir al Señor nuestro Amo! ¡Es u… una orden mía, sierva! ¡Fueraaaa! –Y aquí, graciela subió el tono de voz con desesperación, sin importarle que Gerardo la escuchara. La antigua esclava sacó sus dedos del interior de la joven vulva con lentitud acariciante, apretando después con deleite los labios mayores y dejando que su dueña sintiera la necesidad de su ausencia. La besó en la boca intensamente, bebió los ríos salivares que emanaban de su ama y limpió los preciosos pechos mojados por el sudor y la leche que había brotado con la lengua, centímetro a centímetro. Se marchó en silencio absoluto el mismo que cuando apareció.
Gerardo había visto el amor grande de la esclava sonia a su señora y la conversación entre las dos. Se mantuvo en un discreto plano sin ser visto y, cuando la otra comenzó a salir del gimnasio, él se retiró para no ser sorprendido. Sabía de las muchas calamidades de sonia, del inhumano trato que había tenido hasta el momento que él la compró. Nunca supo la mujer que la vengó de aquellos canallas con creces, quitándoles el derecho a la vida y, luego, la regaló a graciela.
-¡Sonia, sonia, fuiste una gran esclava y amante! Te quise, mujer, pero no puedo soportar las traiciones. Te dejaré vivir entre nosotros pero jamás te dirigiré la palabra. Muerta estás para mí.
Desde su escondite en la oscuridad la vio salir, pararse en la puerta y mirar hacia el despacho y a los lados, a continuación correr y desaparecer hacia la habitación de su ama. Salio del escondrijo y entró nuevamente en el gimnasio. La joven graciela, al verlo venir se puso de pie como pudo colocándose bien y, volviendo a bajar la cabeza, lo esperó temblorosa.
-No voy a castigarte más, sierva. Tan sólo te diré que es una fiesta muy particular. No son las típicas sesiones a la que te tengo acostumbrada, solo estaremos tú, los cinco hombres y yo. A estos son a quienes te voy a entregar pero no estaré más de dos metros separado de ti en todo momento.
Lo oía lejos, con el pelo mojado que le caía por el rostro tapándolo. Estaba consciente pero las piernas eran las únicas que daban signos de vida con movimientos incontrolados por los anteriores impactos siempre constante de la vara de varias puntas. Sin embargo, no se le escapó palabra alguna de lo que había dicho Él.
-Sólo te diré que, a la orden de ¡Vete de aquí! te marcharás, observes lo que observes. Lo que ocurrirá a continuación va a ser muy peligroso Si después de la sesión ves algo que te haya repugnado de mí, que no te permita poder estar más a mi lado lo digas claramente. Entonces aceptaré cancelar nuestro acuerdo de Amo/esclava y te devolveré la libertad. Te llevarás a mi vástago contigo y nunca más te molestaré con mi presencia. Sabrás de mí a través de las ayudas que enviaré para mi hijo y los días que acordaremos para verlo.
En esta parte de la conversación, la joven apenas si entendía de lo que le estaba diciendo Su Señor. Se tambaleó de lado cayendo de rodillas nuevamente al suelo porque no se sostenía. Su dueño no hizo nada por parar el bandazo de la hembra y la contempló desde su altura. La mujer, ya libre de los azotes, se puso a cuatro patas y permaneció quieta, orinándose violentamente los muslos y las piernas manchadas de sus flujos y reflujos vaginales, respirando fuertemente, manteniéndose a duras penas para no caerse de costado. Los pechos supurando a borbotones leche ácida. No levantó la cabeza ni un momento ni dijo nada, tan solo echó el cabello empapado de su sudor hacia atrás con torpeza dejando ver un rostro demacrado, hundido por el sufrimiento y por la sesión tremendamente dolorosa del castigo recibido. La mujer sabía que su Dueño le estaba hablando de algo y lo dejó grabado en su cerebro para cuando se recuperara.
-Estás muy débil, esclava. No he querido seguir con tu espalda y pechos porque estás desentrenada y, además, das de mamar a mi hijo. Contrólate, aséate, el ejercicio de sometimiento no ha sido completado por falta de tiempo. Para los días que faltan, los adiestramientos serán completos. El sábado has de estar preparada para el trabajo que te he comentado.
