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Autor: Pedro
 

El día del ascensor

Sobre las ocho y media de la tarde, de un viernes tormentoso de Septiembre, Mario, un adolescente alicantino de sólo 15 años, ardía como de costumbre sentado frente a la mesa de su escritorio. Allí era donde fingía estudiar, y donde en realidad “leía” todas esas revistas que siempre ocultaba en un viejo archivador. Allí también era donde meditaba y creaba sus apasionadas fantasías sexuales con amigas, vecinas, actrices de la tele... etc. Era un lugar importante de su vida.
Aquella tarde sin embargo, Mario se sentía incapaz de excitarse con esas fotos que tantas pajas le habían inspirado, o con una nueva historia, sin saber qué “víctima” escoger.
Por todo ello, el joven decidió coger la calderilla que tenía en el cajón e ir a comprar la nueva Interviu... Cayendo la que estaba cayendo, era seguro que no se toparía con nadie, por lo que su timidez no le impediría llevar a cabo su objetivo...
Cogió las pelas, la sudadera, un paraguas, y salió. Al asomar por el rellano vio que alguien acababa de entrar en el ascensor, de forma que echó una carrerita y abrió de nuevo la puerta, impidiendo que la cabina bajase... Dentro se encontraba sola una mujer que estaba girada retocando su peinado frente al espejo, sujetando una bolsa de plástico rojo. Mario apenas tuvo tiempo para observar sus nalgas escondidas baja un tejano azul, ya que la chica se giró sorprendida... -¡Ah... hola!-, y Mario, algo nervioso por si le había descubierto en su observación, asintió con la cabeza, disimulando y aparentando indiferencia.
Tras haberse cerrado las puertas interiores, iban ya bajando, cuando Mario, sujetando el paraguas entre sus piernas, y acabando ya de pasar su cuello por el de la sudadera, sorprendió a la mujer mirando la zona de la bragueta de sus vaqueros: estaban en paz. Ésta disimuló mirando hacia el suelo y frotándose su pantorrilla izquierda con el pie derecho, pero Mario clavó su mirada en la mujer, buscando intimidarla, y ésta, intimidada, mostró una larga sonrisa de disimulo... El joven la había reconocido ya; era la vecina del 8º E, la de 2 puertas más allá... No sabía su nombre pero había oído en su casa que estaba separada desde hacía unos meses y que nunca había pagado los recibos de la escalera, claro que Mario no la juzgaba por ello... Él la veía como una tía de unos 27, de cabello rojizo y rizado, labios gruesos, y de buen tipo, con unos grandes senos que se ocultaban bajo el sujetador que la camiseta blanca insinuaba y también, lo había visto antes, un bonito culo... atractiva para su edad, no más. Y aunque lo cierto es, que Mario ya había pensado en ella como posible protagonista de alguna de sus fantasías, aún no conseguía imaginársela con la suficiente nitidez, así que no la había utilizado... por ello, intentó aprovechar el viaje en el ascensor para observarla bien, y memorizar su cuerpo.
De repente, cuando estaban ya entre el 3º y el 2º, el ascensor se paró y la luz se apagó. En apenas tres segundos la lámpara de emergencia se encendió y los dos ocupantes se miraron.
-Vaya, parece que la tormenta nos ha dejado sin luz. Espero que lo solucionen pronto... - dijo ella.
Mario asintió de nuevo y miró hacia el techo, como si buscase una solución... Ambos estaban algo asustados, pero disimularon tan bien como pudieron, intentando aparentar seguridad; y lo consiguieron, al menos durante la primera hora...
Eran ya casi las diez, y habían estado allí atrapados esperando que volviese la luz, durante más de una hora, sin intercambiar palabra. La tormenta seguía golpeando el techo del edificio, provocando un ruido ensordecedor y los ojos de Mario y de su compañera se habían adaptado totalmente a la semi-oscuridad que les proporcionaba la lámpara de emergencia. La alarma no funcionaba y los golpes de Mario a la pared del ascensor parecían no ser oídos por nadie. Finalmente, Mario decidió sentarse.
-¿Cómo te llamas?- preguntó el joven.
