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Autor: Miguel
 

Agua de Lluvia

Luego de que tu cuerpo se enfrió por completo, tus pupilas ya no transmitieron más recuerdos y tu mirada se transportó al vacío. Te negaste a ser devorado y te convertiste en fuego; te perdiste para siempre en rutas desconocidas, bosques que nunca me enseñaste y hogares donde siempre hay un libro sobre la cama.

Nadie te conocía, sólo salías días de lluvia y ahora cada vez que la escucho caer sobre el asfalto, tu nombre se escribe en mis párpados. Cada gota se clava en mi estomago queriendo vomitar esas palabras que nunca te dije, cada paso que das sobre el suelo corre luego por alcantarillas. Te perdí y apenas te conocía.

Descargaste en mí el desafortunado pecado original y me enseñaste a vivir al borde del infierno. Me hiciste tan feliz que el mismo sentimiento provocaba furia. ¡Egoísta!, no soportaste pertenecerme.

El día que te vi por primera vez, yo caminaba por el mismo camino que día a día recorría sin evocar ningún signo de conciencia. Sobre los adoquines de las calles mi cuerpo flotaba sin ningún estremecimiento al recuerdo de una suave infancia; pisaba las grietas que alguna vez formaron mi felicidad dibujada con colores de tiza húmeda y olvido para siempre los antiguos juegos sobre las baldosas.

Era un día de lluvia, las nubes en el cielo no dejaban adivinar si era mañana o tarde y nunca estuve completamente segura si estaba yendo o volviendo. En aquel momento la primera gota de lluvia cayó sobre mi mejilla y acompañó a mi única lágrima salada. Desperté de pronto de una nube de pensamientos desteñidos y olvide a donde me dirigía; el diluvio comenzó a caer sobre mi y en un instante pude ver un arco iris de tiza fluir por debajo de mis zapatos. Los autos aceleraban y las personas corrían sin rumbo, manchándose de grises noticias sus caras en el intento de cubrirse con el diario de los domingos.

Completamente desorientada comencé a reír. El agua disuelve el peso sobre mis hombros y todas mis responsabilidades caen al suelo. Ah… lluvia, había olvidado cuanto me gustaba. La risa se escapó desde mi vientre y disimulaba mis sollozos. ¡Que absurdo haber vivido hipnotizada tanto tiempo al incansable olor a lápiz de una oficina! Sin haber cumplido los veintitrés, mi mundo ya era una continua rutina.

Sentí como mis ojos volvieron a brillar y volví a sentir ese peso extraordinario sobre las pestañas, aquel que sólo se siente al tener una mirada febril en el rabillo del ojo. Eras vos, en la esquina de enfrente te presentaste anónimo entre la lluvia de hojas otoñales. Apareciste agraciado de una mirada fría y caprichosa, me observaste sin una gota de sangre en las mejillas. Mirando a lo que no es nuevo, indiferente a los nuevos cambios que perturban tu vida, te acercaste. Adoro tus ojos bien abiertos, tus ojos entrecerrados; amaría verte dormir, ¿alguna vez tuviste un sueño que te cambió para siempre? Y aún así sos ignorante al deseo próximo.

En un parpadeo ya estabas frente a mí, mis manos temblaban, tu cabello azabache sobre tu perfecto rostro, mi vientre descontrolado, tus ojos grises. Ambos sabíamos lo que queríamos. Entrelazaste tus manos con las mías, en tus ojos reconocí una mirada cómplice y sonreíste de lado por primera vez. Corromperte se volvió uno de mis más deseados objetivos.

Que perfecto que tuvieras que agachar la cabeza para llegar a mi boca, cerraste los ojos y sin embargo los cristales de tus pestañas no se inmutaron. Apenas tu lengua tocó la mía, deje en tus manos toda mi vida de falacia y falsa filosofía; y fuera de las más crueles tradiciones, me enseñaste a creer en fábulas y fuego eterno.

