| |
Mi dedo, te señalaba claramente
Mi dedo, te señalaba claramente. Y señala a tu coñito, apenas va cubierto por un lindo y fino pantalón. Y la cara inmediatamente se te sonrojó… Ven aquí, te quiero sentir en el centro del cuarto. Tu vista se dirige a ratos hacia mí, pero nuevamente la desvías, para contemplar el suelo, tus rodillas y mis pantalones.
Toso, y tú inmediatamente te centras en mirar mis zapatos, observando todos sus detalles. Así permanecemos. Minutos o segundos, en cualquier caso son unos momentos de duración indeterminada. Tu visión, es impulsada por tu corazón y tus ganas de ver mi cara (especialmente mis ojos). Por eso tu área de avistamiento, sube y te vas atreviendo a incorporar tu vista, y ya sostienes mi mirada. Estás con tus ojos, en los míos.
Notaste, al instante, la presión de la yema de uno de mis dedos. Empecé alargarlo a ti, según se alzaba tu cara y fue a acariciarte tu barbilla. Y el dedo se quedó ahí paseándose, en el camino descendiente, ascendiente y se empezó a poner a caminar por tu cuello. Un dedo pasando y tus sentimientos desfilando por todo tu cuerpo, bajando desde tu mente, y quedando bajo mi dedo, ahí entre tus pechos. Así llegué, desplazando tu atención, y tu sensibilidad fue bajando puesta en mi yema y llegué a tu vientre. Estuve, bordeando tu ombliguito.
Tu cuerpo, estaba casi totalmente desvestido, tras haberte quedado solo con tu braga. Sentiste la presión, llegando a la tela íntima. Mi dedo, rozó, un rato hasta quedarse apuntando y "presionando" tu intimidad. Y paraba, para iniciar la acción hundiendo tela, con lo que mi dedo se notaba sobre la rajada de tu coño, parcialmente sumergido.
Tu coño, al que llamabas tu vagina y tu cuquita. Ahora es una flor abierta, receptiva. Noto como te mueves, un poco, vas adelantando y levantando tu pubis y siento que vas empujado, rozándote con mi mínimo tacto. Notas a ese apéndice, te va masajeando y tú eres cómplice con tu propio movimiento. Te das, para sentir todo lo posible a ese dedo.
Es un dedo reincidente, que aplicadamente se pasea sobre la tela. Ya dejaste tu vergüenza, al sacarte, ante mí tu pantalón, que quitaste tu jersey de tirantes mínimos y tan ceñido. Te sacaste tu sujetador. Y, quedaste con la prenda de abajo, la cual esta tu braga. Y bajo la tela íntima, tu "coñito limpio y depilado". Empiezas a inquietarte y cada roce, cada colaboración tuya es más sentida y te hace humedecerte un poco más. Es un cosquilleo, te mueves entre una cierta inquietud y una media sonrisa, que está apareciendo entre tus labios. Tus piernas, sentada en la silla, sobre el borde delantero, se van flexionando…
La intensidad, de ser poseída y tomada, de cualquier modo, va despertando tus ganas de pedir un tocamiento pleno y la penetración. Tus palabras se ponen, en tus labios y en tu lengua, para estar prontas y prestas para salir. El deseo de sentir un orgasmo, esta despierto. Y sujeta a tu fuerte deseo, me dices que te tome: primero con tu mirada, luego con tu respiración alterada y la expresión de tu cuerpo y cara. Finalmente lo dices: ¡Tómame, hazme gozar!
De pronto paro, me separo de ti. Me quedo observándote, en los umbrales del gozo. Te privo, de un contacto dulce y tu cuerpo empieza a inquietarse y te impacientas. No sabes que pretendo. Son unos segundos, en los que yo miro tu cuerpo bonito y veo que tus manos aprietan el asiento de madera, y te aferras a sus bordes. Separas y juntas las rodillas, los muslos y las pantorrillas.
Tu orgullo ha desaparecido, tu pasión crece y tu deseo desea sentir que con los impulsos de mi mano y de mis brazos te hago mecer unas legítimas ganas de sexo. Casi, estás a punto de bajarte las bragas, para sentir que mis ojos te penetran ahí, en tu vagina palpitante y humedecida. Un golpe de flujo te llega y te muerdes uno de tus labios. Y me miras, ofreciéndote y abandonando cualquier reparo. No tienes reservas, a darte más.
