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Bastó una noche
Una noche iluminada por la Luna fue suficiente.
Acorde a la vieja regla marinera "el que cocina no lava los platos" estaba terminando de ordenar todos los cacharros de la cocina.
La noche era espectacular, promediaba el verano y el río era una verdadera pileta. La Luna en todo su esplendor bañaba de plateado los árboles cercanos, la cubierta del barco, todo.
Antes de escurrirme al camarote eché un ultimo vistazo, el ancla firmemente agarrada, los cables y cabos sujetos para que un viento de madrugada no los hiciera sonar, las luces de fondeo en orden y visibles.
Solo el rumor del agua corriendo contra el casco producía algún sonido.
Me detuve antes de entrar al camarote, la luz de la Luna era como un reflector que marcaba el centro de la cama. Alli la iluminaba,, una Diosa deliciosamente proporcionada. Nos habíamos convertido en amantes hacía pocas semanas, pero era nuestra primera noche solos en mi más preciado lugar.
Había sido un día perfecto para la navegación, vientos favorables, buena agua bajo la quilla hasta llegar a este fondeadero casi perfecto.
Una cena exquisita y bien regada.
Bajé el último escalón, sabía que solo pretendía estar dormida. Admiré sus piernas, una camiseta blanca la tapaba desde el inicio de sus nalgas. Rocé su corta melena rubio con mis dedos, me pareció que daba un respingo. Me senté en el costado de la cama y ella sin siquiera abrir sus ojos, casualmente se dio vuelta quedándose de espaldas.
Sonreí y llevé mis manos al borde de su improvisado pijama, lenta, muy lentamente comencé a subirlo hacia sus hombros.
Imperceptiblemente arqueó su espalda para facilitar la subida de la tela. Apuré la movimiento, con un ronrroneo levantó sus brazos para permitir que le quitara el adminículo. Sus ojos que permanecían cerrados me permitieron admirar su cuerpo. Sus pechos eran dos focos blancos que resaltaban contra el dorado bronceado de su cuerpo. Sus pezones eran dos islas que llamaban a mis sentidos. Su vientre plano culminaba en una pequeña y minúscula tanga de encaje que copiaba las marcas blancas que en su piel había dejado su bikini- En ese instante un pequeño borneo de la nave hizo que la luz de la Luna, cual el reflector en un escenario recorriera su cuerpo y se concentrara sobre la escasa tela que cubría su sexo. Automáticamente mis manos siguieron el camino indicado, mis dedos engancharon suavemente los elásticos y llevaron, con precisión, tan diminuta prenda hacia su destino final, un suspiro acompañó el elevar de sus caderas, la luz plateada iluminó el elegante arabesco de sus piernas y sus tobillos para permitir extirpa ese último impedimento para su total desnudez.
Volví a mirarla a lo largo de todo su hermoso cuerpo mientras me desacia de mi ropa. Que bella se veía, que sentimientos tan ardientes recorrían mi cuerpo.
Me tendí a su lado, mis labios buscaron su pezón izquierdo, estalló en ellos mientras mis dedos acariciaban su otro pecho. Sus gemidos roncos superaron el rumor del agua sobre el casco. Sus manos acariciaron mi cuello.
Dejé sus ya duros y erectos pezones a cargo de mis manos y nuestros labios se encontraron en un beso dulce y suave, fueron segundos, casi un instante. Ya volcado sobre su cuerpo cada vez más ardiente nuestras lenguas se trabaron en la más dulce, larga y placentera batalla. No hubo vencedores ni vencidos, solo dos bocas que pugnaban por tomar todo el aliento el uno del otro, de darse todo lo que a veces no pueden transmitir ni las palabras más certeras.
Nos abrazamos cual si fuéramos a rompernos uno al otro en mil pedazos. Me incorporé con ella entre mis brazos, alzé su cuerpo hasta que su tronco quedó por fuera del tambucho, apoyó sus pies en un escalón y separé sus piernas, Abandoné sus labios y recorrí con mis besos su cuello en un descenso lento y continuado, mis dedos acariciaban sus rosados pezones,los estiraban y por fin mis labios llegaron a esos dos encantadores y turgentes destinos intermedios. Me tomé todo el tiempo necesario con cada uno de ellos, sus suspiros, sus gemidos y sus palabras roncas me daban la medida de la intensidad del placer que mis caricias producían.
Cuando ya mi trabajo conjunto de dedos, labios, dientes y lengua no podían producir una más grande erección y placer fue el momento de seguir mi camino descendente. Su ombligo mereció una mínima detención, sus manos me presionaban hacia abajo y sus piernas se abrían aún más.
Mi lengua abrió sus labios y me transmitió el sabor de una humedad que había dejado de ser tal. Toda mi boca besó, succionó e intentó meterse en sus mojadas profundidades. Primero mis labios buscaron su inflamado clítoris, le dejaron luego su lugar a mis dientes que cubiertos por mis labios se encargaron de arrancar ya no solo gemidos sino gritos de placer.