Y marchó sin mirarla una sola vez. Dejó la fusta sobre la mesita, tomó el reloj y salio sin prisa del gimnasio. La mujer tuvo que esperar un buen rato para poder levantarse y poner un pie delante del otro. La esclava sonia apareció diligente, asustada de verla en aquel estado. Venía con un jugo de naranja muy dulce y un cubo con fregona. Sus ojos tristes, grandes y casi viejos por sufrimientos pasados, le suplicaban que se tomara el zumo, casi imponiéndoselo. La sumisa consiguió que aquella bella mujer lo bebiera echando parte de ello por fuera. La ayudó a incorporarse, pasó el brazo de su ama por sus hombros y, atrayéndola hacia sí, la llevó arrastrándola hasta la puerta donde graciela se soltó y, acto seguido, se dirigió tambaleándose hacia la alcoba donde estaba el baño que sólo El Señor y ella utilizaban.
El Amo Gerardo
Los días que siguieron fueron tormentosos en cuanto a los látigos, las correas y las máquinas. Desde luego, tantos meses inactiva era la consecuencia de los sufrimientos que padecía, le parecían horribles sobre su persona lo que anteriormente era cotidianeidad. Pero el penúltimo ya había tomado conciencia de lo que, posiblemente quería su Señor de ella y, cuando ese viernes la puso en la barra para el ensayo final, graciela ya estaba mentalizada y su hermoso cuerpo había retomado el don de la fortaleza y el aguante. La sesión le pareció algo larga, eso era cierto, pero cuando terminó, agotada, temblando por la disciplina imprescindible, se encontró que Gerardo puso su mano acariciadora sobre el estómago bajando despacio hacia su vulva, enrojecida por los latigazos. La acariciaba con suavidad, haciéndola saber que la solicitaba.
No estaba en condiciones, en esos momentos, de tener relaciones, máxime conociendo a Su Señor. Él la tomaba y no tenía consideración a la hora de amarla y, si agotador era los ejercicios a la que la sometía, más agotador era tenerlo de amante después de cada sesión. Cerró los ojos cuando lo supo detrás, acariciando sus pechos, única zona del cuerpo que se salvaron de los castigos temidos por ser la despensa alimenticia del pequeño Amo Buda.
Toda ella ardía como un volcán por el fuego del rebenque y el suplicio de las máquinas. Sentir sus manos recorrer las zonas afectadas era un martirio pero la forma como sabía hacerlo era diferente. La hacía vibrar y sentir la necesidad de sus arrumacos a pesar de lo baja de ánimo que estaba. Gerardo metió el rostro en su cuello y sus labios pasaron por su piel sudorosa casi sin rozarla. Sacó su lengua y comenzó a lamerla por la barbilla babeada, succionándola, llegando a continuación a sus labios que se abrieron para recibirlo. El órgano masculino penetró en su boca temblorosa, exhalando dolor y rabia, respirando sofocadamente por el cansancio. Y se encontraron brutalmente ambas lenguas uniéndose en un apasionado beso que duró una eternidad.
Una mano quedó violentamente crispada en el pecho izquierdo haciendo que éste rezumara y la otra comenzó a bajar buscando su estómago, delineando las suaves y elegantes sinuosidades de él, rozándola con los largos dedos el contorno de su ombligo atravesado por el alfiler, metiendo el dedo índice en él apretando su interior mientras el resto de la mano se hacía con su vientre oprimiéndola mil veces y el dedo redondeando y jugando deliciosamente dentro del ombligo ¿Por qué siempre tenía el don de hacerla estremecer estando tan vejada, tan humillada, tan desecha? ¿Qué poder sobrenatural era ese que la hacía mantenerse totalmente unida a él sabiendo que ella era su objeto predilecto, que la utilizaba a su antojo? Cuando quiso responder a la misma pregunta de siempre, él iniciaba ahora una exploración en su sexo a base de caricias preliminares que la dejó con esos pensamientos en el aire y el aliento interrumpido. De pronto, una gran sensación de excitación la inundó y todo quedó aparcado para otro momento deliberatorio.
Fue una corriente eléctrica la que la impulsó hacia arriba cuando su amado Amo metió sus dedos desde abajo hacia arriba de su vulva, acariciando el centro de los labios menores y obligando a graciela a levantar la pierna izquierda por el golpe eléctrico que le produjo aquella zona tan vulnerable que llamaban punto G de la mujer.