Deseas todo el tiempo posible, el tener estos encuentros de tres o cuatro horas, te es vital. Luego, tu cuerpo y tu mente recuerdan y reviven esos momentos. Una vez y otra intentas que vuelvan esas sensaciones. Y los sueños te restituyen a las vivencias de placer. El tacto, la vista, el oído son prioritarios. Pero hasta los olores nuestros y el sabor de mi piel, de mis labios y la salobridad de mi sudor y de mi semen están impresos en tu corazón y en tus papilas.
Recuerda, que poco a poco has ido abandonando tu orgullo. Todo empezó la primera vez, cuando tras bromear, llegaron besos y abrazos. Después de unos momentos de intimidad, tu misma te me quedaste mirando y te sacaste tu chaquetita de punto, botón a botón. Y luego, por algún mecanismo mental, te sentiste impulsada a liberarte de la blusa. Y así te quedaste presentándome tus tetas, con aquel sujetador tan liviano, semitransparente. Latías y te debatías, pero la vivencia te traspasaba como un puñal y las heridas eran espasmos de terciopelo.
Tus pezones, presionaban la tela, se trasparentaban. Y tus mejillas sen sonrosaron: mitad vergüenza, mitad excitación. Y mis manos tomaron tus pechos. Te quedaste quieta, como ahora. Y notaste mis caricias, sin prisas. Que manera tan apacible e inquietante de tocarte. Que distinto al tacto con otros compañeros de intimidad. Tu marido y tus amantes ocasionales, no han demostrado conocerte, ni ser capaces de despertar algo así.
Te sentías, viajando desde la monotonía y desde cumplir un trámite de sensualidad, hasta llegar a algo que iba creciendo y que te empujaba, desde dentro de ti. El placer, se formaba y rodaba y se disponía, para serte dado. Y empezaste a temblar como ahora. Ahora mis dedos, te son parte de los tesoros que guardas y que cuidas. Cuantas veces me besas mis manos y me lames esos mismos dedos…
Tus tetas, sintieron como mis manos las tomaron, las apretaron. Tome tus pezones y los estiré, con la tela finamente sujeta y te los estiré. Te alargué tus pechos, vinieron desde ti hacia mí. Tus aureolas parecieron convertirse en chicle. Y tu boca se abrió, tu vagina te daba golpes y latía descontroladamente. Algo, antes desconocido y sin ser penetrada.
Te quedaron libres tus pechos, al liberarlos de la sujeción. Pero no hice nada, por quitarte el sujetador. Tu misma, con tus dedos, tras unos momentos de indecisión te lo sacaste. Lo plegaste. Lo colocaste junto a tu chaquetilla de punto, sobre la blusa. Tu falda, la habías sacado antes, esperando mi comportamiento impulsivo. Esperaste que fuese, como un toro, que acude al trapo. Y te atrapaste a ti misma, desvistiéndote para mí. Insegura, pero entregada.
Empecé a rozar, tus pezones, con mis índices y pulgares. Note como se turgían, se endurecían ambos. Semejaban querer tornarse moras, amoratándose rápidamente. Te gustaba, lo que había pasado y reconocí que tienes unos pechos, con unas aureolas y unos pezones extra sensibles. Que conmoción, cuando te diste cuenta de que querías eso y más.
Te dije que te bajaras tu braga. Mansamente, accediste a ello. Te pusiste un poco más nerviosa y más excitada. Te mandé que separaras las piernas, y las abrieses más. Y tus golpes de flujo aumentaron. Un par de gotas cayeron sobre el borde del asiento.
Te sentiste como una cascada, desbordándote. Y te avergonzaste, de no poderte controlar. Lo intentaste, sujetar tu placer y pasó lo contrario. Te hice ver lo duros que tienes los pezones, como te salía abundante flujo. Puse mi mano ahí, y se me empapó. Te ensañe, mi mano bañada de tu lubricación y te mostré la saliva de amor de tu vagina. Tu boca estaba seca y respirabas agitada.
Con todo, ni por un momento pensaste en cubrirte. No había normas, solo placer. Si colaborabas gozabas y si te resistías mentalmente, tu cuerpo te vencía y te doblegaba a sentir olas de placer. El sexo, latía y se encharcaba. Además, me di cuenta de ello y te lo hice saber. Te sentiste caliente y entendida, más allá de tus reservas. Y tus brazos, a los lados de tus costados, aferrándose al asiento de aquel sofá, hicieron lo mismo que ahora hacen tus manos sobre el borde del asiento de madera.
