| |
Cintia, la calientapollas de mi instituto
Cuando estaba en 2º de ESO comencé a juntarme con gente que no me convenía. Era una pandilla de tres chavales repetidores, Jose Manuel, Walter y el Molina, y solían sentarse como yo en las últimas filas de la clase. No tardamos en llevarnos bien, y en quedar después de las clases para fumar a escondidas y cosas así. Solíamos hablar de pivas de clase que estaban buenas, si habían conseguido ligar con alguna de ellas, e incluso, si habían llegado a algo más que a morrearse con ellas. Yo por supuesto solo escuchaba, pues era demasiado joven para poder contar algo, pero me ponía cachondo oyendo sus historias.
Sin embargo, y aunque a mi no me hubiera importado, nunca salió el tema de cascarnos una paja juntos. Nos veíamos desnudos dos veces por semana en las duchas tras hacer Educación Física, pero con lo machitos que eran supongo que les daría miedo que la gente pensara que eran gays por hacer esas cosas. Aunque una vez si que nos pajeamos juntos...
Resulta que solíamos quedarnos en clase en los recreos, para fumarnos algún que otro cigarro sin que los profesores nos echaran la bronca y de paso hacer una inspección por las mochilas en busca de dinero o móviles. Procurábamos que nadie nos viera entrar, pero aunque alguno sospechara que habíamos sido nosotros, imponíamos el suficiente respeto como para que no se atreviera a delatarnos.
Uno de esos días, mientras hablábamos de nuestras cosas, llamaron a la puerta. Pensamos que sería algún conserje dando por culo como de costumbre, así que nos quedamos en silencio hasta que una voz femenina nos dijo que abriéramos, que tenía que coger unas cosas. Jose Manuel abrió y resultó ser Cintia, una de las malotillas de la clase, que se había enrollado alguna vez con el Molina y por lo visto una de las más guarras del instituto. Eso sí, tenía fama de calientapollas, de poner cachondos a los tíos y luego dejarles con el calentón.
La verdad es que estaba tremenda, y ya me había cascado más de una paja a su salud y a la de su tanga, aunque sabía que un chaval de 13 no tenía nada que hacer con una tía de 15. Lo que ocurrió aquella mañana fue más de lo que nunca hubiera esperado.
El Molina se puso a piropearla mientras recogía sus cosas, primero diciéndole lo buena que estaba y después todas las burradas que le haría. Cintia iba de niña inocente y escandalizada, pero sobreactuaba muy mal, se notaba que le gustaba el jueguecito. Los demás estábamos a verlas venir, yo al menos pensé que acabarían yéndose al baño a liarse o algo así, pero por lo visto ella tenía ganas de marcha.
Nos dijo que éramos unos salidos, que seguro que nos matábamos a pajas pero que cuando teníamos a una tía de verdad delante nos cagábamos. Walter la siguió el juego, diciendo que sí, que más de una vez se la había machacado pensando en sus tetas, y los demás le dimos la razón. Cintia, ante tales halagos, dijo que no se lo creía, que seguro que se lo decíamos para quedar como unos machotes. De no haber sido por lo que hizo Molina en ese momento, quizá todo hubiera quedado en una conversación más.
Se bajó el pantalón del chándal y dejó al descubierto una polla durísima y llena de venas, diciéndole que mirara lo cachondo que le ponía. Ella le miró con cara de salida, aunque sin decir nada. Molina comenzó a cascarsela despacito, sin dejar de mirarla a las tetas y los demás dudábamos entre hacer lo mismo o dejarles solos. Fue Cintia la que nos animó diciendo que si nosotros no nos atrevíamos a pajearnos con ella delante. Yo no dudé en hacerlo, y ni Jose Manuel ni Walter pusieron muchas pegas. Los dos también estaban empalmados, y me impactó sobre todo el pedazo de rabo que tenía Walter. Era colombiano y tenía la piel bastante oscura, y el cabrón nos daba cien vueltas a todos, sobre todo a mí que por aquella época no andaba muy bien dotado y me corría a duras penas.
Nos sentamos alrededor de Cintia, quién se había levantado un poco la camiseta para enseñarnos el sujetador. Jose Manuel le pedía insistentemente que se sacara del todo las tetas, pero ella se negaba. Al final nos enseñó un pezón durante unos segundos, y fue suficiente para que yo me corriera, dejando un par de chorros acuosos en el suelo de la clase. Aquello no había hecho más que empezar, así que no paré de cascármela pese a haberme corrido.
Cintia me dedicó una mirada de complicidad, nunca habíamos hablado mucho, pero me trataba como a un hermanito pequeño. También ella debía estar muy cachonda, pues a la primera petición, se levantó la falda para dejarnos ver su tanga blanco. Parecía estar mojado por la parte de delante, imagino que tener a cuatro tíos salidos pajeándose para ti debe ser algo excitante. Comenzó a tocarse suavemente por encima de la tela, y pronto sus movimientos se hicieron más bruscos.
Estábamos todos muy calientes, y fue Walter quien se levantó con la polla en la mano dispuesto a perder la virginidad allí mismo. Cintia le paró los pies, diciendo que como alguno la tocáramos nos denunciaba por acoso. Walter volvió a su sitio con cara de frustración, y en cuanto se corrió salió de la clase por la puerta de atrás.
El Molina no perdía detalle de lo poco que Cintia nos dejaba ver, y se pajeaba aceleradamente, como si su brazo estuviera poseído. Jose Manuel y yo íbamos más despacio, para disfrutar de aquella situación que podía no volver a repetirse en mucho tiempo. Me fijé disimuladamente en su polla y vi que no era como la mía, tenía mucha piel colgando y era incapaz de descapullar, supongo que porque tenía fimosis. Aun así no parecía suponerle ningún problema a la hora de pajearse, pues la cara que tenía no era de dolor precisamente.
Yo volví a correrme una vez, y el Molina no tardó en seguirme. El tío parecía una fuente, puso el suelo perdido con varios chorros de lefa mucho más espesos que los míos. La cara de la clase cuando volvieron del recreo y vieron eso fue todo un poema, aunque nadie se atrevió a decir lo que era aquella mancha blanca bajo las mesas.
Hubiera seguido cascándomela, pero faltaba tres minutos para que tocara la sirena, y no creía que me diera tiempo a hacerme otra, así que me la guardé y seguí observando la escena. Cintia se masturbaba muy deprisa por encima del tanga, metiendo de vez en cuando un par de dedos dentro para acariciarse con más sensibilidad. Jose Manuel se miró el reloj y aceleró también, consciente de que o se corría ya o se quedaba con el calentón el resto de la mañana.
No tardó demasiado en pringar el suelo él también, al tiempo que Cintia reprimía sus gemidos sin dejar de acariciarse. Había disfrutado casi tanto como nosotros con aquello, aunque mientras se recomponía la ropa nos aseguró que no volvería a repetirse, como por desgracia así fue. Sonó el timbre y comenzaron de nuevo las clases, y Cintia no volvió a quedarse a solas con nosotros en todo el curso. Por lo visto ella y Molina llegaron a acostarse (o al menos eso nos contó él), pero al año siguiente mis padres me cambiaron de colegio y no volví a verla el pelo.
De todas formas, y aunque a estas alturas me he acostado con chicas mucho más guapas que ella, aún recuerdo con nostalgia y excitación aquella primera experiencia con el sexo femenino.
|
|