-¡Aaaah! Señor, Señor –no pudo contenerse y su cara se viró bruscamente buscando el rostro del Amo que estaba inclinado sobre ella, buscando la comisura de sus carnosos labios para morderlos y besarlos. Investigó con desesperación la boca hiriente por el vello de la barba y aplastó la suya en la de Él. Estaba dándose cuenta, en aquellos momentos que duraba la caricia placentera, que se olvidaba de los terribles dolores del castigo recibido ¡Ese era el bendito poder de Su Señor sobre su persona! El poder que la tenía atada de por vida a un ser que explotaba fríamente su cuerpo, que la exponía a sesiones intensas de sexo en el que se practicaba el Gang-bang y donde ella misma era la única protagonista de más de cuatro, cinco o seis hombres que la rodeaban y la poseían sin descanso.
Él hacía sus grandes negocios y ella era la recompensa, el premio máximo y hermoso de esa buena operación. Nunca, que ella recordara, había tenido sesiones de BDSM y cama sin la presencia negra, callada y vigilante de Gerardo y, cuando partía sola en viaje de negocio y su Dueño no la podía acompañar, siendo su misión la complacencia contratada a través de la Web, graciela se le erizaba el precioso cabello largo y lacio cuando se veía sola. Él ordenaba y ella, su esclava, obedecía, eso si lo tenía claro y, antes de cualquier sesión amatoria y de Sado o amatoria solamente, el portátil con la Web cam era el ojo que todo lo ve de Su Señor y no se apagaba el piloto verde hasta que ella terminaba su misión, quedaba vestida, arreglada y dispuesta para salir. Entonces solicitaba permiso para apagar la pantalla, cerraba el portátil y la gestión encomendada plenamente cumplida.
¡Cuánto le gustaba sentir la humedad masculina! Ambos órganos salivares luchaban endiabladamente por aprisionarse, por gozarse y el hombretón conseguía atraparla y mantenerla prisionera entre sus dientes y graciela, con sus grandes ojos cerrados en ese momento los abría, asombrada, y una sonrisa burletera aparecía en los ojos del hombre de su vida. La soltaba rápidamente comenzando a morder los carnosos labios de ella recibiendo interminables besos al estilo francés. La vellosa manaza derecha de Gerardo jugaba con tres dedos bien metidos en el orificio vaginal y la otra taladraba su orto dilatado, sin prisa pero sin pausa.
No existía ya el volcán teñido de fuego vivo en sus carnes, ahora toda ella era el volcán mismo derritiéndose en su propia pasión mientras las comisuras de sus bocas babeantes dejaban resbalar sendos ríos de saliva. Gerardo, sin soltar su esfínter, que casi tenía dominado, la hizo inclinarse hacia delante obligándola a mantener las piernas muy abiertas y estiradas. La enorme mano que la taladraba se retiró sin contemplaciones y con los mismos dedos que la estimularon abrió la bragueta dejando paso a un pene erecto normal pero grueso, de cabeza humedecida por gotas perladas.
-¡Graciela, procede! –Dijo con aquel vozarrón. Y la joven no se hizo esperar, tomó el pene del hombre con su mano derecha bien cuidada y lo enfiló hacia unos labios palpitantes a una entrada acorde al pene que la iba a penetrar. Gerardo dio dos golpes fuertes de cadera y graciela quedó ensartada hasta el cérvíx de su vagina que era la entrada al útero.
-"Trece años siendo suya y todavía posee la facultad de hacerme estremecer como la primera vez" –Pensó graciela mientras tomaba aire por la boca abierta y a borbotones.
La joven sentía su cavidad vaginal totalmente ocupada, aquella polla mojada por sus propios líquidos ¡Entrando y saliendo, entrando y saliendo, entrando y saliendo! ¡Sin parar, con rabia! La muchacha, totalmente inclinada hacia adelante, sus piernas abiertas y estiradas y mantenida por el brazo izquierdo masculino. Se agitada por los embistes continuos de la cadera y moría de puro placer, queriendo gritar la agonía del goce recibido pero no estaba autorizada a expresarlo sin el consentimiento expreso del Dueño.