Nada mas sensual que un beso peregrino, desde que te vi cruzar esa esquina supe que tenias que ser mío; tus ojos gris azulado devoraron mis parpados haciendo que todo a mi alrededor perdiera significado. Sentí mi corazón retorcerse como el que posee un amor no correspondido, aquella sensación que no se desvaneció jamás.

Yacían las calles vacías, ni un alma bajo la lluvia. Solo nosotros que empapados por agua limpia, inundábamos de amor frenético el resto de la avenida.

Qué delicia sentir su aliento en el mío, que excitante el contraste de sus manos frías en mis mejillas y su boca tan caliente besando la mia. Mis manos resbalan sobre los rios formados por tu cuerpo y con mi lengua recorro fanáticamente toda tu boca. Saboreamos nuestras respiraciones dificultadas… Cómo me gusta la lluvia caer sobre nosotros.

*

Sin saber como ni cuando llegamos a tu casa, dejaste de tocarme un instante solo para sacar tus llaves…sí, en ese momento me creí fallecer, un dolor particular en el pecho comenzó a arrancarme sollozos sin aire y aunque volviste a abrazarme buscando acogerme, mi cuerpo se fundía en un continuo estremecimiento. Todos los sentimientos que habían desaparecido de mi cuerpo volvieron de un solo golpe transformando la necesidad de afecto en el más solicitado.

Mis uñas se clavaron en tu espalda, y todo lo que pude hacer fue arrebatarte un quejido libidinoso. Fue la primera vez que escuchaba tu voz y preguntar tu nombre fue lo último que alcance a decir antes de perder el sentido.

<> decías, "me llamo Ramiro" susurraste en mi oído mientras esperabas a que despertara. Ah… tu nombre, jamás pude encontrar una belleza superior, imagínense un nombre que solo al escucharlo les cambia el gesto, su encanto insuperable únicamente podía sentirlo yo, las sílabas sedujeron mis tímpanos.

Mordiste el lóbulo de mi oreja y sonreíste cuando viste mis ojos dejar caer dos lagrimas dulces. Me habías recostado ligeramente sobre un sillón y divertido, te arrimaste encima de mí. Yo estaba completamente posesa por el timbre de tu voz mientras me repetías tu nombre al oído, todavía sin tocarme, para observar todos mis estremecimientos cada vez que abrías la boca.

Tu mirada fría me volvía loca, tus labios desataban la ira de mis demonios dentro del vientre. Nunca ansié tanto que estuvieras adentro mío como en ese momento. Tu nombre vibraba en mis oídos no queriendo dejar escapar esas exquisitas palabras que tan lujuriosamente pronunciabas.

Juro que no se qué fue, pero en ese momento tus pupilas formaron un gesto de deseo, y como si mi ropa fuera hecha de alas de insecto, la desgarraste en pedazos liberando mil escarabajos tornasolados que recorrieron mi piel en un escalofrío. Tus manos recorrían mis costillas con suma maestría, a pesar que tus experiencias no habían traspasado las melancólicas cortinas de terciopelo de un burdel.

Me dejé hacer por tu dominio absoluto, lamiste, mordiste y pellizcaste mis pezones como si te pertenecieran desde siempre, arrancándome los más sinceros suspiros de gata. Abriste mis piernas sin más, y sentí tu sexo en la entrada de mi vagina. Mis piernas te rodearon, mordiste mis labios con fuerza saboreando un extraño sabor acre y justo antes de que me penetraras completamente, tu mirada se lanzó sobre la mía sobre un vuelo de ave de rapiña.

Sentí nuestros sexos friccionar con una lentitud insoportable, gozaste sentir como mi cuerpo se retorcía buscando apretar el tuyo, deseando algo que aún no podía conseguir. Las ansias me torturaban de sobremanera, mientras acelerabas el ritmo gemí hasta casi llegar al lloriqueo porque la sensación estaba fuera de mí. No se cuantas veces el orgasmo invadió mi cuerpo, lo que en mi reloj marcaba un segundo, las agujas de tus dedos marcaban una eternidad atada al anhelo carnal.

