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Insaciable
Era lo que buscaba desde hacía tiempo, aunque no solo con el, sino con cualquiera que estuviese dispuesto a complacerme y no pedir nada más después aparte del café de la mañana siguiente. Sin embargo con el, mentiría si solo le ofreciese un café, porque yo espero mucho más. No se trataba de una noche como tantas otras de borrachera y puede que algo más, en las que llega un momento que tienes el cuerpo tan caliente y la cabeza tan nublada, que acabarías haciendo cualquier cosa con cualquiera para hacer la noche redonda. Era algo más, un vicio escondido, dormido por poco tiempo, que despertaría en toda su plenitud para seducirle de manera inimaginable.
La música sonaba con el volumen lo suficiente alto como para cerrar los ojos y dejarme llevar por lo que sentía, pero en la justa medida como para permitirme susurrar las palabras que me llevarían a mi propósito. Nos mirábamos como si no supiésemos lo que acabaría pasando, pero no se decidía a dar el paso. Decidí probar suerte por otro lado, para ver si así reaccionaba. Aunque por otra parte pensaba que quizás sería la causa de acabar como otras noches, en casa, borracha y tan excitada que acabo complaciéndome tantas veces como necesito, en ocasiones con una es suficiente, pero en otras, no basta solo con la imaginación, mis manos y con conocerme cada parte de mi cuerpo tan bien como si me hubiese creado a mi misma.
La noche iba pasando y cada vez tenía más ganas de sentirlo bien dentro, que formara parte de mi. De pronto volvió a acercarse como solía hacer, cogiéndome por la cintura contra su cuerpo, y reposando su boca sobre mi mejilla empezamos a rozarnos disimulando con la música. Sus manos me recorrían como si estuviésemos solos, y cada vez más acalorados me sugirió que nos fuésemos al coche. Hicimos una parada en el lavabo. La raya hizo que mi boca se quedara sugerentemente sensible a cualquier estímulo, y no pude evitar saborear su miembro entre mis labios, que de pronto perdieron su sequedad y dejaron fluir la saliva justa para poder, con mi lengua, lamer ese dulce caramelo que tanto anhelaba. Se volvió loco, y yo pensaba que era demasiado pronto para que enloqueciera, así que hicimos un cambio. Cuánto deseaba volver a sentir esa sensación, sus manos apretándome fuerte, y yo, sentada en aquella taza, y con las piernas apretadas rodeando su cabeza contra mi sexo…no quería dejarle escapar. Acariciaba mi clítoris con su labio, lo humedecía con su lengua, mordisqueaba mis labios mientras yo me volvía loca buscando la manera de no perder los papeles y acabar follando en ese lavabo.
Gemíamos como cerdos, no podía parar de pedirle que me chupara, que absorbiera con su aliento lo más íntimo de mí, no pude más, ahghahaaaaaahhhhhhhh
Decidimos seguir de manera más íntima en una casa de citas cercana. En media hora ya estábamos desnudos en un jacuzzi con dos whisky. Me saco rápido de ahí cuando le sugerí lo que nos podría llegar a gustar hacerlo en un cama con tantos espejos que nos permitieran ver todo lo que hacíamos. Se sentó en la cama, quería que le recordara lo que mi boca hacía, y me deje llevar lamiendo cada vez con más fuerza lo que iba creciendo en mi propia boca. Mientras gemía entre insultos y alagos, me estiraba el pelo, lleno de rabia, porque sabe que sólo yo se hacerle sentir eso.
Tuvo que pedir que parara.
Había imaginado tantas veces esa situación, de tantas maneras, pero nunca había podido igualar el cosquilleo que sentí mientras me acariciaba y besaba mi cuerpo intensamente esa noche. Poder llorar de placer no entraba dentro de mis planes.
Bailé sobre él, y mientras clavaba mi mirada en sus ojos llenos de vicio, acariciaba mis pechos como si de dos pequeñas piezas de delicada porcelana se trataran.
No hizo falta mucho más para que los dos cayéramos rendidos en esa luna llena que teníamos por cama y, cambiar nuestra noche de gloria por un caluroso y dudoso mediodía, que atravesando la ventana de esa habitación con ya no tanta presencia, me hacía eco de lo consciente que ya era de lo sucedido.
Desnuda y con la apariencia que todavía aparentaba en mi rostro de fiesta, salí sin movimientos bruscos de esa cama. No hay que despertar nunca a la fiera.
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