Mis manos pasaron de sus muslos a sus nalgas una y la otra a reemplazar a mis labios, mi lengua se empeñaba en penetrarla. Sus palabras ya eran señales claras de su excitación sin límites, cariñosas, soeces, brutalmente excitantes. Era claro por sus dichos, ciertamente bien explícitos y por sus movimientos que deseaba estallar de placer.
Quería explotar como una catarata en mi boca y en mi cuerpo, parada como estaba hasta la fuerza de la gravedad la ayudaba. Un último grito, una irrefrenable puteada y un espasmo salvaje llegaron al unísono. Su orgasmo fue casi brutal, sus jugos superaron mi capacidad de succión y corrieron por mi cuello hasta mi pecho.
Se deslizó sobre mi cuerpo, quedé tendido sobre mi espalda en el piso del camarote, buscó mi boca con desesperación, buscó compartir sus sabores remanentes en mi boca. Nos besamos con desesperación y con ternura, luego subió el recorrido de sus flujos a lo largo de mi cuerpo.
"Ahora me toca a mi" dijo antes de comenzar a jugar con mi erecto pene, sus dedos, sus pechos, sus labios y su lengua comenzaron una interminable y fascinante tarea. Sus dedos recorrían sabia y dulcemente mi perineo, rozaban con lujuria los alrededores de mi ano.
Como yo unos minutos antes no tenía apuro alguno, teníamos todo el tiempo para gozar y entregarnos el uno al otro. Sus labios llegaban hasta la base de mi pene, ora lo envolvía con su lengua, ora lo sacaba hasta solo rozarlo con sus labios. Su lengua martirizaba a todo mi glande. Sus manos ordeñaban mis testículos.
Yo no me privaba de decirle lo que me hacía gozar ni de calificar con palabras claras y precisas, provenientes de los más vulgares lugares, sus habilidades como mamadora y máquina sexual educada en los más bajos burdeles recorridos por marineros borrachos.
Sabía lo que hacía, me escuchaba y controlaba mis gestos. Llevo una mano al tronco de mi pene para acelerar el movimiento, la otra se deslizo con agilidad y picardía, mientras succionaba con fuerza me arrancó un nuevo grito de placer cuando su dedo con decisión y delicadeza perforó mi esfínter y arribó con precisión a masajear esa extraña tersura de mi próstata. Mis palabras y mis cuasi estertores le hicieron evidentes que mi leche estaba siendo lanzada en su interior. Cual experta movió sus dedos y sus labios para extraer esas últimas gotas que no habían sido expulsadas.
Se deslizó hasta mi pecho, sudorosos nos abrazamos y besamos con ternura.
Logré levantarme sin dejar de abrazarla y de besarla, nos desplomamos sobre la cama y esta vez si con dulzura nos susurramos nuestros sentimientos.
Sudorosos, oliendo a sexo, agotados por la explosión de placer nos quedamos dormidos amarrados por nuestras piernas y nuestros brazos.
Unos besos delicados y unos dedos jugueteando en mi sexo me fueron volviendo a la realidad, En instantes el deseo me devolvió a ser un partícipe activo del momento.
No hubo palabras, solo besos y caricias compartidas.
Besos y caricias que activaban todos los centros de placer. Todo su cuerpo todos sus rincones fueron explorados, lo mismo que los míos.
Murmullos intelegibles, suspiros profundos, sonrisas y más besos. Sus piernas se entreabrieron, las mias ocuparon el espacio adecuado. Una lenta y profunda penetración nos unió.
Hombre, mujer, mujer, hombre, rodamos por la cama, invertimos posiciones, pero nunca nuestros sexos perdieron su contacto, su vagina absorbía mi pene permanentemente. Aceleramos nuestros movimientos, apretamos nuestros abrazos. Por unos instantes maravillosos nuestros empujes fueron perfectamente sincronizados, brutalmente pasionales. Un beso inmenso y profundo ahogó gritos y gemidos. Percibí la explosión de mi orgasmo en el instante que el suyo me chocaba.
Lentamente fuimos deteniendo acompasadamente nuestros movimientos. Dejamos de besarnos. Abrió sus ojos y solo dijo "te quiero" solo pude responderle yo también te quiero. Rozamos nuestros labios suavemente y así sin cambiar de posición, sin dejar de abrazarnos nos volvimos a quedar dormidos.
El seco y brutal sonido del trueno me arrojó de la cama. El llanto del pequeño me terminó de ubicar y poner en situación.
La anunciada tormenta por fin estaba sobre nosotros, el barómetro y los borneos y saltos caprichosos de los vientos eran signos irrefutables.
Sabía que el ancla y otros cabos de amarre nos brindarían la seguridad necesaria, una nueva recorrida me permitiría verificarlo. Ahora mi prioridad era otra, era el llanto del pequeño asustado por el trueno. Estaba cerca, su cuna de viaje reposaba en la conejera de estribor, estiré mi mano, lo acaricié con suavidad para no despertarlo y enseguida se calmó.
Sonreí al darme cuenta que el trueno que inquietó a mi pequeñín había interrumpido un sueño muy erótico, mi pene abultaba mi pijama.
Miré hacia la cama, no había rayos de luna esa noche como si los hubo en la noche de mi sueño, catorce meses atrás.
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