Mi garganta dolía de tanto arañarla con gemidos y no sentí satisfacción mas grande hasta el momento que sentí tus fuertes chorros de semen golpear contra mis entrañas que luego correría por mis muslos.

No había manera de que pudiera sentir culpa o arrepentimiento, olvidé mi vida y mi familia, dejando atrás el dolor anestesiado por la rutina y una vida de imágenes frías. Por fin me encontraba en el único lugar donde quería estar, y sin más me invitaste a conocer el interior de lo que sería la única casa donde me sentí cómoda alguna vez.

Siete habitaciones tenía tu morada y tu dormitorio se encontraba en la última de éstas, la que el brillo de la lluvia mas reconfortante hacía. Con el más puro afecto me abrazabas con dominio, me adentraste en tus pensamientos y prometías constantemente cuidarme mientras afuera siguiera lloviendo y las sombras provocadas continuaran mostrando su encanto sobre los estantes de madera.

Tu hogar siempre encendido revelaba un encanto de comodidad taciturna; cada detalle de los bordados de bronce y madera tallada resplandecía entre frasquitos color azulino.

Como mi ropa se había desvanecido para siempre en el sutil vuelo de alas de insecto, tomaste mis manos y las envolviste en seda. En la primera habitación abriste las puertas de un placard enorme, y me vestiste de materiales con una suavidad mayor a la del terciopelo pero con la misma caída que la seda. Me vestiste colores de lluvia y cortes de otras épocas, me convertí en tuya.

*

Los nuevos sabores conocieron mi lengua, cada especia provocaba en mi un sentimiento distinto, algunos nostalgia, otros alegría y otros lujuria. Las horas no existían en tu aposento, y aunque tus paredes se vieran rodeadas de relojes, sus agujas siempre marcaron sinsentido sobre números caoba.

Mis túnicas cambiaban todos los días, pintando mi piel con dorado y convirtiéndome en una diosa de otro tiempo. Mi mente creció gracias a tus enseñanzas y a escondidas entraba en tu biblioteca para aprender por mi cuenta lo que a vos te costaba contarme.

La tempestad continuaba sin freno, y un día de tormenta en la que yo yacía vestida de rojo decidí expresar mi gratitud entregándote el mayor placer que pudiera darte. Decidí acallar tu posesiva personalidad y volverte loco como vos lo hacías conmigo. Esta vez yo quise provocarte la ansiedad que todos los días perturbaba mi cuerpo cada vez que entrabas en él.

Te sorprendí en la tercera habitación y dejándome caer sobre vos, jugué con mi lengua sobre tu cuello. Supe que la sangre se alborotaba entre tus venas, y tu corazón golpeó mi pecho en respuesta a lo que para vos fue asombro. En un soplo te desvestí completamente dejándote a mi merced. Maldije el día en el que no nací a tu lado.

Te sentaste y te rodee con mis piernas, por debajo de mi vestido notaste que estaba desnuda y sentiste mi humedad escurrirse por tu vientre. Admiré tu rostro perfecto y tu cabello color noche despeinado; mis dedos se deslizan entre mechones negros, viendo perderse mis yemas para que me mires a los ojos.

Mi pubis baila sobre tu miembro para excitarte. Tus ojos delataban que preferías ser vos el que tuviera el control, pero apenas deje caer la tela por mi cuerpo revelando mi figura, te dejaste hipnotizar por el movimiento de mi vientre. Tu gesto cambia, tus mejillas se enrojecen al instante y con cada caricia tu mirada era más intensa.

Nuestros cuerpos eran iluminados por la cándida tibieza del fuego. Sus destellos irreales iluminaron tus músculos tensos, nunca te vi más delicioso. Te acosté en la alfombra e intentaste rehusarte nuevamente pero mis dientes mordieron tu cuello y adoptaste una posición sumisa. Bese y lamí tus labios, recorrí dejando marcas rojas todo tu cuerpo, me alimenté de tus quejidos ahogados.