Tenía sus pechos más desarrollados por la posición incómoda y él se acostó sobre su espalda. La mano derecha del Señor aprisionó esa mama también derecha arrullándola sin brutalidad pero apoderándose de ella casi en su totalidad, apretándola de mil maneras distintas, masajeándola de arriba abajo y luego la giraba sobre si misma mientras besaba toda la espalda enrojecida por el látigo y, graciela, mujer ardiente, enamorada, nacida para el amor y el dolor, casi ninfómana por la vida libidinosa de años de servicios, comenzó a ponerse rígida por momentos. Levantó la cabeza precipitadamente, abriendo desmesuradamente los bellos ojos y aún más su boca, dejando exhalar unos grititos de auténtica excitación mientras llegaba al clímax de la exaltación y del placer.
Gerardo Sotomayor sintió como la vesícula testicular vibraba estrepitosamente y un calor ardiente salió de la bolsa pasó al interior del prepucio y aquel calor viajaba a tal velocidad que cuando se dio cuenta el semen salió disparado estrellándose sin control contra una pared frontal a la entrada vaginal caliente, palpitante. Gerardo creyó perder el equilibrio y caer sobre aquel ser al que amaba con pasión desmedida pudiendo reventarla con su peso. Mientras terminaba de correrse en la vagina de su propiedad, tomaba conciencia de la situación manteniéndose a duras pena sobre las piernas, agarrando el torso en su bella mujer.
Durante varios minutos graciela y Gerardo permanecieron en aquella posición, desmantelados, agotados, felices y satisfechos de ellos mismos. Gerardo fue separándose de la esclava y, tomándola suavemente por los hombros, la enderezó pegándola contra su pecho. Llevándole la cabeza en altura, el hombre se inclinó cómodamente y se apoderó nuevamente de una boca grande, gordezuela, entreabierta besándola con cuidado, con suavidad, con un cariño que le salía de dentro pero que ocultaba férreamente a la sumisa como escudo para mostrarse ante ella superior y poderoso, controlando así las situaciones de las duras sesiones en la que él era el amo y señor de la perra.
La sierva percibió una vez más la pasión que el Amo depositaba en ella. Era su esclava, la sometida a Él pero, en muchas ocasiones, era un corderito en sus manos cuando quería algo. Entonces, con voz de sumisa, irguiendo su esbelto busto encadenado con las joyas fetichistas que pendían de sus atributos de mujer y aquel collar de perra, se presentaba ante Él solicitando permiso para hablar, Se lo concedía y ella pedía un deseo que, sistemáticamente negaba, pero horas después llegaba a sus manos. Eso había pasado muchas veces, le pasó con sonia y le pasaría siempre que deseara lo que era un capricho que nunca pasó de lo correcto. Y graciela rió para sus adentros, satisfecha, contenta de saberse así de querida aunque su amor de toda la vida le impusiera su autoridad y su voluntad con otros.
Gerardo, sin decir una palabra, como de costumbre, la tomó en brazos como si fuera una pluma muy valiosa llevándola a la alcoba común. Muchas veces, pensó la muchacha, la obligaba a dormir a los pies de la cama o al costado de Él y, a media noche, graciela, desnuda completamente, sin poderse dormir del todo por estar aterida de frío, sentía como la tomaba entre sus brazos y la llevaba al lado de la cama que siempre ocupó. Ella, arpía, felina y coqueta como buena mujer, haciéndose la dormida, ponía su brazo alrededor del cuello de él, como al descuido, le incrustaba los orondos pechos en los planos y velludos de él y se arrimaba aún más, como buscando calor, depositando su abundante cabello sobre el torso, sintiéndolo estremecerse de placer por creerla dormida y desvalida.
Su cuerpo, con las carnes duras de mujer joven era apretado contra su pecho con devoción y la llenaba de besos tiernos y suaves para no despertarla. La joven y sumisa graciela, rozando con los labios el cuello masculino, áspero y picante por la espesa barba, se deja hacer. La depositaba en la cama y la tapaba hasta el cuello pasándole la ropa por los costados para hacerla entrar en calor, luego, se acostaba a su lado con gran cuidado de no despertarla. Ella quedaba con sus expresivos ojos abiertos todo el rato, de espalda a él, sonriendo, sintiéndolo moverse con cuidado para no romper el sueño de la mujer que le pertenecía y compartía su vida.
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