Lentamente, me incliné y me acerqué a tus alargado y sensibles pechos. Te lamí y mi lengua se paseó por tus aureolas y por tus hinchados y protuberantes pezones. Me supieron a mora, de carne. Y vi tu mirada y como movías tu cara, tu cuello y cerrabas los ojos. Apretaste los ojos y empezaste a gemir, acompasadamente. Cerrabas y apretabas las piernas. Buscando, algo más de placer, tal vez sin ser consciente de esa acción.
Te bese, sin prisas con detenimiento. Y te sentiste madre, amante y muy entregada. Recordaste los días de amamantar a tu hija, y deseaste que ese momento se volviese a producir. Justo entonces, esa entrega y cuidados empezaron a derribar tus últimos barrotes.
Te desmadejaste, y vivías el momento. Todo era distinto, a los que habías conocido anteriormente (con tu marido, con tus amantes, de adolescente). Te sentiste perdida, pero deseaste perderte conmigo. Voluntariamente tomaste a mi mano con tu mano, y me la pusiste entre tus muslos. Y me dijiste, con voz mínima: ¡POR FAVOL, SIGUE…! ¡HAZ LO QUE QUIERAS, PERO NO PARES!
Repase, una vez y otra todo el relieve de tus pechos. Sentí a tus tetas, como un ocho. Cerré una de mis manos sobre ellas, las acaricié con las palmas y con el envés de la mano. Y notaste, como imprimí sobre tus tetas parte del flujo que mi mano tomo de ti.
Te sentías entregada, con las puertas de tu intimidad abiertas. Te sentías comprendida. Mis acciones anticipaban lo que querías, y te descubrían partes de tu sensibilidad que ni habías soñado. Y aumentaba tu excitación, se endurecían más tus pezones. Querías más y más, alargar los momentos. Te sentías caliente y más y más mojada. Y mis labios, sorbían tus pezones, un rato cada uno. Mordisqueé uno de ellos, lo rocé con mis dientes y puse saliva en ellos.
Mi boca, parecía libar tu deseo y tus pezones hacían que el ritmo de tu vagina se acelerase.
Empezaste a gemir, primero reprimiéndote. Luego al notar que succionaba y absorbía más tus pezones, te dejaste ir. Para gozar de un placer desconocido. La crispación pre orgásmica se adueñaba de ti, tus puños se cerraban en el aire y te temblaban los antebrazos y las pantorrillas. Los muslos anegados, de guedejas de flujos.
Y recuerda eso ahora, esclava: OYE COMO GIMES, DESDE TU S ADENTROS. Ahora te vuelvo a succionar tus pezones, noto tus manos crispándose sobre el borde de la silla (es dura, especialmente incómoda). Y el placer, de mis manos se adueña de ti. Mis manos se pasean por los bordes de tu vulva. Te mueres por pedir que mis dedos entren en mi raja. No puedes, hacerlo con palabras.
Pero, tu mano derecha toma mi muñeca y la impulsa dentro de ti. Ya no puedes negar, quieres que sepa lo excitada que estás. Deseas más y más… Sin vergüenza, sin temor a demostrar que tu cuerpo quiere sentirse tomado por mí. Y estás cada momento más deseosa de recibir tu alimento de amor. Tu excitación, es manifiesta por tus jadeos y por tus acciones y por el lenguaje de tu cuerpo, desde hace más de diez minutos.
Llevas un rato restregándote con tu pubis, sobre mi mano. Tus muslos se me cierran y me sujetan. Es tu confesión de que quieres más placer. Quieres ser penetrada, aunque sea por mi mano.
Mi mano, se junta. Mis dedos se compactan, y entro y me muevo en un baile íntimo. Ahora, como aquella vez te hago mía, mientras sentado a tu lado, en una silla, a tu lado pero en posición inversa. Nuestros cuerpos se miran, y tú te entregas y aprietas mi mano fuertemente y llegas. Furiosamente disfrutas de tu placer. Mueves tus pies, y te entregas ahuecada íntima y sentimentalmente. Estás receptiva a ser tomada una y otra vez. Y eso sucederá, en estas próximas horas. Todas las veces, que vienes a mí, te empiezas a dar desde el primer paso…
Sueñas, acostada o tomando tu ración de siesta. Y me llamas, y empiezas a desear que nos veamos. Cuando llega el encuentro, cuando la vida nos permite tomarnos: ¡TODA TU PASIÓN, TODAS LAS SITUACIONES Y LOS MOMENTOS QUE HAS IMAGINADO LOS INTENTAS PONER EN PRÁCTICA! JUNTOS, NOS AMAMOS Y SURGEN COSAS PENSADAS Y OTRAS NUEVAS…
|
|