-Petra- respondió la mujer.
-Bueno Petra, parece que vamos a estar aquí un buen rato... - suspiró el chico.
Y así fue. Ya eran más de las doce cuando Petra pidió a Mario que se girase, ya que tenía que hacer pis. Mario lo hizo sin rechistar, pero cuando empezo a oír el líquido descender, no pudo resistir la tentación y volvió lentamente sus ojos, viendo a la mujer en cuclillas girada de espaldas y sosteniendo la bolsa roja que recogía la orina. El chico giró silenciosamente todo su cuerpo y vio más detalladamente la postura de Petra. No estaba exactamente en cuclillas, sino que adoptaba una postura medio agachada, con las piernas un poco abiertas... -¡Qué suerte!- pensó. Su vecina llevaba los tejanos completamente bajados, y las braguitas, unas blancas de lencería, por las rodillas, lo que dejaba totalmente al descubierto las nalgas e incluso, a pesar de la poca luz y con la ayuda de las ganas y la imaginación, un trocillo del "chochete". El culo era realmente apetitoso; no gordo, pero si un bonito tamaño, y alargado, o redondeado no sé... es difícil describir un culo apetitoso, pero Mario sabía que ése le gustaba. Petra acabó ya de mear, erguió su postura, ató la bolsa con sus dos asas y, dando un golpecito con el pie al vídeo que había sacado antes, la dejó en el rincón izquierdo del ascensor, al lado de la puerta. Acto seguido se volvió a agachar para subirse las braguitas, con lo cual volvió a ser observada detenidamente, y al momento, otra vez para abrocharse los pantalones. Mario estaba tan excitado que ni siquiera intentó volverse y disimular; se quedó mirando el trasero de Petra hasta que ella se giró y le pegó un par de guantazos.
Pasaba ya de las tres, y Mario seguía con sus dos mejillas rojas como un tomate. Ciertamente su vecina le había dado con fuerza, pero el joven estaba sentado en el ascensor, insensible al dolor, todavía alucinado por lo que sus ojos habían visto antes; había valido la pena. Sin duda ésa era la experiencia más erótica y excitante de su vida, o al menos desde que tuvo su primer orgasmo (y entonces también fue casual), hacía unos ocho meses.
-Eres un cerdo- dijo la vecina con cara de indignada, como buscando el arrepentimiento del joven.
-Lo siento Petra, no he podido contenerme.
-Así que no has podido contenerte, ¿eh? Eres un cerdo y un cabrón. Ahora supongo que te machacarás la polla pensando en esto, durante semanas... Menudo hijo de puta.
Mario estaba realmente alucinado; nunca se había imaginado a una mujer de su edad hablando así, pero lo cierto es que la cólera que acompañaba a las palabras, las hacía totalmente veraces. El joven se sentía incómodo, tenía remordimientos...
-No sé que pensarás, pero después de lo que ha pasado no creo que ya te importe mucho... Si te digo la verdad no estoy arrepentido de haberte mirado, pero me sentiría mejor si tú vieras mi pene... ¿qué te parece?
-Pero... - rió falsamente. -¿Tú estás loco? ¿Qué te has creído?-.
Petra continuaba sermoneando al joven, pero mientras, sin poder detenerlo, el adolescente desabrochó sus tejanos y se los bajó, y acto seguido, también se bajó los calzoncillos negros de Calvin Klein, dejando la polla a la vista de su vecina.
El rostro de Petra había cambiado de repente... Su rostro de indignación se mostraba ya de admiración... Ya no era él, el que estaba alucinado por lo que había visto...
-¡Joder chaval, menuda polla tienes! Nunca creí a tus años se pudiese tener tan grande.
El rostro de Mario se componía de vergüenza, miedo y satisfacción. Estaba asustado, la reacción de su vecina era totalmente inesperada para él; lo normal hubieran sido otros dos guantazos... y sin embargo, no le desagradaba...
Petra se arrodilló delante del chico y tomó su sexo con las manos, acariciándolo... Mario estaba completamente flipado y muy cortado, pero eso no era problema porque Petra se había puesto cachonda y no necesitaba ayuda para romper el hielo... Además, el pene de Mario estaba ya duro y el tamaño en erección era todavía más impresionante para Petra. Sus 25 centímetros, más o menos, hacían que Mario se sintiera un poco más confiado...