Tu ombligo me desafiaba, el comienzo de tus vellos, ah… un camino al cielo. Tu sexo estaba atrapado entre mis manos, y sin saber exactamente, comencé a masturbarte instintivamente, simulando con mis caderas el movimiento en el aire, a escasos centímetros de tu piel pero siendo solo mis manos las que disfrutaran del tacto.

Me extasié con el rojo de tu rostro. Te arqueabas buscando el máximo placer, queriendo llegar a mi entrepierna. No respondías a tu cuerpo, tal cual pobre enamorado. Tus ojos se humedecieron y no quisiste que te observara. No quise dañar tu orgullo y besé tu glande que me sabió a gloria. Tragaste una gran bocanada de aire cuando viste brillar mis labios y en un ronroneo me pediste que siguiera, yo obedecí posesa y guié tu falo a mi boca. Como podía intentaba meter todo a merced de mi lengua, succionando la suavidad que tanto me volvía loca y saboreando las palpitaciones sobre mis papilas gustativas.

Con las manos te turnabas haciendo desaparecer tus dedos entre mis sienes y estrujándolas contra la alfombra queriendo arrancarla. Entre gemidos me avisaste que estabas por acabar, que me apartara, pero te miré a los ojos y con mi mano derecha te masturbé frenéticamente mientras con la punta de mi lengua jugué golosa con tu glande. El ritmo fue tal que encorvaste tu cuerpo fuertemente tensionando tu espalda mientras en mi boca recibí todo tu semen como un regalo divino. El sabor extraño resbaló sobre la comisura de mis labios y sollozaste extasiado del placer recién experimentado.

Después de recuperar el aliento te incorporaste y secaste tus lágrimas delatoras, tus ojos habían cambiado de alguna manera, lo sabías pero no querías admitirlo. Lo sé porque evitabas mirarme mientras desconcertado me limpiabas el cuello y los senos con tu propia ropa.

Creí que mi presión me engañaba y sintiendo recorrer un túnel caí sobre tus brazos. Te supliqué que me la metieras ya, mi excitación era tal que sentía que mi vagina dictaba mis latidos y era mi clítoris el centro de todo mi cuerpo.

Volviste a mirar mis ojos y por fin encontré una tibieza fuera de lo común y tu orgullo volvió a reconfortarse cuando escuchaste mis suplicas. Tus pupilas brillaron de una manera extraña y tu sonrisa delataba el hallazgo de una estrella fugaz. Me abrazaste fuerte y pude sentir tu pecho contraerse. Desee que ese instante fuera realmente eterno.

Aún en tus brazos, me levantaste del suelo y con lujuria me llevaste hasta la pared golpeándome con una rudeza caliente. Masajeabas mis senos con extrema devoción mientras tu boca bajó recorriéndome con tu lengua hirviendo hasta mis pezones.

Tu lengua jugaba con mis aureolas y continuos escalofríos recorrían mis costillas; mientras que con mis piernas intentaba abrazar las tuyas buscando apretarte fuerte. Con tus manos rápidas me agarraste de los muslos y yo supe sujetarme bien de tu cintura, quedando suspendida entre la pared y vos. Mordiste mis pezones. Mis gemidos se precipitaron por mi garganta cuando tus dedos exploraron mi vulva y luego los siguió tu boca. Sin perder el equilibro un segundo sentí como una lengua juguetona recorría mis labios vaginales. Con tus dientes apretabas suavemente mi clítoris hinchado y en mi cuerpo provocabas espasmos incontrolables. Ahora entre mis piernas apreté tus sienes y mi cintura reacciono arqueándose hasta sentir dolor cuando mi cuerpo estalló sobre tu legua penetrándome.

