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Autor: Anónimo
 

Placer en el parque

La mujer se quitó los zapatos y decidió caminar descalza sobre la hierba del parque. Le fascinaba sentir el cosquilleo y la frescura de la hierba bajo sus plantas. Se sentía libre y deseosa de hacer algo fuera de lo común.


Pero ¿qué? Estaba cansada de la misma rutina citadina.


Suspiró y comenzó a escarbar entre la hierba con los dedos de su pie derecho. Miró a los niños que jugaban en los alrededores y sonrió.


A sus cuarenta años no tenía pareja –todos los hombres estaban echados a perder, según ella- y vivía sola en su apartamento; a pesar de ello no se sentía mal. Su aspecto físico –envidiable para su edad- no la preocupaba demasiado; se había dejado el cabello corto para "liberarse un poco el yugo" pero nada más. Y así la aceptaban sus amistades.


El viento acarició su piel y movió su vestido –corto, por lo demás- y dejó ver el pubis cubierto de vello color castaño pues no usaba ropas interior desde los veinte años. Instintivamente se llevó la mano allí. Al sentir su mano en su entrepierna recordó el placer que se había prodigado la noche anterior. ¡Qué delicioso había sido jugar con su clítoris! El recuerdo de las sensaciones experimentadas la hicieron lubricar. El líquido comenzó a gotear desde su vagina y comenzaba a mojarle la parte interna de los muslos.


El deseo la invadió.


Cerró los ojos y siguió disfrutando del viento sobre su piel. Parecía que la naturaleza la invitaba al placer. Los dedos de su pie derecho se movían sin cesar entre la hierba, escarbando, apretando... La sensación de estar descalza, libre, sin ataduras, comenzó a dominarla más. Sus pezones se endurecieron, destacándose bajo la tela del vestido. El viento seguía levantándole el vestido pero ya no le importaba. Se sentía muy bien eso al aire libre. Cerró los ojos y disfrutó del viento que pasaba por su entrepierna. Su excitación crecía. Se llevó las manos a los senos. Se masajeó los pezones.


Los niños de los alrededores continuaban jugando. Uno que otro observaba el espectáculo de aquella mujer ensimismada jugando con sus senos.


Plantó el pie derecho sobre la hierba y comenzó a jugar con la hierba con el izquierdo. Abrió los ojos y miró a los niños que la observaban. Sus miradas se encontraron. La seducción femenina hizo aparición: siguió escarbando entre la hierba con los dedos de su pie izquierdo, pero esta vez lo hacía con un propósito. Sabía que a los hombres les fascina ver a una mujer descalza y quería probar si los niños sentían lo mismo. Con movimiento estudiado escarbó lentamente, moviendo los dedos entre la hierba. Las cosquillas la excitaron aún más. Los niños la miraban... y le sonreían. Buena señal. Le extrañaba verse seduciendo a unos niños que ni siquiera conocía, pero lo estaba disfrutando.


De pronto se sacó los senos por sobre el escote del vestido y se los ofreció a los chiquillos. Una ligera exclamación de asombro brotó de sus gargantas. La mujer sonrió divertida y, acercando con la mano su seno izquierdo a su boca, se lamió el erecto pezón.


Miró a un lado y a otro. No había nadie más, salvo los pequeños. El deseo la impulsó. Se quitó el vestido, dejándolo caer al suelo y se situó de frente a los pequeños. Estaba exhibiéndose desnuda para ellos. Los chicos la miraban con una mezcla de extrañeza y curiosidad. Les sonrió y fue agachándose hasta sentarse sobre la hierba. El viento seguía acariciando su piel. Sus pezones –erectos como nunca antes- llamaron la atención de los muchachitos. Quisieron acercarse, pero ella les hizo una seña de que no lo hicieran.


Se acostó sobre la hierba y abrió las piernas. La pelambre color castaño de su entrepierna quedó a la vista de los niños. Con parsimonia la mujer fue deslizando su mano derecha por su pecho y abdomen, sin dejar de mirar fijamente a sus divertidos espectadores. Su sonrisa –y su vello púbico- los cautivaba.


Entonces bajó su mano a su vulva. La masajeó suavemente y se abrió los labios mayores, revelando un hermoso y rosado clítoris y, más abajo, la ya encharcada entrada de su vagina. Los ojos de los rapaces se abrieron mucho más. En vivo y directo, tenían al frente una auténtica vulva femenina con clítoris y vagina. Algunos de los chicos parecieron acobardarse y decidieron hacer caso omiso a tan encantadora visión, en tanto que otros seguían hipnotizados por la rosadez de aquella carne íntima de mujer.


Los dedos de la mano se apoderaron del clítoris y comenzaron a jugar con él. La mujer cerró los ojos, suspiró y se abandonó a sus propias caricas. Los dedos medio y anular frotaban suavemente la protuberancia de carne. El fluído lubricante –abundante y algo traslúcido- manaba de la vagina goteando y mojando la hierba que lo recibía. Pellizcóse el clítoris y se lo frotó de nuevo. Los movimientos de frotamiento continuaron largo rato, para placer de ella y para diversión de los niños que la observaban. Abrió los ojos y miró fijamente a los pequeños mientras sus dedos se perdían en el interior de su vagina, dejando escapar un leve gemido. Los dedos entraban y salían de la gruta en un movimiento uniforme y preciso. El placer de la mujer era más que evidente.


Los niños que optaron por ignorarla continuaron sus juegos, aunque se mantuvieron cerca de ella y uno que otro le lanzaba una mirada furtiva. Los otros, en silencio, la rodearon. La mujer sonrió aún más. Estaba feliz. Estaba haciendo algo fuera de lo normal y se sentía libre, verdaderamente libre.


Jamás había estado desnuda al aire libre y mucho menos se había acariciado así delante de personas desconocidas –niños, en este caso. Pero eso ya no le importaba: estaba masturbándose con total libertad, como siempre lo había deseado.


Los dedos comenzaron a hundirse en su vagina con más fuerza y velocidad. A medida que aumentaba su placer, se masturbaba con más ímpetu. Comenzó a gemir. Los niños la seguían rodeando, como protegiéndola del mundo exterior que no estaba aún preparado para tan semejante espectáculo. Le sonreían y no perdían detalle de la mano que violaba las entrañas femeninas en un frenesí placentero.


Se volvió a frotar el clítoris, esta vez con más fuerza. Dejó escapar más gemidos. Miraba a los niños. El orgasmo parecía inminente y se masturbó con mayor fuerza y velocidad. Y entonces su cuerpo tembló, su boca se abrió con un fuerte gemido y sus ojos se cerraron. De la vagina femenina brotó un borbotón de flujo –blanquecino y viscoso- que se derramó sobre la hierba. Los espasmos se apoderaron de aquel cuerpo de mujer y luego todo terminó. Descansó su cabeza sobre el suelo y su respiración se fue normalizando.


Uno de los niños le acercó el vestido. Ella se incorporó, lo tomó y en señal de agradecimiento estampó en sus labios un prolongado beso. Los demás chiquillos dejaron escapar exclamaciones de asombro y envidia. Levantándose, se dejó contemplar un rato por parte de aquellos imberbes que habían sido cómplices de su locura y después se colocó el vestido. Tras una mirada pícara se calzó los zapatos, dio media vuelta y se fue.


En su apartamento, al finalizar el día, recordó la extraña pero excitante aventura que había vivido y evocó los rostros de cada uno de sus pequeños espectadores. Se acostó en su cama y echó a volar su imaginación.


Mañana será otro día.


 
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