-¿Eres un cachondo siempre, o especialmente conmigo?- preguntó la vecina sonriente...
-La verdad es que tu culito me ha gustado mucho nada más subir al ascensor, y al verlo antes, mientras meabas... ¡ni te digo lo caliente que me ha puesto! - contestó con sonrisa pícara...
-Así que mi culito ¿eh? Bueno... Lo de antes queda olvidado, no te preocupes.- Y soltando su miembro con cuidado, se levantó; luego estrechó su cuerpo junto al del y le preguntó: -¿has follado alguna vez?, cariño.
-No, claro, sólo tengo 15 años... - contestó animado el chico.
-Sí pero, si quieres, tus cifras me sobran... Ahora podrás...
Mario no contestó, pero si soltó una corta carcajada de complicidad y emoción. Petra se quitó la camiseta, mostrando sus grandes senos bajo el sujetador blanco, y volvió a arrodillarse para despojar a Mario de toda su ropa, comiéndole la polla de tanto en tanto...
Por arriba, el chico ya se había quitado la camiseta que le quedaba, y apoyado en la pared del ascensor, se moría de gusto con los ojos medio cerrados y expresión seria...
De pronto, al quedarse ya totalmente desnudo, Petra dejó de chupársela, y se levantó para quitarse los Levi’s azules que llevaba, dejándose puesta la ropa interior.
Mario, entre tanto, miraba el cuerpo de su vecina, alucinado por el erotismo que le transmitía, y se masturbaba despacito, intentando alargar al máximo el momento.
Una vez que Petra acabó de despojarse del tejano, cogió la ropa y la echó amontonada en un lado de la cabina. Cada vez que la mujer se agachaba, Mario se excitaba más y más...
Así, por fin, Petra volvió a levantarse, apretó su cuerpo contra el de su vecino y empezó a chuparle el cuello y la cara. Mario estaba ya muy cachondo, y cansado de que fuera ella quien tomase las iniciativas, así que dejó de masturbarse e introdujo sus manos entre el culo de Petra y las braguitas y las fue bajando poco a poco.
Ambos estaban super cachondos. Petra, de un salto, hizo que Mario la sostuviese en brazos sujetándola por el culo; completamente enganchados ella parecía una fiera, se agarraba con piernas y brazos, le chupaba sin cesar... Mario, a pesar de su excitación, tuvo tiempo para sorprenderse de la pasión y confianza con la que se comportaba su compañera; pero no le importaba, estaba disfrutando...
El chico se sentía muy a gusto. Le chupeteaba las orejas y conseguía topar con su lengua de vez en cuando... Petra le lamía el cuello, los labios, la nariz...
El hecho de que él inclinase su cara varias veces hacia los senos de su vecina, hizo que Petra se bajara el sostén sin desabrochárselo, mostrando sus enormes tetas al chaval, quien sin pensárselo dos veces, la hizo subir dejando los pechos a la altura de su boca, para así chuparlos sin parar... Primero uno, luego otro, los pezones... Su lengua se había convertido en una juguetona y eficaz arma del sexo.
Desde luego ambos estaban disfrutando mucho, pero el inexperto adolescente no podía quitarse de la cabeza la idea de penetrar a su vecina, por lo que abandonó los preámbulos rápidamente, la dejó en el suelo, le dio la vuelta, y apretándola contra la pared del ascensor, empezó a perforarle el ano como un salvaje; "darle por el culo" era lo que más le excitaba.
Las envestidas de Mario eran realmente potentes... Él agarraba los pechos de su vecina, y la sostenía en el aire tan sólo con el contacto de la pelvis; y ella que había encogido sus piernas, recogiendo su cuerpo y haciendo fuerza contra el ascensor para intentar que la penetración del chico fuese más y más profunda, notaba como las primeras molestias se convertían en intensidad y pasión. Con la cabeza y los brazos inclinados hacia detrás, le sujetaba el cuello y gemía... Y así casi sin darse cuenta, Mario sintió como eyaculaba dentro de su compañera, el mejor orgasmo de su vida...