Me dejé caer y mis piernas se acomodaron sobre tu pelvis que me sostuvieron al instante, me miraste penetrante sumergido en mis ojos marrones y tu mirada clara iluminó mi alma. Sentí tu glande en la entrada de mi vagina y mi corazón respondió a lo que esperaba, me tomaste de los muslos rasgándome con tus uñas cortas y me penetraste sin compasión. El placer que sentíamos era enorme, entraste dentro de mí con una fuerza inexplicable y un ritmo urgente. Nuestras frentes chocaban entre si y el sudor se nos hacia amargo, exquisitamente amargo.

Nuestras cejas arqueadas mostraban un dejo de dolor irresistible; aunque yo no era virgen un hilo de sangre corrió por mis piernas. Mi ansiedad hizo correr dos lágrimas por los extremos de mi rostro y el fuego que se había extendido por mi cuerpo fue finalmente apagado con el exquisito néctar que golpeo lo más profundo de mis entrañas.

Caímos rendidos y al cabo de unos segundos nos quedamos dormidos. Me despertaste con un inocente pico en los labios y recibí tus caricias nostálgicas a modo de agradecimiento y una sonrisa vencida. Desde ese día el sexo significó otra cosa para nosotros, cada gota que cayó del cielo era luego repartida en ambos cuerpos, los dos gozamos de la convivencia perfecta.

*

Durante esos días que me creyeron muerta, yo era feliz dentro de tus oscuros pensamientos y tu sabor a miel amarga. Me enseñaste a vivir y a cambio yo te enseñe a amarme sin que te dieras cuenta. Nos entregamos al dolor en el pecho y nos saciamos de su ansia caprichosa. Tu calor me arrastró dentro de La Divina Comedia y dejaste en mi piel las marcas inevitables de tu primer demonio que te enseñó a sufrir por amor. ¿Cómo podrías deshacerte de mí? La tempestad cesaba y te volvías intranquilo, las gotas morían y tus ojos húmedos.

Te volvías extrañamente sereno y hacíamos el amor al estilo esquimal. Bajo numerosas sabanas escondimos nuestras cabezas, abriendo los ojos solo cuando nuestras miradas se necesitaban, disfrutando del calor de los suspiros, el hambre de ser tocado.

Las horas caen. Un sol de penumbra abatió mis pestañas. Siento que mis iris se comprimen y un nudo se ahoga en mi garganta. La sangre se detiene. No te encuentro.

"Resplandece Lucifer entre las pociones de tu botica de antaño, los venenos vibraron y sus colores la atmósfera final. Te entregaste a su inefable belleza… tentadora yacía entre tus manos; no soportaste ser feliz, no soportaste tu alma desnudarse. Pintaste de azul tu estomago y aún así tus ojos permanecieron grises. Bebiste lo imposible, sed de hiel. En tu infierno arderás por el resto de tu muerte.

Te encontré en el cuarto de las pociones, tu posesión mas preciada repartida en estantes cobrizos inundaba de colores la cuarta habitación. Te encontré pálido y tus mejillas comenzaban a hundirse, tu mano temblaba sobre un frasquito de cristal, el que en el fondo había una estrella de anís. Te encontré y agonizabas sobre el suelo, me regalaste tu último suspiro cuando caí sobre tu pecho; me castigaste por hacerte dichoso y tu última mirada llena de amor me indicó que yo fui tu fin.

"Oh! Entupida pasión por los venenos… de increíble belleza ardieron en los estantes gozando la perdición de su dueño. Ah!, Víbora de mis convicciones, ¡Vive ya! Encuéntrame en mi cama un día de lluvia e inyecta tu más pura prueba de amor, en la cálida sangre que corre por mi cuello.

Intenté beber el nocivo elixir de tus labios fríos tal cual Julieta, pero tu lengua al contacto con la mía, convirtieron la bilis en ambrosía, deleitándome con el más doloroso de tus caprichos, para que te recuerde siempre los días borrascosos, cuando las gotas del cielo caen sobre un beso apasionado bajo la lluvia. ¡Egoísta, me destruiste, te odio!



No quiero volver. Tu cuerpo se quema. No quiero volver. Tu castillo oculto cae. No quiero volver. Agua de lluvia. No quiero… volver. No quiero.


 
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