Con el gusto ya superado, el chico dejo a Petra en el suelo, quien llevando alguno de sus dedos hacia su recién perforado ano, se lamentaba: -¡qué cabrón que eres, que cabrón!-. Mario sujetó a su compañera por las muñecas y apretujándola de nuevo contra la pared del ascensor le dijo: -aún no hemos acabado, ¿verdad?-. Una sonrisa bastó para que ambos prosiguieran con el asunto.
Se abrazaban, besándose melosamente, se acariciaban y se rozaban con todo su cuerpo, y suspiraban... La polla de Mario estaba algo blanda tras el esfuerzo anterior, pero su vecina le ponía tan cachondo, que pronto empezó a recobrarse... Petra se agachó y empezó a hacerle una mamada; lo cierto es que para el chico era tan excitante el sexo anal, como para su vecina el oral... Ella no podía resistir más tiempo sin llevarse ese pene a la boca... y a Mario le gustaba.
De nuevo la pareja estaba en acción: ella, de rodillas, alternaba las entradas y salidas de la polla en su boca, con algunos lametones al glande y excursiones a la zona del escroto; de vez en cuando subía su mirada para ver si su acción complacía al chico, pero ya sabía que sí, porque aquello estaba cada vez más duro. Por su parte Mario resistía de pie los juegos de su amiga. Tenía las piernas medio abiertas dejando a Petra que se colocase bajo su ingle... y las manos sujetándole la cara para procurar que ella se comiera su órgano enterito, haciendo que la punta tocase la gola.
Entre gemidos de gusto y placer extremo, Mario palpó que su orgasmo estaba próximo, y al verse incapaz de aguantar tres seguidos, prefirió apartar a su compañera, estirarse en el suelo con la cabeza apoyada en la pared y empezar a penetrarle la vagina... Al principio Petra se resistía a dejar de chupársela, pero la insistencia del chico le hicieron abdicar. Mario no se soltó el miembro ni un momento, estaba cerca del clímax e intentaba mantener el momento masturbándose... pero su vecina, loca por complacerle, se olvidó rápido de la mamada, y se colocó sobre él poco a poco... Mario se ayudaba de las manos para encajar su nabo en Petra, pero lo cierto es que estaba tan duro, que el mismo pene parecía conocerse el camino. Ella estaba a cuatro patas, repartiendo su peso para que el chico la penetrase sin dificultad; a veces llevaba sus dedos hacia abajo, buscando su clítoris y guiando el pene de Mario... estaba gozando pero su orgasmo iba a tardar aún, por lo que tan sólo se esforzaba por incrementar el placer de su vecino: abría sus piernas facilitando la penetración, y se inclinaba hacia delante, para que él pudiese lamerle las tetas con la lengua... Efectivamente Mario no tardó mucho; las envestidas se hicieron más profundas y frecuentes, y los gemidos también más agudos y fuertes. Cuando vio que ya había terminado suspiró profundamente y dirigió la mirada a su compañera, quien se movía rápidamente arriba y abajo, y clamaba -sólo un poquito más... -. Mario notó que su polla se iba desinflando, pero intentaba seguir excitado mientras acariciaba todo el cuerpo de Petra y le chupaba los pezones. Ella tampoco necesitó mucho más tiempo...
Al verse complacida se dejó caer encima de Mario y posó su cabeza sobre el pecho de él.
-Lo has hecho de puta madre, ¿sabes?
-Me alegro de que te haya gustado. Tu también has estado increíble...
Ambos estaban muy satisfechos, y los comentarios respectivos acabaron de satisfacerles. Ahora, ya cansados, sólo se lanzaban miradas de complicidad y risitas... se acariciaban y suspiraban...
Ese Viernes tormentoso de Septiembre acabó resultando ser la primera vez para Mario. La luz volvió pasadas las 5, y los dos volvieron a sus casas sin toparse con nadie. Más tarde volvieron a encontrarse, pero ambos coincidieron en que el día del ascensor había sido mucho más excitante...

 
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